Pitágoras


Eduardo Murillo Gi
¿Qué es lo que está detrás de lo aparente? lo que podría llamarse irreal, que no le es conocido, sin forma determinada pero que, a la vez, lo es todo por sus innumerables manifestaciones. Ahí se encuentran a cubierto las huellas de lo que parece ser la madre de todas las religiones. Tal vez, la llave que conduzca al verdadero conocimiento, a una ciencia donde nada es imposible, donde se mandaba a los elementos, donde se sabe el lenguaje de los astros, dirigiendo la marcha de las estrellas.
Tiempo ha que los guardianes del conocimiento, se basan en el estudio de los números en todas las áreas, sin importar sin son científicas, religiosas o esotéricas. En el estudio de los números se basa el conocimiento ya que los guarismos presentes están en todas las actividades humanas, en el universo mismo como en las divinidades también.
Los que aman la literatura, la filosofía y la religión, deberán mantener ojo avizor hasta por las ciencias ocultas, pues cualesquiera que sea la religión mantenida, no sólo ganarán en conocimientos, sino que ampliarán su visión sobre la vida y el destino por acortar dudas con el estudio de los números.
Es así como desde la más remota antigüedad, los seres humanos han levantado la vista a los cielos en busca de respuestas a las diferentes interrogantes. Estos bastos conocimientos geométricos y astronómicos, son atribuidos a un reformador científico, religioso, místico y filosófico griego, Pitágoras.
Uno de los más famosos filósofos griegos fundador de lo que ha sido llamado la escuela Itálica. Nacido en la gran ciudad de “Samos” hacia el año 580 o 586 A. C., en el mar Egeo, cerca de la basta Turquía, aunque Dionisio de Halicarnaso le ubica en el 590 A. C., dando como referencia los juegos de la Cuadragésima Olimpiada, y su muerte, en 500 antes de Cristo. Educado al principio como atleta, abandonó pronto esa profesión, consagrándose al estudio de la filosofía. Viajo por Egipto, Caldea y Asia Menor, sometiéndose a las Iniciaciones de esos países, adquiriendo bastos conocimientos.
A su regreso a Europa, estableció la escuela en Crotona la que adquirió tal reputación, que los discípulos concurrían de todas partes de Grecia e Italia. Enseñaba Pitágoras, como dogma principal filosófico, el sistema Metempsicosis, o la transformación de las almas, el poder místico de los números, también fue Geómetra, considerándolo el inventor de varios problemas, el más importante de los cuales es reconocido como el problema Cuadragésimo Séptimo de Euclides, proficiente en música; a el se deben las relaciones matemáticas de los intervalos musicales como el haber inventado muchos instrumentos musicales.
Pitágoras era hijo de un rico comerciante de sortijas de Samos y de una mujer llamada Parthenis. La pitonisa de Delfos, consultada en un viaje por los jóvenes esposos, les había prometido un hijo que sería útil a todos los hombres, en todos los tiempos. El niño nació; cuando tuvo un año de edad, su madre, le llevo al templo de Adonaí, en el valle del Líbano. Allí el gran sacerdote le había bendecido.
El hijo de Parthenis era muy hermoso, dulce, moderado, lleno de justicia. Lejos de contrariarle, sus padres habían animado su inclinación precoz por el estudio de la sabiduría. A los 18 años, había seguido las lecciones de Hermodamas de Samos; a los 20, las de Pherecide, en Syros; también había conferiado con Thales y Anaximandro en Mileto, esos maestros le habían abierto nuevos horizontes, más ninguno le había satisfecho.
El hijo de Parthenis había llegado a una de esas crisis en que el espíritu, sobreexcitado por la contradicción de las cosas, concentra en un esfuerzo supremo todas sus facultades, para encontrar el camino que conduce al sol de la verdad, al centro de la vida.
Deméter, la tierra madre, la naturaleza en que quería penetrar, estaba ahí bajo él. Respiraba sus potentes emanaciones, sentía la atracción invencible que a su seno le encadenaba, a él, átomo pesado, como una parte inseparable de ella misma. De ella todo sale. Nada viene de nada. El alma viene del agua o del fuego, o de los dos, sutil emanación de los elementos, no se escapa de ellos más que para penetrarlos de nuevo.
