Jenófanes (Aprox. 570 a.C. – 475 a.C.)

 Jenófanes (Aprox. 570 a.C. – 475 a.C.)

Pablo Manuel Ramos Vallejo

“Sin duda Dios conoce la verdad, y la opinión se extiende sobre todas las cosas”.

Jenófanes de Colofón.

Jenófanes, poeta elegíaco y filósofo griego, nació aproximadamente en el año 570 a.C. en la ciudad costera de Colofón, colonia jónica de Asia Menor y próxima a las ciudades de Éfeso y Mileto. 

Respecto a Jenófanes, al igual como hemos visto con sus contemporáneos, los datos biográficos que pueden considerarse ciertos, son escasos y sus detalles debatidos. Sin embargo, la tradición ha conservado dos nombres posibles para su padre: Dexio y Ortómeno, y uno para su maestro: el físico Arquelao. También se dice que fue discípulo de Anaximandro. 

A la edad de 25 años, según su propio testimonio, Jenófanes tuvo que abandonar su ciudad natal, al ser ésta conquistada por los medos. A partir de ese momento comenzaría una vida errante y viajera en la que se ganaría la vida como rapsoda y poeta, en algunos momentos cantando los versos homéricos, mientras que en otros ámbitos recitaba sus propios puntos de vista ilustrados, sus propias composiciones a la manera, pudiéramos decir, de un Sócrates lírico. Aunque, con la particularidad de que sus cantinelas eran a menudo, severas críticas a las formas y creencias de la sociedad griega; no tanto una dialéctica de preguntas y respuestas, recitadas en ámbitos aristocráticos, sino en las polvorientas calles de las ciudades. Diógenes Laercio sostiene lo anterior diciendo que Jenófanes “escribió poemas en hexámetros, elegías y yambos en contra de Homero y Hesíodo”. 

Durante sus viajes, Jenófanes tuvo contacto con otras culturas, y gracias a ello desarrolló como consecuencia, un profundo espíritu crítico que aplicó en su filosofía. Viajes que concluirían en las colonias griegas al sur de Italia, en Sicilia, más concretamente en Elea, ciudad que, según algunos de los testimonios, él mismo ayudó a fundar y en la que pasó la mayor parte de su vida, que sabemos fue longeva, superando los 90 años de edad. 

Jenófanes de Colofón, nacido y criado en Jonia, debió conocer la línea de pensamiento de los milesios y en oposición a ellos, escribió en verso. Sus obras sólo se conservan en fragmentos, gracias a citas de autores posteriores. Donde puede reconstruirse una visión del mundo y de los dioses opuesta a los planteamientos de la épica homérica y hesiódica. 

Jenófanes, se halla dentro de los confines, aún difusos, que separan la filosofía presocrática de la mera poesía. Hay quienes le otorgan un papel intelectual primordial en la discusión de la teología tradicional; otros le ven como un antecesor, o incluso fundador, de la escuela eleática; mientras que unos terceros le niegan cualquier relevancia filosófica y lo reducen a una especie de mero “poeta racional”. Los motivos son varios: puede que molesten sus escritos en verso, pero sobretodo, incordia que casi todos los textos procedan de elegías o poemas redactados en distintos momentos y, seguramente, bajo diferentes estados de ánimo, lo que impide formar un sistema intelectual coherente y unitario.

Sobre el pensamiento de Jenófanes, podemos decir que sus ideas abarcan fundamentalmente tres aspectos: la teología, las opiniones físicas y la limitación del pensamiento humano.

En relación con la Teología, sus ideas principales se basan en la crítica a los dioses de la religión convencional, por su inmoralidad y su naturaleza antropomórfica. Además afirma que existe una sola divinidad que es inmóvil y no es antropomórfica. 

