Juárez, el Referente


Jorge Rocha Trujillo
“La instrucción es la primera base de la prosperidad de un pueblo, a la vez que el medio más seguro de hacer imposibles los abusos del poder”. Juárez
“Procuremos en nuestros escritos y aún en nuestras conversaciones, educar a los pueblos, inculcándoles las ideas de libertad y dignidad, con lo que les haremos un bien positivo”.
Juárez
“Los gobiernos civiles no deben tener religión porque siendo su deber proteger imparcialmente la libertad que los gobernados tienen de seguir y practicar la religión que gusten adoptar, no llenarían fielmente ese deber si fueran sectarios de alguna.”
Juárez
“Hijo del pueblo, yo no lo olvidaré; por el contrario, sostendré sus derechos, cuidaré de que se ilustre, se engrandezca y se críe un porvenir, y que abandone la carrera del desorden, de los vicios y de la miseria, a que lo han conducido los hombres que sólo con sus palabras se dicen sus amigos y sus libertadores; pero que con sus hechos son sus más crueles tiranos”.
Juárez.
Para que la Historia Patria sea útil y sirva de enseñanza y de ejemplo saludable, esta no debe dar cabida a conmiseraciones. Debe ser inflexible. Llamar a las cosas por su nombre. Poner al virtuoso y grande en su pedestal, para que el pueblo lo mire y lo admire; lo reverencie y procure imitarlo. Al débil, al traidor y al malvado debe colocarlo en la picota, para que el pueblo lo execre y se guarde de seguir su ejemplo.
Juárez reclamó a sus conciudadanos ser juzgado por sus actos y no por sus palabras: “mis dichos son hechos”, afirmaba. Sin embargo, su concepción ideológica de la realidad que enfrentó es clara y aleccionadora; en ella se puede abrevar inagotablemente; y si bien, algunos conceptos han sido revalorados en su extensión en el tiempo presente, su esencia e intencionalidad, continúan siendo vigentes y aplicables en situaciones que hoy nos toca enfrentar. La derecha regresa por sus fueros, por si no nos habíamos dado cuenta.
La vida y obra de Juárez como hombre público no tiene muchos ejemplos de comparación. Luchar por un poder efectivo, jugar la existencia por un triunfo probable, es muy común; pero luchar, combatir tan solo por cumplir un deber, tener e inspirar una fe, nacida en la conciencia a la luz del Derecho; aceptar todos los infortunios, todos los desastres para cumplir el juramento hecho sobre las aras de la patria, he aquí lo que es verdaderamente sublime. Y esa lucha de Juárez contra el infortunio, fue la lucha del Derecho y las esperanzas de un pueblo contra la fuerza de sus tiranos.
Estudiar su vida pública es levantar un monumento a la constancia, a los sacrificios del Partido Liberal que lo acogió como caudillo; es volver la vista hacia un pasado lleno de útiles lecciones que nunca debe olvidar un pueblo, porque la vida de los grandes hombres son para las naciones como esos postes que colocados de trecho en trecho en un camino, indican la distancia andada y lo que falta por recorrer.
Del ejemplo de Juárez pueden sacar los que amen a su país, aquella fe, aquella resolución, aquella energía que necesita la causa de los pueblos para triunfar; sus hechos pueden inspirar la conciencia de lo que puede la fe en el Derecho; su tenacidad puede sin duda enseñar a los políticos de lo que sirve la constancia; su renombre mostrar que no son estériles los sacrificios por la patria; pero más que todo esto, el estudio comparativo de su vida y de su tiempo, de sus acciones y de su país: la investigación de los recursos de que se valió, entrañarán el gran aprendizaje práctico para los reformadores, de cuáles son los elementos sociales que se necesitan destruir para saber el resto del estado social en general, y de que hasta dónde son compatibles la gloria personal con la práctica de las instituciones republicanas.
Cuando las generaciones venideras lean la historia de este Presidente de la República; historia que fue a veces una Odisea y en mayor frecuencia una Ilíada, les quedará por lo menos la convicción de que el siglo XIX, tan fecundo en flaquezas y en ignominias de todo género, supo producir para honra nuestra, hombres del carácter y de las virtudes de Don Benito Juárez García.
