La misión del capullo (Semblanza del campo mexicano)


Cuauhtémoc López Sánchez
Cuando el campesino observó que la civilización llegaba a su comunidad, también empezó a comprender que estaba parcialmente equivocado y que agua potable, electricidad, teléfono conectados a cada vivienda, escuela, centro de salud, carretera, semillas y ganado mejorados con dotación de píes de cría, no bastaban para incorporar a un grupo humano rural, al desarrollo de su patria. Comenzó a entender también las palabras que en ocasiones escuchaba en la radio, captadas ya muy noche, cuando las condiciones del tiempo lo permitían….
“…..que la participación del hombre en la producción, es el trabajo práctico fundamental que determinará sus demás actividades….”
La primera vez que escuchó éstas palabras, nunca las relacionó con él ni con su actividad agrícola, hasta cuando sin previa solicitud, le fue concedido un préstamo bancario pagadero a cinco años con sus cosechas, para la adquisición de un tractor.
En unión de otros compañeros, después de jugar baloncesto en la cancha de la escuela y con una cerveza en la mano, rodearon aquel aparato de pilas para escuchar atentos y pensativos la voz exótica de cada noche despejada…
“…..en todas las sociedades, los miembros de las distintas clases sociales, establecen relaciones de producción y se dedican a producir satisfactores de las necesidades del hombre, convirtiendo esta acción, en motor del conocimiento humano…..”
En el espacio de esos discursos, acudían a su mente los surcos abiertos a la semilla; la germinación abriéndose paso por entre la tierra; el agua rodando tranquila por el sembradío, mojando todo; el penetrante olor del polvo mezclado con el sudor y el calor calcinante; su vocación de libertad negada por los bajos precios de la cosecha; la mirada dominante de los intermediarios, oficiales e independientes; su forzada obligación de venderles a ellos, solo a ellos.
“…..si el hombre quiere obtener buenos resultados en su trabajo, debe hacer coincidir sus ideas con el mundo, con lo externo de él…..” y aquella voz lo regresó a la realidad, su realidad.
Las contradicciones iban adquiriendo forma y tomando lugar en su contexto campesino, como si existiera un libreto donde estuviese escrito lo que cada cual debería hacer o decir y conciente de ello, se prometió desde ese día, intentar pensar acerca de las cosas, los fenómenos, los movimientos sociales, sus conexiones y relaciones. Esto es, se propuso luchar y esforzarse por discernir de manera práctica, objetiva y concreta, aplicando sus experiencias y conocimientos, para lograr la transformación de la realidad de su comunidad. Pugnaría por lograr cambios en su pueblo despertado bruscamente a la modernidad.
Sin saberlo, aquel campesino estaba llegando a la segunda etapa del conocimiento al relacionar sus experiencias campiranas y su práctica cotidiana, con su pensamiento, para formularse conceptualizaciones y continuar con su proceso de convertirse en un ser racional, esto es, estaba transformándose en persona.
Las autoridades estaban atentas y preocupadas por las carencias del medio rural y su marginación, pero las buenas intenciones se diluían en tanto los recursos y los medios eran mal canalizados por mezquinos intereses de los mandos intermedios y la complacencia de los superiores, quienes contemplaban a los campesinos sólo como una masa para legitimar elecciones. Desde luego, les interesaba vigilar estrictamente cómo, cuándo y a quiénes les vendían sus productos para poder ejercer un estricto control en la distribución y ganancias de los intermediarios aunque prevalecía el concepto de que todos los habitantes del campo, por ese simple hecho fueran considerados campesinos, sin distinguir entre alfareros, hilanderos, lauderos, pescadores, carpinteros y agricultores. Todo aquello contribuía para mantener y profundizar la explotación de la que eran objeto.
El resto del pueblo tampoco cooperaba en su liberación, porque aún conservando su nobleza ancestral, había sido sorprendido por las obras realizadas en su entorno, sin mediar explicaciones comprensibles y sin sentirlo, los hilos invisibles que los habían unido en el pasado, empezaron a romperse, acarreándoles inseguridad por la tenencia de su tierra y la comercialización de sus productos.
Para aquel campesino sí era lógica la generosidad de los explotadores: aparentaban ayudar para mantener la opresión y a la vez, figurar como redentores generosos, por lo cual su siguiente determinación fue asistir a la escuela y alentó a sus compañeros y amigos a hacer lo mismo, como principio liberador de la inseguridad y la sensación derrotista, para pasar enseguida al nivel de identificación con el explotador, pero no como forma de adhesión al opuesto, sino como descubrimiento del contrario para dejar de temerle, echando el miedo de su más profundo interior.
“…..el mundo es un conjunto complejo de procesos sometidos a cambios ininterrumpidos…..” repitió la voz en la radio nuevamente.
