El Grito de Dolores


Eduardo Murillo Gil
La historia del grito de Independencia dado en Dolores Hidalgo, Gto., por don miguel Hidalgo y Costilla Gallaga, reúne una serie de hechos y relatos acerca del suceso independentista que los mexicanos celebramos con pompa y orgullo patrio. Hecho que se repite año con año cada 15 de septiembre y que nuestros conciudadanos interpretan muy de acuerdo a la información histórica, dada oficialmente por los diferentes gobiernos, que desde aquellas épocas, muy de acuerdo a sus convencionalismos propios, han venido sustentando en beneficio de todo un sistema sociopolítico, dueño absoluto de toda clase de independencia y libertad por la que se ha derramado la sangre de miles de compatriotas, que soñaron con dejarnos un país de libertades e independiente de toda intromisión extranjera.
Es así como nos iniciamos en la historia patria (1810-2010), y al conocimiento de la intrínseca personalidad de don Miguel Hidalgo y Costilla Gallaga y al Grito de Dolores. Aquella noche histórica, Hidalgo tenía 58 años de edad. Era un hombre de estatura mediana, tez aceitunada y ojos verdes. Entre los abuelos de su madre, doña Ana María Gallaga y Villaseñor, se conjuntaba Juan de Villaseñor Orozco, fundador de Valladolid hoy Morelia, el padre, don Cristóbal, había sido administrador de la Hacienda de Corralejo, Gto., y disfrutaba de una posición económica desahogada.
A los 12 años de edad, Hidalgo viajó a la ciudad fundada por su remoto abuelo para estudiar en el Colegio Jesuita de San Francisco Javier. Dos años después fue trasladado al Colegio de San Nicolás Obispo, también en Valladolid, y allí paso 12 años estudiando teología, física aristotélica, gramática y literatura latina, lógica, ética y los idiomas italiano, francés, otomí, tarasco y náhuatl. Siendo él un excelente orador, pudiéndose decir así entre otras tantas virtudes académicas por las cuales sobresalía en todo el Obispado Michoacano. Y como estudiante ganó fama de brillante, alegre y astuto, por lo que sus compañeros le apodaban “El Zorro”, presidió diversas asociacionesestudiantiles y sociedades literarias. Tocaba varios instrumentos musicales y en más de una ocasión se escapó del Colegio para correr aventuras galantes. Se ordenó sacerdote a los 26 años.
Consagrado a la enseñanza, se distinguió como uno de los maestros más brillantes de San Nicolás y escribió una disertación sobre el verdadero método de estudiar teología escolástica. Ocupó luego varios puestos importantes: Tesorero, Vicerrector y Secretario del Colegio. En 1790, cuando tenía 37 años, lo nombraron Rector.
Los curas de la época se distinguían por mujeriegos, e Hidalgo distaba mucho de ser una excepción. Según datos de sus diferentes biógrafos, parece que en Valladolid tomó por amante a una muchacha llamada Guadalupe, quien después fue monja carmelita; sin duda vivió con Manuela Ramos Pichardo, de quien tuvo dos hijos. En un viaje a Guanajuato procreó otro hijo con Viviana Lucero. Más adelante se amancebó con Josefina Quintana, que le dio dos nuevos retoños. Se dice que también sostuvo amoríos con otra mujer llamada María Manuela Herrera.
El padre de Hidalgo murió el año de 1790 y con la herencia recibida y su sueldo de rector, que ascendía a 500 ducados anuales, Hidalgo pudo comprar tres haciendas: Jaripeo, Santa Rosa, y San Nicolás, todas en Michoacán. Así el juvenil rector brillaba en las fiestas de sociedad y en el mundo intelectual de Valladolid, dominado por personalidades como el obispo San Miguel y el entonces cura Manuel Abad y Queipo
Repentinamente, en 1792, Hidalgo abandonó la Rectoría para pasar al oscuro puesto de cura de Colima. Los motivos que determinaron el cambio no están claros. Podría tratarse de una renuncia sucitada tras un desfalco supuesto en el que Hidalgo incurrió; o bien podría deberse a intrigas para desterrarlo, ya que su destacada actuación no era vista con buenos ojos por la camarilla de eclesiásticos españoles que dominaban el obispado de Michoacán. Inclusive, puede haberse tratado de un ascenso, pues el curato de Colima producía cuatro mil pesos anuales, o sea mil más que el puesto de rector.
