Infancia y juventud de Juárez (Segunda parte)

21.¿De dónde vienes, Benito Pablo? Recreación de la llegada de Juárez la ciudad de Oaxaca. Archivo Benito Juárez. Fondo Reservado. Hemeroteca Nacional. UNAM

Miguel Ángel Martínez Ruiz
En la cuarta sección, denominada “La Oveja Perdida”, obviamente se refiere al momento en que el niño Benito extravía o le es robada una oveja, pues bien, este incidente dio lugar a discernimientos muy interesantes, como el que a continuación se trascribe: “Tal parece que el movimiento de Reforma y la tenaz resistencia contra la intervención extranjera hubiesen dependido de una oveja, pues si esta no se hubiese perdido, Juárez no se habría fugado de su casa en Guelatao, y no tuviéramos un Benemérito de las Américas. ¿No es así, llevado al absurdo, como presentan algunos historiadores el episodio del niño Juárez?
Existen varias versiones: que se había robado unos elotes; que la oveja había sido hurtada por otros niños, mientras unos saltimbanquis le platicaban a Benito acerca de la ciudad de Oaxaca; que unos ancianos en 1902 recordaban que el niño había descuidado a las ovejas, las cuales causaron destrozos en otras propiedades, lo que ocasionó la retención de los animales por parte de las autoridades hasta que el dueño reparara los perjuicios ocasionados; también se menciona el poco cariño paternal que recibía de parte de su tío. Todas son falsas, y el propio prohombre lo dice en sus Apuntes: “En Guelatao no había escuela, no se hablaba la lengua castellana, no había tiempo de aprenderla con quienes la sabían, no tenía su tío recursos para pagar la pensión que cobraban en Oaxaca por estudiar en la escuela, entonces, si se tenían deseos de aprender, sólo yéndose a servir en aquella ciudad había esperanza de alcanzar los bienes de la lengua, con ellos la posibilidad de la carrera eclesiástica, y con esta el respeto, el reconocimiento y el sustento ganado con menos esfuerzos;” “ por estos hechos que yo palpaba –escribe Juárez—me formé la creencia de que sólo yendo a la ciudad podría aprender”.
La quinta parte del estudio del Dr. Arreola, tiene como título: “El Sirviente en Oaxaca”. Aquí los biógrafos del “Gran Indio de Guelatao” inciden en una omisión. La hermana de Juárez de nombre María Josefa se casa con Tiburcio López, del pueblo de Santa María Yahuiche, a donde fue a radicar con su marido. Algún tiempo después, ya aparece en Oaxaca, trabajando como cocinera en la casa del señor Antonio Maza. El investigador Arreola se pregunta: “¿desde cuándo prestaba sus servicios en aquella población? Pero algunos historiadores y biógrafos de don Benito han divulgado abundantes leyendas que confunden a los lectores.”
“El señor Foix afirma que Tiburcio era un borracho desobligado y cruel que obligó a Josefa a huir de su lado: “Josefa era una excelente mujer, muy trabajadora y cariñosa, de carácter resuelto. Su marido, un campesino con más apego al alcohol que al trabajo y que pasaba más horas en la taberna que en la casa y en el campo, con frecuencia maltrataba a Josefa, pero esta no era mujer para aguantar en silencio los malos tratos de una bestia alcoholizada y una mañana le planteó la necesidad de la separación. Y no doblegándose ante los lloriqueos del marido ni admitiendo sus razones, cogió un fardo con su ropa y se fue a la capital de la provincia, en busca de trabajo. La suerte la favoreció porque los Maza eran una excelente familia”.
“Por lo visto, los hermanos Juárez eran víctimas de un destino aciago. Los que convivían con ellos eran la personificación del despotismo y sólo el carácter resuelto de que eran poseedores les permitía enfrentarse y vencer al infortunio. Benito defendiéndose de su tío iracundo, tomó el camino a Oaxaca; y Josefa, para ponerse a salvo de la “bestia alcoholizada” de su marido juntó sus cosas y tomó el mismo camino -¿también a pié- y ambos formaron en la ciudad un cuadro conmovedor: “Josefa lo acogió y fue su segunda madre, dice Zayas.”
Varios de los relatores de la vida de Juárez confundieron la palabra “grana”, donde trabajó al llegar a Oaxaca y le pusieron “granja”.
El sexto capítulo se intitula: “El Nadador” y, en tono casi irónico, el autor dice: “Entre las múltiples consejas que circulan acerca de la infancia y la juventud de Juárez hay una que no deja de ser curiosa, inspirada en los testimonios de algunos de sus contemporáneos. Estos ya impresionados con la grandeza del personaje con quien habían convivido, buscaron todas las formas imaginables para destacar los rasgos geniales de su antiguo conocido, y unos se acordaron de que era tan estudioso que siempre traía un libro en la mano; otros, que vestía ropas muy limpias; que diariamente salía en procesión con un Cristo que tenía el señor Salanueva en su taller, y que Juárez en esas ocasiones acompañaba la procesión rezando el Vía crucis.”
