Crónicas de un grito V


Cuauhtémoc López Sánchez.
Los jefes insurgentes, sin haber tomado acuerdos, decidieron huir hacia el norte de la Nueva España con la idea de adquirir armamento y obtener el apoyo de Estados Unidos. En el camino fueron desertando pequeños grupos encabezados por líderes locales y, aunque Hidalgo y Allende se percataban de ello, no obstaculizaron la desbandada porque movilizar tanta gente sin disciplina militar, hacía que las acciones se retrasaran y así llegaron a la hacienda de Pabellón, cercana a Aguascalientes, en donde se reunieron. Se propuso deponer del mando a Hidalgo, lo cual fue aceptado y en su lugar se nombró a Allende como General en jefe en tanto que Hidalgo quedó casi en calidad de detenido con la amenaza de que si no aceptaba la determinación, sería fusilado, aunque tal decisión se mantuvo en secreto. Otro acuerdo fue el de nombrar embajadores ante Estados Unidos con poderes y dinero para negociar la compra de armas, a Ignacio Aldama y fray Juan de Salazar. El ejército insurgente marchó a Zacatecas y Allende vislumbró que esa plaza era indefendible, por lo cual se trasladaron a Saltillo, donde los esperaba Mariano Jiménez. En Saltillo, se determinó que Ignacio López Rayón, auxiliado por José Ma. Liceaga y el licenciado Arrieta, permanecieran al resguardo de esa plaza con una parte del ejército insurgente y con instrucciones de que en caso de que los caudillos no pudieran volver, regresara al sur para continuar la lucha. Prácticamente, López Rayón estaba siendo nombrado jefe del movimiento. A su paso por Salinas, Charcas, Venado y Matehuala, los insurgentes fueron aclamados, en tanto que Zacatecas era atacado por el jefe realista Ochoa, quien con 600 hombres lo tomó después de 6 horas de batalla.
Las cortes españolas expidieron el 15 de octubre de 1811, un decreto de indulto para los levantados en armas en la Nueva España y las demás colonias americanas. En tal decreto se les reconocía y concedían a los indios, los mismos derechos que tenían los españoles y Venegas, después de sus triunfos, lo dio a conocer y encargó a José de la Cruz para hacerlo llegar en Saltillo a Hidalgo y Allende, pensando que éstos se rendirían.
La respuesta fue redactada por Hidalgo y firmada por los jefes de la rebelión en los siguientes términos:
“Don Miguel Hidalgo y don Ignacio Allende, jefes nombrados por la nación mexicana para defender sus derechos, en respuesta al indulto mandado extender por el señor don Francisco Javier Venegas y del que se pide contestación, dicen: que en desempeño de su nombramiento y de la obligación que como patriotas americanos les estrecha, no dejarán las armas de la mano hasta no haber arrancado de la de los opresores la inestimable alhaja de su libertad. Están resueltos en no entrar en composición alguna, si no es que se ponga por base la libertad de la nación y el goce de aquellos derechos verdaderamente inalienables y que deben sostenerse con ríos de sangre si fuere preciso. Han perecido muchos europeos y seguiremos hasta el exterminio del último, si no se trata con serenidad de una racional composición. El indulto, Sr. Exmo., es para los criminales, no para los defensores de la patria y menos para los que son superiores en fuerza…”
Los enviados a Estados Unidos, Ignacio Aldama y fray Juan de Salazar fueron aprehendidos en las cercanías de Monclova y despojados del dinero para la compra de armas, se les fusiló.
Ignacio Elizondo era capitán de las compañías presidiales en las Provincias Internas y se había unido a la causa insurgente apoyando a Mariano Jiménez para dominar el norte de la Nueva España y por sus méritos se le concedió el grado de coronel, pero no conforme con ello, se presentó ante Allende para solicitar el grado de teniente general, lo cual no se le concedió y se molestó lo suficiente como para aceptar la invitación que el obispo de Linares, Primo Feliciano Marín de Porras le hizo para traicionar a los insurgentes y unirse en secreto al grupo contrarrevolucionario organizado por el propio Marín de Porras y el subdiácono José María Zambrano, quien había apresado y fusilado a Ignacio Aldama y al padre Salazar, adueñándose del dinero que llevaban hacia Estados Unidos.
El 17 de marzo de 1811 había fiesta en Coahuila. La familia Castro, en unión del gobernador Aranda festejaba el cumpleaños de Josefa Castro, la guapísima esposa de Ignacio y en la euforia, Elizondo, pistola en mano y apoyando el cañón en el corazón del gobernador, lo obligó a firmar una invitación para que los caudillos fueran a Monclova con el pretexto de rendirles honores, siendo escoltados por el mismo Elizondo. Marín de Porras y Zambrano, con el apoyo y bajo la custodia del coronel Elizondo y Pedro Bernal escoltarían a los homenajeados hasta la población de Monclova.