Dicho pensamiento está orientado, más que a las grandes cuestiones cosmológicas acerca del mundo y su génesis (particularidad característica de la escuela de Mileto), hacia la crítica de las nociones y creencias comunes de la sociedad griega, tal y como se derivaban de la influencia de los grandes poetas (Homero y Hesíodo). También reprocha algunas costumbres bien establecidas, como por ejemplo, que se le otorgue tanta relevancia y valor a las capacidades físicas y al éxito en el deporte, y no se estime en igual valía al saber y a la destreza intelectual. Pese a su condición aristocrática, Jenófanes rechaza el lujo excesivo. Pero la crítica más mordaz de todas las que lleva a cabo, es la de la tradición teológica. Ahora bien, lo que juzga improcedente Jenófanes, no son las mismas creencias religiosas y sus fundamentos, sino las representaciones en exceso humanas que de los dioses, o sus acciones, hemos realizado los seres humanos. En primer lugar, la reprende porque los poetas antiguos habían vertido en los actos divinos ciertas conductas que, para el hombre, son consideradas impúdicas, como “robar, adulterar y engañarse unos a otros”. En segundo lugar, amonesta Jenófanes la visión torpemente antropomórfica que los humanos poseemos de la divinidad, en unos fragmentos ya clásicos, que citamos a continuación:

“Pero los mortales se imaginan que los dioses han nacido/ y que tienen vestidos, voz y figura humana como ellos”; “los Etíopes dicen que sus dioses son chatos y negros/ y los tracios que tienen los ojos azules y el pelo rubio”; “si los bueyes, los caballos o los leones tuvieran manos/ y fueran capaces de pintar con ellas y de hacer figuras como los hombres/, los caballos dibujarían las imágenes de los dioses semejantes a las de los caballos/ y los bueyes semejantes a las de los bueyes y harían sus cuerpos/ tal como cada uno tiene el suyo”.

También critica Jenófanes que, de fenómenos puramente naturales, tendamos a ver la huella divina; así en el caso del arco iris, nos dice por ejemplo: “Y esa a la que llaman Iris resulta ser también una nube/, púrpura, escarlata y verdosa a la vista”.

La moraleja evidente de estas críticas, es que el sistema de creencias de la divinidad basadas en los textos homéricos y hesiódicos, resultaban ser incorrectas y debían ser sustituidas. Sin embargo, la propuesta alternativa de Jenófanes es, cuando menos, insuficiente, ya que el poeta de Colofón no elaboró una imagen propia y sólida de la divinidad.

Aún así, la concepción del dios de Jenófanes es la de prevalecer sólo uno de ellos (monoteísmo), que posee como atributos principales la omnipotencia, la omnisciencia y su unidad absoluta (de ahí el supuesto paralelismo con la escuela eleática), además de no ser físicamente similar a los humanos: “(Existe) un solo dios, el mayor entre los dioses y los hombres, no semejante a los mortales ni en su cuerpo ni en su pensamiento”. 

El dios de Jenófanes en ocasiones se le suele definir en que es igual por todas partes, por lo que se le atribuye forma esférica, pero en todo caso es, inmóvil: “Siempre permanece en el mismo lugar, sin moverse para nada, ni le es adecuado el cambiar de un sitio a otro, sino que, sin trabajo, mueve todas las cosas con el solo pensamiento de su mente”. Dado que la unidad es lo mayor, a la vez es lo más real; por lo tanto, sólo aquello que sea uno es real (otro punto de conexión eléata). Sin embargo, esa unidad podría entenderse como que Dios y el mundo conforman dicha unidad, en cuyo caso no se trataría tanto de un monoteísmo por parte de Jenófanes, como de un claro panteísmo, si bien esta posibilidad es muy discutible.

Jenófanes concibió su dios en función de la negación de las propiedades que Homero les asignó a los dioses. En este sentido, frente al Olimpo como lugar de los dioses, Jenófanes, no atribuirá a su dios una localización precisa. Por otra parte, el dios de Jenófanes tenía una cierta clase de cuerpo ya que, en aquella época, una existencia puramente incorpórea parece que les era imposible concebirla. Su cuerpo, sin embargo, aparte de su actividad perceptiva e intelectiva, parece tener una importancia secundaria, lo mismo que su localización. 

