Las mujeres de Don Melchor

 Las mujeres de Don Melchor

Samuel Maldonado Bautista

¿Cuántos libros se habrán escrito acerca de Don Melchor Ocampo? No tengo idea del número, pero indudablemente que son muchos y de  muy diferente estilo. Lo han descrito y analizado desde perspectivas diferentes, los más tocando sus investigaciones científicas, su correspondencia diplomática y su carrera política que, pienso, destacan sobre cualquier otro tema. Desde luego que los discursos expresados por un sinnúmero de oradores han cubierto todas las aristas de este ilustre michoacano, desde las fábulas que lo rodean  a través de la novela de Manuel Payno (Una Emboscada) hasta comentarios sobre su gran corazón, mismo  que reposa en el Aula Mater del Colegio de San Nicolás de Hidalgo. Pero un tema de lo que poco se han ocupado historiadores, políticos, escritores y oradores, seguramente, por la conducta seria y respetable de Don Melchor, lo ha sido el de las mujeres, el de sus mujeres.

Todos sus biógrafos coinciden en lo acontecido en sus primeros días y aún cuando persiste la duda sobre su origen, certifican la veracidad de la misma su acta de nacimiento, la que indica que fue bautizado y recibido los nombres de José, Telésforo, Juan Nepomuceno, Melchor de la Santísima Trinidad. Se anota en ese documento el nombre de su segunda “mujer” pues se ignoran los datos (o hay duda) de quién fue quien lo parió y conforme pasa el tiempo los historiadores no aciertan en la identificación de su primera mujer. La “segunda” que lo presentó en este acto fue su madrina, la señorita Doña María Josefa González de Tapia.  

En esta materia contrasta la biografía de nuestro personaje con la de otros no menos o másimportantes héroes de nuestra América Latina, pues a través de su correspondencia se da santo y seña de la vida amorosa que llevaron, como es el caso del ilustre Simón Bolívar o de su otro paisano, Agustín de Iturbide.

Para dar un solo ejemplo, citaré que hay varias cartas suscritas por Bolívar, pero una en lo particular, enviada a Doña Manuelita de Sáenz, da constancia de lo amoroso que era el Libertador. Cito, de ésta, un párrafo: ¿Sabes -le escribe Don Simón-  que me ha dado mucho gusto recibir tu carta? Lo que me dices de tu marido es doloroso y hermoso a la vez. Deseo verte libre, pero inocente juntamente, porque no puedo soportar la idea de ser el robador de un corazón que fue virtuoso y que no lo es por mi culpa. No sé cómo hacer para conciliar mi dicha y la tuya con tu idea del deber y el mío”.

Del Filósofo de la Reforma, reitero su conducta seria y ordenada, conozco una escrita a quien fuera su tercera mujer, Doña Francisca Xaviera Tapia y Balbuena, a quien le escribió lo siguiente: Aunque sea de paso e inconducente diré que si esta señora hubiera tenido teatro, se habría lucido y atraído la estimación de cuantos la conocieron por su claro talento, elevadas miras, carácter varonil e indeficiente caridad. ¡Le debo cuanto soy y tengo! Me conmuevo al escribir esto, después de 30 años que hace que la perdí.

Doña Francisca Xaviera, fue su protectora y de quien se sabe con certeza que lo recibió en adopción. Algunos investigadores indican que probablemente fue su progenitora y muchos coinciden en que fue su institutriz primera. Antes de morir Doña Francisca, le nombraría heredero prácticamente toda su fortuna.

Serían Ana María Escobar y Josefa Rufo, dos jóvenes protegidas de la Sra. Francisca sus otras “dos mujeres en su vida” quienes lo cuidaron y compartieron con él juegos infantiles. Dice el historiador michoacano Raúl Arreola, en relación con estas niñas, que lo protegieron y fueron compañeros de juegos infantiles con Ocampo, se cuidaron y entendieron entre sí.

Años más tarde y conforme Ocampo crecía, aparecerían otras en la vida de nuestro héroe; una de ellas en lo particular era de ideas liberales y no podía de ninguna manera ser diferente, Seguía cercanamente los pasos de Telésforo Ocampo. Se llamaba Josefa,  misma que amaba intensamente a su padre, confidente y consejera, conciencia vigilante, dotada de especial inteligencia y de una sensibilidad  afín a su padre  (Raúl Arreola dixit).

Por otra parte otro escribidor, Liborio  Villalobos Calderón, menciona que en una carta póstuma, escrita para Petra, Julia y a Lucila (otras mujeres de Ocampo), les indica que fueron encomendadas al cuidado del Doctor Manzo, y les recomendaba que vieran en él a un amigo y en sus familiares, el hogar que no tenían y especialmente a Don José María un padre, pues que favores de padre hace.

En Doña María Escobar -indica Raúl Cortés- sembraría su primera semilla y a ésta la bautizaría con el nombre de Josefa Ocampo Escobar, quien escribiría a Ocampo la siguiente misiva:

Horas de Tristeza.

