Crónicas de un grito

 Crónicas de un grito

Cuauhtémoc López  Sánchez

Antecedentes.

La Independencia de México se fue gestando desde 1521 y es un proceso inacabado.

El descontento general empezó desde que los conquistadores se adueñaron de Tenochtitlán e impusieron un estancamiento económico, político y social hacia la que llamaron Nueva España. El malestar se acentuó con la explotación y la miseria de los conquistados, la inmovilidad de los criollos ávidos de disfrutar de las mismas canonjías que los peninsulares, la pasividad de los mestizos deseosos de igualar a los criollos y la indiferencia de los indígenas que permanecían soñando con la libertad mientras eran despojados, esclavizados o exterminados. Más de 20 millones de ellos murieron por enfermedades traídas por los españoles, por sobreexplotación en trabajos insalubres con jornadas extenuantes o a causa de la persecución de que fueron objeto.

Los conquistadores impusieron nuevas formas de organización económica, política, social  y religiosa. La riqueza se concentró en pocas personas y los monopolios trascendieron en el nuevo mundo. La tierra pasó a manos de los conquistadores y las haciendas con el latifundio como forma hispana de apropiación, permitió la acumulación de riquezas y la explotación de los indígenas que vivían en sus propias tierras como esclavos.

El control civil recayó en la nobleza española a través de los virreyes, los ayuntamientos se constituyeron en novedosos centros de autoridad y el municipio repartió la propiedad poniendo límites donde no los había.

Los dioses indígenas fueron sustituidos por otros más bellos, prototipos de la especie humana, mientras que la Iglesia Católica Apostólica Romana se desentendía del sufrimiento de los aborígenes y en su afán de mantener los privilegios concedidos por la corona española, apenas si se atrevía a proporcionar conocimientos elementales con la finalidad de perpetuar la explotación de los conquistados.

La nobleza y el clero se repartían las fuentes de trabajo y de riqueza por la explotación de minas, de obrajes o talleres, se adueñaron del comercio y de la tierra que producían gracias a la mano de obra de indígenas, mestizos y criollos, siempre limitados por los intereses clericales y de la corona española.

El poder político era propiedad exclusiva de los peninsulares nombrados a sugerencias del clero a los reyes españoles. El poder eclesiástico, constituido en Capellanías, era tan aplastante, que estaba exento de impuestos y no rendía cuentas a las autoridades sobre las riquezas obtenidas por limosnas, diezmos, matrimonios, nacimientos, bautizos, defunciones, intereses y rentas de inmuebles comprados o heredados de sus feligreses.

Las líneas divisorias entre clases sociales eran notorias. Los peninsulares, siendo minoría, ostentaban el poder político y eclesiástico. Le seguían en jerarquía los criollos, quienes tenían acceso a la educación, poseían tierras,  industrias, comercios y aspiraban a obtener títulos de nobleza que los igualara a los peninsulares. En semejanza a los criollos, estaba el clero enriquecido, pero notoriamente partido en alto y bajo clero. Las jerarquías romanas en la colonia eran nombradas desde España, en tanto que  los sacerdotes rurales constituían la clase baja conformada por criollos y mestizos encargados de cuidar y administrar las posesiones de la Santa Iglesia.

Los mestizos, combinación de rebeldía, impotencia, desprecio, deseos de libertad y venganza, conformaban una clase de pequeños propietarios, dedicados al comercio ambulante, a la ganadería y la agricultura y poco a poco empezaron a identificarse con los criollos, alejándose de sus raíces indígenas, porque si los criollos eran despreciados por los peninsulares, los mestizos lo eran por los indígenas.

Los indios y las castas formaban la clase baja. No poseían tierras a pesar de la orden real de devolvérselas y eran utilizados como esclavos o explotados en minas, obrajes, haciendas o en la manufactura de artesanías, sin ser reconocidos como personas ni como mayores de edad.

La incipiente industria local era frenada por los intereses de los peninsulares. Desde España se importaban y acaparaban los productos que las élites consumían, como vinos, embutidos, encurtidos, jamones, prendas de vestir, perfumería, herramientas, libros, muebles, carruajes y bueno hasta el pescado y mariscos. La prohibición de preparar o fabricar artículos que compitieran con los de la Madre Patria acentuó a tal grado la dependencia económica de los colonizados, que en la actualidad todavía quedan indicios de esa dependencia.

La actividad cultural era el reflejo del final de la Edad Media y el poco interés de los conquistadores por la educación de indígenas y mestizos, dio como resultado una dependencia cultural absoluta de España con un analfabetismo brutal entre los indígenas y el privilegio para peninsulares y criollos al tener acceso a la educación, que en La Nueva España estaba considerada de calidad y acaparada por el clero. Bajo estas circunstancias, el descontento iba en aumento y empezaron los levantamientos.

Los primeros brotes de rebeldía ocurrieron desde 1524 en Pánuco y Chiapas. En 1531, hubo manifestaciones de inconformidad en la capital y en 1531 en Nueva Galicia. La conjura del Marqués del Valle en Oaxaca, en 1566, encabezada por Martín Cortés contra los peninsulares; la protesta de los negros en Veracruz en 1609, con Yanga al frente; la sublevación de los tepehuanes en Durango en 1616 y la de los tarahumaras en 1696; en 1709 se rebelaron los indios del Nuevo Reino de León; en 1761, Canek se propuso independizar Yucatán; en 1801 el indio Mariano fracasó en su intento de independencia en Tepic.  

A principios del siglo XIX, los criollos bien educados estaban enterados de los movimientos que se gestaban en Europa, vislumbraron en el liberalismo una alternativa prometedora y comprometiéndose en esa corriente, abrevaron de las ideas francesas para ponerlas en práctica y sus repercusiones en Nueva España no se hicieron esperar, así que cuando Carlos IV y Fernando VII abdicaron, las consecuencias para España fueron funestas.

Al no existir autoridad real, la soberanía recaía en el pueblo y en 1808, Azcárate y Primo de Verdad, propusieron un plan para alcanzar la independencia que fue aprobada por el Ayuntamiento de México, pero rechazado por la Audiencia integrada por peninsulares. Los rebeldes fueron considerados herejes y detenidos. Primo de Verdad murió de manera misteriosa en la cárcel del Arzobispado de Nueva España.

En 1809, Mariano Michelena encabezó la conjura de Valladolid, siguiendo las ideas de Azcárate y Primo de Verdad, pero apoyándose con el ejército y descubiertos, fueron indultados.

Todos estos intentos por cambiar el estado de cosas fracasaron, bien por el ofrecimiento de concesiones, como el caso de Yanga y Michelena; los más terminaron de manera sangrienta y otros por carecer de apoyo de las fuerzas sociales que confluían en el problema, hasta que en 1810, Allende inició en Querétaro la conspiración a la que se unirían Aldama, Domínguez, Hidalgo y otros. Este movimiento entrelazaría intereses económicos y políticos de criollos, mestizos, indígenas, militares, el bajo clero y coincidiría con el vacío de poder real en España. Tendría mejor suerte.

Isauro Gutierrez