Los bufones al mando

 Los bufones al mando

Leopoldo González

El arte de ser bufón no vaya usted a creer que es cosa fácil, y no lo es, en primer lugar, porque es un arte, y en segundo, porque su ejercicio requiere de habilidades especiales.

La bufonería colinda, por uno de sus extremos, con el arte de la picardía y, por el otro, con el género de lo grotesco inspirado, en los que cabe casi de todo: la contorsión, larisa irreverente, el trapecismo verbal, la burla, el humor negro, la comedia, la comedieta, etcétera.

Quizás por ello, no me sorprendió hace días leer en un editorial que “México es un país de opereta”, porque se trata de un arte menor, de dimensiones y pretensiones modestas, generalmente de carácter frívolo o burlesco, que se desarrolla en ambientes populares y más acá del pavimento.

Los temas preferidos de la opereta moderna son inverosímiles, locuaces y disparatados, quizás por eso se parecen tanto al estilo político mostrenco que hoy tenemos en México.

El bufón era uno de los íconos del pueblo en la Edad Media, porque divertía, disipaba las “mariposas en el estómago” y el mal humor, trastocaba la quijada endurecida en relajada y surtía de un estilo chabacano el gusto popular.

Ebrio de distractores mentales, arropado por la simpleza y la simplificación y con el hazmerreír enfrente, el pueblo no podía pedir más.

Si la copa de la risa es la caricia más suave que puede recibir un alma atribulada, sobre todo cuando reír se ha convertido en catarsis de liberación y refugio de esperanza, la risa es, entonces, un peldaño de luz que nos permite colocarnos por encima de la realidad.

La carcajada es, a veces, en tanto que movimiento de músculos faciales y temblor de mandíbulas, la última frontera del puchero y el llanto.

La historia del género nos advierte, como medida precautoria, que antes que los Clowns (payasos) existieron los bufones.

Dice Freud, en una de sus obras, cuando describe la intimidad trágica de una emocionalidad escindida: “Y entonces el bufón se puso a bromear en serio, y ahí estaba en su elemento”. Es que la comedia nos dice tanto sobre el mundo como la tragedia, y los papeles son, con mucha frecuencia, intercambiables.

Si el presidente de la República, por ejemplo, con una negatividad emocional de primera en una racionalidad de cuarta, pretende consumar una transformación inédita y de gran calado para llevar a México a la cima del mundo, cuesta trabajo entender cómo podría conseguirlo a punta de obsecaciones, estridencias, aberraciones y tontologías, y sin poner nada de su parte para corregir el desarreglo nacional que ha provocado.

A estas alturas de su mandato, y con el país en vías de destrucción, queda claro que lo que AMLO busca hacer con México no es reconstruirlo a golpes de genialidad, sino destruir lo poco que aún subsiste de la cultura y el Estado democrático, para forjar el imperio de un reino unipersonal sobre escombros. Y ya sabemos que el de bufón, es el género teatral que invita a trabajar creativamente con la propia sombra.

Si la filosofía de la risa nos recuerda que vivimos -como país- en medio de dislates y contradicciones, el realismo mágico latinoamericano es su filosofía espejo, pues dibuja un universo donde lo irreal e incluso lo absurdo se nos muestran como algo cotidiano y común.

Charles Simic, el poeta yugoeslavo-estadounidense que se ríe de los engreídos y los autoritarios, escribió: “No puedo imaginar una sociedad más horrible que aquella donde la risa y la poesía estén prohibidas, donde la insana enajenación de los ricos y los poderosos, así como las hipocresías de los clérigos y los políticos, pasen inadvertidas”. Y enseguida agregó: “En el mundo en que vivimos, la mayor parte de la energía intelectual se gasta protegiendo del ridículo a aquellos que proclaman la verdad eterna”.

Si Charles Simic pensaba en la situación de su país adoptivo y el nuestro, a la hora de escribir -con bastante buen humor- semejante obús verbal, es un deber cívico la risa de hoy, porque mañana puede no ser muy recomendable.

Pisapapeles

-Te regalo dos boletos para mi estreno, mañana. Lleva a un amigo, si te queda alguno-, le dijo Bernard Shaw a Winston Churchill. -Mañana no puedo ir, voy pasado mañana… digo, si tu obra aguanta dos noches-, contestó Churchill.

leglezquin@yahoo.com    

 

Isauro Gutierrez