Juárez, el Hombre


Jorge Rocha Trujillo
En casi todos los escritos sobre Juárez, se ha presentado al hombre público; falta considerar al Hombre. Debemos saber que el ámbito de la vida privada es inviolable, que no se tiene el derecho de franquear los umbrales del hogar para escudriñarla. Sin embargo, cuando el hombre público ha desaparecido del catálogo de los vivientes; cuando la Historia lo llama ante su tribunal para aquilatar sus méritos y para calificar sus faltas, debe ser examinado bajo todos sus aspectos, todas sus condiciones, sin respeto a teorías, preocupaciones ni conveniencias de ninguna especie.
Por fortuna y me cuento entre ellos, para los que admiramos y veneramos a Juárez, éste se presenta tan inmaculado y grande en la vida privada como grande e inmaculado en la pública.
Juárez era inquebrantable pero no inflexible. Siendo de bronce su raza, él aspiraba a individualizarse, a tener una personalidad, a ser él. Luego, dentro de su conciencia, aparece el deseo de contribuir a la transformación de su país y consagrar su vida para tal fin, convirtiéndose en federalista, demócrata y liberal.
Hombre y no semidiós, aere perennius, pero completamente hombre, Juárez tuvo considerables defectos y entre ellos, el que nos es común a todos los mortales, el de no saber resistir siempre la tendencia de confundir nuestros intereses personales con los intereses políticos, pero su apotegma universal lo dice todo:
“ENTRE LOS INDIVIDUOS COMO ENTRE LAS NACIONES,
EL RESPETO AL DERECHO AJENO ES LA PAZ”
El 31 de julio de 1843 contrajo matrimonio con la señorita Margarita Maza, hija de aquel don Antonio Maza, en cuya casa sirvió Josefa Juárez, la hermana del que debía llegar a ser el Benemérito de las Américas.
De Benito Juárez, puede afirmarse, que cumplió con honor el oficio de ser hombre. Su vocación de mexicano y de patriota, no registró claudicaciones ni extravíos. Lo que concibió lo ejecutó; todo lo que fue suyo, es un camino y una meta. La integración de México por el trabajo y la libertad, por la razón y el Derecho.
Sobre las pasiones de los hombres para imponer sus ideas científicas, sociales, políticas o religiosas, Benito Juárez preconizó la razón frente a la fuerza; la persuasión frente a la violencia, la libertad frente a la servidumbre. Defensor apasionado de la dignidad del hombre, de la autonomía de la familia y de la soberanía de la patria, condenó a los sectarios y fue enemigo jurado de todos los fanatismos por disolventes e infecundos.
Los principios que Juárez proclamaba en público, los practicaba hasta en la vida íntima: (4).
Cuéntase que en un baile que le dieron en Oaxaca, siendo él Gobernador del Estado, y al que concurrió con su familia, un joven estudiante, humilde, invitó a la Srita. Manuela, primogénita de Juárez, a que bailara con él. La joven; se excusó pretextando que esa noche no bailaría, cosa que advirtió Don Benito. Poco después la joven se levantó a bailar con otro caballero; pero su padre le salió al encuentro, le recordó lo dicho al estudiante, y significó a su hija que mientras no bailase con aquél a quien injustamente había desdeñado, no le permitiría hacerlo con otra persona. Accedió la Srita. Manuela, fue don Benito en busca del estudiante y en nombre de su hija le suplicó bailase con ella.
La señorita Felicitas contrajo matrimonio con Don Delfín Sánchez. Un día se presentó en casa del señor Sánchez un Juez de lo Civil, acompañado con el personal del Juzgado para ejecutar una providencia. El señor Sánchez se molestó; se hizo de razones con el Juez, lo injurió de palabra, primero, y, al fin, de obra. El funcionario judicial se retiró, y dictó en seguida orden de aprehensión contra el señor Sánchez. Queriendo cumplir con un deber de cortesía, fue a ver a Juárez y le dio parte de la falta cometida por su yerno.
¿Qué providencias ha tomado usted? Le preguntó Don Benito con su calma habitual, mirándole fijamente.