Por lo tanto, el movimiento sería, además, según Jenófanes, algo innecesario en un dios ya que éste mueve todas las cosas mediante la activa voluntad que procede de su clara percepción. Esta creencia ya procede de Homero, pues, según él, un dios podría llevar a cabo sus objetivos, por ejemplo, implantando en una mortal infatuación (Ate). En este contexto, es interesante hacer referencia a las investigaciones acerca del significado de los términos nóos y fren presentes en la Iliada. Allí, Zeus, hace temblar el gran Olimpo con un simple movimiento de su cabeza. Pues bien, estas características se encuentran también presentes en el dios de Jenófanes, lo que nos demuestra que es más homérico (en sentido negativo) de lo que puede parecer a primera vista. Aristóteles afirma que el dios de Jenófanes no era ni inmaterial, ni material. Esta deducción vendría dada por la presencia de elementos corpóreos y no corpóreos en el dios de Jenófanes; ya que, por un lado, parece decir que tiene cuerpo, y, por otro, puro entendimiento a través del cual mueve todas las cosas. Es significativo que Aristóteles no haga aquí ninguna referencia, para ilustrar el dios de Jenófanes como un antecedente del Nous de Anaxágoras, ya que éste será presentado como el más sutil de los cuerpos. En vez de esto, Aristóteles, hace la críptica observación de que Jenófanes con sus ojos puestos en el mundo todo, dijo que lo Uno era Dios. 

En relación al segundo aspecto ideológico que nos ocupa, sobre las opiniones físicas de Jenófanes, habría que señalar, que la visión que tenía sobre la naturaleza de los cuerpos celestes, suscitaba cierta controversia al afirmar que éstos serían una concentración de partículas ígneas o que serían nubes en ignición que se encendían por la noche como si fuesen ascuas y que el sol era nuevo cada día, mediante una concentración de fuego que surgía por la exhalación procedente del mar. 

Jenófanes habla también sobre las raíces de la tierra. Su versión se basa en la concepción de Hesíodo según la cual el Tártaro dista tanto de la tierra por abajo como el cielo de ella por arriba. En la Teogonía, las raíces de la tierra y del mar están encima del Tártaro hundiendo sus raíces indefinidamente. Esta extensión indefinida de la tierra está lógicamente relacionada con otra cita en la que se dice que la tierra es infinita y que no está rodeada ni por el aire ni por el cielo. 

Todas las cosas, incluso el hombre, se componen de agua y de tierra ya que nacen de estos componentes. Jenófanes parece que le asignaba al mar, que es la forma más extensa de agua, el carácter de fuente de todos los ríos, así como de la lluvia y de las nubes (ya Anaximandro suponía que eran el producto de la exhalación del mar).  El mar sería también la base de los vientos que parecen proceder de las nubes. Esta importancia que Jenófanes da al mar, presupone la idea de que la superficie de la tierra, en su forma actual, debió haberse desarrollado a partir del mar. 

La observación que Jenófanes llevó a cabo en relación con los fósiles nos demuestra su gran capacidad de observador científico. No era nueva la idea de que la superficie de la tierra había sido, en algún momento, barro o limo (Anaximandro). En este sentido, los fósiles parecían ser una prueba decisiva.  Es cierto que Anaximandro no admitía un proceso cíclico, lo que si parece hacer Jenófanes. Según Hipólito, Jenófanes, decía que la tierra debió ser en algún momento barro ya que las plantas existieron, en otro tiempo, en lo que ahora son rocas; por su parte existen también restos de peces en lo que actualmente es tierra firme. Por último, los hombres perecen cuando la tierra retorna al barro. Todo este razonamiento le llevó a concluir que todo sería producido de nuevo y este proceso acontecería en toda la ordenación de la superficie de la tierra.

En definitiva, Jenófanes, aceptó, siguiendo a Anaximandro, la teoría de que los seres vivos proceden del barro; pero mientras Anaximandro entendió que la causa de su destrucción nacía de una extrema sequedad, Jenófanes la puso en un diluvio. De todas formas las divergencias en Jenófanes y Anaximandro estaban más en conexión con las interpretaciones divergentes del curso de lo cambios surgidos en la superficie terrestre: para Anaximandro la tierra se estaba desecando, mientras que para Jenófanes estaba retornando al mar o barro. Es posible que la idea de Jenófanes fuese una corrección consciente a Anaximandro, al comprobar que el mar había invadido en Sicilia la lengua de mar que se acabó por convertir en el estrecho de Mesina. Lo que sucede es que en Mileto estaba sucediendo lo contrario. 

Lo dicho hasta ahora nos demuestra que Jenófanes no fue únicamente un teólogo sino también un físico-natural. Ahora bien, es muy posible, también, que los motivos que le llevaron a plantear cuestiones de tipo natural tuvieran una dimensión teológica, es decir, fueran encaminadas a cuestionar la concepción tradicional que consideraba los fenómenos de la naturaza como si fueran ellos mismos dioses. 

