Accidente imprevisto

 Accidente imprevisto

Miguel Ángel Martínez Ruiz

El eminente maestro solía acudir a las cantinas todos los fines de semana, nunca faltaba, acudía religiosamente, como quien va a misa. Desde el viernes por la tarde llegaba una vez concluidas sus labores docentes y esto era ingerir bebidas alcohólicas hasta las nueve de la noche. No causaba ningún problema, jamás discutía; le daba por cantar, contratar tríos u otros grupos musicales que interpretaban las melodías de “sus mejores tiempos” y le hacían recordar su juventud y los años felices de su pasada edad madura. Tenía cincuenta y tantos años. Vivía por el Acueducto, donde empezaba la colonia 5 de Mayo, en ese lugar todavía no había drenajes para el saneamiento de la ciudad, entonces el problema se resolvía con letrinas, las cuales eran limpiadas por hombres que se dedicaban a esa difícil tarea de sacar toda la mierda acumulada durante meses. Llevaban a cabo esta acción en barriles de madera que tenían un asidero hecho con un trozo de reata a través del que se metía un morillo y entre dos individuos cargaban aquellos desechos para depositarlos en pozos que había en el despoblado.

Una noche en que el brillante maestro se desorientó por su excesivo estado de ebriedad, se cayó en uno de aquellos depósitos. Afortunadamente, no estaba tan lleno, de manera que el excremento sólo le llegaba un poco arriba de la cintura. Allí pasó toda la noche, hasta que unas señoras lo descubrieron:

-Pero, ¡qué barbaridad! ¿Cómo se siente, mi estimado y distinguido maestro?

Cagao, ¿cómo quiere que me sienta rodeado de mierda?

Rápidamente fueron a dar aviso a su esposa, quien al ver la situación crítica en que se encontraba su marido de inmediato acudió al C. Gobernador del Estado, quien había sido alumno del destacado catedrático universitario hacía algunas décadas. El mandatario recibió la llamada telefónica:

-Buenos días, señora. A sus órdenes, ¿qué razón me da del maestro?

-Figúrese que su maestro se cayó en uno de los pozos que hay en las orillas de la ciudad. Uno de esos en los que depositan la suciedad. Hágame el favor de enviar a los bomberos para que lo rescaten.

-Desde luego que sí, llegarán inmediatamente.

Lo sacaron, tapándose el rostro con paliacates mojados en alcohol o vinagre, y procedieron a darle un buen baño, completamente desnudo. Dicen que desde ese acontecimiento, nunca se pudo quitar el olor a caca. Sus alumnos decían que se daban cuenta cuando venía el maestro porque  afirmaban que a varias cuadras de distancia se percibía el aroma cuando se  iba acercando.

Esa terrible experiencia le sirvió de escarmiento y no volvió a probar ni una sola gota de alcohol.

Isauro Gutierrez