Los insurgentes se confiaron creyendo encontrarse entre simpatizantes del movimiento y marcharon desordenadamente desde Saltillo, con un ejército indisciplinado, armamento y medio millón de pesos.
El calor sofocante de primavera empezó a hacer estragos en la muchedumbre y el paso por las norias de Baján era imprescindible. Elizondo lo sabía y ahí preparó la celada, colocando gente que vitoreaba a los lados del camino y disminuían su apresurado paso para saludar a sus admiradores, pero que al tomar rumbo a los abrevaderos, iban siendo capturados y atados. Cuando el turno fue para Allende, éste se resistió y en la breve refriega murió su hijo Indalecio y Jiménez tuvo que intervenir para convencer a Allende de rendirse. Hidalgo cabalgaba con una veintena de hombres y quisieron huir, pero sorprendidos debieron rendirse. Presos los líderes del movimiento, Elizondo atacó la columna que presentó débil resistencia y solamente Iriarte logró huir con pocos hombres. Era el 21 de marzo de 1811.
De aquella conspiración queretana, donde figuraban el corregidor Domínguez, los abogados Lazo, Altamirano y Parra, el regidor Villaseñor, el boticario Estrada, el cirujano Mariano Hidalgo, el teniente Vaca, los hermanos Epigmenio y Emeterio González, el presbítero José María Sánchez, solamente quedaban Hidalgo, Allende y Aldama. Los caudillos fueron trasladados de San Antonio de Béjar, a Monclova, en donde después de ser agredidos, fueron encadenados y llevados a Álamo de Parras, (hoy Viesca). El número de prisioneros importantes era de ocho clérigos, incluido Hidalgo, cuatro frailes, y cincuenta y un seculares. De Álamo de Parras, siete clérigos fueron llevados a Durango y el resto a Mapimí y después a Chihuahua a donde llegaron el 23 de abril de 1811. Los indígenas fueron entregados a españoles dueños de fincas y minas como esclavos, mientras que el resto fueron fusilados. Las ejecuciones duraron más de tres meses en Monclova.
Don Ángel Abella fue el encargado de llevar el proceso durante el cual, Hidalgo reconoció con entereza, ser el instigador de la lucha y culpable de la muerte de los españoles en el enfrentamiento. Allende, rompiendo sus cadenas y después de asestar un golpe al juez, exigió respeto para él y sus compañeros de lucha. Solamente hubo declaraciones en contra, no se aceptaron testigos a favor de los acusados y la dignidad de los luchadores por la independencia quedó para ejemplo de la historia
No sucedió lo mismo con Abasolo. Delató a todos los insurgentes que pudo y mediante influencias y dinero de su esposa, fue perdonado y deportado a España.
Los juicios duraron un mes y las sentencias se empezaron a ejecutar en mayo. El 10 de mayo fueron fusilados Ignacio Camargo y Agustín Marroquín; el 11 Francisco Lanzagorta y Luis G. Mereles. El 6 de junio fusilaron a Nicolás Zapata, Pedro León, José Ignacio Ramón, José Santos Villa y Mariano Hidalgo y Costilla. El 26 de junio de 1811, fueron fusilados y decapitados Allende, Aldama y Jiménez. Los que sobrevivían, eran obligados a presenciar las ejecuciones y a cavar las tumbas de sus compañeros.
La ejecución de Hidalgo se retrasó a petición de las autoridades religiosas que se proponían dar una lección para todos los clérigos que se animaran a seguir en la lucha y era necesario que la curia romana lo despojara de su investidura eclesiástica. Hidalgo ya no usaba el traje talar de los clérigos y vestía uniforme de acuerdo a su cargo, el mismo con el que había acompañado a sus ejércitos, con el que se presentaba en las reuniones de consejo, el mismo con el que se había encontrado con Agustín de Iturbide en el momento en que en Toluca, le había ofrecido el grado de teniente general si se les unía en la lucha.
A Hidalgo se le declaró “reo de alta traición, por lo cual debe morir, confiscársele sus bienes, y sus proclamas y papeles seductivos dados al fuego pública e ignominiosamente”. El martes 30 de julio de 1811, a las siete de la mañana, Hidalgo fue fusilado en el patio del hospital real de Chihuahua, decapitado igual que Allende, Aldama y Jiménez y por órdenes de Calleja, sus cabezas colocadas en jaulas y expuestas en cada uno de los ángulos de la Alhóndiga de Granaditas.
Ahí permanecerían hasta 1821.