Pasando al tercer aspecto ideológico que exponemos, respecto con sus ideas sobre la limitación del conocimiento humano, nos damos cuenta que, Jenófanes al expresar las deficiencias del conocimiento humano desarrolla un contraste poético común entre la ignorancia del poeta y la omnisciencia de la Musa. Esto nos mostraría que la capacidad intelectual superior se encuentra en los dioses mientras que los hombres somos unos ignorantes. Esta misma idea está también implícita cuando Jenófanes, hablando de la naturaleza de dios, señala que éste no es semejante a los hombres ni en su cuerpo ni en su pensamiento. 

Lo anterior no quiere decir que Jenófanes estuviera defendiendo la espera de una revelación. Al contrario, en los textos, sugieren la necesidad de una ardua investigación con el objeto de alcanzar – no la verdad absoluta- sino un estado especial de conocimiento. Jenófanes tuvo presente y reflexionó sobre problemas de relación. Es de suponer que con sus observaciones confirma su creencia en la limitación del conocimiento humano así como el contraste entre el conocimiento divino y humano. Todo está enfocado en contra del dogmatismo milesio y la necesidad de actuar con cautela en nuestro afán cognoscitivo.

El hombre, se halla lejos de las facultades divinas: es un ser débil e imperfecto, incapaz de lograr un conocimiento verdadero. De hecho, nuestro saber es, como máximo, pura conjetura; “Ningún hombre conoció ni conocerá nunca la verdad sobre los dioses y sobre cuantas cosas digo; pues, aun cuando por azar resultara que dice la verdad completa, sin embargo, no lo sabe. Sobre todas las cosas no hay más que opinión”. No estamos en condiciones de conocer la verdad, por lo que Jenófanes se deja llevar por una ignorancia humana natural que, no obstante, no deber ser óbice para tratar de conseguir la cultura y el saber. Más que un escepticismo radical, lo que este poeta quiere transmitir es la idea de que valoremos cautelosamente aquello que sostenemos como realidad o verdad, porque nunca podremos saber si nuestras nociones u opiniones son categóricamente ciertas o no. Sexto Empírico advirtió que Jenófanes no cancela la posibilidad de todo conocimiento, sólo el conocimiento indubitable. El conocimiento como opinión (doxazé) fue admitido como saber puramente humano. También se ha sostenido que Jenófanes no extendió a la esfera de lo conjetural el saber positivo acerca de dios, sino que to saphés se refiere a lo que conocemos por los sentidos. 

Se ha entendido también que esta separación entre el saber divino y el humano llega en Jenófanes a su grado más profundo. El pensar construido a partir de la presencia humana ante las cosas visibles, se reconoce a sí mismo como una búsqueda que nunca alcanzará la claridad suficiente, aún cuando alcance mayor verosimilitud con el tiempo. Lo divino se sustrae a la posibilidad de ser captado con los sentidos, y de ser pensado a través de las formas que los humanos han usado para pensarse a sí mismos. Jenófanes sería el portavoz de la renuncia del pensar fisiológico de la escuela jónica, a sus propias pretensiones de erigirse como saber pleno. 

De esto, podemos rescatar que, su renovación de la doctrina tradicional sobre las limitaciones humanas en un contexto parcialmente filosófico, contribuyó a moderar la tendencia ultra dogmática por naturaleza de la filosofía griega, en sus primeros estadios vivaces. Tras el dogmatismo propio de los milesios y de su coetáneo Pitágoras, Jenófanes atemperó, y tal vez atenuó, el excesivo optimismo en la revelación de la verdadera realidad en que la filosofía previa se había instalado. Un conveniente aviso acerca de las limitaciones epistemológicas de la reflexión filosófica.

Es indudable que Jenófanes no es un seguidor típico de la nueva orientación filosófica que iniciara Pitágoras, ni tampoco un representante claro de la filosofía milesia. Sin embargo, es evidente que sus ideas fueron una reacción directa a partir de las teorías milesias y de Homero. Por todo ello, muchos autores incluyen a Jenófanes entre los pensadores jonios, y no detrás de Pitágoras, de acuerdo con un orden cronológico probable. 