A mi padre!:

Sola atravesé, y llorando, el campo ameno entre las flores… yo, cuando distraída iba a recoger, saltando de júbilo, sus lauros al seno de sus padres y los cubrían de besos y los animaban a la carrera y al alborozo, quedaba sola y mis ojos se llenaban de lágrimas cuando alguna mujer compadecida, señalándome decía: ¡Pobre Huérfana!…  El huérfano es un niño que caduca, es el extranjero, para el que sólo hay indiferencia  en todas partes. La orfandad es el egoísmo del llanto…!

Don Melchor, indudablemente fue un hombre romántico, sin interés por lo bienes materiales y muy discreto en sus asuntos amorosos y bien lo describe Manuel Payno en su obra “El Secuestro”.

Pero aparte de las mujeres mencionadas, Don Melchor tuvo la fijación en muchas de protegerlas y de cuidarlas y por eso pienso que su Epístola, fue pensada primeramente para Doña Francisca, luego para Doña Ana María y finalmente dirigida para sus hijas.

La Epístola  refleja un carácter romanticón y de preocupación por el destino de las mujeres en una época en que poco importaban y se mantenían, en forma general, en un segundo o tercer plano, desde luego, con sus grandes excepciones, sin negar tampoco lo que Escribe Raúl Arreola Cortés.

Sentía sin embargo los imperativos de la carne y alguna aventura corrió en la capital como una forma de ensayar su poder personal. Era romántico, poco apegado a los bienes materiales, sensible ante el sufrimiento de los demás. Su nieta: Josefa Mata y Ocampo de Carrera, entregaría el corazón de Ocampo al Colegio de San Nicolás.

En la época que nos ocupa y sobre todo por la hegemonía y control que el clero eclesiástico mantenía su famoso “Contrato Matrimonial” éste fue lo más avanzado de su tiempo; fue un elemento que ayudó mucho a que se reconociera la validez y autoridad que la mujer tenía dentro de la familia.

Epístola

Declaro en nombre de la ley y de la Sociedad, que quedan ustedes unidos en legítimo matrimonio con todos los derechos y prerrogativas que la ley otorga y con las obligaciones que impone; y manifiesto: “que éste es el único medio moral de fundar la familia, de conservar la especie y de suplir las imperfecciones del individuo que no puede bastarse a sí mismo para llegar a la perfección del género humano. Este no existe en la persona sola sino en la dualidad conyugal. Los casados deben ser y serán sagrados el uno para el otro, aún más de lo que es cada uno para sí. El hombre cuyas dotes sexuales son principalmente el valor y la fuerza, debe dar y dará a la mujer, protección, alimento y dirección, tratándola siempre como a la parte más delicada, sensible y fina de sí mismo, y con la magnanimidad y benevolencia generosa que el fuerte debe al débil, esencialmente cuando este débil se entrega a él, y cuando por la Sociedad se le ha confiado. La mujer, cuyas principales dotes son la abnegación, la belleza, la compasión, la perspicacia y la ternura debe dar y dará al marido obediencia, agrado, asistencia, consuelo y consejo, tratándolo siempre con la veneración que se debe a la persona que nos apoya y defiende, y con la delicadeza de quien no quiere exasperar la parte brusca, irritable y dura de sí mismo propia de su carácter. El uno y el otro se deben y tendrán respeto, deferencia, fidelidad, confianza y ternura, ambos procurarán que lo que el uno se esperaba del otro al unirse con él, no vaya a desmentirse con la unión.

Que ambos deben prudenciar y atenuar sus faltas. Nunca se dirán injurias, porque las injurias entre los casados deshonran al que las vierte, y prueban su falta de tino o de cordura en la elección, ni mucho menos se maltratarán de obra, porque es villano y cobarde abusar de la fuerza.

Ambos deben prepararse con el estudio, amistosa y mutua corrección de sus defectos, a la suprema magistratura de padres de familia, para que cuando lleguen a serlo, sus hijos encuentren en ellos buen ejemplo y una conducta digna de servirles de modelo. La doctrina que inspiren a estos tiernos y amados lazos de su afecto, hará su suerte próspera o adversa; y la felicidad o desventura de los hijos será la recompensa o el castigo, la ventura o la desdicha de los padres. La Sociedad bendice, considera y alaba a los buenos padres, por el gran bien que le hacen dándoles buenos y cumplidos ciudadanos; y la misma, censura y desprecia debidamente a los que, por abandono, por mal entendido cariño o por su mal ejemplo, corrompen el depósito sagrado que la naturaleza les confió, concediéndoles tales hijos. Y por último, que cuando la Sociedad ve que tales personas no merecían ser elevadas a la dignidad de padres, sino que sólo debían haber vivido sujetas a tutela, como incapaces de conducirse dignamente, se duele de haber consagrado con su autoridad la unión de un hombre y una mujer que no han sabido ser libres y dirigirse por sí mismos hacia el bien”

Isauro Gutierrez