Estado Laico

 Estado Laico

Teodoro Barajas Rodríguez

La democracia se robustece, desarrolla y resplandece en los estados laicos, en los que el hombre traza y construye edificaciones jurídicas de acuerdo al ámbito temporal y su continente.

En el principio de la historia humana la teocracia fue divisa inalterable, fue la constante. El miedo a lo desconocido se invistió de religión.

Resulta sano y adecuado que el estado laico promueva las libertades y derechos individuales a la luz del conocimiento, la epistemología. El oscurantismo abarcó centurias en la historia de la humanidad, un elemento distintivo de esa etapa sin luz fue la religión a través de sus falanges que solían exaltar el temor, la superstición, la ignorancia.

En nuestro país por mandato constitucional tenemos un estado laico que no distingue de credos religiosos y certezas morales de fe. No obstante, todos sabemos que las normas jurídicas en nuestro país se violan al amanecer y al caer el sol.

La reticencia de algunos sectores que desdeñan al estado laico es ostentosa, arbitraria e ilegal. Irrumpen para lanzar anatemas, práctica que conocen y dominan, tenemos en hechos recientes algunas muestras de la intolerancia vía dogmas religiosos que los vuelven praxis.

Los temas como la despenalización del aborto y los matrimonios entre personas del mismo sexo fueron el motivo para que desde el púlpito algunos dignatarios de la jerarquía católica y de otras confesiones llamaran a desconocer las reformas legales, es decir, invocaron la impunidad porque las legislaciones vigentes son de aplicación general.

Uno de los distintivos de los seres humanos es la intolerancia y cuando ésta tiene su origen en tópicos religiosos suele ser funesta y contradictoria, porque abate las enseñanzas sublimes que contienen documentos que postulan un deber ser apartado de la maldad.

Suele haber confusiones al respecto del estado laico, los signos de los tiempos, las señales del presente hacen imprescindible un nuevo paradigma acorde con esta etapa calificada como la posmodernidad, en donde no prevalecieran los clichés, los atavismos nefastos que postulan cerrazón y fanatismo.

¡No a un estado teocrático! pero tampoco uno jacobino y trasnochado. El estado laico es aquel que mantiene una independencia clara y con soporte constitucional de cualquier influencia religiosa. Esto significa que no estamos hablando de apuntalar a un estado perseguidor, como en su momento lo hizo Tomás Garrido Canabal en Tabasco o José Fouché en Lyon, Francia.

Lo que nos da luz en la materia, sin duda, es aquel apotegma lustroso y vigente hasta nuestros días que pronunciara un gran liberal: EL RESPETO AL DERECHO AJENO ES LAPAZ.

Benito Juárez, el liberal más grande que ha dado nuestro país, tuvo la visión de estadista que se expreso al separar de una vez y para siempre al estado de la iglesia, no más la invocación de un estado teocrático fincado no en razonamientos, ni en el libre examen sino en los dogmas, las verdades reveladas que entrañaban una gran incongruencia.

Es conveniente analizar, de acuerdo al ámbito temporal, la historia de nuestro país; en los albores de la república el estado teocrático continuó hegemónico, los símbolos invocados por los próceres que comenzarían la guerra de insurgencia izaron el estandarte guadalupano como un ícono de unidad, México es un país sincrético, no cabe duda.

El estado laico es garante de la libertad de conciencia, así como de las libertades derivadas de ella.

Es por ello, que la democracia moderna va de la mano con el estado laico, porque tienen elementos comunes. Para que exista una democracia real requiere ser laica porque entraña el respeto a los derechos humanos como es el creer o no creer.

A medida que el estado laico se fortalece se torna garante de la libertad educativa, de cátedra y de la investigación científica, con ello confirmamos que la educación es la gran panacea de la humanidad.

Está plenamente justificado arraigar un estado laico, porque los anales de la historia recogen muchos abusos de los religiosos que traficaban con el oscurantismo del pueblo. En nombre de Dios se diseñaron instituciones que se distinguieron por abolir  la piedad, como fue el caso de la inquisición que miró morir en la hoguera a Giordano Bruno por el pecado, convertido en delito, de pensar diferente.

La lista de abusos, arbitrariedades y negación de ideales que algunas religiones han dejado como referentes del pretérito son incontrovertibles y lastimosas.

Los casos de pederastia que se han registrado han provocado una gran crisis en la iglesia católica, la incongruencia asoma y ahora se retrata de cuerpo entero. La imagen de este credo confesional está en las llamas de la opinión pública, el escándalo no amaina.

No obstante, la libertad de conciencia y de culto es un derecho fundamental, el estado laico es el que respeta los derechos, es el que no impone religiones ni las combate, es un reflejo y espejo de los altos valores democráticos.

Hay quienes construyen un falso dilema, ¿Nos vamos por la ley del hombre, de las sociedades o por la ley divina? La respuesta a esta interrogante la dieron hace dos milenios: Al Cesar lo que es del Cesar, a Dios lo que es de Dios. Los linderos son claros de acuerdo con nuestra ley fundamental.

Hay diferencias que calan hondo entre un estado teocrático y uno que se precie de ser laico, una cosa es el delito y otra el pecado. En uno se trata de vivir este mundo con sus consecuencias, el otro propone una promesa de arribar a otro. En uno se habla de castigos en el más allá, el otro detenta el monopolio legal de la violencia, porque atañe y reconoce un pacto social.

Respetable es y será que cada quién haga uso de su derecho tutelado en nuestra máxima ley, para creer en la fe que sea de su libre elección, pero esa moral de corte interior no debe ser la ley general.

Este año se aprobó por la Cámara de Diputados elevar a rango constitucional el estado laico con 363 votos a favor, uno en contra y ocho abstenciones, una histórica reforma al Artículo 40 de la Carta Magna.

La finalidad de este acto político, es evitar que los valores o intereses religiosos se erijan en parámetros para medir la legitimidad o justicia de las normas y actos de los poderes públicos.

Nuestro país es singular, se trata de una historia continuada entre bandos antagónicos, las letras con que se escribe nuestro pasado parecen mostrar signos de un esquema maniqueo, liberales contra conservadores. Buenos contra malos y de esta forma se ideologiza y manipula.

Benito Juárez plasmó lo siguiente: “Los gobiernos civiles no deben tener religión, porque siendo su deber proteger imparcialmente la libertad que los gobernados tienen de seguir y practicar la religión que gusten adoptar, no llevarían fielmente ese deber si fueran sectarios de alguna”.

Tal tradición laica fue venida a menos en el sexenio que encabezara Vicente Fox, quien desdeñando la investidura presidencial se postró ante el Papa, diríamos, sin duda alguna, que ese modelo es el antagónico al diseño del Estado, no exculpa al ex mandatario su ignorancia de la historia y el derecho.

Insisto, cada cual elige su creencia, pero el estado no se subordina a ninguna confesión de fe, respeta a todas, pero separa las competencias.

De acuerdo con diversos ejercicios de medición en la opinión pública, un 85 por ciento de mexicanos están en pro del estado laico, la minoría restante creen que el estado debería estar identificado con alguna religión. La clase política del país acepta los términos de laicidad rubricados en nuestras leyes vigentes.

Bien lo plantea Norberto Bobbio: “El espíritu laico no es en sí mismo una nueva cultura, sino la condición de convivencia de todas las posibles culturas”.

Isauro Gutierrez