Máximas de Epicteto

 Máximas de Epicteto

Jorge Rocha Trujillo

 

Epicteto nació en el año 55 en Hierápolis de Frigia, a unos 6 km. al norte de Laodicea. Aún en su infancia llegó a Roma como esclavo del liberto Epafrodito, que a su vez había servido como esclavo del emperador Nerón. A instancias de Epafrodito, estudió con el filósofo estoico Musonio Rufo. La fecha de la manumisión de Epicteto es incierta; se sabe que alrededor del año 93 fue exiliado, junto con los restantes filósofos residentes en Roma, por el emperador Domiciano. Se trasladó a Nicópolis, en el noroeste griego, donde abrió su propia escuela, adonde concurrieron numerosos patricios romanos. Entre ellos se contaba Flavio Arriano, que llegaría a ser un respetado historiador bajo Adriano y conservaría el texto de las enseñanzas de su maestro.

Epicteto fundó su escuela en Nicópolis, a la que se dedicó plenamente, pues él, a imitación de Sócrates, uno de sus modelos, no escribió nada. Las enseñanzas de Epicteto tenían su base en las obras de los antiguos estoicos; según ellos, el papel del filósofo y maestro estoico consistiría en vivir y predicar la vida contemplativa, centrada en la noción de eudaimonía, felicidad.

La eudaimonía, según la doctrina estoica, sería un producto de la virtud, definida mediante la vida acorde a la razón. Además del autoconocimiento, la virtud de la razón estoica consiste en la ataraxia, imperturbabilidad, apatía, desapasionamiento, las eupatías y buenos sentimientos. El conocimiento de la propia naturaleza permitiría discernir aquello que el cuerpo y la vida en común exigen del individuo; la virtud consiste en no guiarse por las apariencias de las cosas, sino en guiarse para todo acto por la motivación de actuar racional y benevolentemente y, sobre todo, aceptando el destino individual tal como ha sido predeterminado por Dios.

 

Máximas:

 

En las Máximas de Epicteto, cuando escribe sobre la felicidad, hace hincapié en las cualidades esenciales de la verdadera felicidad: la duración y la estabilidad. Cualquier felicidad que no tenga estas cualidades es engañosa. La felicidad que se construye firme y duradera es la que debemos buscar. La alegría se da en las cosas que son útiles y honrosas. Los objetos de deseo no pueden proporcionar una felicidad duradera, en cuanto se satisfacen, inmediatamente se desea otra cosa más, por lo que deseo y felicidad son mutuamente excluyentes.

Hay motivos para estar alegres cuando se vencen las tentaciones, cuando se domina el orgullo, la temeridad, la malignidad, la maledicencia, la envidia y la obscenidad en el uso del lenguaje. El uso de títulos no es lo que da felicidad, sino desempeñar profesionalmente nuestro trabajo, con integridad. Sabiendo que una conducta en este tenor, aunque no reporta beneficios económicos, si proporciona una conciencia tranquila y por lo tanto, una felicidad duradera. Aparte de satisfacción, proporciona libertad. Hay que despreocuparnos de las cosas que no dependen de uno. Hay que cuidar de no perder virtudes como la bondad, la fidelidad, la justicia y demás virtudes que caracterizan al hombre bien nacido.

En el camino de la felicidad, es importante contentarse con lo que se tiene, poco o mucho, sin codiciar lo ajeno. Nadie tiene el derecho y nosotros no tenemos por qué permitirlo, de que nadie influya negativamente en nosotros, sino al contrario, aprovechar para nuestra felicidad a todas las criaturas, incluso a los mismos dioses, que precisamente, nos han creado para ser felices.

Las Máximas en lo referente a las riquezas, Epicteto nos regala esta sentencia: “Cada uno tiene en su cuerpo la medida de la riqueza”. Es conveniente atenerse a esta consideración para no salirse del punto justo. La satisfacción de un deseo que resuelve una necesidad básica, puede complicarse si no resolvemos conforme al justo necesario. Luego la solución para resolver la misma necesidad, se va ascendiendo en el nivel de sofisticación. Basta vestirse de manera que se resuelva la desnudez, pero la tela que puede ser de algodón, enseguida deseamos que sea de seda, estamos traspasando el nivel de lo básico a lo superfluo. Una vez sobrepasado el límite, será difícil detenerse en darle contento a nuestros deseos.

