Don Benito Juárez: vida y obra


Ángel Alvarado Raya.
“ Dios y la sociedad nos han colocado en estos puestos para hacer la felicidad de los pueblos y para evitar el mal que les pueda sobrevenir. Juramentos muy solemnes nos obligan a obrar así. Cumplamos, pues, con este deber sagrado, defendiendo las instituciones federativas, que garantizan nuestras libertades.”
Benito Pablo Juárez Garcia
Don Benito Pablo Juárez García; el indio de Guelatao nació con la Primavera de 1806 como un destello de la naturaleza, como una estrella para iluminar el firmamento de todos los mexicanos; pero quiso el destino que un 18 de julio de 1872, retornara su cuerpo físico e inherente al seno de la naturaleza misma y precisamente, en el verano, como si ella hubiera sabido que el fruto estaba maduro y había cumplido con la primera parte de su existencia.
Don Benito Juárez, tres veces Benemérito de América, reconocido como tal por el Congreso de Colombia el 1º de mayo de 1865; calificado así, el 11 de mayo de 1867 por la República Dominicana y aclamado “BENEMÉRITO EN GRADO HEROICO” por el Congreso Mexicano el 18 de abril de 1873, fue un eminente liberal. Sintió en carne propia el dolor y las aspiraciones de nuestro pueblo a cuyo servicio consagró su vida entera, desde 1832 en que fue electo diputado al Congreso Local del Estado de Oaxaca hasta incluso el día infausto de su muerte. Fueron 40 años de entrega sin límite a la causa enorme de la libertad de México. De estos, dedicó 14 años y medio a servir a la República desde lo alto de la Primera Magistratura Nacional.
Juárez pudo tener defectos. Era hombre al fin. Pero la suma de sus virtudes cívicas y humanas, históricas y liberales es muy superior, miles de veces a cualquier error. Sencillamente ha de decirse que Juárez primero se forjó a sí mismo; después forjó a su manera y expresión la sociedad de su tiempo y como corolario le fue factible estructurar la nacionalidad mexicana en los grandes principios de libertad, igualdad y fraternidad, pero también conforme los postulados del derecho, del trabajo, del respeto a lo ajeno, de la no intervención, de la nobleza en fin y de la austeridad. Su carácter estóico le abrió fácilmente este sendero.
Juárez, queda huérfano a los 3 años, posteriormente va a Oaxaca. El padre Salanueva quiere hacerlo seminarista. El destino condujo al pequeño indio, por los grandiosos caminos de la historia. En 1838 se recibe como abogado en Oaxaca y procede a servir a sus hermanos indios, diligentemente, con devoción y sacrificios.
Contrae nupcias en 1843. Ingresa al Partido Liberal y alcanza por el derecho del mérito su jefatura en 1844. Iba ascendiendo con terquedad de estrella. El astro sube cada noche por el ancho cielo, sin impaciencias pero sin pausas. Tal el ritmo de Juárez que alienta ya en su corazón y en su conciencia, plenamente, la idea del liberalismo, que es el lado justo de la vida.
Sus virtudes fueron las virtudes de su raza y del mestizaje a la vez. Un grandioso sentimiento de lo patricio. Una fe inquebrantable en sus propios destinos y en los destino de México. Poseía el instinto de la fuerza política. A la par, lo alentaba el sentimiento de la grandeza personal. Salido, como él decía “de las masas obscuras del pueblo”, tenía como atributo una fría resignación. Carecía de nervios como las piedras, pero le sobraba energía como a las tempestades. Tuvo Juárez la calidad del acero, por el filo y por el temple.
Por convicción y por educación su criterio liberal lo inspiró en su lucha incesante por el bienestar de la patria. Pudo darse cuenta por mil motivos de la actitud del Clero político que en México como en toda la América hispana siempre ha buscado el poder. Respetaba, como el que más la religión católica y la libertad de conciencia pero no podía supeditar su pensamiento, ni menos su voluntad a la idea de que la tierra, que es sustento básico del hombre fuera mantenida en pocas manos, improductiva, estéril, en poder del Clero. Con el Plan de Ayutla de 1º de marzo de 1854 contribuyó poderosamente a la estructuración del elemento mestizo, cuyo sector es en su clase media, motor y nervio de las ideas de independencia y de libertad. En el mestizaje se fundó la nación soberana desde 1824. El primer gobierno federal mestizo fue el de don Juan Álvarez al cual sucedió el de don Ignacio Comonfort y desde fines de diciembre de 1857, como resultado del golpe de Estado que a sí propio se dio Comonfort entregando el poder al Partido Conservador con el Plan de Tacubaya, Juárez asumió por derecho propio, por dignidad colectiva y para ventura de la patria dolida y doliente, las riendas del Poder Ejecutivo Federal.
