La función de hazmerreir


Por Leopoldo González
El presidente de la República es todo un estuche de monerías: concentra en su persona una amalgama de artes menores y mayores, que juntas hacen de él un number one.
Pero hay que delimitar bien los terrenos del tema, para que no vaya a pensar el respetable lector que confundimos a Clavillazo con Cantinflas o Tin Tán, o que en un gracioso juego de arbitrariedad lingüística confundimos el humor con el agua bendita.
No, no es por ahí.
Que quede claro: no es que el presidente haga las cosas que hace para hacer reír, pues no está en la presidencia en funciones constitucionales de bufón o vitriolo, porque lo que hace -eso sí, patrióticamente- es sólo desempeñar su papel de la mejor forma en que puede hacerlo. Y no se le pida -ni patriótica ni antipatrióticamente- más de lo que puede dar.
El presidente es jefe de Estado y de gobierno, ¡faltaba más!, y el estilo que le imprime a su encomienda -aunque a muchos no les guste y a otros les cause urticaria- es sólo responsabilidad suya: de nadie más.
El presidente, pues es el presidente. Tan sencillo como eso.
Al margen de que casi todas las realidades nacionales -unas ya desbordadas y otras a punto de hacerlo- se le han venido encima y lo han dejado con el agua al cuello, AMLO sacó fuerzas de flaqueza y asistió, hace días, al foro virtual del G20, donde tuvo la más graciosa, ridícula, tonta y anodina de las intervenciones. Así la calificaron jefes de Estado y medios internacionales.
Antes del evento, hubo quien llegó a pensar que estábamos como para dar consejos y asesoría sobre el manejo de la pandemia y la economía. Después de él, algunos líderes del G20 están buscando la manera de convertirse en el G19.

Según un clásico, los lapsus brutus y el humor involuntario deben llevarse en contabilidades distintas.
En la reunión, ante líderes mundiales que conocen y respetan su oficio, AMLO soltó una de esas que tan bien le salen: presentarse a un foro de esa envergadura, a “presumir” internacionalmente la maravilla de remesas que envían los inmigrantes mexicanos, que encontraron un mejor empleo en USA y no en México, fue un acto que ciertas redes sociales calificaron como de una “tontejez monumental”. Eso bastó para que Emmanuel Macron y Angela Merkel no pudieran reprimir la risa y soltaran una carcajada -también- monumental.
La cosa, luego de que ocurren estas mojigangas, es muy sencilla: cuando se tiene un bajo nivel de IQ, no se puede ocultar el hecho de que se tiene -por más justificaciones que se busquen- un bajo nivel de IQ.
Traer a los líderes del mundo a punta de carcajadas no está mal, sobre todo cuando al mundo le faltan y le urgen motivos para la risoterapia. Pero ojo: el lapsus debe endosarse con cargo a la imagen presidencial, de donde vino.
Para algunos lectores atentos, que siguieron con lujo de detalle las sesiones del foro del G20, lo más divertido fue cuando el presidente López Obrador, perdido ya el piso de la realidad y extraviado en el de la fantasía, afirmó enfática y categóricamente que “regalar becas es… el futuro del mundo”. Imagine usted, amigo lector, los rostros de los líderes del mundo que escucharon semejante alucine.
Algunos lectores me escriben, afirmando que hasta en el empleo de tontologías debe haber límites. Yo me debo a los lectores, y en este punto coincido absolutamente con ellos.
Para ser justos, en los meses de gobierno de la 4T hemos tenido motivos para la ira, la desazón, la gastritis, la úlcera y la taquicardia social; pero, a cambio, también hemos tenido risa y carcajadas a mandíbula batiente para dar, para llevar y para exportar. Una cosa compensa a la otra y viceversa.
En junio de 2018, Gabriel Zaid escribió un texto que no se comprendió cabalmente, bajo el título “AMLO poeta”. En ese texto, parecía que Zaid estaba reivindicando una alegoría del grito destemplado, una estética de la fealdad. No era así, y el propio Zaid se encargó de aclarar que aquel sobre el que escribía se había ganado a pulso la descripción que él había hecho: “artista del insulto, del desprecio, de la descalificación”, pues “su creatividad en el uso de adjetivos, apodos y latigazos de lexicógrafo llama la atención”. Yo coincido con Gabriel Zaid.
A veces no se sabe si el peor presidente en la historia de México es el que tenemos, o el de los lapsus y el humor involuntario.
Pisapapeles
Con irregular frecuencia, las loqueras y las locuras suelen ser un mal de familia.
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