–He mandado aprehender al señor don Delfín Sánchez, y espero que a estas horas se haya cumplido la orden.
-Está bien, repuso Don Benito. Veo con gusto que es usted digno del alto puesto que ocupa.
Momentos después se presentó desolada la esposa del señor Sánchez, rogando a su padre que interpusiese su alta influencia para que se devolviese inmediatamente la libertad al detenido. Juárez oyó tranquilamente a su hija, y cuando concluyó de hablar, le contestó:
-Imposible es complacerte, la ley me lo prohíbe. Tu marido ha cometido una falta y preciso es que sufra el castigo consiguiente. Yo y todos los míos somos los que estamos más obligados a dar ejemplo de respeto a la ley, y los que debemos ser más severamente castigados por el desacato a esa misma ley.
Y el señor Sánchez fue sometido a juicio, el que se siguió por todos sus trámites hasta ser visto y fallado en jurado.
En cierta ocasión volvía de un baile, en las altas horas de la noche, la familia de Juárez. El cochero había olvidado de encender los faroles del carruaje, y un gendarme lo detuvo para imponerle la multa correspondiente por esa falta de policía. Enterado el Presidente al otro día de lo ocurrido, mandó pagar la multa, y ordenó que se amonestara al gendarme por no haberla hecho efectiva desde luego, como era de su deber.
Como estos rasgos hay otros muchos de los que dieron cuenta los periódicos de la época, y otros que no alcanzaron publicidad, que demuestran la inflexible rectitud de aquel hombre sin igual.
Juárez fue un excelente amigo; pero los deberes de la amistad concluían donde empezaba el imperio de la ley. Se le atribuye este precepto: “A los enemigos, justicia; a los amigos, justicia y gracia cuando quepa esta última“. Esta cualidad hizo que, si tuvo enemigos irreconciliables, tuviese también amigos fanáticos, y tan cierto es esto, que muchos años después de su fallecimiento, todavía se conservaba en pie, unido y compacto, un partido juarista, que la muerte, más que las otras circunstancias, fue destruyendo lentamente.
La deslealtad era, en su opinión, el peor defecto que podía tener un hombre. En cambio jamás motejó a aquellos de sus amigos y partidarios que se separaron de él francamente, obedeciendo a compromisos políticos o a dictados de su propia conciencia, siempre que no fuese para traicionar a la Patria.
El señor General Don Manuel González, que sirvió en el bando reaccionario, durante la guerra de tres años, se acogió a la amnistía cuando llegaron las fuerzas intervencionistas, conduciéndose con la lealtad, el valor y la inteligencia que amigos y enemigos siempre reconocieron en él. Al lado del General Díaz prestó muy señalados servicios, y fue uno de los jefes más distinguidos del victorioso caudillo. González fue muy apreciado por Juárez, quien tuvo en él tanta confianza, que lo nombró Gobernador de Palacio.
Cuando llegó la época de la última reelección de Juárez, González fue electo diputado por el partido porfirista. Hay que advertir que era partidario fanático del General Díaz, como todos los que habían servido a sus órdenes. Entonces González renunció al cargo de Gobernador de Palacio, so pretexto de ir a ocupar la curul. Juárez no quiso admitir la renuncia, diciéndole que desempeñase su cargo de diputado, sin abandonar el puesto de confianza que le había dado. González le manifestó que había incompatibilidad moral entre ambos cargos, porque él estaba obligado a unirse a la falange que en la Cámara trabajaba por el triunfo de la candidatura del General Díaz; y Juárez le contestó que no había tal incompatibilidad; que como diputado cumpliese con lo que le dictaba su conciencia, y como Gobernador de Palacio con lo que le imponía su deber. Cuando se proclamó el Plan de la Noria, González renunció su cargo otra vez y pidió su baja, presentando en persona a Juárez las solicitudes y diciéndole verbalmente: (4)
–Señor, estoy comprometido a tomar parte en la revolución. Yo no sé desertar ni traicionar, y le digo a usted la verdad con toda franqueza, dejando a usted en libertad de proceder como lo crea más conveniente.
