El fusilamiento


Miguel Ángel Martínez Ruiz
Nunca creí que fuera verdad el hecho de que los condenados a muerte o, quienes están en los momentos previos al fenómeno natural de fallecer, evocan espontáneamente sus vivencias. Ahora, estoy plenamente convencido de que tal aseveración es cierta, pues en estas últimas horas, las más largas de mi vida, todos los recuerdos se han agolpado en mi cerebro y fueron pasando por mi mente como una serie de imágenes o estampas sucesivas. Desde los primeros acontecimientos que registra mi memoria, cuando mi familia rentaba una modesta casita en la colonia Santa María, la escuela primaria, mis maestros y, desde luego, los niños con quienes compartí la educación formal, nuestra convivencia, pleitos y algunas travesuras. Después, la escuela secundaria que cursé en un plantel educativo que lleva por nombre “Niños Héroes de Chapultepec”. Era alumno del segundo año en la Nacional Preparatoria de San Ildefonso, al final del año lectivo, cuando sobrevino el deceso de mi papá, circunstancia que me obligó a buscar trabajo. Afortunadamente, mi tío Salvador se desempeñaba como linotipista en uno de los principales diarios de la ciudad de México. Allí aprendí ese oficio y, a los pocos meses, se me permitió laborar en otro linotipo durante la noche. Por las mañanas, sin importar que hubiera dormido unas tres o cuatro horas, estuve asistiendo a una Escuela de Periodismo. Cuando concluí la carrera, cuyas colegiaturas y adquisición de libros pagué con mi módico salario, le hablé al director con la intención de mostrarle mi certificado de estudios, el cual consignaba las asignaturas cursadas y las calificaciones. Le solicité una oportunidad para trabajar como reportero. El me dio un abrazo de felicitación e, inmediatamente, ordenó que se me entregara una credencial y me dijo con su voz grave:
-Empiezas hoy una carrera que te traerá muchas satisfacciones, pero también sinsabores. No todo es miel, pero aquí te convertirás en un hombre de bien; periodistas serios y responsables hacen mucha falta en México, verdaderos profesionales que piensen y sientan que sus obligaciones con la sociedad están por encima de todo. Habla con la verdad, pero sé prudente, es decir, no lastimes a gente pobre, trata de contribuir al progreso de nuestra nación y nunca vendas tu pluma a políticos ruines, delincuentes o empresarios voraces. Debes tener tu propia ética, tus valores, pues sólo así podrás lograr que un día te reconozcan como un auténtico y respetable periodista. Nosotros tenemos el deber ineludible de servir de ejemplo.
Para iniciar, me dejaron el encargo de colaborar en la fuente de la página roja. No me agradaba mucho, pero la necesidad nos exige adaptarnos. Procuré cumplir celosamente con mi trabajo, para lo cual tuve que comprar en abonos una motocicleta y por este medio trasladarme a los diferentes lugares donde ocurrían hechos de sangre. Era de los primeros en llegar y así podía cubrir de manera más oportuna y cabal cada reportaje. Tuve que tratar con policías uniformados, agentes de tránsito, detectives e investigadores, agentes del ministerio público, funcionarios y empleados de las Procuradurías, tanto la del Distrito Federal como la General de la República, la Penitenciaría de Lecumberri, la Cárcel de Mujeres y otras más. Me hice amigo de algunos jefes de las diferentes corporaciones o los encargados de comunicación social, a tal grado que uno de ellos me invitó a practicar tiro al blanco en un campo exclusivo allá por la Plaza de Toros “México”.
Después de tres años de andar tras los acontecimientos trágicos, el director me llamó a su oficina para informarme que, como reconocimiento a mis esfuerzos, había decidido ofrecerme la jefatura de la misma fuente. Acepté sin detenerme a meditarlo: Mejor sueldo y trabajo de escritorio, supervisar los reportajes, darles la distribución más adecuada y presentar el proyecto al Jefe de Redacción. Duré allí cuatro años, aproximadamente. Tuve la idea de hacer la carrera de licenciado y me inscribí en la Facultad de Leyes. Anhelaba convertirme en un abogado honesto; pero, cuando cursaba el tercer año, conocí a una muchacha que acababa de ingresar, muy guapa y seria. No era coqueta ni libertina, pertenecía a una buena familia de clase media, muy decente. Su padre no me vio con malos ojos y, ya enamorado, que decido casarme. Tuve que hacer a un lado mi sueño de andar en los tribunales como litigante. La vida es caprichosa, no siempre realizamos nuestros anhelos. En fin, no me arrepiento, ella ha sido muy buena esposa y madre responsable. El día de la despedida de soltero, Un amigo mío expresó:
-Ahora sí, güey, azotó la res. Te vas a casar por las cuatro leyes.