La noticia de que el trasbordador espacial había tenido un exitoso viaje y volvía a la Tierra trayendo conclusiones y cuestionamientos que inquietaban a filósofos y científicos, la explicación del funcionamiento de sus mecanismos de navegación controlados por microcomputadoras y la declaración de los planes de siguientes viajes, para colocar satélites que mejorarían los sistemas de comunicaciones y la búsqueda de señales de vida más allá de nuestro Sistema Solar, le hicieron reflexionar en que los adelantos tecnológicos parecían no tener cabida en aquel lugar, aunque las antenas para televisión se multiplicaban sobre el manto pardo del remoto caserío, predominando los anuncios de parabólicas, celulares, faxes y computadoras.
Le pareció que la humanidad de aquellos aparatos vivía en otro Planeta y que su comunidad permanecía atorada en lo que para él eran las edades de piedra, madera y adobe juntas, porque en su pueblo no se utilizaban aún tabiques, tejas ni cemento y el choque cultural empezaba a hacer estragos en las conductas de aquella comunidad, dado que los anuncios comerciales insistían en el consumo de alimentos, vestidos y objetos extraños, con tecnología cada vez más avanzada y objetos desechables.
Estos eran otros hilos que entretejidos, presentaban una resistencia difícil de vencer; filamentos que la conquista española heredaban a la cultura indiana, produciendo hibridación y sincretismo enajenantes, sumados a la imposición de normas extrañas de economía, como formas dominantes en el mundo, para provocar competencia y luchas por el poder económico, político y social, engendrando desconfianza, odios, rencores, envidias y frustraciones y produciendo pobreza y guerras étnicas y religiosas.
“…..todo en el mundo y el universo están en constante movimiento, ya que el movimiento es característico e inherente a lo que existe…..” De nuevo aquella voz extraña por la radio.
El campesino empezó a estudiar y con él, muchos de sus compañeros de juego y radioescuchas. Era el estudiante más puntual y participativo, el más brillante de aquella generación adulta. Fue adquiriendo conciencia de clase; entendiendo y aceptando sus carencias, entre ellas, la del poder, porque aquel pueblo estaba acostumbrado solamente a recibir órdenes, decretos y resoluciones llegados de un poder lejano y ajeno a los intereses comunales y esa era otra hebra que impedía hacer valer las tradiciones ahora rotas por la legalidad impuesta mediante la fuerza y la ignorancia de las autoridades superiores más civilizadas.
El hilo de la imitación de costumbres extranjeras ataba imperceptiblemente todo intento de libertad, pero aquel grupo se proponía romper esos tejidos no solamente asistiendo a la escuela, sino leyendo libros, periódicos y revistas, acudiendo al pequeño centro de salud a consultas y charlas, enterándose y escuchando noticias de “quién sabe dónde”.
La sutil fibra de la medicina tradicional se tendía como sombra sobre los nativos y no porque la herbolaria fuese dañina, sino porque quienes manejaban tales conocimientos eran extraños, que traían consigo junípero, romero, anís, eucalipto, consuelda, salvia, tomillo, pino, hinojo, pero encapsulados y transformados en cremas y aceites después de llevarse la materia prima de la región hacia el extranjero y los antiguos curanderos, unos habían muerto y otros huido, perdiéndose poco a poco el conocimiento comunal del poder curativo de muchas plantas. Así que aquel núcleo humano se mantenía atrapado por los opresores y su mensaje ambiguo de lo bueno y lo malo, del bien y del mal resultaba apenas la justificación por para poseer el poder divinizado, el preciado don de la civilización.
“….. la transformación y evolución de lo que existe, avanza de lo sencillo a lo complejo, de lo inferior a lo superior…..” repiqueteó la insolente voz de la radio.
La tradición costumbrista de su elegante vestuario, tejido con pelo de venado, hilos de maguey o fibras de árbol y teñidos con savia vegetal y sangre de chinchilla, empezó a romperse con la llegada del comercio citadino, aunque ese hilo se había adelgazado con el regreso de los campesinos que trabajaban en el extranjero gracias a los acuerdos internacionales, trayendo con ellos la idea de que pareciéndose a los explotadores, alcanzarían la redención.
Terminaron sus estudios y recibieron sus certificados de primaria con celebración en grande por el pueblo, porque al mismo tiempo, el grupo asumió el liderazgo político y social de la comunidad, puesto que eran los más preparados, los promotores del cambio, el ejemplo de aquella sociedad y al hablar frente a todos, repitió las palabras escuchadas en la radio:
“…el destino histórico del hombre, es trasformar con la práctica, su realidad de explotado, pero esa práctica debe ser el resultado del reflexionar sobre lo que acontece cotidianamente y de lo que le rodea….” Todos aplaudieron sin entender lo que aquel hombre hablaba. Estaban muy necesitados de un líder y éste aparecía de pronto, como una imagen milagrosa.
