La virtud del amor (Primera parte)


Jorge Rocha Trujillo
“Lo que se hace por amor se realiza siempre más allá del bien y del mal“. Nietzsche
“Omne animal post coitum triste”. Atribuida a Aristóteles
Al escribir sobre el amor, no pretendo dar lecciones de moral y mucho menos escribir una receta para conseguirlo; ese es un desafío estrictamente personal. Después de hablar sobre el tema, pretendo que se logre el objetivo de ser más humano, más fuerte, más bondadoso; subir pues, con paso firme los escalones de la triada: fuerza, belleza y sabiduría.
El Bien sólo existe en la pluralidad de las acciones buenas y de las buenas intenciones, designadas por la tradición con el nombre de virtudes, de excelencias. Tal es el sentido de la palabra griega areté y del latín virtus. Una virtud es una fuerza que actúa o que puede actuar, la virtud es potencia específica. La virtud de un ser es lo que le confiere su valor, su propia excelencia, lo que nos distingue de los animales, la vida racional. La virtud es la disposición adquirida para hacer el bien, la virtud es el mismo bien en espíritu y verdad.
El sexo y el cerebro no son músculos ni pueden serlo. Esta expresión rompe el esquema: no se ama lo que se quiere, sino lo que se desea. El amor no se ordena, y por lo tanto no puede ser un deber. Kant, Crítica de la Razón Práctica expone: “El amor es una cuestión de sentimiento y no de voluntad, y no puedo amar porque yo quiera y mucho menos porque deba; de esto se deduce que el deber de amar es un absurdo. La virtud y el deber son dos cosas diferentes: el deber es una obligación; la virtud, una libertad.
El amor no se ordena, porque es el amor quien manda y vale para nuestra vida moral o ética. Es necesario un marco moral cuando se carece de amor, porque si abundara suscitaría hacer las cosas sin coacción. Toda nuestra vida, privada o pública, familiar o profesional, sólo vale en proporción al amor que damos o encontramos en ella. Amar es un verbo de acción. Hay que amar el amor, si no lo hacemos así, estamos perdidos. A propósito, ¿Qué es el amor? Es la gran pregunta. La respuesta nos lleva a desmenuzar al menos tres tipos de amor: El amor Éros, el amor Philia y el amor Ágape. Vamos a tratar de comprenderlos.
Amor Eros
En la mitología griega, Éros (en griego antiguo Ἔρως) era el dios primordial responsable de la atracción sexual, el amor y el sexo, venerado también como un dios de la fertilidad. En algunos mitos era hijo de Afrodita y Ares, pero según El banquete de Platón fue concebido por Poros, la abundancia y Penia, la pobreza.
La mejor definición de Éros se hace presente en el diálogo El Banquete, de Platón cuyo argumento trata de una reunión de varios amigos en casa de Agatón, para celebrar el éxito obtenido en un concurso de tragedias. En la reunión se habla del amor, en la que cada uno de los concurrentes pretende saber cuál es la esencia del amor haciendo un elogio de él. Fedro quiere demostrar que Eros es el más antiguo de los dioses, puesto que no tiene padre ni madre; Pausanias distingue entre el amor popular, que ama el cuerpo más que el alma, y el amor celeste, que ama el alma más que el cuerpo y que por eso permanece fiel durante la vida, porque se ha unido a algo duradero, mientras que el amor a los cuerpos, muere al mismo tiempo que la belleza de éstos; el del médico Erixímaco con una especie de panerotismo estético y cosmológico; y finalmente, el discurso de Agatón en el que alaba la juventud de Eros, la delicadeza, la belleza, la dulzura, la justicia, la templanza, la valentía, en resumen, de todas las virtudes, pues es el origen de todas ellas.
Es menester poner atención al discurso de Aristófanes en el que introduce el mito de los andróginos que dice: “Antaño, nuestra naturaleza no era como ahora, sino muy diferente. Cada hombre constituía un todo de forma esférica, con una espalda y unos flancos redondeados; tenían cuatro manos, cuatro piernas, dos rostros exactamente iguales sobre un cuello totalmente redondo, y una sola cabeza para el conjunto de estos dos rostros opuestos el uno al otro; tenían cuatro orejas, dos órganos reproductores, y todo el resto a tenor.”