-¿Cuáles leyes?—pregunté inocentemente.
-Sí, hombre, por la civil, por la iglesia, por pendejo, pero sobre todo, por caliente. Todos los presentes rieron y festejaron aquella broma.
-Otro me dijo:
-Finalmente vas a saber lo que es realizar el coito a un precio muy caro, con una mujer ya no muy atractiva, fatigado y a fuerza, por andar de muy sácale punta.
Uno más sentenció:
-Mira, el matrimonio, al principio, es duro; después, es muy difícil y, al final, insoportable. No te creas, La vida del casado es un verdadero banquete, en el cual desafortunadamente te sirven el postre al principio.
También expresó un periodista:
-El casorio consiste en dar un fuerte enganche al principio y mensualidades que duran toda la vida. A propósito, ¿sabes en que se parecen las chamarras de cuero a las esposas?
-No, ¿en qué?
-Son muy caras, pronto se ponen feas y duran hasta que te entierran.
Más carcajadas.
Luego, llegó una mujer muy atractiva, nos dio una función de strip-tease y, cuando estuvo completamente desnuda, se me sentó en las piernas. Prepararon toda una función. Según la costumbre, yo debería cohabitar con aquella sexoservidora en un catre de latón desvencijado a la vista de todos. Me negué, pues no me iba a exponer al contagio de alguna enfermedad venérea un día antes de mi boda, además a mí me daba vergüenza hacerlo en público.
Nos casamos y hemos tenido, como supongo que sucede en todos los casos, momentos de mucha felicidad, otros de tristeza, preocupaciones y algunas diferencias, y es lógico, ya que somos personas pertenecientes a diferente sexo, con costumbres y educación distintas y es necesario irse adaptando a compartir lo bueno y lo malo de la existencia. Recuerdo el día del enlace por lo civil cuando el C. Juez nos leyó la Epístola de Don Melchor Ocampo, ya en desuso debido a las ideas incompatibles con el feminismo actual, ante las caras serias de toda la concurrencia y, después el sencillo brindis. Al día siguiente, la boda religiosa en la Basílica de Guadalupe, una fiesta y la luna de miel o viaje de novios al hermoso puerto de Acapulco. Era la moda. Tuvimos tres hijos: dos varones que son abogados -aquí satisfice todas mis frustraciones- y una mujercita, mi consentida, que es una excelente médica especialista en cardiología y está dedicada a la investigación en el Centro Médico “Siglo XXI”, todos ya casados con hijos, mis nietos que ya llegan a sumar seis, quienes son nuestra adoración. En un santiamén pasó la vida como un bólido fugaz en la oscuridad de la noche. ¡Qué tanto hace que mi esposa estaba embarazada, en espera de cada uno de ellos! Y yo afuera de la sala de operaciones, fumando, muy nervioso.
Los años volaron, celebramos cada cumpleaños de mis pequeños, en compañía de mis compañeros periodistas y sus niños. Las frías noches de diciembre, la navidad, los días de reyes. ¡Cómo disfrutaba sus caritas de inmensa felicidad! Siempre creyeron en Los Reyes, escribían cartitas y las colocaban en sus zapatos y, no se querían dormir los inquietos chiquitines, finalmente los vencía el sueño, pero, desde las cinco de la mañana ya estaban disfrutando de sus juguetes nuevos. En cambio, los “Reyes” desvelados y deseosos de seguir durmiendo; pero ni modo, había que complacerlos, levantarse a ver con los ojos medio cerrados aquellos presentes. También hubo grandes angustias cuando se enfermaban y yo en mi trabajo, sin poder estar a su lado. Lo mismo cuando tenía que alejarme de mi familia y permanecer en el extranjero cubriendo alguna comisión, ya fuera por acontecimientos políticos, económicos o sociales de gran relevancia o cuando había alguna guerra o accidentes graves. Se sufre sólo con ver tantos muertos y los peligros que uno debe afrontar valientemente.