Juárez le contestó:
-Creo que va usted a cometer un error; esa revolución no tiene pies ni cabeza; he tomado todas las medidas para sofocarla. Pero no por eso impediré que cumpla usted con sus compromisos de partidario. Vaya usted; pero el día que eso concluya, no tenga usted reparo en volver a mi lado, y en esta misma mesa donde deja usted su nombramiento de Gobernador de Palacio, lo volverá a encontrar, como encontrará usted en este mismo lugar a su amigo, si es que vivo para entonces.
Y se despidió muy afectuosamente del General González, quien se retiró con las lágrimas en los ojos.
Otro tanto pasó con el General Donato Guerra, aquel a quien confió las fuerzas de caballería cuando el pronunciamiento de la Ciudadela; renunció su grado y empleo cuando la Noria. Juárez se despidió de él cariñosamente, lamentando que se le separase un jefe tan ameritado, y dándole cita para cuando terminase la revolución.
Dice Guillermo Prieto, en carta escrita al Dr. Agustín Rivera el 19 de octubre de 1891, e incluida por este sabio historiógrafo en sus Anales del Imperio:
Me separé de Juárez en noviembre de 1865, por su golpe de Estado; me siguieron Patoni y otros. Lerdo me persiguió cruelmente. Atravesé el desierto, durante mi marcha cerca de dos meses. Me situé en Brownsville; me tuvo después oculto en San Luis Potosí Don Juan Bustamante; allí me eligieron diputado y con esa investidura fui a México. Me entré de rondón en casa de Juárez y le dije: -“Aquí estoy. Veamos qué haces conmigo.” Me abrazó con ternura y jamás volvió a hablarme del pasado.
¿Cuáles fueron sus creencias religiosas? Juárez, en la primera época, de su vida, fue un ferviente católico. Su raza, su condición, su educación al lado del Padre Salanueva, la instrucción que recibió en el Seminario, todo contribuyó en él para que aceptase el catolicismo romano y lo profesase. Pero siempre debió haber en él un germen de su carácter genuino, que lo hacía refractario a la sumisión incondicional, a la abdicación del yo, impuesta por la Iglesia; y ese germen, desarrollado por los años y los acontecimientos lo arrastró a rebelarse contra esa Iglesia que ponía la fe sobre la razón, como lo hizo rebelarse contra el militarismo que somete la razón a la fuerza.
Cierto es que, como lo hace notar Don Ángel Pola en su libro “Miscelánea”, su culto a la Providencia, tal como la concibe la Iglesia, lo externó hasta cierto punto de juez, de magistrado, de director del Instituto de Ciencias y Artes, de secretario de Gobierno y Gobernador de Oaxaca, revela ser un católico a la antigua. En este alto empleo concurría a las funciones de iglesia de gran solemnidad, y tomaba asiento al lado del evangelio, bajo el presbiterio, sobre tarima alfombrada, con reclinatorio y cojines, y un capellán le rezaba el credo y le daba la paz. Cierto es también que empezó varios decretos diciendo: “En el nombre de Dios Todopoderoso, uno en esencia y trino en personas, Creador, Autor y Conservador de la sociedad y el orden, etc.” y que en casi todos sus actos oficiales invocaba a la Divina Providencia y le daba gracias.
Pero todo ello, en primer lugar, era de rúbrica en aquellas épocas y además, no desdecía de la fe íntima de Juárez, que siempre fue un deísta. Ya desde el triunfo de la Reforma se apartó de esas fórmulas.
Pero aun en los tiempos en que invocaba a la Providencia, la comprendió como sinónimo del Ser Supremo, y en su evolución filosófica llegó a comprender que no había idea más degradante para la humanidad que la del Ser Providencial, dirigiéndolo todo hasta en sus menores detalles, manejando a los hombres como ridículos autómatas, desprovistos de memoria, de entendimiento y de voluntad. Creyó que esa abdicación del alma humana era una cobardía y que el cobarde no puede ser jamás un reformador, ni un héroe, ni siquiera un hombre, en la acepción noble de la palabra; pues el verdadero hombre debe pensar por sí, obrar por sí, y no confiar más que en sí mismo.