Las Leyes de Reforma fueron una obra de alto beneficio público. La primera de estas leyes fue del 25 de junio de 1856 auspiciada por Juárez y señaladamente por don Miguel Lerdo de Tejada, ministro a la sazón. Estaba inspirada obviamente en los principios antieclesiásticos, de esa inapagable fragua que fue la Revolución Francesa. De esta ley se ha dicho que acogió los principios jurídicos de la Legislación de Cádiz. Don Francisco Zarco, el egregio periodista que fue el cronista insigne del Constituyente de 1856; don Melchor Ocampo, pensador y filósofo, el Nigromante, don Ignacio Ramírez; en cuyos labios la elocuencia adquiría caracteres de milagro, y con ellos otros más de esa generación talentosa y heróica de la Reforma sostuvieron en privado y en público, en la tribuna, en el periódico, en la cátedra los postulados de esta ley intitulada Ley Lerdo, que abrió caminos nuevos a la emancipación nacional y señaló rumbos mayores y claros horizontes a nuestra estirpe. Esta ley revirtió en favor de la nación los inmensos BIENES DEL CLERO POLÍTICO, llamados por inactivos, “bienes de manos muertas”.
En el mes de julio de 1859, desde el puerto de Veracruz donde Juárez estableció su gobierno al amparo del gobernador del Estado don Manuel Gutiérrez Zamora, se promulgaron por su régimen cuatro leyes también incluidas en la Reforma y fueron la del 12 de julio de 1859 que ordenó la NACIONALIZACIÓN DE LOS BIENES DEL CLERO en favor del poder civil, esto es, del Estado y asimismo consagró la definitiva independencia y SEPARACIÓN DEL ESTADO MEXICANO Y DE LA IGLESIA CATÓLICA. Es esta consecuentemente la ley diamantina de México, obra superlativa del ilustre patricio.
La segunda ley de ese mismo mes –tercera de las Leyes de Reforma– fue la del 23 de julio de 1859 que INSTITUYÓ LA FORZOSIDAD DEL MATRIMONIO CIVIL. Hasta entonces el matrimonio había sido detentado y monopolizado por la Iglesia. El poder civil, era ignorado, como se sabe, desde el siglo X de la Era Cristiana, cuando el Papado se arrogó la facultad omnímoda de consagrar los matrimonios. gran polémica suscitó esta ley. El Papa Pío IX denostó la obra juarista y combatió el criterio que movió esta Legislación. No obstante prevalecieron la razón y el derecho.
La tercera ley del propio julio, la del 28 de ese mes y del mismo año de 1859 CREÓEL REGISTRO CIVIL y por ende el control de la natalidad por el Estado. Una hija de Juárez fue la primera persona cuyo nombre ilustra los libros del Registro Civil.
La cuarta ley fue suscrita en Veracruz el 31 de julio de 1859 y se refiere a la SECULARIZACIÓN DE LOS CEMENTERIOS que quedan desde entonces sometidos a la potestad civil y oficial del gobierno de la República. Quedaron atrás los tiempos en que en México no era posible que recibieran sepultura en la tierra dramática que los vio nacer, hombres tan insignes como Santos Degollado que fue inhumado en junio de 1861 en el Panteón Británico, tierra extranjera por ficción de ley. Recordamos el caso de Mr. Voltaire que fue enterrado casi superficialmente, fuera de París en Sellieres, “donde su sobrino era abate”. De aquel día data la facultad inmanente de que la tierra pródiga de nuestro país pueda recoger los restos de quienes por ella se sacrificaron. Intención, contenido y expresión claramente liberales en el espíritu de esta ley.