Mi familia es lo que más me duele ahora que estoy en esta situación, cuyas causas no entiendo del todo ¡Qué profunda pena deben estar sintiendo mi esposa e hijos al enterarse de que yo he desaparecido! Ojalá no lo llegue a saber mi mamá. Ha sufrido tanto la pobre, desde que faltó mi papá; siempre trabajando para mantenernos. Se acabó la espalda en labores como costurera. Incluso fue sirvienta durante sus primeros años de viudez. Ella siempre nos inculcó el amor al trabajo, “ningún trabajo es motivo de vergüenza, antes bien razón suficiente para sentirse digno”—nos decía.
Nadie tiene la menor idea de cuál ha sido mi destino en los días recientes. Cuando uno se muere, lo lloran sus dolientes y ahí termina todo, pero la incertidumbre es lo peor.
Desde el día en que asumí mi papel de esposo, renuncié a mi condición de soltero, porque así debe ser y lo que debe ser debe hacerse, como sentenciaba el gran filósofo Aristóteles. Del mismo modo que para ser padre es necesario dejar de ser hijo.
Me dediqué, pues, en cuerpo y alma al sostenimiento de mi señora e hijos, por supuesto que nunca me olvidé de mi madre y mis hermanos. Cuando pude les ayudé en todo lo que mi condición económica me permitía, pero nunca fui un sujeto de esos que anteponen a su “madrecita” y relegan en segundo o último término a su consorte y descendencia.
En mi trabajo, procuré ser todavía más dedicado, nunca llegaba tarde, cumplía todas las órdenes de mis superiores, porque, como reza el reglamento del Ejército Mexicano: “El que manda, manda y, si se equivoca, vuelve a mandar”. Nunca me comporté como un individuo servil, sino servicial, asumía las responsabilidades laborales que me eran encomendadas. Con esa conducta, cualquiera progresa. En cuanto se presentó la oportunidad ascendí a Jefe de Redacción. Después me invitaron a colaborar en un programa noticioso en la radio y, con ese ingreso extra, puede mejorar la calidad de vida de mi familia y darles a mis hijos mejores oportunidades educativas. Además de los boletines informativos que recibía a través del teletipo, entrevistaba a funcionarios y, en algunos casos, les planteaba preguntas sobre temas comprometedores; también permitía a los radioescuchas hacer llamadas telefónicas que yo pasaba al aire sin censura. Obviamente, esto no era del agrado de las autoridades, porque muchos aprovechaban la oportunidad para exteriorizar sus inconformidades o presentar quejas y acusaciones en contra de funcionarios de todos los niveles de gobierno. Esto me ganó la simpatía del público. Como resultado, me incorporé a un noticiero televisivo y continué con la misma tónica.
Al rememorar esos años transcurridos, vienen a mi conciencia imágenes llenas de nostalgia como las de los teletipos portadores de las noticias que eran procesadas en los linotipos para formar las galeras y, posteriormente, con letras de imprenta hacer los balazos, las cabezas o títulos, las fotografías eran clisés con una base de madera. Paulatinamente, se fueron incorporando importantes innovaciones como la fotografía por teléfono, el fax y ahora la computadora, incluso información vía satélite.
Mi trayectoria como periodista se la debo en gran medida a mi entusiasmo por la lectura, todas mis horas libres las aprovechaba para adquirir conocimientos, ya que si carecemos de cultura consistente no se puede escribir buenos editoriales, ni redactar o hablar con propiedad y corrección. Por eso, he logrado integrar una biblioteca de más de diez mil títulos y diccionarios, enciclopedias, en general, obras de consulta.
He escrito varios ensayos sobre temas que no son del agrado de gente poderosa en el gobierno, los partidos políticos, las finanzas y la delincuencia organizada, narcotraficantes, los pederastas en descarada complicidad con algunas autoridades como la innegable participación del gobernador “precioso” de Puebla en contra de la compañera Lydia Cacho, que fue maltratada física y psicológicamente, por defender a delincuentes depravados que ella había puesto al descubierto en un libro con testimonios inobjetables.