El que se entrega ciegamente a la Providencia y le concede el manejo absoluto de cuanto existe, es un conformista que encuentra bueno todo lo existente, por el mero hecho de que existe; ese es un esclavo que respeta las cadenas que le atan, besa el látigo que lo hiere y adora al amo que lo oprime. Para Juárez el papel provisor de la Divinidad se concretaba a los grandes elementos, al fondo de la existencia, no a los detalles. Allí está la tierra fértil y fertilizable; allí la simiente; allí el sol y el agua que la fecunda; y en ti, ser humano, las nobles facultades psíquicas. Con esos elementos somete al animal bravío y hazlo tu colaborador; inventa el arado, desgarra la tierra, siembra, cosecha, aliméntate, guarda lo que sobra, cámbialo por lo que te falta y establece el comercio. Hasta allí el papel de la Divinidad, filosóficamente considerada, en su carácter de Ley suprema, eterna e inmutable: desde allí el papel del hombre, como ser pensante y libre, autor de su yo social, responsable de sus actos y de sus pensamientos, labrándose lo porvenir por sí mismo, obteniendo lo que merece en pago de su labor intelectual y material; conquistándose el bienestar, ocupando el puesto que él mismo, se asigna, y por el que lucha para ganarlo y lucha para conservarlo, pues sería indigno que el perezoso, el apático y el cobarde tuviesen los mismos galardones que el diligente, el emprendedor y el valiente. Y eso que pasa con el individuo, pasa con los pueblos. Sólo son libres y prósperos los que se hacen dignos de la libertad y de la prosperidad.
No fue ateo, porque en aquel hombre positivo no había negaciones, y todo era afirmación. Creyó en Dios como en una verdad absoluta y abstracta, y repudió las religiones como una práctica abusiva y extorsionadora. Y no porque encontrase que la religión fuese mala en su concepto filosófico, sino porque el sacerdote la desvirtuaba, la corrompía, se enseñoreaba del espíritu no para elevarlo a la Divinidad, sino para esclavizarlo y para explotar el cuerpo en esta vida y el alma en la futura existencia.
Juárez fue un hombre de costumbres muy sobrias, muy arregladas. Se levantaba al amanecer y tomaba un baño de agua fría, tanto en verano como en invierno; hacía un ligero ejercicio, y después se entregaba a sus labores, despachando sin precipitación, pero con constancia. Sus comidas eran sencillas y en poca cantidad, pues nunca abusó de nada. Fumaba poco, y escasas eran las horas que consagraba al sueño. Dormía la siesta del mediodía, bastándole unos cuantos minutos para satisfacer esa necesidad.
Era sumamente aseado en su cuerpo y en su traje. Vistió con severidad, siempre de negro, y la casaca fue en él de rigor.
Algunas veces, cuando sus labores se lo permitían, iba al paseo acompañado con su familia. Generalmente, en las primeras horas nocturnas, se embozaba en su capa española, conforme a la antigua usanza, y salía solo, o acompañado con su esposa, a dar una vuelta por las principales avenidas de la ciudad. En seguida cenaba con la familia, recibía visitas y después se retiraba a trabajar hasta las altas horas de la noche.
Gustaba del teatro, sobre todo del drama y de la comedia de costumbres. Era afecto a la poesía épica principalmente cuando se relacionaba con asuntos nacionales, y tuvo en alta estimación a los literatos. Leía la prensa diaria, con particularidad la de oposición, que siempre gozó de una libertad absoluta, y aseguraba que entre las exageraciones y apasionamientos de esa prensa, encontraba a las veces algo útil, que se apresuraba a aprovechar. “En ocasiones el enemigo nos enseña, sin quererlo, dónde está el vado del río”, decía Juárez.