Sobre la importancia intelectual de Jenófanes, se han sostenido opiniones muy diferentes. Por un lado, algunos pensadores hablan de su enorme importancia e influencia sobre el desarrollo religioso posterior. Mientras que por otro lado, hay quien sostiene que Jenófanes se habría reído a carcajadas, si hubiera sabido que algún día lo iban a considerar como un teólogo. Lo cierto es que tanto una posición como la otra parecen exageradas. No hay duda de que Jenófanes fue un poeta con intereses especulativos centrados especialmente sobre cuestiones de religión y de los dioses. Pero esto no nos puede hacer caer en el simplismo de su carácter acientífico por el mero hecho de haberse dedicado a cuestiones teológicas. Y es que, según parece, en Jenófanes, el estudio de los dioses no estuvo divorciado del estudio sobre la naturaleza (physis), en donde, su conjetura, a partir de la observación de fósiles, demuestran un claro sistema de deducción racional. Jenófanes, como teólogo, fue, más que un dogmático, un crítico, un verdadero sabio dispuesto a hurgar en todos aquellos temas que llamaron su atención. 

Por lo tanto, podemos concluir diciendo que lo que caracteriza de manera general su pensamiento, es como lo hemos dicho, el rechazo del saber tradicional, cuyos portavoces en Grecia fueron Homero y Hesíodo, que en efecto, eran en Grecia algo más que poetas ya que compusieron la genealogía de los dioses, les dieron sus nombres, honores, funciones y describieron los aspectos con que se manifestaban; El rechazo de Jenófanes a este saber se concreta en diversos puntos: El primero es que el dios de Jenófanes se distingue claramente de los dioses homéricos – hesiódicos, puesto que estos, si bien son inmortales, han tenido nacimiento; Jenófanes en cambio parece concebir una nueva idea de la eternidad de Dios: no ha habido tiempo en el que Dios no fuese. Esta característica de in-engendrado a veces también se atribuye de lo Uno. El segundo es el carácter revelado de todo saber, para luego reemplazar la cosmogonía implícita en esos poemas por una concepción propia del universo visible y de la divinidad. La crítica alcanza también a ciertos elementos de la cultura dominados por la moral agonal aristocrática. 

Este rasgo general de su pensamiento lo vincula estrechamente con la filosofía jónica, que es un intento de reemplazar el saber supeditado a la revelación de las musas por un indagar a partir del propio observar. Y se concreta en la forma de una investigación de la naturaleza (physis) que subyace al todo de lo que aparece. Esta búsqueda de la filosofía jónica, viene motivada por la observación de que la pluralidad de lo que se manifiesta, no es una mera pluralidad, sino que sus fenómenos están en relación, en virtud de una fuerza divina que anima a todas las cosas, a través de un elemento natural, como el agua de Tales de Mileto. Es un pensar que intenta descubrir un orden general que religue los opuestos, tal como lo cálido o lo frío, y que Anaxímenes concibe como el aire que se condensa o rarifica. 

A Jenófanes, vinculado a la escuela milesia por origen y por la estructura de su cosmología, tradicionalmente se le ha considerado fundador de la escuela eleática y del monismo. Igualmente, se le ha señalado a menudo como escéptico por sus fragmentos gnoseológicos, aunado a esto, los autores de la patrística, creyeron ver en sus textos teológicos, una primera formulación del monoteísmo entre los griegos. 

Jenófanes de Colofón, es calificado como el fundador de la teología filosófica y de la teoría del conocimiento, la reflexión sobre la fundamentación y límites del mismo. 

Jenófanes poeta, cantor, vagó por sesenta años por la Grecia, predicando que la única sustancia de la naturaleza, era un Dios omnipotente e inmutable. Al mismo tiempo dijo que la única realidad permanente es el cambio, que todo en el universo lleva su antítesis, que cada cambio va acompañado de su signo contrario. 

Y así es, como llegamos a las dos corrientes de opinión que había en Grecia sobre el mundo. Los que pensaban que el mundo estaba en movimiento y perecía y los que creían que era eterno e inmutable. Dicho de otro modo, los que creían que el origen de todo estaba en la materia, y los que creían que el origen de todo, era el espíritu de un Dios todopoderoso.

Es Cuanto…

Isauro Gutierrez

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