Algunas anécdotas del General Lázaro Cárdenas del Río 2/6


Miguel Ángel Martínez Ruiz
Terminada su diaria labor, después de la cena, muchas eran las noches que en Los Pinos se pasaban las películas destinadas a exhibirse en los cines de México. Una noche pasó la cinta rusa titulada Camino a la Vida. Le gustó al Presidente y la mandó proyectar muchas veces, y siempre ante los mismos invitados. Uno de éstos interrogó al Presidente sobre el motivo de su predilección por esta película, a lo que Cárdenas contestó:
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Iba Lázaro Cárdenas a Cuernavaca en compañía de su esposa, su hijo y un ayudante. Por la carretera andaba descalzo un indio entrado en años, y con una carga de leña al hombro. Sudaba bajo un sol canicular. Los automóviles de los turistas norteamericanos corrían veloces por la carretera. Nadie reparaba en el pobre viejo. De pronto, cosa extraña, un coche detuvo su marcha y una voz masculina que salió de su interior, preguntó:
Y ya el vehículo en marcha, le preguntó el Presidente:
Iban llegando al lugar en que el indio tenía que bajar y señaló, metida en el campo, una choza diciendo:
Durante el trayecto, el viejo fue sentado junto al chofer; éste tuvo que abrirle la portezuela, pues el indio no sabía cómo hacerlo. Entretanto, el hombre que le interrogó preguntó a su esposa, una gran señora, a los ojos del indio, si traía algún dinero. La señora sacó de su monedero dos billetes: uno de cien y otro de quinientos. El señor tomó el de quinientos, y entregándolo al anciano, que lloraba sin dar crédito a lo que veía, escuchó atónito las siguientes palabras:
El billete es de quinientos pesos.
Y el coche reemprendió la marcha.
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El 21 de julio de 1939 regresaba el Presidente de un recorrido por el Noroeste. En Irapuato se le hizo saber que en la estación de Celaya se habían reunido algunos millares de mujeres para manifestar, al paso del Presidente, sus protestas por algunos atentados contra elementos sinarquistas, ocurridos días antes. Al llegar el tren presidencial a Celaya se comprobó que, en efecto, cerca de tres mil mujeres y niños se agrupaban al lado de la vía férrea. En las bocacalles de la población podían distinguirse núcleos masculinos. Pero los manifestantes activos y próximos eran mujeres que armaban un fenomenal escándalo. El Presidente llamó al entonces teniente coronel Beteta y le ordenó: “Salga usted a la plataforma del último vagón; diríjase a los manifestantes expresando que la dignidad de mi cargo no tolera griteríos ni desórdenes; que el Ejecutivo está dispuesto a esclarecer los hechos y a hacer justicia, luego de las investigaciones pertinentes; en tal virtud, aconseje usted que hagan silencio (el griterío era ensordecedor al arribo del tren; era aquello una verdadera tempestad de alaridos discordes; sólo se podía distinguir algún que otro grito de “¡Justicia! ¡Queremos justicia!”) y que nombren una comisión de diez o doce personas; que las recibiré dentro de treinta minutos en el Ayuntamiento y que permaneceré en Celaya el tiempo necesario para darme cuenta de la verdad de los hechos y encauzar los procedimientos por la vía legal. Si no aceptan mi proposición, el tren continuará su marcha.”
Beteta expresó fielmente, y con energía, los propósitos de Cárdenas. A su breve discurso siguió el silencio acompañado de respetuosa actitud.
Cárdenas descendió del vagón presidencial. Le acompañaban el Presidente municipal, Agustín Arroyo y el doctor y general Francisco Castillo Nájera. Se le indicó que había dispuesto un auto para conducirle al Ayuntamiento. Decidió ir a pie. A los pocos pasos, una multitud de hombres, mujeres niños, rodeó la comitiva. En el oleaje de la muchedumbre, Agustín Arroyo y Castillo Nájera iban por un lado, el Presidente municipal por otro, y los tres perdieron de vista a Cárdenas, que solo, sin ninguno de sus acompañantes, llegó a la plaza mayor de Celaya. Reunidos los tres en torno al Presidente –no sin esfuerzo-, dieron dos vueltas bajo los pórticos del edificio municipal, antes de entrar en el Municipio. Ya en la puerta una anciana se acercó al Presidente y le dijo: “¡Qué hombre es usted, mi general! ¡Venir a esta bola sin soldados ni armas! ¡Qué hombre! ¡Muchachas! ¡Viva Cárdenas!” y la multitud, hasta entonces silenciosa, prorrumpió en vivas ensordecedores.