Crónicas de un grito III


Cuauhtémoc López Sánchez
El virrey Francisco Javier Venegas no permaneció ajeno a la lucha. Ordenó a Félix María Calleja marchar a Querétaro con la brigada de San Luis Potosí y organizó un ejército para defender la capital, otro lo llamó de Puebla bajo las órdenes del conde De la Cadena que debía trasladarse a Querétaro. También publicó proclamas invitando a la paz y condenando a los rebeldes y presionó para que la Universidad de México, que había otorgado el título de doctor a Miguel Hidalgo, condenara sus acciones. El colegio de abogados publicó un manifiesto donde comunicaba que borraba de su registro al licenciado Ignacio Aldama. Empezaron a aparecer diariamente escritos donde se condenaba el levantamiento y se daban muestras de adhesión al virrey. La iglesia católica también estuvo muy activa contra los insurgentes. Don Manuel Abad y Queipo, obispo de Michoacán en una acción extraña, publicó un edicto condenando los hechos y excomulgando a Hidalgo y sus compañeros. Abad y Queipo era amigo de Hidalgo y comulgaba con sus ideas, pero los obispos de Guadalajara, Puebla y Oaxaca, secundaron el edicto y además realizaron acciones contra los insurgentes arengando desde los púlpitos a oponerse a la lucha de independencia.
El Santo Oficio o Inquisición, reactivó el juicio que tenía contra Hidalgo, aumentándole otras infamias y calumnias, incluso contradictorias y ridículas como acusarlo de judío y de luterano, dándole un plazo de 30 días para responder a los cargos, excomulgando de paso, a todos los que estuvieran de acuerdo con la insurrección. El sacerdocio estaba muy dividido porque el bajo clero apoyaba la independencia y enterándose el virrey, ofreció una recompensa de $ 10 000.00 por las cabezas de Hidalgo, Allende y Aldama y el indulto a quienes los traicionaran.
En tanto que Hidalgo marchaba a Valladolid, un hombre peculiar se unió a la causa insurgente y solicitó al cura de Dolores le permitiera levantar la llama libertaria en la Nueva Galicia y José Antonio Torres, “el amo Torres”, se encargó de tomar Guadalajara para la causa insurgente. El intendente de Guadalajara, Roque Abarca intentó organizar la defensa y solicitó voluntarios y dinero a los españoles que le negaron todo apoyo a pesar de que muchos jóvenes criollos se alistaron en el ejército realista fueron derrotados por Torres. Algo notable fue que su ejército conformado por indios, lo obedecía ciegamente y al tomar aquella ciudad, lo hicieron con tal orden, que muchos habitantes sorprendidos, simpatizaron con la causa. Torres evitó el saqueo y perdonó a las autoridades virreinales, permitiéndoles formar una comisión que llevara a cabo la confiscación de los bienes de los españoles, puso a Guadalajara a la disposición de los caudillos de la insurgencia y autorizó a José Ma. Mercado y Juan Zea para atacar Tepic y el importante puerto de San Blas.
Para defender Valladolid, fueron designados el intendente Merino, el conde de Casa Rul y el coronel García Conde que fue sorprendido en el camino por las fuerzas insurgentes que sin resistencia, tomaron Valle de Santiago, Salvatierra, Acámbaro, Zinapécuaro e Indaparapeo, lugar donde el 19 de octubre, Hidalgo se encontró con Morelos para encomendarle el levantamiento independentista en el sur. Al llegar las noticias a Valladolid de la rendición de las poblaciones anteriores, las autoridades civiles y eclesiásticas huyeron, por lo que Hidalgo tomó Valladolid sin resistencia y solamente fueron disparados los cañones por órdenes de Allende para dispersar la plebe que deseaba saquear la ciudad.
Dos días estuvo el ejército insurgente en Valladolid y habiéndose pertrechado con armas, apoyado con un “préstamo” de $ 40 000.00 tomado de la catedral de la ciudad, y nombrado intendente de la ciudad, el primer intendente del México insurgente, a José María Ansorena, el 19 de 0ctubre de 1810, Hidalgo declaró en Valladolid, la abolición de la esclavitud, ordenando la libertad de los esclavos y la prohibición de tráfico y comercio con ellos, con pena de muerte para quien no respetara el mandato.
El ejército insurgente ya sumaba más de 60 000 hombres pero aquella muchedumbre no actuaba como un ejército, sino como una masa incontrolable que tanto Hidalgo como Allende intentaron poner bajo el mando de los militares de carrera que habían desertado del ejército realista.
El siguiente objetivo fue Toluca como meta intermedia para tomar la ciudad de México y el ejército insurgente llegó a Acámbaro, donde al pasar revista, se encontró con que contaba ya con 80 000 efectivos. Tomaron Maravatío, luego Ixtlahuaca para encaminarse a Toluca que se entregó sin resistencia, porque el teniente coronel Torcuato Trujillo que había recibido órdenes de defender dicha plaza, se había fortificado en el Monte de las Cruces y los insurgentes aceptaron atacarlo en ese lugar el 30 de octubre de 1810.
