Las Campanas Llaman a Muertos

 Las Campanas Llaman a Muertos

Vicente García Rocha

Ahora presento la última entrega de las síntesis comentadas de la obra de Martín Moreno.

Al triunfo de los liberales en la guerra de los Tres Años, Benito Juárez  García, como presidente de la República, arribó  a la ciudad de México  el 11 de enero de 1861, la gente se agolpaba para homenajearlo, escasamente obsequiaba  una sonrisa y devolvía un saludo, los ¡¡Viva Juárez !! ¡¡Viva la Constitución!! Se escuchaban en cada esquina según transitaba el prócer hasta llegar a Palacio Nacional, desde donde dirigió un mensaje vibrante:

¡Mexicanos! En el estruendo de las batallas proclamasteis los principios de libertad y reforma y mejorasteis con ellas vuestro código fundamental. Fue la reforma el paladín de la democracia y el pueblo ha derramado profusamente su sangre para hacerla triunfar de todos sus enemigos. Ni la libertad, ni el orden constitucional, ni el progreso, ni la paz, ni la independencia de la nación  hubieran sido posibles fuera de la reforma; es evidente que ninguna Constitución mexicana ha recibido una sanción popular más solemne ni reunido más títulos para ser considerada como base de nuestro derecho público. Por eso mi gobierno la ha sostenido con vigor, y ha desarrollado con franqueza sus principios saludables.

¡Mexicanos! Inmensos sacrificios han  significando la libertad de esta nación. Sed tan grandes en la paz como lo fuisteis en la guerra y que llevasteis a un término tan feliz y la República se salvará.Que se consolide, pasada la lucha, esa unión admirable con que los Estados hicieron propicia la victoria. Que sea más profundo que nunca el respeto a la legalidad  y a la  Reforma, tan heroicamente defendida, y la obediencia de los poderes generales, que son la garantía de la Federación y de la nacionalidad mexicana. Si ofrecéis el ejemplo de un pueblo libre que sabe darse y cumplir sus propias leyes; si cooperáis con nuestra voluntad potentísima al buen éxito de las medidas emandas de una administración, que se ha sostenido con lealtad vuestra causa en tiempos azarosos, ¡Mexicanos!, las enormes dificultades de la gobernación, aglomeradas por la guerra, serán vencidas irremediablemente.

Don Melchor Ocampo se había adelantado a Don Benito, llegando desde el 3 de enero y procedió inmediatamente a cesar fulminantemente a los empleados de alto nivel que habían servido a la administración conservadora y decretó el pago de daños y perjuicios con cargo a los ingresos clericales. Por su parte Juárez decretó la expulsión del nuncio papal Luiggi Clementi; del embajador deEspaña, un intrigante profesional que sumó sus talentos a la suscripción del tratado Mon-Almonte; de los ministros de Guatemala y Ecuador, además de imponer el destierro al arzobispo Garza y Ballesteros, así como de los obispos Joaquín Madrid, Pedro Barajas, Pedro Espinosa y Clemente de Jesús Murguía. El presidente Juárez vio con sorpresa la respuesta del pueblo y de la prensa: “La sociedad siente y piensa que el exilio es una sanción tibia, irrelevante y hasta intrascendente, para castigar a esos sacerdotes, unos auténticos engendros del mal. Miranda, disfrazado, junto a Leonardo Márquez, su brazo armado, se esconden en  la sierra,  los dos, chacales inmundos.

La gente exige la ejecución de los altos prelados, su fusilamiento en plena Plaza de la Constitución.  Habla el pueblo que ganó la guerra, ya no el ejército, ¡Cuélguelos! con todo y sus sotanas ensangrentadas, Además cuestionan ¿Dónde esta el tesoro de la iglesia? Desaparecieron las joyas que exhibían los santos en sus coronas y las vírgenes de más de un metro y medio de alto,forjadas en plata maciza, también los candelabros y candiles del mismo metal, los copones de oro, las cruces brillantes, las ánforas, la custodia de la Catedral confeccionada con decenas de rubíes, esmeraldas, diamantes, amatistas,  y zafiros, los cuadros  de Murillo y Zurbarán.

El gabinete se divide ante lo que juzgan tibieza por parte del presidente, muchos ministros presentan su renuncia, pues no aceptaban que los prelados disfrutaran del dinero mal habido en el extranjero viviendo como príncipes. Zarco propone aplicar la ley no la política, que se les enjuicie y aplique la ley. Se dice que está resuelta la expulsión de algunos obispos, y nosotros nos oponemos a esta medida, porque es a un tiempo, tímida y arbitraria, incongruente y despótica. El gobierno no tiene la facultad de desterrar obispos, como no la tiene de desterrar a ningún mexicano. Si los obispos son culpables deben ser sujetados a juicio como al último de los ciudadanos.

Juárez contestó sencillamente que había obrado dentro de la ley del 12 de julio de 1859, que en el artículo 23 dejaba al arbitrio del Ejecutivo la expulsión o la sujeción de los individuos que se sublevaran, conspiraran o no se opusieran al cumplimiento de las Leyes de Reforma, y así justificó plenamente el acto.