Dice Aristófanes, que esta dualidad genital explica que la especie humana no tuviera sólo dos géneros, sino tres: los varones, que tenían dos sexos de hombre; las mujeres, dos sexos de mujer, y los andróginos que poseían, como su nombre lo indica, un sexo de hombre y otro de mujer.El varón nace del Sol, la hembra de la Tierra y la especie mixta de la Luna, que participa de ambos. Todos ellos poseían una valentía y una fuerza excepcionales por lo que intentaron escalar al cielo para luchar contra los dioses. Zeus, para castigarlos, decidió cortarlos en dos, de arriba abajo. Esto significó el fin de la plenitud, de la unidad, de la felicidad. Desde entonces, cada individuo se ve obligado a buscar su mitad, buscando sin descanso el todo. Esta búsqueda, este deseo, es lo que se llama amor, y es la condición, cuando se ve satisfecho, de la felicidad. Sólo el amor recompone la antigua naturaleza, esforzándose en fundir dos seres en uno solo y en sanar la naturaleza humana siempre en busca del Gran Amor, total, definitivo, exclusivo, absoluto.
Cuando la persona se siente atraída por otra, encuentra su mitad experimentando prodigiosos transportes de ternura, de confianza y de amor, y no quieren separarse nunca más ni por un instante, desean reunirse y fundirse con el objeto amado, y ser sólo uno en lugar de dos.
Hay que ser dos para hacer el amor, al menos dos, por eso el coito, lejos de anular la soledad, la confirma. Las almas quizá podrían fundirse, si existieran, pero son los cuerpos los que se tocan, los que gozan, los que permanecen… Lucrecio describe muy bien esta fusión “Los miembros abrazados gozan de esta flor de juventud, y el cuerpo adivina la próxima voluptuosidad; Venus va a sembrar el campo de la mujer; presionan ávidamente el cuerpo de su amante, mezclan su saliva con la de él o ella, respiran su aliento, muerden con sus dientes la boca de él o la de ella: vanos esfuerzos, puesto que no pueden usurpar nada del cuerpo que besan, sólo penetrar en él y fundirse totalmente con él. Porque en algunos momentos eso es lo que parecen querer hacer…”
De ahí siempre el fracaso y la tristeza, querían ser sólo uno y, sin embargo, son dos más que nunca y no se diga cuando se confunde amor con pasión, satisfecha esta, se acaba todo. Se vuelve en sí mismo, a la soledad, a ese gran vacío que el deseo, cuando desaparece, deja en el interior de la persona. Dos amantes que gozan simultáneamente son dos placeres diferentes, misteriosos el uno para el otro, dos espasmos.
Cosa rara, Sócrates da cabida a una mujer, Diótima, para hablar sobre el amor. DiceDiótima: en primer lugar el amor no es un Dios, ni tampoco un dios. Todo amor es amor a algo que deseamos y que nos falta: el amor no es plenitud, sino carencia; no es fusión, sino búsqueda; no es perfección satisfecha, sino pobreza devoradora. El amor es deseo y el deseo es carencia. ¿Amor, deseo y carencia son sinónimos? No exactamente. Estar enamorado es distinto a estar en estado de frustración o de excitación sexual. No todo deseo es amor, pero todo amor éros es deseo. Precisa Sócrates, si el amor ama la belleza y la bondad, es porque carece de ambas. ¿Cómo entonces puede ser Éros un dios? No es malo o feo, es un intermediario entre estos dos extremos, entre mortal e inmortal, entre lo humano y lo divino: explica Diótima, el amor es un demonio, un mediador entre los dioses y los hombres. Un demonio que, aunque sea el más grande de todos, continúa condenado a la carencia. ¿No es hijo de Penia, la pobreza, y de Poros, el recurso? Es pobre, comenta Diotima, no tiene zapatos ni domicilio, siempre anda en pos de lo que es bello y bueno, siempre se halla al acecho, siempre está inquieto, siempre ardiente y lleno de recursos, siempre hambriento, siempre ávido. Estar incompleto es su destino, puesto que la carencia es su definición. Sólo se desea lo que nos falta, lo que no tenemos. No existe amor feliz, y esa carencia de felicidad es el amor mismo y resulta clásico escuchar los lamentos de amor: “¡Qué feliz sería si ella me amara, si fuera mía!”. Pero si fuera feliz, ya no la amaría, o ya no sería el mismo amor, o …
El amor es carencia, y en la medida en que es carencia, la plenitud le está prohibida por definición. Una carencia satisfecha desaparece como carencia: la pasión no podría sobrevivir mucho tiempo a la felicidad, ni la felicidad sin duda a la pasión. De ahí el gran sufrimiento del amor mientras la carencia domina y la gran tristeza de las parejas cuando ya no domina. ¿Qué es amar? Carecer de lo que se ama y quererlo poseer para siempre, dice Platón.
La causa o el principio del amor es aquello por lo que los mortales, que nunca permanecen idénticos así mismos, tienden sin embargo a conservarse y a participar, en la medida de lo posible, de la inmortalidad. Eternidad del reemplazo, divinidad del reemplazo. Dice Diótima, de ahí el amor que tienen a sus hijos, de ahí el amor a la gloria. Es la vida lo que aman, es la inmortalidad lo que persiguen, es la muerte lo que les obsesiona. Por consiguiente, el amor sólo escapa a la carencia absoluta, a la miseria absoluta, a la desgracia absoluta si da a luz.
