La concentración mental

Jorge Rocha Trujillo
“Porque los que viven conforme a la carne, ponen la mente
en las cosas de la carne, pero los que viven conforme
al Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque la mente
puesta en la carne es muerte, pero la mente
puesta en el Espíritu es vida y paz;”
Romanos 8:5-6
La concentración mental es un proceso psíquico que consiste en centrar voluntariamente toda la atención de la mente sobre un objetivo, objeto o actividad que se esté realizando o pensando en realizar en ese momento, dejando de lado toda la serie de hechos u otros objetos que puedan ser capaces de interferir en su consecución o en su atención.
Concentrarse significa pensar en una sola cosa, contrario a lo que nos enseña la lógica modernista, en que lo usual es no sólo pensar en varias cosas a la vez, sino también hacer varias cosas al mismo tiempo. Volverme sobre mí mismo, puede ayudarme a rescatar a ese Ser que soy y que permanece ahogado e intoxicado. Significa tener la suficiente fuerza para discriminar entre lo que el afuera se muestra como deseable y valioso, pero también intrascendente e inaccesible, para aventurarme a ver lo que está a mi alcance y no se aprecia.
Cuando concentramos los rayos del sol por medio de una lente, estos pueden quemar un pedazo de papel. Pero los mismos rayos dispersos no pueden hacerlo. Si deseo hablarle a una persona que se encuentra a una cierta distancia, las manos funcionan como altavoz para hablarle. Las ondas sonoras se concentran así en un punto, desde el que se dirigen a otra persona, que puede entonces oírnos con claridad. El agua se convierte en vapor, y concentrado en un punto, se convierte en energía potencial. Todos estos son ejemplos de ondas concentradas. De igual modo, si se reúnen los rayos dispersos de nuestra mente y los enfocamos hacia un punto, tendremos una concentración mental. La mente concentrada sirve como un potente faro para descubrir nuestra energía esencial.
La concentración es una fase de la meditación. La meditación sigue a la concentración. La concentración es, pues, lo primero y principal a adquirir en el sendero espiritual. Durante la concentración, los diversos rayos de la mente son reunidos y enfocados hacia el objeto de la concentración. Se desvanece así la agitación de la mente. Una sola idea ocupa toda la mente. Todas las energías mentales se unifican en esa idea única. Los sentidos se tranquilizan y dejan de funcionar. Donde hay una concentración profunda no existe consciencia del cuerpo ni de cuanto le rodea a uno.
Todos podemos, si no se tiene, obtener la habilidad para concentrarnos. Es cuestión de una práctica habitual. Para la evolución personal debe desarrollarse la concentración hasta un grado muy elevado. Se puede iniciar con una postura confortable. Colocar una imagen frente a uno. Observar la imagen con una mirada firme. Cerrar los ojos y visualizar la imagen en el centro de nuestro corazón o en el entrecejo. Cuando la imagen se desfigure en nuestra visión mental, abrir los ojos y mirarla de nuevo. Cerrarlos unos minutos después y repetir el proceso.
Es fácil concentrar la mente en objetos externos, pues tiene una tendencia natural hacia el exterior. En las primeras prácticas es bueno elegir un punto en la pared, la llama de una vela, una estrella brillante o en cualquier otro objeto que agrade a nuestra mente.
De la misma manera que la dispersión mental debilita, neurotiza, confunde y desarmoniza, la concentración mental nos cohesiona psíquicamente, nos protege contra pensamientos negativos y de estados mentales perniciosos, nos permite un juicio más profundo y esclarecido, potencia la memoria y nos permite hacer todo con mayor precisión, cordura y habilidad.
La concentración es la fijación de la mente en un soporte, la capacidad de que la mente se estabilice en el objeto que la ocupa. Así como toda fuerza canalizada gana en potencia, también la mente canalizada obtiene mayor penetración y hace posible una comprensión más enriquecedora y profunda.
Una mente concentrada es una mente que se vigila y se custodia mejor a sí misma y que no se deja alterar por lo banal y por lo superfluo. Una mente concentrada puede contemplar, imperturbable, la dinámica de la existencia y no se deja confundir por las apariencias. La mente concentrada adquiere estabilidad, energía y fuerza, y se convierte en una aliada en cualquier momento y circunstancia. Ayuda a vencer las dificultades y libera de toda esa agitación mental que produce lo que se toma por desdicha e inquietud. Una mente concentrada está capacitada para penetrar en cualquier tema o aspecto y excluye todos los pensamientos inútiles y parásitos.
La mente puede ser muy poderosa. Todo se experimenta en última instancia a través de la mente. En el escenario de la mente se vivencia la propia íntima y relativamente privada realidad psíquica. La mente tiene la capacidad de amplificar o minimizar, es el órgano de la percepción y del conocimiento, y en ella se encuentran las funciones de la imaginación, la memoria, la atención, el juicio, el discernimiento y la consciencia. En la mente ocurren todos los procesos de raciocinio como medir, comparar, analizar, diferenciar, inducir o deducir. La mente, pues, es un instrumento vital que acompaña al ser humano desde el nacimiento hasta la muerte. Pero no es lo mismo una mente dispersa y fragmentada que una mente estable y bien gobernada, una mente caótica y confusa que una mente clara y penetrativa, una mente difusa y agitada que otra encauzada y sosegada.