El gabinete inevitablemente dividido por la amnistía presenta su renuncia en pleno, Melchor Ocampo, González Ortega, Emparán, De la Llave… Juárez dejó ir a Ocampo a Pomoca, por supuesto ignora que sólo unos meses más tarde el maldito padre Miranda, confabulado con el obispo Munguía, el enemigo de don Melchor, instruiría a la distancia a Leonardo Márquez, que asesinara al ilustre patricio mexicano. Leando Valle y Santos Degollado correrían igual suerte a manos del mismo asesino intelectual y el mismo asesino material.

Mientras tanto, la administración de Juárez, ya es reconocida en todo el mundo: la reforma continúa, secularizando hospitales y centros de enseñanza; se reduce el número de conventos a sólo nueve. Ignacio Ramírez Calzada redacta la ley de instrucción pública, Zarco expide la ley de imprenta. El general Escobedo logra derrotar  a la guerrilla encabezada por Márquez y Mejía, que financióMiranda.

Mientras Miramón llega a París, el centro de la nueva intriga, Labastida convence al Papa Pío Nono de la importancia de solicitar y usar las fuerzas militares francesas para garantizar el regreso de los jerarcas católicos al poder mexicano. El Papa es cómplice. Habla con Eugenia la emperatriz de Francia. Las esposas, madres y en general las mujeres ejercen una gran influencia en los jefes del hogar o de los imperios; Usémoslas para llegar a donde deseamos, le aconseja Su  Santidad a Labastida, como si éste no lo hubiera practicado ampliamente en México.

Cuando Miranda, Labastida, Gutiérrez Estrada y Almonte, supieron de la suspensión de pagos, lanzaron al aire bonetes y sombreros, aprovecharían la asfixia financiera del gobierno juarista para presionar a Napoleón III y a la emperatriz Eugenia a ejecutar la invasión. Aunque era irrelevante el importe de la deuda que se debía a Francia que no llegaba a los dos cientos mil dólares, lo importante era capitalizar el pretexto. El Papa Pío IX, también intercambia comunicaciones redactadas por Labastida para inducir al emperador a ejecutar la intervención.

Con base en los acuerdos de la Convención de Londres, a finales de 1961 las tropas francesas y españolas empiezan a desembarcar en Veracruz. Miranda, Labastida y Munguía se felicitan por carta. Maximiliano escribe a Gutiérrez Estrada aceptando encabezar un régimen monárquico en México, con la condición de que el pueblo lo pida por una Manifestación Nacional. Los conservadores se frotan las manos, las fuerzas francesas apoyadas por las clericales mexicanas, aplastarán, derrotarán y destruirán al ejército nacional, Maximiano en el trono, firmará los decretos respectivos para instrumentar la devolución de los bienes expropiados de la iglesia católica y se repondrán además, todos y cada uno de los privilegios, eso creían…

Con la firma del Tratado de la Soledad, España e Inglaterra retiran sus tropas a sus países de origen. Sólo Francia, aunque se le adeuda una insignificancia, insiste en marchar hasta la Ciudad de México, lo que menos les preocupa es la recuperación del préstamo, vienen por el país, no por mendrugos.

Las armas nacionales se han cubierto de gloria, le informa el general Zaragoza al presidente después de derrotar el 5 de mayo de 1962 a los franceses y a las rémoras clericales mexicanas. ¿Puede haber traición más vil y ominosa?, soldados mexicanos pagados por el clero, aliados a los invasores franceses en la toma de su propio país. ¿Por qué al mejor ejecito del mundo lo derrotan unos muertos de hambre? ¿De qué están hechos estos liberales? ¿Sería que Dios estaba finalmente con ellos?

El traidor de traidores, sin duda es el padre  Francisco Javier Miranda y Morfi, que en la última misiva al obispo Labastida, cuando ya sentía, afortunadamente para México que sus días estaban contados, sólo trascribimos un párrafo muy significativo,

…mi vocación fue una sola: proteger a nuestra Santa Madre Iglesia con todo aquello de lo que yo pudiera echar mano. Si tuve que matar, fue en el nombre de Dios. Ël sabrá juzgarme y absolverme. Sí tuve que sumarme a la guerra para defender nuestra religión, no me importó destruir el país siempre y cuando se impusiera la justicia divina y se dejara a salvo el patrimonio del Señor. Así aconteció en Zacapoaxtla, en Puebla, en Turbaco, cuando invitamos a Santa Ana a regresar una vez más a México. Nuestro propósito no declinó cuando derrocamos a Comonfort y se fortaleció  cuando estalló la Guerra de Reforma.

¡Por supuesto que me gané el derecho al cielo al mandar asesinar a Ocampo y al sorprender a esos imbéciles de Degollado y de  Leandro Valle! ¿Qué esperaban, bendiciones en lugar de balas en el cuerpo por haber destruido una institución tres veces centenaria en México y de diez y nueve siglos de existencia en el universo?