En Colima solo permaneció ocho meses. En 1793, cuando estaba por cumplir 40 años, lo trasladaron a la parroquia de San Felipe Torres Mochas, Guanajuato, que producía seis mil pesos anuales, dos mil más que la de Colima. Aún en el desolado San Felipe, Hidalgo se las arregló para crear un mundo a su gusto. En el curato, con una orquesta que él mismo formó, daba frecuentes bailes en los que solía ser el primero en sacar pareja. Organizaba tertulias y paseos campestres y dirigía representaciones teatrales con obras de Racine y Moliere; durante de una de estas fue cuando sedujo a la actriz Josefina Quintana. En el pueblo llamaban “La Francia Chiquita” a la casa cural. Hidalgo destacaba por su amplia cultura en el ambiente de Valladolid y en su mismo sagrado ministerio. Así llegó 1800, año funesto para Hidalgo. Había comprado una mina en Angangueo, Mich., y una ganadería de toros de lidia que le ocasionaba fuertes pérdidas; lo mismo pasaba con la Hacienda de Jaripeo. Para atender sus negocios tuvo que abandonar el curato de San Felipe y trasladarse a Michoacán.
Durante un tiempo vivió en Tajimaroa, en casa del cura del pueblo, que era amigo suyo. Por las noches, en el curso de prolongadas charlas de sobre mesa con el prelado y sus amigos, disparaba afirmaciones teológicas que para los ingenuos oyentes sonaban a horrorosa blasfemia, y además negaba que fuese pecado fornicar o masturbarse; decía que todos los gobiernos monárquicos estaban teñidos de despotismo, y que el mejor sistema político era la “Libertad Francesa”. Se ignora si lo hacía sinceramente o con ánimo de burla. De todos modos lo denunciaron a la inquisición. Fue procesado y lo perdonaron porque, según los inquisidores, al regresar a San Felipe se arrepintió de sus pecados y llevó una vida muy piadosa. Efectivamente, dejó de organizar fiestas y paseos, comentándose que esto se debió más bien a que las dificultades económicas le impedían seguir derrochando dinero.
En agosto de 1803, cuando ya había cumplido 50 años, Hidalgo se mudó a Dolores, un pueblo de mayor importancia que San Felipe: tenía 15,000 habitantes y el curato redituaba la cuantiosa suma de 8,000 a 9,000 pesos anuales. Con la mudanza se acabaron los apuros económicos. Hidalgo volvió a organizar tertulias, bailes y paseos, aunque con menor frecuencia que antes. Ocupaba gran parte de su tiempo en leer a los tratadistas españoles del siglo XVI, muy avanzados en ideas y, sobre todo, a los filósofos franceses. Sobre todo, se dedicó con gran entusiasmo a organizar industrias. Las cuales proveían a los mismos naturales con empleo remunerativo.
Para atender estos asuntos consiguió que un vicario, el padre Francisco Iglesias, se encargara de todo trabajo eclesiástico a cambio de la mitad de lo que producía el curato. Entonces Hidalgo abrió una alfarería que llegó a competir con las de Puebla por la belleza de su producción y en la que él mismo se inició como diseñador de piezas de cerámica; puso en marcha curtidurías en las que muchos han visto un posible origen de la industria zapatera de León y, simultáneamente, impulsó la creación de carpinterías, herrerías, telares, un apiario, viñedos e instalaciones para la explotación del gusanó de seda.
Espectacularmente dinámico, aunque desorganizado en extremo, Hidalgo pasaba gran parte del día con sus obreros, lo que le permitió conocer íntimamente sus anhelos y sus privaciones. No por eso se desconectó de su antiguo medio. Hacía frecuentes viajes a Guanajuato, donde teníaamistad con el principal funcionario de la ciudad, el Intendente Juan Antonio Riaño; con el Marqués de San Juan de Rayas, un rico minero, y con la acaudalada familia Alamán, todos los cuales le recibían en sus hogares por su buena educación y su sabrosa plática. En uno de esos viajes entró a una biblioteca para documentarse sobre las técnicas de fabricación de cañones y pólvora. También viajaba con frecuencia a Querétaro.
Conoció a Allende en 1800, año en que éste se encontraba en San Felipe y fue invitado a una fiesta del curato. Más tarde, Allende lo invitó a que se sumara a la Conspiración Queretana. Al principio, Hidalgo dudó del éxito pero a medida que Allende le aseguraba que ya se había ganado el apoyo de Mariano Abasolo, el criollo que comandaba las milicias de Dolores, así como del regimiento de San Miguel, de muchos rancheros de la comarca y, por supuesto, de los conspiradores Queretanos, el cura se había convencido al punto de que, ante los hombres reunidos en Dolores, sentenció: “Caballeros, no queda más que lanzarse a coger gachupines.”
