Algunas anécdotas del General Lázaro Cárdenas del Río 1/6

Palabras preliminares
Cuando conocemos la vida del señor Gral. Lázaro Cárdenas del Rio, nos sorprende la magnitud de su obra, sin la cual resultaría imposible explicar la historia reciente de México y llegamos a una conclusión inobjetable: ES EL PROHOMBRE MÁS IMPORTANTE DE NUESTRA PATRIA EN EL SIGLO XX.
Al leer su biografía, nos formamos la imagen del estadista revolucionario que siempre supo estar a la altura de las circunstancias históricas, pero nos queda poco claro el lado humano del hombre. Por tal motivo, hemos decidido reeditar algunas anécdotas recopiladas por uno de sus biógrafos: Pere Foix, con el sincero deseo de recordar al gran Presidente y rendirle un emotivo homenaje de admiración a sus grandes virtudes, rememorando algunas de sus acciones que constituyen un auténtico código moral, cuyo ejemplo debemos tratar de imitar permanentemente, ya que constituye una lección del más acendrado patriotismo.
Miguel Ángel Martínez Ruiz.
Cárdenas es un hombre de una complexión robusta y varonil, ancho de espaldas y bien tallado; es moreno, piel oscura, casi broncíneo. Ojos grandes, de un verde olivo, bigote negro recortado sobre un labio pronunciado. Es de una expresión bonachona y al mismo tiempo perspicaz; sus ojos brillan dando a la mirada una expresión inquisitiva. Tan cordial es, que su conversación aleja toda timidez; sus palabras, como el gesto, son una invitación a la confianza. A pesar de las luchas violentas de su país, da Cárdenas la impresión de estar por encima de las pasiones humanas, y se adivina en él la total ausencia del egoísmo. Tiene este hombre la capacidad de ver y estudiar tranquila y serenamente el curso de los acontecimientos, y al estar junto a él, al observar su gesto y escuchar su palabra, uno no puede menos de pensar: en México no ha de ocurrir nada malo, porque este hombre comprende el significado de los acontecimientos y tiene la atención puesta en su curso; y como en él no cuentan los personales deseos, ni se entromete ni codea, pero cuida que las cosas no se tuerzan, mientras aliente es difícil que caiga en la incoherencia la revolución. Las fanfarrias de trompetas anunciadoras de la regresión serán acalladas y en el sosiego de la queda enmohecerán.
Los desvelos de la política, los disgustos y las zancadillas de algunos fingidos amigos sedientos de riquezas, pueden consumir la salud, mas no destruir los anhelos de libertad, de justicia y de fraternidad. Tampoco el trajín de las luchas políticas consiguen que Cárdenas olvide a los suyos. Ama a los suyos y a todos sirve y aconseja. Amantísimo esposo, padre ejemplar y siempre amigo de sus hermanos. A menudo sienta a su mesa a sus familiares, y como es el mayor de los hermanos, en amena charla les aconseja si el consejo es solicitado.
En la intimidad, es Cárdenas un hombre dicharachero, que gusta del chiste de buen gusto, y ameno en el decir. En el hogar, aun cuando haya forasteros, desaparece el Presidente, el general, el político.
Su señora esposa, doña Amalia Solórzano, bella, grácil, de ojos y cabellos negros, viste con elegancia, pero sin lujo. Doña Amalia cuidaba de una escuela que ella llamaba “mi escuela”, establecida en la residencia presidencial de Los Pinos. Allí el Presidente habilitó un lugar para una treintena de niños, hijos de obreros y campesinos, que vivían con su hijo Cuauhtémoc y que con él compartían los estudios y los juegos. Podían los niños jugar a lo que gustaren, menos a los juegos de carácter bélico, que eran rigurosamente prohibidos por el general Cárdenas.
El grupo de muchachos se renovaba cada temporada, porque los esposos Cárdenas querían que por su escuela pasaran el mayor número de niños que fuera posible, los que luego iban a otra escuela, a la “Escuela de los Hijos del Ejército”, asimismo patrocinada por doña Amalia.
Doña Amalia es hija de una distinguida familia mexicana. Su juventud y su dinamismo hacen de ella una eficaz colaboradora de don Lázaro.
En México, como en todas partes, hay un numeroso grupo de mujeres que sin desmayo trabajan para que sea concedido el voto a la mujer. Pues bien, estas mujeres tienen en doña Amalia a una decidida defensora. La secretaria de la señora de Cárdenas, doña Soledad Vázquez, ayudaba con entusiasmo y fidelidad a la esposa del Presidente. Las dos crearon en algunas ciudades agrupaciones femeninas que cuidaban de educar políticamente a la mujer mexicana.