Los secuestradores ahora tratan de justificar su comportamiento hacia mi persona con el cuento chino de que algunos libros que tienen mi nombre en la primera página, demuestran mi participación en acciones delictuosas, pero yo he prestado libros a muchos amigos, alumnos y compañeros de trabajo. Se dio la circunstancia de que se los encontraron a unos jóvenes que están luchando en contra del sistema –disidentes, guerrilleros o luchadores sociales- y, mis captores o quienes los mandan, dedujeron que yo estaba directamente relacionado con esta asociación. No tienen ninguna prueba. Ciertamente, he criticado al régimen cuando considero que debo ejercer la libertad de expresión, consagrada en la Constitución General de la República, pero de eso a militar en un movimiento contra las instituciones legítimamente constituidas hay una distancia abismal.
Han sido ya tantos los compañeros periodistas asesinados o desaparecidos que para el caso da enteramente lo mismo. Desde la época de los gobiernos priistas, durante la cual había una censura represiva y se manejaba la idea de que “el que expone, se expone” o “Para los desobedientes existen los castigos de las tres erres: ENTIERRO, ENCIERRO O DESTIERRO”. Había mucha crueldad. Ahora, con la tan traída y llevada alternancia en el poder, del año 2000 a la fecha, se han documentado alrededor de más de treinta periodistas ultimados, además quienes han sido víctimas de “accidentes”, como es el caso del compañero Rosendo Prado Osuna, muerto en una carretera en circunstancias sumamente extrañas, otros desaparecidos y cientos de agresiones y amenazas verbales o intimidaciones a través de la Internet. Ya han pasado varios años sin verlos. Como si se los hubiera tragado la tierra. ¡Ah! Pero todos ellos tienen algo en común: Siempre manifestaron sus inconformidades cuando se cometía alguna injusticia, y esa actitud quijotesca de ir lanza en ristre enfrentando grandes y desiguales batallas, con el espíritu pleno de nobles ideales y elevadas aspiraciones, como el gran manchego que salía por los campos de Montiel a deshacer entuertos y defender oprimidos.
El fondo del problema es quebrantar las libertades de expresión, prensa y, por ende, el derecho a la información y la transparencia que debe existir en todo gobierno honrado, justo y equitativo. Podrán matar a los hombres, pero nunca a las ideas. Sin embargo, los enemigos de los derechos humanos y las garantías a las libertades fundamentales del hombre no cejarán en su actitud sádica de eliminar a hombres y mujeres que tenemos como medio de subsistencia la tarea de servir al pueblo mediante el ejercicio inalienable de manifestar nuestras opiniones y juicios; pero ellos, los traidores al pueblo mexicano, no paran mientes en acallarnos a cualquier precio, conscientes de que esos homicidios arteros e incalificables se cubrirán tras la más vergonzosa niebla roja de la impunidad. Por eso, amparados en la ley de la selva, la del más sanguinario y más fuerte, matan a hombres de bien cuya única falta consiste en ser leales a una profesión que denuncia valientemente las lacras de la sociedad, intentando erradicarlas, porque ese cáncer será caldo de cultivo de la corrupción, la prevaricación y el desacato a los principios esenciales que deben normar la convivencia entre los seres humanos. Queremos un periodismo que propicie la transformación de la colectividad para beneficio de todos: niños, mujeres y hombres, sin distingos de ninguna índole.
Si por eso he de morir, ¡Adelante! Estos hijos de puta, que no sé quiénes son, ni a qué organización pertenecen, ya me la sentenciaron. ¡Qué poca madre de cabrones sin escrúpulos! Han matado a más de treinta compañeros periodistas y México ocupa el nada honroso primero o segundo lugar en desaparición y asesinato de periodistas, por encima de Colombia que atraviesa por una guerra de guerrillas. En Irak, país víctima de una intervención descarada del gobierno fatídico de George W. Bush, donde han sido sacrificados sesenta o más periodistas, pero la guerra es un fenómeno muy complejo y no cabe ninguna comparación con nosotros.