Al encabezar el cambio, empezó a proponer a los que compraban sus cosechas, materias primas, alfarería, tallados de madera, hilados y tejidos, martillados, dulces regionales y productos lácteos, que los precios se ajustaran a la libre fluctuación de la oferta y la demanda, ya que si los intermediarios necesitaban revender cosechas de granos, hortalizas y frutas para que los habitantes de las ciudades subsistieran y los industriales mantuvieran el empleo y la producción, significaba que sus productos tenían un mayor valor que el establecido por autoridades y revendedores. Así las cosas, sus cosechas merecían mejores precios, con lo cual, recibirían más y mejores ganancias. De no aceptarse esta propuesta, todos sus productos serían comercializada por ellos, por los productores. Este pensamiento no sólo sorprendió a propios y extraños, sino que aterrorizó a los explotadores.
“…..las cosas cambian, siendo o dejando de ser, pero nunca están aisladas o separadas unas de otras, sino que mantienen una estrecha relación….” le recordó la radio.
La hilaza del comercio acaparador mantenía controlada la compra-venta de productos básicos y no estaba dispuesta a permitir a estas alturas un mal ejemplo que desembocaría en una larga cadena de insurrecciones, con resultados catastróficos para sus intereses, y los hilos de la violencia y el temor como formas de control y poder, fueron extendiéndose para mantener el dominio, así que los medios de comunicación difundieron la noticia de que los mestizos de una lejana comunidad, eran mal agradecidos, envidiosos, subversivos, alborotadores, agitadores, narcotraficantes, traidores a la patria y guerrilleros entrenados y pagados por naciones enemigas y que se preparaban para una revuelta, para lo cual se transmitía repetidamente y con todo lujo de detalle informativo lo que los redentores habían invertido en acciones, obras y proyectos con capital e inversiones extranjeros para hacer llegar la luz de la civilización y del progreso hasta aquel miserable y alejado sitio, para que ahora, estos indios se atrevieran a arrebatar el derecho que todo ser humano educado, refinado y rico tiene a ser, a poseer.
El campesino empezó a sentir aún más el peso de su responsabilidad cuando descubrió que las tierras, los canales de riego, las represas rústicas construidas con el ingenio y las manos aldeanas, los bosques maderables, minas de oro y plata, montes de arcillas rojas y negras, manantiales, acantilados de ónix, caminos, casas, construcciones y todo el pueblo, legalmente no les pertenecía. Sus ancestros nunca se habían preocupado por registrar o escriturar ante autoridad alguna sus tierras, confiando siempre en la buena voluntad y honestidad de sus vecinos, de sus colindantes, de sus autoridades y gobernantes.
Pero los cordones de la justicia estrecharon más el capullo de los despojados y se ejecutó el contundente decreto de expropiación fundamentado en la Constitución y la Ley Agraria. La voz, cada vez más lejana de la radio, repiqueteó en sus oídos y taladró su mente “….la lucha que produce el cambio, tiene diferentes manifestaciones que conducen a reemplazar el desarrollo de la cantidad, por el de la calidad…”
Para aquel rupestre sitio y sus habitantes, todo ocurría más rápido de lo que podían procesar y no tuvieron tiempo de adaptarse a los acontecimientos y menos para organizarse y el divisionismo, las intrigas y la manipulación irrumpieron en sus vidas y su historia para domesticarlos, manteniéndolos en estado de objetos, de cosas.
El fino cordel de la religiosidad se unió al capullo para terminar de aprisionar a los revolucionarios y con las palabras mágicas del explotador contra los guerreros de la libertad, lanzadas por el párroco en su sermón dominical “…comunistas que quieren destruir la religión de nuestros padres…. que quieren arrebatarnos todo lo que hemos ganado…. no permitamos tal sacrilegio….” La arenga fue determinante para que amigos y compañeros, vecinos y familiares, comprendieran el peligro en el que se encontraban al aceptar las ideas expresadas por el labriego y con las promesas de dotación de tierras para la formación de un ejido, libre comercio y tránsito franco de cosechas, trasportadas obviamente por el pulpo camionero y los intermediarios, acordaron poner fin a la vida del campesino.
Los funerales fueron solemnes, dignos de un líder y en el pequeño cementerio pueblerino, la gente hacía consideraciones acerca del extraño fallecimiento del prometedor agricultor, de aquel personaje que había intentado hacer cambios y lo único que había alcanzado era la muerte entre las cuchillas del tractor al trabajar su tierra.
Más apretado que nunca, el capullo se estrechaba a fin de proteger a sus hijos, los campesinos, mientras la sangre del hombre que soñaba con realizar cambios, la sangre de un hombre trabajador del campo se mezclaba con el agua que corría libremente por entre los surcos, empapando la tierra y las semillas.
Bibliografía:
Freire, P. Pedagogía del oprimido. Siglo XXI. México. 1981.
Tsetung, M. Cinco tésis filosóficas. Ediciones en lenguas extranjeras. Pekín. 1975.