El ataque empezó a las 8 de la mañana y aunque los primeros embates fueron rechazados, más que nada por la indisciplina y el desconocimiento de las estrategias militares de los insurrectos, el numeroso ejército insurgente iba copando a los tres mil hombres realistas que cuando entendieron que no podrían derrotar aquella muchedumbre, simularon pactar y cuando el comité de rendición se acercó, fueron traicionados, lo que enardeció a los atacantes y sin importar bajas, estrategias o disciplina, cayeron sobre el ejército realista y lo derrotaron. A las cinco de la tarde había terminado la batalla con la huida de Trujillo hacia la ciudad de México.
La capital de la Nueva España está a 25 kilómetros del Monte de las Cruces y en el ejército insurgente no se hablaba de otra cosa que de la toma de la capital para sellar el triunfo de la lucha por la libertad.
El 24 de octubre, Félix María Calleja del Rey salió de su cuartel cerca de San Luis Potosí, se unió a Manuel Flon conde de la Cadena que había reunido fuerzas en Querétaro, con lo cual el ejército realista sumaba 2 000 infantes, 5 000 de caballería y 12 cañones. Al pasar por Dolores y San Miguel, saquearon las casa de Hidalgo, Allende y demás jefes de la independencia y retornó a Querétaro.
El 2 de noviembre, el mando del ejército insurgente decidió no tomar la capital y retirarse a Querétaro, argumentando que les faltaba armamento suficiente para atacar la ciudad de México, explicación que molestó a muchos simpatizantes al grado de que desertaron más de la mitad de aquella masa difusa e insegura. Las diferencias entre los caudillos empezaban a notarse y los intereses de clase aparecieron porque resultaba insostenible para los criollos la idea de que aquella muchedumbre inculta se alzara con el poder llegado el momento y a pesar de tener al alcance de la mano el triunfo, optaron por esperar a que aquella enardecida masa se diluyera mediante una depuración dolorosa que solamente se obtendría con el tiempo.
Y se dirigieron a la ciudad de Querétaro pensando que todavía estaba en poder de los insurgentes, pero grande fue la sorpresa cuando se encontraron con los realistas en Aculco. Tampoco los realistas esperaban aquel encuentro. Se dirigían a México pensando que ya estaba en manos insurgentes y el encuentro fue desigual. Los realistas, con su disciplina militar y mejor armamento contra el disminuido ejército insurgente, que sin armas suficientes, desanimados por la retirada, son derrotados, el 7 de noviembre de 1810. La desbandada insurgente fue dramática: Hidalgo tomó rumbo a Valladolid y luego a Guadalajara y Allende se dirigió a Guanajuato donde se aprestó a resistir a los realistas que con Calleja al frente volvió a derrotar a los insurgentes, ejecutando a horca, fusilamiento y cuchillo a todos los habitantes de Guanajuato en represalia por el asesinato de los españoles a mano de los alzados. Murieron Francisco Dávalos, intendente nombrado por Hidalgo, Rafael Dávalos, catedrático de la Universidad, los colegiales de minería Casimiro Chovel, Ramón Favié y José Ordóñez, teniente del regimiento de Dragones del Príncipe, entre cientos de gente inocente, hasta que se concedió el indulto el 29 de noviembre y la ciudad volvió a la tranquilidad cuando el ejército realista la abandonó el 10 de diciembre.
Allende estuvo solicitando refuerzos, pero éstos nunca llegaron y si las diferencias por la retirada del Monte de las Cruces se habían acentuado, con el silencio de Hidalgo por carecer de elementos para enviarlos a Guanajuato, el rompimiento era inminente y Allende también se refugió en Guadalajara, de manera que Calleja marchó a la capital de la Nueva Galicia donde se encontraban las principales cabecillas del movimiento de independencia.
Las diferencias de Hidalgo con Allende y Abasolo no eran solamente por la estrategia militar. Allende, dado sus raíces y su preparación militar tenía la visión de una independencia de la Nueva España para ser gobernada por gente criolla, de su clase, educada, pero menospreciada por los peninsulares, mientras que Hidalgo tenía la visión de los liberales franceses de un gobierno surgido del pueblo, de igualdad de clases, de legalidad y justicia para todos en una sociedad urgida de esperanzas y nuevos horizontes. El cura Hidalgo habiendo abrevado de la escolástica, su contacto con la gente y con la naturaleza lo habían llevado a construir ideas revolucionarias que bordeaban ya el racionalismo naturalista y pensaba que el poder, aunque dado por Dios, ese poder no era otorgado directamente a la realeza, sino al pueblo y era el pueblo el que debía cederlo a los mejores hombres. Las ideas de Hidalgo quedaron plasmadas en todos los documentos que escribió, donde además de manejar los conceptos de independencia y libertad, se adentra en los de nacionalidad, soberanía y representación popular.
Pero el rumbo lo iba a marcar la batalla de Calderón.