La Federación de Asociaciones de Periodistas Mexicanos (FAPERMEX) y la Federación de Periodistas de América Latina y el Caribe (FEPALC), afiliada a la Federación Internacional de Periodistas (FIP), han formulado las denuncias correspondientes ante la Corte Internacional de Derechos Humanos, les proporcionamos nombres, los periódicos y revistas en que trabajaban, fotografías, filiación, trayectoria profesional, todo lo necesario para que se instruyan recomendaciones terminantes a fin de que el gobierno asuma su responsabilidad e investigue cada uno de estos delitos y se castigue a los culpables con todo el peso de la ley, pero nadie hace nada. Los homicidios se persiguen de oficio, los mejores investigadores de las procuradurías de justicia deberían integrar averiguaciones que conduzcan al esclarecimiento de estos tremendos crímenes. Se estima que son ya más de treinta y cinco, entre quienes figuran varios amigos y conocidos míos. Esto, sin tomar en cuenta por lo menos otros 20 que han sido baleados por torvos esbirros de las clases en el poder, desde 1983 a la fecha. Últimamente, ha sido nombrada una Fiscalía especial para atender los delitos contra los periodistas. Es tan grave la situación que El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas emitió el 23 de diciembre de 2006 el acuerdo unánime de exigir a los gobiernos “mayor protección a los periodistas en zonas de conflicto.”
Según estudios llevados a cabo por especialistas, todos estos problemas se derivan de las marcadas desigualdades socioeconómicas, consecuencia de una inequitativa distribución de la riqueza, la explotación desmesurada hacia las clases más desprotegidas, cuyas comunidades se ven cada día más relegadas en la marginación, sin los servicios más elementales. Hay dieciocho millones de mexicanos que no tienen ni para satisfacer sus necesidades de alimento. Por esto, se ataca al periodismo de investigación y denuncia. Es tiempo de que la sociedad forme conciencia de tantas injusticias sociales, se reclamen los derechos legítimos de los depauperados, en defensa de la verdad y el periodismo solidario con los pueblos que luchan por mejores condiciones de subsistencia que propicie un clima de libertad y valores democráticos. Lamentablemente, todo esto es retórica.
Supongo que yo seré el siguiente. Todo parece indicar que así será.
Mi calvario se inició hace ya algunos días. Cuando desperté, me encontraba en un cuarto oscuro, no había una sola rendija por donde se filtrara una ínfima porción de luz. Estaba bien amarrado de pies y manos en forma tal que la soga daba varias vueltas por mis tobillos para asegurar el nudo ciego y subir por en medio de mis piernas hasta llegar al cuello, donde tenía una lazada parecida a una horca, luego bajaba por la espalda hacia mis manos, fuertemente atadas. La posición de mi cuerpo era como si estuviera en cuclillas, nada más que acostado sobre un piso frío, de cemento. También estaba amordazado con un paliacate. El fuerte dolor que se extendía desde la nuca hasta la parte superior de la cabeza, me hizo recordar el momento en que un bribón me había propinado un toletazo. Quedé inconsciente. Acababa de impartir mi clase en la Escuela de Periodismo de la Universidad Nacional Autónoma de México. Algunos alumnos, entre ellos varias jovencitas, me acompañaban, haciéndome preguntas sobre los temas tratados en el aula. De pronto, se me echaron encima cinco individuos como si yo fuera un superhombre capaz de vencerlos. Los estudiantes trataron de defenderme, pero los gorilas no estaban dispuestos al diálogo. Llevaban una consigna. Me metieron a un vehículo grande, era una camioneta “Suburban” con los vidrios polarizados, uno me gritó al oído:
-Al suelo, cabrón, hijo de la chingada.
Enfilaron por avenida Universidad, giraron hacia Insurgentes, pensé que me iban a llevar al Campo Militar No. 1, frente a la Plaza de El Toreo, levanté la cabeza para ver si era cierta mi suposición y fue entonces cuando recibí el golpe brutal con la macana que portaba para mi desgracia aquel animal muy bien trajeado. Deben pagarles muy buenos sueldos por tan loables acciones de golpear a personas pacíficas, inermes e inocentes.