Unos dan a luz con el cuerpo, y es lo que se llama crear una familia, otros con el espíritu, y es lo que se llama la creación tanto en el arte, la política, la ciencia o la filosofía. El amor no es la salida ni implica la salvación, porque la muerte a pesar de todo permanece, y se apodera de nosotros, de nuestros hijos y de nuestras obras, ¿Entonces de qué se trata todo esto? Entra en acción la dialéctica ascendente y trascendente de Diótima: el amor es una ascensión espiritual, un recorrido iniciático y de salvación por la belleza. Seguir al amor sin perderse en él, obedecerle sin encerrarse en él, es superar uno después de otro, los grados del amor: primero un solo cuerpo, por su belleza, después a todos los cuerpos bellos, puesto que la belleza es común a todos ellos, después la belleza de las almas, que es superior a la de los cuerpos, después la belleza que se encuentra en las acciones y las leyes, después la belleza que se halla en las ciencias y, por último, la Belleza absoluta, eterna, sobrenatural, la belleza de lo Bello en sí mismo, que existe en sí misma, por sí misma, de la que todas las cosas bellas participan, de donde proceden y reciben su belleza.
Así como, se es analfabeto emocional, de la misma manera se es analfabeto en amar. No sabemos amar. Es necesario aprender con humildad, pero Eros es un dios muy voluble, quisquilloso y muy especial. En amor Eros es el más fuerte, quizá hasta violento, apasionado y por ello, el más rico en sufrimientos, en fracasos, en ilusiones, en desilusiones. Eros, la carencia es su esencia, la pasión amorosa, su culmen. Quien dice carencia dice sufrimiento y posesividad. Es el amor de concupiscencia, o sea estar enamorado es amar al otro por el propio bien. Es el amor celoso, ávido, posesivo, que lejos de alegrarse siempre de la felicidad de quien ama, como lo haría un amor generoso, sufre atrozmente desde el momento en que su felicidad le aleja de él o amenaza la suya. Eros es inoportuno, celoso mientras ama, infiel y mentiroso cuando ya no ama. Quien ama quiere poseer, quien ama quiere conservar sólo para él.
Es cuando se escuchan expresiones, que son sólo de amor a uno mismo, egoísmo pues, como estas: “prefiero verla muerta antes que con otro; ¡mía, de nadie más!”, etc. nuestro folklore canta muchos ejemplos: Cuando campea la pasión ¡cómo la echas de menos, querido amigo! ¡Cómo la deseas! ¡Cómo la amas y sufres!
Eros te sostiene, te desgarra: amas lo que no tienes, lo que te falta, esto es lo que se llama pena de amor. Pero si ella viene y te ama y está ahí contigo, por ti, para ti, ¡qué reencuentro tan maravilloso y tan lleno de placer! Qué avidez en los abrazos, qué placer salvaje, qué pasión encendida. Pero después… la paz tras el fragor de la batalla, la carencia satisfecha, el vacío repentino… Ella intuye, te presiente y siente menos presente, menos acuciante, menos impetuoso y ¡rájale! la pregunta ¿Me sigues queriendo? O la solicitud terrible del ¿Me quieres? La respuesta es que sí, por supuesto. La verdad sin embargo, es que ahora te falta menos. Éros se tranquiliza, Érosse aburre: tiene lo que ya no echa de menos, y a eso le llamamos pareja disfuncional.
Si Éros es el deseo de las cosas bellas, caben las siguientes preguntas: ¿Qué ventajas aporta Éros a los seres humanos? ¿Qué beneficios obtiene el ser humano de poseer cosas bellas? Una respuesta bien pudiera ser: la posesión de las cosas buenas y bellas procuran la felicidad del Ser Humano. En resumen, Éros es la fuerza que anima sin cesar todas nuestras acciones que se manifiestan en la práctica, amante de nuestro trabajo, de lo que hacemos en los distintos medios en que nos desarrollamos. Obviamente con amor en lo que hacemos.
Para concluir esta parte, se puede afirmar que el amor interesa a todo el mundo más que cualquier otra cosa. Éros es filósofo por excelencia, el logos humano no puede avanzar sin la pasión que lo estimula y lo impulsa siempre a ir más allá. Busquemos amar al Éros Celeste que se ocupa de la virtud, ya que mediante esta, se beneficia la humanidad.
Referencias:
Diálogos. El Banquete, Fedro. Platón.
De Aristóteles a Sigmund Freud.
Eros, Demonio Mediador. Giovanni Reale
Pequeño Tratado de las Grandes Virtudes. André Compte-Sponville
Diccionario de Filosofía. André Compte-Sponville