La autonomía de nuestras personas, implica darnos cuenta de nuestras capacidades. Es común que para ser ricos, dependamos de otras personas y más si son las que vamos a esquilmar, pero ser felices depende de uno mismo. Por lo general las riquezas suelen ser poco duraderas, en cambio, la felicidad proviene de la sabiduría, que una vez adquirida, ya no se retira. Se puede comparar la vida entregada a las riquezas como el torrente de agua turbia, peligrosa, enfangada; mientras que la vida empleada en la virtud es cual manantial de agua eternamente pura, cristalina e inagotable.

Atenerse a una vida sobria, proporciona tranquilidad de espíritu, se alejan los temores y sobresaltos. Lo más importante, no tengo que hacerle buena cara a mis jefes para conservar mi empleo, ni tengo que asentir cuando mi deseo interno es el de argumentar en contra. Además no tengo que ser lisonjero con nadie para conservar mi estatus económico.

Tal parece que la riqueza y la sabiduría no saben llevarse, en muchos casos funcionan como si fueran mutuamente excluyentes. No es que se haga una apología de la miseria. Nada de eso. Lo que aflige es la avaricia. Los temores que ensombrecen nuestra vida vienen con las riquezas, su antídoto es privilegiar la razón.

Epicteto al hablar de la filosofía y los filósofos en sus Máximas, nos dice que la filosofía no es para espíritus débiles. El punto de partida es reconocer nuestra debilidad e ignorancia. La altura de miras del filósofo y la claridad de su espíritu son características que los distinguen de los demás. Por todo ello, al filósofo se le ve con desconfianza y no falta quien los vea como bichos raros. Por todo ello hay que cultivar la fuerza, la belleza y la sabiduría. No manejar jamás el título de ser filósofo ni perder el tiempo en predicar hermosas máximas ante un público ignorante. Evitar hacernos los sabios, los indispensables y mucho menos pensar que somos capaces de reformar el mundo.

Si queremos ser verdaderos filósofos, es preciso poner nuestra voluntad para aceptar y tolerar todo cuanto nos ocurra o deje de ocurrirnos. Aceptarlo así, nos proporcionará la ventaja de no sentirnos defraudados si no se ven realizados nuestros deseos, ni realizado el motivo de nuestros temores, conviviendo con nuestros semejantes sin penas ni trastornos, conservando nuestras relaciones naturales o adquiridas sin mayores sobresaltos.

La imagen del filósofo debe rondar en parecido a la cabeza de Júpiter, es decir, que sea visible la firmeza, la constancia y seguridad de su personalidad. Además incorporar virtudes como ser fiel, inaccesible a la turbación y buen manejo de las emociones. No pretender ser inmortal, pero si saber morir, saber envejecer y dejar de lado enfermedades que no lo son en realidad. La práctica esencial de preceptos como la de no mentir, por qué no debemos mentir y demostrar por qué no debemos mentir.

Obviamente que Epicteto habla en buen sentido sobre ser filósofo cínico, diciendo que hace referencia a un hombre lleno de pudor y expuesto al escrutinio de los demás, ya que no tiene nada que ocultar ni de qué avergonzarse. El verdadero filósofo cínico, dice Epicteto, es un enviado de los dioses para actuar en la reforma de los hombres y con el ejemplo de su desnudez, sin bienes y sin otro techo que el cielo ni más cama que la tierra, se puede vivir feliz.

Sobre las mujeres, Epicteto en sus Máximas, es muy claro y franco al precisar que la mujer bella, desde luego que lo es, pero, que no hay por qué mentir si en una mujer no se reúne la belleza y gracia que los hombres les concedemos. Sustraernos al encanto de la mujer no es negando su belleza; el mérito está en reconocer su belleza, pero resistiéndola. Lo hace desde un punto vista moral ortodoxo cuando reprueba el perseguir a la mujer ajena. Es como pisotear, dice, las leyes del pudor y de la fidelidad; es violar la convivencia, la amistad, la sociedad y todas las cosas más sagradas y las leyes más sagradas.

El hombre casado debe contentarse con su esposa, siendo ilícito tomar la de otro. La mujer, según Epicteto, más que por su belleza corporal y el placer que procuran, es más útil esforzarse en ser prudentes, pudorosas y modestas. Para resistir a la mujer seductora, Epicteto proporciona un medio eficaz: tratar de agradarse a sí mismo y de parecer hermoso a los ojos de los dioses, queriendo a toda costa conservar la pureza del cuerpo y del alma.