Era afable en su trato, gustaba de oír conversar a las personas de ingenio; nunca reía, pero celebraba con una sonrisa las buenas ocurrencias. Ilustraba su conversación con anécdotas oportunas y breves. Tenía excelente memoria y siempre se acordaba de las personas, aun de aquellas que sólo había visto una vez.
Juárez era de una estatura menos que mediana; su rostro era naturalmente severo, sin llegar a la dureza, manos y pies pequeños, color cobrizo, ojos negros, de mirada franca, unas veces serena, otras penetrante, pero sin que jamás revelase lo que pasaba en su interior; carácter enteramente abierto y comunicativo en los negocios que no pedían reserva, y eminentemente reservado para los negocios de Estado. Linfático, bilioso por temperamento, tenía la energía y fuerza de los biliosos, y toda la calma y frialdad en medio de los mayores peligros, que distingue a su raza en general. Frugal y sencillo en su comida y uno de los hombres más amorosos a su familia.
Dormía poco y se levantaba siempre con la aurora. Los momentos que sus ocupaciones le dejaban libres, los dedicaba al estudio principalmente de la historia. Era un hombre instruido; pero demasiado modesto, pues no acostumbraba hacer alarde de sus conocimientos. Hablaba despacio y en voz más bien baja que alta, aun en las circunstancias más críticas, y todo indicaba el inmenso predominio que tenía sobre sí mismo.
Guardaba toda clase de consideraciones a sus subordinados y aun a sus sirvientes, de lo que da una idea el siguiente hecho: Cuando estuvo su esposa gravemente enferma, pocos días antes de morir, una noche quedó Juárez a la cabecera de su cama, acompañándola, con algunas de sus hijas. El cuartel de Zapadores quedaba entonces contiguo a la habitación que ocupaba la familia, en la calle de la Moneda, y un perro del Batallón comenzó a ladrar con insistencia y durante largo rato, molestando a la enferma, quien suplicó a su esposo mandase un criado para que lo hiciera callar. Juárez consideró que la servidumbre estaba durmiendo, cansada por las labores del día, y no quiso perturbar su sueño. Se envolvió en su capa, salió a la calle, fue al cuartel e indagó con el capitán de guardia por qué ladraba el perro, y al saber que lo hacía porque estaba amarrado, le suplicó que lo soltase para que no siguiese ladrando. Esto parece una nimiedad, pero en el fondo, es un rasgo que ayuda a pintar el carácter de Juárez íntimo. (4)
Se le acusa de ambición. ¿Ambición de qué? El poder no tuvo para él más que espinas; no amaba la riqueza, nunca la procuró; vivió pobre, no murió rico; no traficó con nada, no explotó su posición. Tampoco ambicionó la gloria, pues no hay una sola persona que pueda decir que tuvo esa vanidad, que aspirara a los lauros para mientras viviese ni para cuando pasase a la Historia; pues su único anhelo era “la satisfacción que produce una conciencia sin mancha y el fiel cumplimiento de una elevada y difícil misión”, según lo dijo en Chihuahua. En su concepto, no se le podía dar título más glorioso, para legarlo a sus hijos, que el de BUEN CIUDADANO.
Jamás hubo un gobernante más probo ni más honrado. El 6 de abril de 1861, en vista de las circunstancias aflictivas del Erario, Juárez expidió el decreto siguiente:
“Que considerando la necesidad imperioso de introducir en los gastos públicos economías que faciliten la reorganización del Erario, he tenido a bien decretar lo siguiente: Artículo único. La asignación anual de treinta y seis mil pesos que ha disfrutado el Presidente de la República, se reduce a treinta mil.”
Si Juárez fue un modelo de esposo, también fue un padre ejemplar, y a pesar de su amor profundo a la familia, y de haber hecho de su hogar un templo, el 21 de marzo de 1865, contestando al brindis que dedicó a su familia el señor Don Francisco Urquidi, en Chihuahua, dijo, haciendo grandes esfuerzos para dominar su emoción: “Yo aquí veo la Patria, y ante ella protesto que mi sacrificio es nada, que el sacrificio de mi familia sería mucho, infinito para mí; pero que si es necesario, sea!…
BIBLIOGRAFÍA