Hubo aún otra, la quinta, explosiva, fechada el 4 de diciembre de 1860 en Veracruz, a cuyo tenor se decreta LA LIBERTAD DE CULTOS. Gran revuelo. Abierta oposición clerical. Todo obstáculo empero fue vencido. Se extinguió el derecho de asilo en los templos. El sacrilegio dejó de ser conceptuado como delito. Se prohibió toda solemnidad religiosa fuera de los templos. Como corolario de esta Legislación se mandó retirar la legación de México acreditada ante la Santa Sede, hecho acontecido el 3 de agosto de 1859. El gobierno juarista ordenó la salida de monseñor Clementi, delegado papal en México. Jamás antes ni después fueron más tensas las relaciones entre el México juarista y el pontificado. Esta obra fue coronada con las leyes de instrucción pública laica y gratuita y a la vez obligatoria. Un haz de solemnes victorias del espíritu fulgurante de nuestra estirpe.
Juárez ejerció su profesión de abogado con ánimo de reparación social y nunca descuidó los aspectos oficiales como tampoco los populares derivados de la aplicación de los postulados jurídicos. Influyó vigorosamente en la redacción de la Constitución promulgada el 5 de febrero de 1857 en la cual se estipuló que “los derechos del hombre son la base y el objeto de las instituciones sociales”. En este criterio palpita el alma misma de la famosa Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano que aprobara la Asamblea Nacional Francesa entre el 20 y el 26 de agosto de 1789 obra imponderable de Gilbert de Montier, Marqués de Lafayette a quien correspondió según la crónica reza, el privilegio de haber redactado por encargo unánime de sus compañeros de lucha aquella relación en fórmulas breves, lúcidas, cortantes y certeras de los derechos inmanentes al hombre como ser físico y como ser social.
En la Carta Magna de 1857, obra de orfebrería jurídica del siglo XIX, se plasmaron tales derechos a la vida, a la salud, a la libertad, ésta en sus varias concepciones: libertad de expresión; de creencia; de reunión; de viajar; de escribir; de pensar; el derecho a la propiedad y el derecho a la seguridad, estableciéndose en tal Cuerpo de Leyes la soberanía nacional, la división de poderes, la democracia, todo ello bajo el espíritu claro del liberalismo.
Las Leyes de Reforma fueron incorporadas a la Constitución de 1857 el 25 de septiembre de 1873, siendo Presidente de la República don Sebastián Lerdo de Tejada.
Mientras en un aspecto combatía con las armas en la mano a los conservadores, a los invasores y a los traidores, con la otra construía el gran edificio de la patria mexicana sobre bases de una inconmovible solidez. A Juárez nuestra historia lo llama el Reformador. Sí, pero también el constructor de nuestra nacionalidad, el forjador de nuestro pueblo, el que cimentó la patria grande y perdurable.
EL TRIUNFO DE LA REPUBLICA LIBERAL
Dos veces pudo Juárez entrar triunfante a la capital de la República enarbolando los principios de la legalidad. La primera, el 11 de enero de 1861 después del triunfo contundente en los llanos de Calculalpan, el 22 de diciembre de 1860 de las fuerzas republicanas comandadas por don Jesús González Ortega sobre el Ejército conservador que en esa jornada estaba al mando del general don Miguel Miramón. La segunda, el 15 de julio de 1867 después de la caída de Querétaro y del fusilamiento el 19 de junio de 1867 de los tres pilares del imperio, Maximiliano, Miramón y Mejía que fueron sentenciados a muerte en juicio formal, cuyo proceso presidió el teniente coronel veracruzano don Platón Sánchez.
En la primera ocasión había salvado la República de todo peligro interior. En la segunda la había salvado de todo peligro exterior. La gran obra estaba consumada. El tesón inacabable del indio inmortal entregó a México su entero señorío.
La victoria de los mexicanos liberales fue resonante. Tuvo una dimensión interna y otra internacional, las dos de profundo y extenso alcance. En dos épocas se desarrolló esta epopeya, de 1857 a la 1867 en cuya época aconteció primero la guerra de tres años y después la invasión francesa que perduró de 1862 a 1867. En esa década según expone un tratadista militar, Heffter, se sucedieron en el territorio patrio 1780 combates registrados. Estadísticamente uno un día de cada dos. La patria además encontrábase quebrada. Esto originó en julio de 1861 la determinación del gobierno juarista de suspender el pago de la deuda exterior, lo que dio pábulo a la Alianza Tripartita pactada en Londres, en octubre de ese año para invadir México, Inglaterra, España y Francia. Esta coalición tripartita fue desbaratada diplomáticamente en los Tratados de la Soledad de 19 de febrero de 1862 por don Manuel Doblado, Ministro de Relaciones Exteriores que abordó este sumo peligro “ante el espanto de América y ante el asombro de Europa”.