Sobre los cuidados del cuerpo, Epicteto en sus Máximas, señala la torpeza de dedicar mucho tiempo al cuidado del mismo, al ejercicio, a la comida y a la bebida. La mayor parte del tiempo debe consagrarse al cuidado del espíritu. De acuerdo con el género, es vestirse de manera regular, ser aseado con nuestro cuerpo y tratarlo dignamente: “La limpieza es para el cuerpo lo que la pureza para el alma”. La naturaleza invita a la limpieza, nos proporciona lo necesario para tomar un baño, las esencias y fragancias que combaten el sudor y malos olores. Hay que lavar y asear el cuerpo perfectamente, para que a nadie de asco y se tenga que apartar de nosotros con repugnancia. El que se dedique a la filosofía es menester que acuda limpio y vestido decentemente, y no sucio y desgreñado.

Para Epicteto no hay padres malos, ni vecinos malos. Lo son para ellos mismos, pero no para él. Que una persona cualquiera, el que sea de carácter difícil sirve más bien para ejercitar la tolerancia, la generosidad y paciencia. Siempre en la interacción diaria que tenemos por nuestro trabajo o en actividades sociales, toda persona nos ofrece dos aspectos distintos: primero, el que hace todo fácil de llevar y no ofrece mayor problema en el ejercicio de interrelación; pero está el que sólo ofrece dificultades, aquel compañero que si posible fuera se ofrece uno a llevarle su cheque hasta su casa con tal de no verlo, de no sufrirlo. Sólo ofrece dificultades. Dice Epicteto que no hay que reaccionar por el lado equivocado, sino más bien, en un acto de tolerancia y poco ego, encontrar la parte buena y que, estoy de acuerdo, todos tenemos.

Si alguien nos injuria, hay que imitar a la piedra, no oír al que nos injuria. No hacer oídos sordos a quien supuestamente injuria, pega y maltrata; se debe más bien a la opinión que tenemos de quien ofende y que nos hace verlo como enemigo nuestro. Recomienda pues Epicteto, procurar que nuestra imaginación no nos venza. Conseguirlo nos hará dueños de nosotros mismos. Que quienes me maltraten y me llenen de improperios me sirvan de ejercicio para desarrollar más, como si fueran músculos, mi paciencia, mi dulzura y mi clemencia. Dice Epicteto: “cuando alguien te maltrata de obra o de palabra, acuérdate de que lo hace porque se cree con derecho a ello. Es decir, que no obra según tu juicio, sino según el suyo propio. De modo que si te juzga mal, él sólo se perjudica, ya que él sólo se engaña”.

Sobre la muerte, Epicteto en sus Máximas, nos ubica en la exacta dimensión de este suceso al que nadie ha escapado y nadie habrá de escabullirse. Luego entonces, por qué la seguridad que de la muerte tenemos, hace que soslayemos el asunto, ya sea difiriendo el asunto, ya sea fingiendo que no pasará, ya sea el consuelo de ver que ocurre en otros y no en mí. La muerte a mi me gustaría que llegara y me encuentre ocupado. Considero que me siento preparado desde este momento para recibir su visita. No tengo congoja alguna, ni sensación de culpabilidad. Presiento que la muerte llegará cuando mi alma esté en el momento adecuado de poder seguir la siguiente etapa de perfección. Adelante, estamos preparados.

También depende de cómo entendemos la muerte. Morir es una forma de empezar a vivir. Es regresarnos a la esencia del cosmos. La materia no se crea ni se destruye, sólo se trasforma, dice la Ley de Newton. Luego entonces, no hay por qué anidar temores en torno a este hecho, seguro y natural. El temor a la muerte siempre estará relacionado con la ignorancia que tenemos de nosotros mismos. No deja de ser un miedo que explotan muy bien los entes manipuladores de nuestra persona, ya sea gobierno, iglesias o falsas creencias.

 

Bibliografía

Epicteto, Manual y Máximas, Porrúa, México.

Bréhier, E., Historia de la filosofía 1: Desde la antigüedad hasta el sigloXVII, Tecnos, Madrid, 1988.

Isauro Gutierrez