Luego miraba el firmamento y las letras de fuego que forman las constelaciones en la profundidad insondable del espacio. Aquellas letras debían tener un sentido. Porque, si lo infinitamente pequeño de los átomos tiene su razón de ser, ¿Cómo lo infinitamente grande, la dispersión de los astros, cuya agrupación representa el cuerpo del universo, no la tendría? ¡Ah!, sí, cada uno de aquellos mundos tiene su ley propia y todos en conjunto se mueven por un número y en una armonía suprema. Pero. ¿Quién descifraría el alfabeto de las estrellas? Los sacerdotes de Juno le habían dicho:” Es el cielo de los dioses, que fue antes que la tierra. Tu alma de él viene. Ora ante ellos, para que asciendas de nuevo.”
El joven tuvo un estremecimiento doloroso, pero lo reprimió para recogerse en si mismo. El problema estaba ante él, más punzante, más agudo. La tierra decía: ¡Fatalidad!; el Cielo decía: ¡Providencia!, y la humanidad, que entre ambos flota, respondía: ¡Locura!, ¡Dolor!; ¡Esclavitud!. Una voz invencible que respondía a las cadenas de la tierra y a los resplandores del cielo con ese grito: ¡Libertad!. ¡Ah! Todas aquellas voces decían verdad, cada una triunfaba en su esfera; pero ninguna le revelaba su razón de ser. Los tres mundos existían inmutables como el seno de Deméter, como la luz de los astros y como el corazón humano; pero sólo quien supiera encontrar su acuerdo y la ley de su equilibrio sería un verdadero sabio; sólo aquél que poseyera la ciencia divina y pudiera ayudar a los hombres. ¡En las síntesis de los tres mundos estaba el secreto del cosmos! Pitágoras se levantó. Su vista fascinada se fijó en la fachada dórica del templo. El severo edificio parecía transfigurado bajo los castos rayos de Diana. En él creyó ver la imagen del mundo y la solución del problema que buscaba. Porque la base, las columnas, el arquitrabe y el frontón triangular, le representaban repentinamente la triple naturaleza del hombre y el universo, del microcosmos y del macrocosmos coronado por la unidad divina, que en si misma es una trinidad. El cosmos, dominado y penetrado por Dios, formaba:
La tétrada sagrada, inmenso y puro símbolo, fuente de la natura, modelo de los Dioses. Sí; estaba allí, oculta en aquellas líneas geométricas, la clave del universo, la ciencia de los números, la ley ternaria que rige la constitución de los seres, la del septenerario que preside a su evolución. Y en una visión grandiosa, Pitágoras vio los mundos moverse en el ritmo y la armonía de los números sagrados.
Es así como antes de entrar en el templo, dos sentencias deben ser leídas para comprender la esencia del ser humano y de todo cuanto le rodea: ¡Conócete a ti mismo!, ¡No se aproxime quien no sea puro! Es simple comprender esta ultima sentencia, que quien desea entrar en el templo debe dejar afuera mentiras, hipocresía, falsedad, odio, envidia, intolerancia, resentimiento, deseos de venganza y cualesquiera otros tipos de bajos sentimientos, ya que dentro del recinto sólo reina la verdad de Dios y él y todo lo que hay a alrededor, es totalmente puro.
Pitágoras, instruye a los sacerdotes en todos los secretos de su doctrina, enseña sus bastos conocimientos a quien acude al santuario e inicia en su formación de pitonisa a Teoclea, quien desde ese momento es la voz de Apolo, su mensajera y sobre todo, la profeta y pitonisa que devuelve a Delfos su majestuosidad, centro de vida y acción de Grecia.
Las pláticas son sumamente importantes para la confirmación de las divinidades y del conocimiento adquirido a través de muchos años de estudio y dedicación por parte de Pitágoras. Además, maneja la adivinación e inspiración y sobre todo, lo más importante, el porvenir y destino de los griegos y de todo el mundo, y sólo alguien como el griego puede aclarar este panorama.