¿Qué actos fuera de la ley he cometido? Que yo recuerde ninguno. ¿Tengo algún enemigo emboscado en el gobierno que ordenó mi detención? ¿Me enviarán otra vez al exilio como ocurrió cuando me aprehendieron por haber participado en el movimiento del 68 y estuve en la cárcel durante cuatro años? ¿Qué quieren hacer de mí? Estas y otras cuestiones me daban vueltas, pero no encontraba ninguna explicación lógica de lo que me estaba ocurriendo. Y luego este pinche gobierno se atreve a hablar del respeto a los derechos humanos. ¿No me estará pasando aquello de que “crea fama y échate a dormir”? Con el cachiporrazo perdí toda noción del tiempo. No sabía si era de día o de noche. Me sentía muy cansado, pero no esa fatiga que produce el esfuerzo físico, sino psicológicamente, tal vez por el desconcierto ante lo inesperado. No sé si he dormido por momentos. De repente, la intensa luz de una lámpara de mano me hizo abrir los ojos y, completamente encandilado, no podía ver los rostros de quienes me rodeaban, sólo las sombras. Inmediatamente, procedieron a vendarme los ojos. Noté que habían encendido una luz, me levantaron para sentarme en una silla metálica, supongo eso por el ruido que hizo cuando la acercaron, además era lisa. Escuché que dijeron:
-No hay duda, se trata del mismo “cabroncito” que tanta lata no ha estado dando. Advertí que estaban comparando algunas fotografías con mi fisonomía.
-¿Ya le avisaste al jefe?
-Sí, señor.
-¿Y qué le vamos a dar de tragar a este chismoso de la prensa?
-Lo mismo que a todos los que se portan mal.
-Bueno, desátale las manos para que trague el güey. No se nos vaya a morir como el otro pendejo que se puso en huelga de hambre, amenazándonos con que no iba a comer si no lo dejábamos en libertad, y sí lo cumplió.
Me dieron un bolillo con frijoles y una botella de agua. Comí aquello con desesperación, pero sobre todo tenía mucha sed. En eso consistía mi alimentación una sola vez al día. Me volvieron a amarrar y allí me dejaron quizás unas doce horas. Hubo días enteros en que no probé alimento alguno, ni agua siquiera. La sed y el hambre me estaban matando. Entonces se presentaron otros sujetos diferentes, me daba cuenta de ello por el timbre de sus voces. Encendieron una lámpara, frente a mi rostro, y me interrogaron durante varias horas.
-¿Cómo te llamas?
-¿En que trabajas?
-¿Dónde vives?
-¿Por qué participaste en el movimiento del 68?
-¿Qué enseñas en esa escuelita?
-¿Eres marxista?
-¿Has visitado Cuba, la Unión Soviética (antes de la Perestroika) o China?
-¿En qué partidos has militado?
-¿Quiénes son tus amigos?
-¿Formaste parte de la liga o tuviste alguna relación con los guerrilleros Genaro Vázquez o Lucio Cabañas?
-¿Por qué has publicado opiniones que nos dañan?
-¿Qué tienes en contra nuestra?
-¿Qué ganas creándote enemigos más poderosos que tú, un pobre empleadito de un periódico?
Ante mi falta de respuestas que fueran de su completo agrado, no podían dejar de amenazarme:
-Piensa que podemos colocar en tu auto una cantidad de drogas como cocaína o anfetaminas y te vas directamente a la cárcel durante unos treinta años, por delitos contra la salud y delincuencia organizada. ¿Para qué le buscas? Dinos lo que sabes y ya te vas a tu casa muy tranquilo.
Me cuestionaron acerca de todo, poco faltó para que les interesara si me enfermaba de diarrea, gripe u otra enfermedad una o dos veces al año, durante algo más de cuatro horas. Pude percatarme de que estaban grabando mis respuestas por ciertos ruidos con los que estoy familiarizado. Al concluir aquella inquisición, me permitieron pasar al excusado, pues ya con anterioridad me había orinado y cagado en los calzones, y se retiraron no sin antes dejarme perfectamente atado.