Podrán la calumnia y la maledicencia encarnizarse en su memoria; podrán disecar sus actos, sondear sus pensamientos, analizar sus móviles, y probarnos al fin que el hombre incurrió en flaquezas, pero ¿qué importa? Ha pasado ya el tiempo de los dioses, y en esta época de pigmeos, de gobernantes que configuran con sus acciones el delito de traición a la Patria, es ya mucho encontrarse con un hombre en toda la extensión de la palabra vir, como decían los romanos; esto es fuerza, valor, virtud.
Bello y satisfactorio es luchar por una causa noble y justa; pero más bello y más satisfactorio es todavía realizar el triunfo de esta causa, y legar al mundo entre las nubes doradas del éxito un ejemplo eterno qué imitar. Tal fue el destino de Juárez, cuyo nombre está llamado a servir de enseña, de lección constante a los que en las luchas futuras de México defiendan la justicia y el progreso, luchas inevitables cualquiera que sea el aspecto que tomen y el camino que sigan; pues que es una ley eterna de la humanidad y de los pueblos, caminar entre el ruido de los combates y el vaivén de las transformaciones sociales, hacia el infinito ideal de la perfección, de la justicia y de la libertad¡¡¡
En nuestros hogares, en nuestros lugares de trabajo, dentro y fuera del país, en todas las ocasiones, en todo tiempo y en todo lugar, podemos y debemos presentar a Juárez como espejo a nuestros gobernantes y a los ajenos, por sus virtudes, por sus conocimientos, por sus energías, por su conducta pública y privada, por su patriotismo, por lo que pensó hacer y por lo que realizó. Sencillamente, por que fue un Hombre Íntegro.
A Juárez, a nuestro Benemérito, a nuestro Patricio, lo recordamos, no solamente como héroe en descanso, sino como pensamiento de acción. No está dormido el gran Reformador, sino actuando aún, en la línea vital de México, mirando al mar y señalando a este pueblo las rutas del porvenir, que nos guían hacia nuestro gran destino como Nación.
En el mundo moderno, en medio del escepticismo que caracteriza a nuestra época, de la corrupción de los círculos políticos, de las agitaciones que hacen temblar a las sociedades, cuando se descubre en el horizonte el derrumbamiento social de naciones antiguas y poderosas, el hombre que al frente de una nación que vivía esclava de antiguas y rancias preocupaciones, preside la regeneración social de un pueblo; el que encabeza la reforma de un país acogido a la bandera de la legalidad y del Derecho; el magistrado que opone como inquebrantable dique a los excesos de una educación viciada, de una ambición sin límites, su voluntad, su conciencia, es uno de esos seres cuya aparición demuestran en la historia, que en todas las épocas y en todos los países el acaso hace nacer genios y corazones que indican que nunca perece la virtud en la tierra, ni dejan tampoco de existir el civismo y el valor.
Aquí resulta oportuno meditar un poco sobre la incalificable actitud, de quienes, olvidando las lecciones terribles de la historia, pretenden revivir un pasado, agitando de nuevo las conciencias con un problema resuelto. Identificar o confundir la religión con la política, es una trampa innoble, montada contra la ingenuidad y la sencillez. No creemos en ella los buenos ciudadanos, ni creerán tampoco los buenos religiosos.
Para unos y otros, como para los Hombres de la Reforma, que fueron en su mayoría creyentes irreprochables, la religión es inviolable en el sagrario de los templos y en la intimidad de las conciencias; pero cuando se le corrompe para convertirla en querellas políticas, la Ley, por su propio prestigio, debe hacer que retorne a sus dominios.
El destino, que parece complacerse en lo inesperado, hizo nacer de humildes padres y en un humilde rincón de esta gran nación, al hombre que había de señalarse de una manera tan grande en su siglo, asociando su nombre a las reformas más radicales y a los actos más enérgicos que ha presenciado el continente americano.
Tenía que cumplirse, como se cumplió, la profecía hecha por don Alfredo Chavero en un brillante artículo que publicó, dando cuenta de la visita que hizo Juárez a Puebla, para condecorar a los héroes del 5 de Mayo, y que cerró con estas palabras, que el tiempo y los acontecimientos se encargarán de justificar:
¿Cuál es el porvenir de nuestra Patria? Lo podemos decir:
“EL TRIUNFO DE LOS DIOSES, O LA TUMBA DE LOS HÉROES”.