En otras palabras, debían poner en práctica el plan que se había ido elaborando paso a paso en las interminables juntas de los conspiradores. El punto fundamental consistía en aprehender a todos los gachupines del país, confiscarles sus fortunas mal habidas para financiar el costo de la revuelta y finalmente, enviarlos de regreso a España. No faltó quien hablara de llevar a cabo unas “vísperas sicilianas”, o sea matar a todos los extranjeros, como ellos lo venían haciendo desde que Cortés entró a Tenochtitlán, pero finalmente no se consideró necesario llegar a tales extremos. Se pensaba que en cuanto los de Querétaro y Guanajuato dieran el ejemplo, los criollos de las demás provincias procederían de igual manera; muchos criollos tenían padres, abuelos, yernos, cuñados, tíos o amigos gachupines, pero se calculó que el patriotismo se impondría a las consideraciones de orden sentimental y al cabo apoyarían la expulsión en masa. Al triunfo de la revuelta se establecería una junta que gobernaría el país a nombre de Fernando VII.
Así las cosas, horas antes de que amaneciera el mismo día 16, Allende, Aldama y un reducido grupo de rancheros convocados a toda prisa marcharon a las casas de la veintena de gachupines residentes en Dolores, quienes fueron sorprendidos en sus camas y no opusieron resistencia a la aprehensión. Simultáneamente, Hidalgo reunió catorce de sus obreros más fieles y los envió a la cárcel del pueblo para que sorprendieran al somnoliento carcelero y pusieran en libertad a los presos, los cuales se incorporaron de inmediato a la revuelta.
Todo se llevó a cabo con silencio tal, que cuando amaneció el resto de la población ignoraba lo ocurrido. Para fortuna de los sublevados, el día 16 era domingo y antes de la seis de la mañana empezaron a aparecer los rancheros deseosos de asistir a la misa dominical. Hacia las ocho de la mañana ya se habían congregado frente a la iglesia unos 600 hombres llegados a pie, a caballo o en burro.
A medida que pasaba el tiempo, sin que sonaran las campanas llamando a la ceremonia, la gente comenzó a inquietarse. Entonces Hidalgo hizo su aparición para lanzar su histórico “Grito”. Más nunca remató su arenga con la frese “ ¡Viva México! “, ya que él llamaba “América” al país. Lo que él en realidad después de arengar a todos y como aliciente adicional, los indios y las castas serían liberados de pagar el tributo y percibirían sueldo de un peso diario a los que se alistaran con todo y caballo o burro y de cuatro reales los que se incorporaran a la infantería.
Se sucedieron las cosas y hechos cuando Hidalgo estentóreamente proclama. “¡Abajo el Mal Gobierno y viva Fernando VII!”. Medio millar de hombres acudieron entre aclamaciones al llamamiento y se armaron de palos, piedras y lanzas que habían fabricado los obreros de Hidalgo. Se le unieron Abasolo con sus milicianos y hacia las nueve de la mañana todos marchaban ya por el camino de San Miguel el Grande.
Al medio día, cuando la columna pasaba por el santuario de Atotonilco, Hidalgo tuvo la genial inspiración de tomar el estandarte de la Virgen de Guadalupe que allí se venera y lo dio como insignia a su ejército. Con esto, el grito de guerra de los sublevados pasó a ser “!Viva la Virgen de Guadalupe y mueran los gachupines!”. Lo que equivalía a decir: “Mueran los extranjeros aliados del ateo Napoleón”. La idea del genial Hidalgo con el estandarte de la Virgen de Guadalupe, era por este medio poder unificar toda una nación al identificar la política con la lucha religiosa y sumarle la xenofobia inculcada a los rebeldes por los propios españoles, Hidalgo encontró una fórmula que tendría efectos explosivos.
Los honores y reconocimientos libertarios, sin lugar a dudas, son para don Miguel Hidalgo y Costilla Gallaga. Para el Capitán Ignacio Allende, quien fue el conspirador, el que involucra a Hidalgo, que el movimiento capturó cientos de soldados virreinales, gracias al infatigable oficial de Dragones. Al respecto, Ignacio Taibo II, nos dice: “Es difícil marchar por estas historias siendo justo con ambos.” Y agregando comenta: “Las discrepancias hacen que se separen en octubre, tras las primeras derrotas. Se reúnen nuevamente en Guadalajara y combaten juntos en Puente de Calderón. En Zacatecas, Allende le quitó el mando militar a Hidalgo. Luego marcharon unidos y confrontados hacia el norte. El Inicio de la Guerra de Independencia los congregó; su muerte por fusilamiento los reuniría de nuevo. Gloria a los Insurrectos e Independentistas, Miguel Hidalgo y Costilla Gallaga y al Indomable Ignacio Allende.
Corolario: Ellos nos dieron Patria ¡Sí! Pero, enseguida ¿Quiénes luego nos la quitaron?.
Bibliografía:
Revista: México de Carne y Hueso.
Paco Ignacio Taibo II. El cura Hidalgo y sus Amigos.
