Sacrificio de Don Melchor Ocampo


Miguel Ángel Martínez Ruiz
Elaborar una breve reseña de la vida de don Melchor Ocampo constituye una tarea casi imposible, porque este ilustre personaje poseía una personalidad polifacética, pues fue ante todo un sabio que estudió múltiples campos de la ciencia, realizó investigaciones sobre temas de interés nacional, ágil polemista, pensador inteligente, filántropo, pero también fue un destacado político,comprometido con la causa liberal, por cuyos ideales murió a manos de los eternos enemigos del progreso, aquellos que, según la frase de un connotado intelectual, “tratan inútilmente de volver a un pasado imposible de injusticia y de desigualdad.”
Sin embargo, se destacará en este breve artículo el valor integérrimo con el que supo afrontar su muerte hace exactamente 149 años, el 3 de junio, en Tepeji del Río, actual Estado de México, cuando tenía solamente 47 años de edad. ¿Qué había hecho este hombre para que fuera objeto de tanta saña al grado de fusilarlo sin juicio alguno? Simplemente era uno de los grandes reformadores del México independiente, cuyas notables capacidades intelectuales y significativas virtudes cívicas le permitieron responder con toda valentía ante los retos del clero político que nunca le perdonó sus acciones patrióticas.
Primero tuvo que vivir en la orfandad, bajo la protección de rica hacendada michoacana doña Francisca Xaviera Tapia y Balbuena, dueña de la hacienda de Pateo, amplia extensión agrícola ubicada en el Valle de Maravatío, Michoacán. El pequeño que fue bautizado con los nombres de José Telésforo, Juan Nepomuceno, Melchor de la Santísima Trinidad y, su más solvente biógrafo, el Dr. Raúl Arreola Cortés, afirma que nació en la ciudad de México, el 5 de enero de 1814. Otros opinan que nació en la Hacienda de Pateo (Romero Flores y José C. Valadés), pero don Melchor Ocampo festejaba el aniversario de su natalicio el día 6, según D. Matías Romero.
Hizo sus primeros estudios con el señor don José María Alas, Vicario de la Parroquia de Mineral de Tlalpujahua, Michoacán. Poco después, continuó su formación educativa bajo la guía del sacristán mayor de la parroquia de Maravatío, don José Ignacio Imitola, quien se maravilló de la gran inteligencia que poseía aquel niño, a quien llegó el momento en el cual ya no le podía enseñar nada, según palabras textuales del clérigo.
El 18 de octubre de 1824, a los diez años de edad, ingresó al Colegio Seminario de Valladolid (actual Morelia), donde estudió gramática latina, retórica y oratoria, lógica, metafísica y teología, matemáticas, geografía y física, obteniendo siempre las más altas calificaciones en todas las cátedras debido a “la sublimidad de su talento” (Eduardo Ruiz).
El 29 de marzo de 1831 fallece la señora Francisca Xaviera, protectora de Melchor Ocampo y lo nombra heredero universal de todos sus bienes. La pérdida irreparable de una persona esencial en su vida lo hunde en la tristeza y se refugia en la hacienda ahora ya de su propiedad, de donde sale para inscribirse en diciembre de ese mismo año en la Universidad de México a fin de cursar la carrera de abogado, hizo su pasantía en el bufete jurídico del licenciado Espinosa Vidarte, Ministro de Justicia en el gobierno de Anastacio Bustamante. Según Ángel Pola, rechazó dedicarse al ejercicio de la abogacía por la forma pícara en que se practicaba esta profesión y optó por el estudio y la investigación. Adquirió una de las bibliotecas más completas que existían en ese tiempo dentro del territorio nacional. Se dedicó a labrar la tierra y a leer con gran avidez obras de temas filosóficos, pero él sentía una especial predilección por las ciencias fácticas: botánica, astronomía, física, química, etc., sin desdeñar las llamadas ciencias sociales como la economía, la historia, el derecho, la lingüística, etc. Era un verdadero sabio. Había leído a los autores más importantes de su tiempo y poseía una cultura muy vasta.
En 1840 viajó a Europa con el propósito de estudiar las grandes realizaciones de las culturas del viejo continente, pero sobre todo enfrentar sus problemas personales, entre otros, encontrar su verdadera vocación. Regresa y en 1842 lo nombran diputado por Michoacán al Congreso Constituyente, el cual estaba dividido por dos corrientes: la minoritaria –a la que pertenecía Ocampo- que aspiraba a establecer un sistema republicano, representativo, popular y federal; la mayoritaria que se oponía a este última característica. Aquí se perciben las dos posiciones: liberales y conservadores.
Desde el frente liberal se incorporó a la lucha al lado de Benito Juárez, Ignacio Ramírez “El Nigromante”, Guillermo Prieto, Ponciano Arriaga, Santos Degollado, Miguel Lerdo de Tejada y demás luchadores políticos, sociales y militares que jugaron un papel fundamental en la instauración de una República Democrática, Representativa y Popular.
Melchor Ocampo vivió el destierro al lado de Juárez, estuvo integrado al grupo liberal en los momentos más difíciles: cuando se encontraban en Veracruz, donde se expidieron las principales Leyes de Reforma: La nacionalización de los bienes del clero secular y regular, la Separación de la Iglesia y el Estado, La Libertad de Cultos, La Creación del Registro Civil, la institución del Matrimonio Civil, Secularización de los Cementerios, entre otras.
Desempeñó con acrisolada honestidad los cargos de Secretario de Relaciones, Presidente del Congreso, Gobernador de Michoacán en dos periodos, Secretario de Hacienda, etc.
Pero, Melchor Ocampo, aún antes de esto, ya era un mexicano grande que poco después de la invasión norteamericana propone que se adopte inmediatamente la guerra de guerrillas para expulsar al invasor que viene con su rapiña a quitarnos lo que es nuestro. “La guerra debe hacerse bajo la pena, si no continúa, de que nuestros enemigos vuelvan mañana a quitarnos lo que hoy nos dejan por su sola magnificencia. La guerra debe hacerse si no queremos que en lo sucesivo nuestra nacionalidad sea un vano simulacro.”
Con estas últimas ideas que siguen teniendo una gran actualidad a propósito de la rabiosa ley ani-inmigrante en contra de los mexicanos y, en general, de los latinoamericanos, luchemos por defender nuestros derechos inalienables.
Al recordar la infame acción ordenada por “El Tigre de Tacubaya” Leonardo Márquez, viene a la memoria el espíritu indomable del gran luchador Ocampo, quien enfrente de sus verdugos todavía tuvo la serenidad del sabio, la paciencia del científico, para repartirles algunos de sus bienes, escribir su testamento, en el cual manifiesta: “He hecho por mi país cuanto en conciencia creí que era bueno”, dona sus libros al Colegio de San Nicolás. Un sacerdote le ofrece sus servicios, y Ocampo le comenta: “Padre, estoy bien con Dios y Él está bien conmigo.” En el momento de la ejecución le piden que se arrodille, a lo cual se niega y con una lógica impecable les contesta: “Mi pecho está a la altura de sus balas”. Intentan vendarle los ojos y él estoicamente responde: “Puedo ver la muerte”. Les pide que no le disparen a la cara, lo cual no obedecen. Con el mayor rencor, después de fusilarlo lo cuelgan a un árbol de pirú (pirul) y ahí permanece toda la noche. La nación entera se convulsiona. México había perdido a uno de sus mejores próceres y Michoacán al patricio que le dio su nombre.