Entre todas las mentiras que se han escrito en torno a la personalidad de Juárez, uno de los biógrafos de apellido Roeder señala que Juárez se escapaba y se iba con sus amigos hasta el lago de Montoyac. Aquí Benito hizo un trampolín con barriles, césped y leña. Como nadie se atrevía a probar el trampolín de difícil fabricación con esos materiales, Juárez no se arredró y él mismo hizo la probatura de su artefacto, “El valor había que inventarlo también y Juárez se decidió con todo el valor de un buen marinero; pero al llegar al centro de la longitud de la tabla o de la extremidad de ella, ambos resbalaron y Juárez y la tabla fueron al agua; afortunadamente la tabla cayó cerca y el cuerpo de Juárez adelante, por más de una vara y se salvó de ser aplastado.”
El escritor y doctorado en Historia, Raúl Arreola Cortés, sobre este pasaje opina: “Nos queda la duda sobre el grosor de la tabla, capaz de aplastar una persona, y cómo quedó suelta de modo que cayera junto con el clavadista.”
“No cabe duda que los informantes ejercitaban su imaginación y la tenían robusta, porque aportan este otro dato interesante. En vista de su fracaso como constructor de trampolines (en algo había de fracasar un hombre que nunca fallaba) empleó a un perito para que le ayudara en esa tarea, porque era tan terco que no se quería quedar sin aquel aparato; y “esta vez la invención trabajó tanto y tan bien como Juárez.”
“Resulta conmovedor lo que siguió. Luego, se encendió el espíritu de empresa; a los curiosos, (Benito) Pablo les cobraba tres o cuatro centavitos por brinco, y con las utilidades compraba dulces para los suyos. Sobrevinieron, en seguida, anhelos filantrópicos. Juárez tenía aversión a los fuertes y miraba siempre favorecer al débil, y nos decía: “si yo tuviera dinero, se lo daría a los pobres; algún día lo tendré”. Pero a los quince años, primero los dulces.”
La última parte del texto se intitula: “El indito descalzo”. El autor apunta: “El general Santa Anna se asombraba de que un indígena “de tan baja esfera” figurara tan alto en la política y se complacía en reducir la actitud de Juárez a un resentimiento contra su persona: “Nunca me perdonó el haberme servido la mesa en Oaxaca, en diciembre de 1829, con su pie en el suelo, camisa y calzón de manta, en la casa del licenciado don Manuel Embides”. Esto carece de toda autenticidad, pues en ese año Juárez ya había estudiado en el seminario y cursaba el primer año de la carrera de abogado en el Instituto.
“Más apasionados que Su Alteza Serenísima es don Celerino Salmerón en su libro Las grandes traiciones de Juárez, donde afirma: “…fue la Iglesia Católica quien sacó a Juárez de la indigencia que de indio bárbaro y analfabeta que era Juárez, la iglesia lo elevó a persona civilizada. Por la gran caridad de la Iglesia, Juárez aprendió a hablar español, traducir latín, conocer la belleza de la Preceptiva Literaria, ejercitar los vigorosos razonamientos de la Filosofía y penetrar en la grandeza de la Teología. La Iglesia civilizó a Juárez enseñándole a calzar zapatos, y vestir chaqueta y pantalones, en vez de andrajos. La iglesia enseñó a comer a Juárez sobre la mesa y con cuchara, y de lo contrario lo hubiere seguido haciendo con los dedos y en cuclillas”.
A continuación, el doctor Arreola señala: “Pero, después de tan grandes enseñanzas que el autor enumera y de las que, según él, Juárez era deudor del clero, dice en el siguiente párrafo: “Juárez era un mediocre intelectual y culturalmente… Como político jamás fue orador siquiera mediano… y hasta escribía con cierta dificultad.”
Siempre lo describen como un niño descalzo, de camisa y calzón de manta, tratando inútilmente de restar la presencia histórica de Juárez. Con esto, lo único que logran es engrandecerlo más, pues alcanzar la importancia de ocupar la primera magistratura del país no es tarea fácil, menos para una persona que procedía orgullosamente de una de las etnias de México.
En este breve ensayo acerca del libro del doctor Arreola, sólo hemos tenido la intención de destacar algunos de la gran cantidad de pensamientos erróneos que se han dicho y escrito sobre la vida y la obra del Benemérito de las Américas, pues con estos basta y sobra para darnos una idea clara de tantos errores. Es necesario que los historiadores contribuyan a crear la verdadera imagen de Juárez. Sería el mejor homenaje que se le puede rendir.
Obra consultada:
Raúl Arreola Cortés. Infancia y Juventud de Juárez. Edición de la Escuela Normal Urbana Federal de Morelia, 1972.