Platica ante el encanto de todos los que lo escuchan, de la sabiduría egipcia, de los faraones, reyes, momias, arquitectura de las pirámides, los secretos de los pueblos, las lenguas que se hablan en el mundo y los secretos encerrados en los jeroglíficos a los cuales, él tiene acceso. Platica con gran entusiasmo los misterios de Isis, la terrestre y la divina, la más grande madre de los dioses y la humanidad; del doble rescate que hace desde las profundidades de la muerte de su bien amado Osiris. Después, el extraordinario narrador griego comenta sobre los magos caldeos de Babilonia, el manejo y conocimiento de las ciencias ocultas, sus hermosos y profundos templos donde se evoca y convoca el fuego viviente en que se mueven y desenvuelven los dioses y demonios.
En 529, Pitágoras se traslada a la polis (ciudad estado) de Crotona, fundación aquea del siglo VIII A. C. esta ciudad ocupa el extremo del Golfo de Tarento y está al sur de Italia, la cual fue fundada por los Aqueos y es, junto con Sybaris, la ciudad más floreciente y progresista. Crotona es su principal rival y vecina y hasta aquí llega Pitágoras con un sistema de pensamiento totalmente definido y perfilado después de su larga experiencia por Oriente y Egipto. Le precede al genio Pitágoras, la fama de sabio y místico por lo que las autoridades de la ciudad le piden que exponga algunas de sus ideas, Pitágoras se dirige por separado a los jóvenes, al Senado, a las mujeres y a los niños con cuatro grandes elocuentes y encendidos discursos.
El contenido de estos cuatro discursos, como ha sido transmitido a través de la historia, están llenos de recomendaciones morales de gran perfección y refinamiento, derivadas fundamentalmente de la necesidad de ajustar la conducta humana a los cánones de armonía y justicia que se derivan de la naturaleza. Para el maestro, estar en Crotona también significa enseñar su doctrina esotérica a un grupo reducido de elegidos y aplicar sus principios a la educación de los infantes, jóvenes y al Estado mismo.
Para el genio, es imperioso fundar una Academia para la enseñanza y con ésto, logra la osadía de transformar la organización política de las ciudades, paso a paso. No es de extrañar entonces, que Pitágoras produzca una verdadera revolución de la inteligencia, esa que no necesita más armas que la verdad y la razón.
Así nace la escuela pitagórica, que sin rebuscarle mucho no es más que un concepto muy actual de una Universidad, sin duda, la primera en el mundo; la que educa, enseña ciencias, sobre todo la naciente filosofía, artes deportes y que además, aglutina la magia armónica y la inteligencia con el universo mismo.
Dentro de los grandes iniciados, que han precedido y dado a la humanidad, para servir y ser los guías de ella, aportando sus bastos conocimientos, científicos, religiosos y esotéricos, los cuales han sido la punta de lanza en el crecimiento cultual y espiritual de las diferentes razas que han venido sucediéndose en el devenir de los tiempos.
Indiscutiblemente, destaca el sabio de Samos y Crotona, ya que en el seno de ésta surgió la Doctrina Pitagórica, la cual basa sus conocimientos en el estudio de los números. También se ocupa de la música; prolijo es el estudio del personaje como excelente, las formas iniciáticas que lo llevaron al conocimiento de los astros, de los dioses y sobre todo del ”yo” interno.
De su legado destacan también sus propios axiomas que muestran su grandeza, la cual sublima e invita a sumarse al crecimiento por el estudio y la praxis del conocimiento místico del Dios trino y del hombre en su compuesto por tres elementos; alma, cuerpo y espíritu. A la debelación esotérica por el estudio y el corazón de lo que está atrás de lo aparente, del simbolismo que todo lo oculta al ojo y al oído del profano, pero, que también invita a la enseñanza y a la educación para la redención del genero humano. Es cuanto
Bibliografías Consultadas:
Los Grandes Iniciados y Grupo Editorial Tomo.