Dios me dio licencia, Dios sabrá perdonarme.

Le beso a usted los pies.

Francisco Javier Miranda y Morfi

El seis de marzo de 1864

P.D. ¿Qué le parece el cargo que hacen los liberales cuando afirman que el Diablo, antes de ser Diablo, por supuesto que había sido sacerdote? ¡Miserables, mil veces miserables!

A poco más de un año de la victoria en Puebla, en los fuertes de Loreto y Guadalupe, de las armas nacionales juaristas,  la noche del 31 de mayo de 1863, ante el inminente arribo de las fuerzas francesas, Juárez abandona Palacio Nacional, echa la última mirada a su oficina, toca su escritorio, ve la silla de su despacho, contempla a través de la ventana la Plaza de la Constitución. Verifica que sus archivos hayan sido guardados y se encuentran fuera del alcance de los soldados extranjeros. No mueve un solo músculo de su cara, no huye.

Su obligación es proteger los intereses de la República. Valora lo imposible de oponerse al ejército más poderoso de la tierra, considerando después de terminada la guerra de Reforma, hace sólopoco más de dos años. No se arrepiente haber propiciado la amnistía y no como otros, que insistían enel castigo draconiano, el fusilamiento de los sacerdotes. Prefirió respetar la ley, aún a sabiendas que los altos prelados, el destierro de la amnistía, les permitió llevarse los dineros, las joyas y demás riquezas clericales, mismas que utilizaron para financiar las gavillas de Márquez, Zuloaga, Mejía y Cobos, a más de vivir el Europa con los lujos de príncipes y dedicarse a promover la intervención francesa y la instauración del segundo imperio.

Don Benito sale al patio de Honor en Palacio Nacional, solemne  rinde los últimos honores a la bandera. Hace que desciendan el lábaro patrio, Lo doblan. Lo besa y se lo lleva debajo del brazo. Un símbolo. ¡Qué importantes son los símbolos para un patriota! ¡Ay de aquél que no los tiene, los siente y los vive! Al presidente nadie se lo arrebatará, esto bien que lo aprendió como guarda templo de su logia, puesto que siempre reclamaba para sí, por ello, mientras él lo custodie habrá República, ¡Viva la República! ¡Viva mi hermano Melchor Ocampo! Y pensaba, ¿Qué aconsejaría el michoacano en estas circunstancias? Pero ya no está, ha partido para siempre. Lo asesinaron los esbirros del clero. Pero está él, Juárez, su figura basta y sobra…

Enseguida, nos permitimos reproducir una cita textual que hace Martín Moreno  de Rosario Fernández,

La calesa negra, tirada por una pareja de mulas, rodaba por el único y polvoriento camino, el camino real que unía a la capital de la república con el norte. Venía de El Saltillo. Le precedía un puñado de hombres a caballo, armados, bajo el mando del general Meoqui. Tras la calesa, se movían lentamente once carretas tiradas  por bueyes. La rara caravana avanzaba rumbo al norte. Dentro del carruaje, con vestido negro, el mismo que usaba en el Palacio Nacional y con la mismo serena dignidad con que presidia las reuniones con sus ministros, venía Juárez. Era el éxodo de los poderes de la unión, la encarnación de la República, seguida de cerca por las hordas invasoras y por los traidores.

Ý sin embargo, no era huída. Ni Juárez ni sus hombres mostraban el mínimo rasgo de derrota. El recorrido no era una marcha silenciosa para ponerse a salvo; Era uno de tantos episodios de su batalla constante, los que casi siempre coronaba una victoria parcial´.

Don Benito Juárez no volverá a pisar el Palacio Nacional hasta 1867, en que fusila contra toda oposición, a Maximiliano. Lo trata como a un pirata invasor. Intervienen el papa Pio IX, quien pide respeto por la vida del joven emperador, ¡Nada, al paderón! Napoleón III el pequeño, suplica. Menos, ¡al paderón! Le vale un comino que le llamen el Atila mexicano, se sostiene ¡al paderón! Recibe carta, entre otras figuras mundiales, del hermano Víctor Hugo, el ilustre escritor galo. No obstante ello,Insiste ¡al paderón! Recibe para el mismo asunto, mediante los buenos oficios de don Guillermo Prieto, a la guapísima princesa de Sal Sam, con la encomienda fraterna de ¡Ahora es cuando señor presidente!, dicen los historiadores mexicanos mal pensados todos, que lo que querría decir Guillermo Prieto, es que no debía desaprovechar  la oportunidad circunstancial de poseer una potranca Pura sangre o cuarto de milla, como se dice en el caló caballerango, pero que Juárez inmutable, lo entendió en el sentido de que ahora era cuando debía hacer honor a su patria…Y sin más, reafirma: Quien se meta con México, ¡al paderón!…He dicho ¡al paderón! Es la ley: ¡al paderón! ¿Alguien tiene alguna duda? ¿Me contemplan con posibilidades de negociar? Ni Prieto, ni ninguno de los demás ministros presentes, dijeron palabra

Isauro Gutierrez