Muy de mañana, fueron por mí y me condujeron a un automóvil, el cual se dirigió por el rumbo de occidente, hacia El Desierto de los Leones, donde hay un vetusto convento que data del siglo XVI. Esto lo supe porque uno de ellos aludió al lugar. Como no les había dicho nada, porque no tenía qué declarar, trataron de obligarme a que “cantara” o señalar lo que se supuestamente sabía, de acuerdo la jerga policíaca.
Mientras viajábamos por la antigua carretera a Toluca, iban comentando que me iban a fusilar. Esto me puso los nervios de punta, después de estar plagiado durante varios días, todo podía esperarse de estos tipejos de la peor estofa.
Al llegar a un sitio que se suponía el lugar del holocausto, dos pelafustanes muy corpulentos me bajaron, exigiéndome que les dijera los nombres de quienes estaban participando en acciones violentas contra el gobierno. Como yo no sabía nada, ¿qué podía decirles?
-Ni modo, ya que no cooperas, te vamos a tener que matar.
Oí que preparaban sus armas. Me extrañó que no me quitaran la venda de los ojos y esto me tranquilizó hasta cierto punto, pues si me iban a asesinar no les importaría que los viera, pero como no lo iban a hacer, no querían que posteriormente yo pudiera reconocerlos y cobrármela de alguna manera.
Sin más diálogo, el jefe ordenó:
-Apunten… disparen… ¡fuego!
Dispararon sus fusiles, pero al aire o quizás con cargas de salva, aunque yo pienso que eran balas de verdad porque sentí que me pasaban zumbando; Las balas se desplazaron a unos diez metros de altura sobre mi cabeza, pero yo las percibí como si rozaran mi cuerpo.
-Esta vez fue al aire, pero la próxima va en serio, dinos de una vez ¿por qué unos conspiradores contra las instituciones traían unos libros con tu nombre y eran libros comunistas?
-Probablemente fueron amigos, conocidos o ellos se los prestaron a otros, yo no sé nada. ¿Cuántas veces quieren que se los repita? Tal vez yo les presté alguno de esos libros. No estoy enterado. Pero, prestar libros no es ningún delito. A mí no me pueden acusar absolutamente de nada.
Ese mismo día, me condujeron a otro lugar, donde me desnudaron totalmente, no podía protestar, ya que con anterioridad me habían puesto una cinta adhesiva en la boca. Me tendieron en el suelo, uno de ellos, usando vendas en las manos como los boxeadores, me golpeó en el abdomen varias veces hasta sacarme el aire, trataba de respirar, pero me pusieron una bolsa de polietileno que se me pegó a la cara. Casi me asfixio. Me quitaron la bolsa y la tela adhesiva. Sentí un gran dolor cuando me arrancaron de un tirón algunos pelos de las barbas y los bigotes que se habían fijado a la pegadura de la tela.
-¿No te gustó esto, verdad? Pues ya dinos la verdad de todo: ¿Quiénes son? Dinos sus nombres y te soltamos. ¿De acuerdo?
-No sé nada.
-Bueno, tú te lo buscaste.
Por espacio de tres horas me sentaron en sal con alguna sustancia abrasiva que me quemó los glúteos, las piernas y los testículos. ¡Era un sufrimiento insoportable!
-A ver si así se te caen los güevos y se te afloja el culo, pinche puto.
Me daban ganas de inventarles algunos nombres, pero esto hubiese sido peor. Finalmente, me levantaron de aquel tormento. Yo sé que, conforme a nuestras leyes, está prohibida la tortura, pero hay tantas normas jurídicas que son letra muerta. En esas condiciones me aventaron de nuevo al sitio donde dormía.
A la mañana siguiente, me condujeron una vez más a otro espacio y allí, con las manos esposadas por la espalda y los pies muy bien amarrados, me acostaron boca arriba, un individuo gordo se me subió a la altura del estómago, no podía respirar, para colmo me pusieron un pedazo de franela mojado en la cara, supe que era ese tipo de tela por la textura, muy sofocado y sin nada de aire en los pulmones, uno de ellos me apretó la nariz con los dedos y, al momento de levantarme la franela, abrí la boca para respirar, y recibí un chorro de agua y muchos más, hasta quedar prácticamente ahogado. Entonces, me aplicaron la técnica de resucitación que utilizan los salvavidas y, cuando empecé a recuperar la conciencia, alcancé a oír unas voces muy lejanas, huecas, como si estuvieran hablando adentro de un bote, dijeron:
-Ya se nos murió este cabrón. ¿Ahora, qué vamos a hacer?