Piénsese la enorme responsabilidad de Juárez, masón desde 1847 y Benemérito de América desde 1865. No es posible entender cómo se produjo el empuje incesante en defensa de la nación y el triunfo lleno de fulgores del gobierno juarista integrado por los hombres de la Reforma.
La segunda época comprende desde 1867 a 1872. Durante este lapso acontece un hecho extraordinario. LA IMPLANTACIÓN DEL POSITIVISMO EN LA EDUCACIÓN MEXICANA como teoría liberal de inspirada filosofía. Juárez sabía que en la educación de las nuevas generaciones se encuentra el germen del porvenir y la garantía de las generaciones de entonces. Quien enseña no sólo siembra y marca rumbos, sino también redime
De este impulso surgieron numerosos planteles de estudios superiores entre los cuales ocupa un lugar significativo la Escuela Nacional Preparatoria, fundada en 1868. Fue el más esclarecido de los triunfos del positivismo, utilizado en su tiempo eficazmente como arma política y como semillero de ideas. Esta Escuela prolongó su influencia hasta los finales del siglo XIX y dejó una extensa gama de realizaciones por más que en el siglo XX fue objeto de positivismo de argumentaciones en contra. La implantación y la vigencia del sistema positivista en México fue una enorme, gloriosa y liberal tarea de Juárez.
Confluye en este sistema la Ley de Instrucción Pública de 15 de julio de 1867 que arrancó al clero el monopolio de la educación y dio pábulo, posteriormente, a la inclusión del Art. 3º Constitucional en la Carta Magna de 1917.
Juárez reclamó siempre a sus conciudadanos ser juzgado por sus actos y no por sus pensamientos, “mis dichos son acciones”, afirmaba; sin embargo, su concepción ideológica de la realidad que enfrentó es clara y aleccionadora, en ella se puede abrevar inagotablemente; y si bien, algunos conceptos han sido revalorados en su extensión en el tiempo presente, su esencia e intencionalidad, continúan siendo vigentes y aplicables en situaciones que hoy nos toca enfrentar.
El liberalismo nace con la Nación y en ella se genera en el tiempo y espacio. Es presencia activa en estos momentos difíciles, en los que no debe abandonarse la posibilidad de afianzar el entendimiento nacional; aún cuando existen voces que al amparo de las libertades que concede la Constitución, que tanto critican y combaten, crean fuerzas reaccionarias que de vez en vez se mueven como marionetas manejadas por habilidosas y ocultas manos. Pero los hombres y mujeres de libre pensamiento no debemos olvidar que requerimos de un México crecientemente integrado, que se fortalece con una etapa social, de reformas y cambios de acciones comunes, de nuevas estructuras jurídicas con una afluencia de opiniones de las más disímbolas jamás expresadas, que ayudarán a revitalizar la República concebida por Juárez, que le den vida y esperanza a nuestro pueblo; pues se trata de una acción integral y totalizadora, que renove la conciencia Nacional y nos incorpore a luchas positivas, ajenas al acto estéril de una ilusoria realidad.
Aquí resulta oportuno meditar un poco sobre la incalificable actitud de quienes, olvidando las lecciones terribles de la historia, pretenden revivir un pasado, agitando de nuevo las conciencias con un problema resuelto. Identificar o confundir la religión con la política, es una trampa innoble, montada contra la ingenuidad y la sencillez. No creemos en ella los buenos ciudadanos, ni creerán tampoco los buenos religiosos.
Para unos y otros, como para los hombres de la Reforma, que fueron en su mayoría, creyentes irreprochables, la religión es inviolable en el sagrario de los templos y en la intimidad de las conciencias; pero cuando se le corrompe para convertirla en querellas políticas, la ley, por su propio prestigio, debe hacer que retorne a sus dominios.
De Benito Juárez, puede afirmarse, que cumplió con honor el oficio de ser hombre. Su vocación de mexicano y de patriota, no registró claudicaciones ni extravíos. Lo que concibió lo ejecutó; todo lo que fue suyo, es un camino y una meta. La Integración de México por el trabajo y la libertad por la razón y el derecho.
FUENTES CONSULTADAS:
http://www.asitamaulipas.com/noticia.asp?id=5604&col=1
http://www.asitamaulipas.com/noticia.asp?id=815&col=1
http://www.ecosderosarito.com/index.html
Juárez el republicano, Josefina Zoraida Vázquez, sep.