Pese a sus múltiples actividades, la señora de Cárdenas nunca olvidó a los niños españoles de Morelia, se consideraba como su madrina y esto la obligaba a tener toda clase de atenciones para con aquellos infelices expatriados. Cuando su esposo iba a Morelia, ella le acompañaba y llevaba a la escuela cuantiosos regalos. Los profesores daban a doña Amalia noticia de los adelantos escolares de sus alumnos y la informaban sobre las inclinaciones de cada uno.
En uno de sus viajes por el Estado de Michoacán, el Presidente se detuvo en Pátzcuaro; salieron a recibirle la casi totalidad de los habitantes y después de saludarle hombres y mujeres, éstas le dijeron:
Y Cárdenas, contestó:
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Cuando Cárdenas recibió la orden de enfrentarse a la sublevación del general Estrada en Guadalajara, como se sabe cayó gravemente herido y fue hecho prisionero. El general rebelde, ante la noticia de la gravedad del herido publicada por la prensa, hizo una visita a Cárdenas, y si bien pudo Estrada comprobar que la herida no era mortal, por cuanto si se rompió una costilla no fue penetrante de tórax ni tampoco el pulmón sufrió lesión alguna como se afirmaba, dio órdenes para que el herido fura trasladado al hospital de Guadalajara, disponiendo que fuera atendido con toda solicitud. Y Cárdenas, hombre agradecido, nunca dejó de ser amigo del general Estrada, cualquiera que fuera la actuación política de ambos.
Pasaron los años, y mientras Estrada sufría destierro en los Estados Unidos, Cárdenas era elevado a la Presidencia de la República. Fue entonces cuando aquél recibió de éste formal y afectuosa invitación para que, si gustaba, se repatriara, porque “un error, una equivocación, no puede condenar de por vida a un hombre de la caballerosidad y de la dignidad del general Estrada”. Y Estrada regresó a México, fue diputado primero y senador después y en México murió, rodeado de los suyos. El Presidente Cárdenas acompañó el cadáver del que fuera general Estrada, hasta su última morada.
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Cada vez que un nuevo Jefe de Operaciones Militares tomaba posesión de su cargo en la zona petrolífera, invariablemente se intentaba el soborno. Y con Cárdenas pasó lo mismo. Una compañía petrolera, al tener noticia de la llegada del nuevo Jefe Militar inquirió sobre quién era. Los informes de sus funcionarios dijeron que se trataba de Cárdenas “hombre joven y quizá con necesidades…” Para captar la voluntad del general Cárdenas, éste recibió un espléndido automóvil facturado a su nombre. Pero la sorpresa de los magnates de la compañía no tuvo límites: les fue devuelto el automóvil con unas letras que decían: “Agradezco su buena intención, pero me permito expresarles que mi Gobierno me paga lo suficiente para cumplir con mi deber.”
El gerente de la compañía, pensando quizá que la devolución del coche obedecía a una falta de tacto del subordinado encargado de ofrecer el obsequio, solicitó una entrevista personal y privada con el general Cárdenas. Ya en su presencia el gerente, quiso captar su confianza adulando al general, y le explicó la costumbre de la empresa que, como buena amiga de México que era, siempre estaba en disposición de ayudar económicamente a los funcionarios públicos, y para probarlo ponía en sus manos un cheque de cincuenta mil dólares. La respuesta que verbalmente dio cárdenas al susodicho gerente debió ser lo suficiente patriótica y enérgica, por cuanto nunca más molestaron al pundonoroso militar.
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Siendo Cárdenas coronel del Ejército y andando en guerra contra las huestes de la reacción, trabó conocimiento con un sujeto que ganaba su vida con los juegos de azar. Cuando el general Cárdenas fue Presidente, la primera disposición que dictó fue la clausura de todas las casas de juego de la República. El sujeto en cuestión, considerándose arruinado, después de mucho insistir logró una entrevista con el Presidente, a quien recordó sus años mozos y harto peligrosos tiempos aquéllos en que ambos se batían por la libertad, para acabar pidiéndole autorización para la reapertura de su establecimiento de Ciudad Juárez, población fronteriza con los Estados Unidos. El argumento del visitante era que el noventa y ocho por ciento del dinero que en su casa se jugaba, procedía de los Estados Unidos palabras, que el de marras consideró convincentes, recibió la siguiente respuesta:
El antiguo combatiente de la República Mexicana se fue malhumorando del Palacio Nacional, pero al correr del tiempo cuenta la anécdota a quien quiere escucharle, poniendo su comentario: “A mí me perjudicó, pero cabe reconocer que el general Cárdenas es un hombre de honradez acrisolada.”