-Nada. No se preocupen… al rato despierta y se acordará de todo lo que no quiere decirnos.
Esa noche, ya no pude dormir de la alteración nerviosa que me habían provocado estos rufianes.
Y no era para menos, en la madrugada me arrastraron no supe a dónde, allí me bajaron los pantalones, bien amarrado, un sujeto me aplicó toques eléctricos en los testículos. Lloré como si fuera niño. Me sentía tan indefenso ante la brutalidad de aquellos individuos sádicos. El dolor era tan insoportable que casi pierdo el conocimiento
Yo permanecía totalmente ajeno a una serie de acciones realizadas por mis alumnos de la universidad: tomaron camiones, desfilaron con pancartas por diferentes calles, exigiendo mi liberación y responsabilizando al gobierno de mi integridad física, quemaron una bandera de los EE: UU. de Norteamérica frente a la Embajada de ese país, llevaron a cabo un mitin en El Zócalo, al cual asistieron algunos miles de estudiantes, amigos y conocidos de los partidos políticos y, desde luego, compañeros de la prensa escrita, radiofónica y televisiva. La situación se les estaba complicando y no tuvieron más que dejarme en libertad, pero antes me volvieron a llevar al mismo lugar del fusilamiento. Se repitió la acción simulada, pero esta vez no pude mantenerme en pie. Las quemaduras en la entrepierna me lo impedían. Acostado, me dispararon otra vez muy cerca de los oídos. El estruendo de los balazos me rompió los tímpanos. En seguida, como no podía caminar, me llevaron cargando al interior del convento y un gigantón muy fuerte desde una altura superior a los dos metros me lanzó al piso, a causa del golpe que recibí se me fracturó un brazo y una luxación en la pierna derecha. Finalmente, me abandonaron, desmayado, con los ojos vendados y las manos atadas..
Estaba en condiciones sumamente delicadas, cualquier movimiento me producía dolores intensos como si no tuviera un solo órgano sano. Todo mi cuerpo estaba deshecho. Era una piltrafa humana.
Una vez que me aseguré de que ya se habían ido, intenté sentarme en el piso, pero no pude. Descansé un rato, yo conocía el lugar, lo había visitado diversas ocasiones. Esperé pacientemente a que llegaran algunos turistas para pedirles auxilio, pero nadie se aparecía en la vieja construcción. Muy débil por no haber comido varios días, deshidratado, el daño psicológico y con el cuerpo maltrecho, permanecí tirado en el piso. Ocasionalmente, un grupo de excursionistas llegó. Les pedí auxilio. Al verme tan lastimado, inmediatamente llamaron por su teléfono celular a la Cruz Roja, llegó una ambulancia y duré internado en un sanatorio poco más de un mes. Alguna vez, pensé en la conveniencia de levantar una denuncia de hechos ante una agencia del ministerio público, pero no tengo la menor confianza en las autoridades. Después supe que me dejaron en libertad debido a que detuvieron a seis jóvenes guerrilleros y ellos negaron mi participación en sus acciones.
Por esta razón, no me ejecutaron, pero creo que todos los días fusilan a la libertad de expresión en México y en muchos países del mundo. Algunos familiares y amigos me han aconsejado que me retire del periodismo, pero la verdad es que yo no puedo vivir sin ese olor a papel y a tinta, cuando el periódico está recién impreso. Durante más de cincuenta años he seguido la misma línea, conforme a mis convicciones y no tengo la menor intención de renunciar a mi posición ideológica independiente, como debe ser el verdadero periodista, aunque esa honestidad tiene su precio, el más alto: la vida misma.
Sin duda, el que me dejaran en libertad tuvo por objeto enviar un mensaje a todos los informadores y periodistas, era una clara advertencia para acabar con la prensa libre, que no cede a la corrupción ni se presta a componendas que tanto han dañado al pueblo.