Días de guardar


Ismael Acosta García
En medio de avatares ideológicos, económicos, políticos y sociales en que la humanidad pareciera precipitarse por un tobogán de calamidades imposible de detener en el corto y mediano plazo, surge la posibilidad espiritual de volver nuestros sentidos a las viejas enseñanzas del caminante de Galilea, el Maestro del amor, aquel que hace dos mil años fuera capaz de entregar su vida por todos, ¡sí, por todos!, sin condición a cambio.
La celebración de las festividades crísticas me invitan a compartir contigo, amable lector, la siguiente reflexión:
¡Oh, divino maestro!
Oh, divino maestro,
en el profundo dolor de tus heridas
tú has detenido el tiempo
y el hombre no ha comprendido
tu mensaje de paz, hermano mío.
Dos mil años no han sido suficientes
para entender tu sacrificio,
¡ni tus vicarios, Señor!
porque en tu nombre
han cometido los crímenes
más horrendos de la historia.
Ya no vuelvas, amigo, a este mundo,
vuélvete a otro rincón del universo
y siembra allá tu semilla de amor
y de esperanzas,
y derrama tu luz…
Pero si vuelves, Señor,
no regreses herido
porque nadie te hará caso.
Pero si vuelves, hermano,
haz girar de nuevo la rueda de la historia,
vuelve a revolucionar el mundo
que dejaste inconcluso
porque confiaste en nosotros
y ahora, todos te hemos defraudado.
Vuelve, a redimir al desdichado,
porque aún sigue oprimido,
hermano mío.
Vuelve, con níveas telas,
para que cubras la desnudez
de tus hermanos más pequeños
que aún visten andrajos.
Vuelve, Señor, para que lances de tu templo
a quienes siguen defraudando con tu nombre.
Vuelve, para que veas
que tus vicarios son más conocidos que tú,
a ellos los honran
los hombres más poderosos de la tierra,
y a ti te ultrajaron, Padre mío.
En fin, Maestro amado, vuelve,
para que hagas justicia por los pobres,
para que resucites la fe de tus hermanos,
para que humilles a los ricos poderosos,
para que ejerzas la justicia de tu reino
en este mundo, Señor,
¡en este mundo!
y entendamos el mensaje verdadero
de tu segunda venida.
¡Ah!, pero si vuelves,
cúbrete bien tu carne macerada
y limpia el supurar de tu costado,
porque puede que huelas a ignominia
que este mundo aborrece, Señor,
y no quisiera que te sientas triste.
Oh, amadísimo hermano,
pero si vuelves, ¡por favor,
ya no vuelvas con tus heridas
a detener el tiempo!
porque todos te hemos defraudado.
Tomado de: La herencia de Hirám. Autor: Ismael Acosta García. Primera edición, marzo de 2008,Morevallado editores, Morelia, Mich, México. Derechos reservados conforme a la ley. © Sociedad Cultural Miguel Hidalgo, A.C. ISBN: 978-968-9321-08.- Se autoriza su reproducción citando la fuente bibliográfica.