Juárez y la patria itinerante

 Juárez y la patria itinerante

José García León

 

“En 1857 se publicó la Constitución Política de la nación

y desde luego me apresuré a ponerla en práctica

principalmente en lo relativo a la organización del Estado”[1]

 

Siempre habrá un tema en la vida de Benito Juárez que nos invite a la reflexión; hoy quiero compartir con ustedes el hecho muchas veces comentado, pocas veces analizado y menos comprendido, en razón de las vicisitudes que tuvo que sortear el Benemérito de las Américas para asegurar el estado de derecho que hoy disfrutamos.

Juárez vive en uno de los momentos más críticos de nuestra historia. Después de la guerra de la independencia, quedan los mexicanos fuertemente divididos: por un lado, aquellos que habían acumulado su fortuna y gozaban de canonjías y prebendas y por la otra, los que habían sido fuertemente explotados y vivían sin mas recursos que la fuerza de sus manos; y aún más, una latente invasión de potencias extranjeras interesadas por uso y control de nuestros recursos. Ante este panorama, Juárez se fija como meta la integración de nuestra patria como un estado en donde prevalezca el respeto, la equidad y la justicia, tarea nada fácil, pero posible. Así emprende con férrea voluntad la construcción de su proyecto de nación, sin importar las carencias, sacrificios, persecuciones e intentos de asesinato. Hoy, los herederos de los conservadores critican a Juárez por el tiempo que sostuvo su lucha por alcanzar un estado de derecho, sin aceptar que fueron períodos de crisis y dobles gobiernos.

Es de observarse que desde que asumió la Presidencia de la República por ministerio de ley el 11 de enero de 1858, lo hizo en la ciudad de Guanajuato, desde ese entonces se vislumbraba en Juárez la patria itinerante, ya que los conservadores no acataron el mandato constitucional y, por su cuenta, nombraron como presidente a Félix Zuloaga, se apoderaron de la capital provocando que hubiera dos presidentes y que estallara la Guerra de Tres Años (1858-1861), o Guerra de Reforma, entre liberales y conservadores.

El 15 de febrero de 1858, Juárez llega a Guadalajara, en consecuencia se declara Capital de la República, y el 14 de marzo es aprehendido en el Palacio de Gobierno junto con los miembros de su gabinete, la serenidad de Juárez y la oportuna intervención de Guillermo Prieto que se inició con la exclamación: “¡Levanten esas armas, levanten esas armas: los valientes no asesinan”[2], hizo que aquellos no actuaran de inmediato. Las palabras convincentes, aclaratorias y llenas de clamor patrio de don Guillermo Prieto, aunadas a la pronta presencia del propio general Antonio Landa, quien manifestó su inconformidad por el fusilamiento, así como los disparos que en contra del Palacio de Gobierno lanzaban los miembros de la Guardia Nacional dirigidos por el coronel Miguel Cruz Ahedo, hizo que los hombres de Filomeno Bravo depusieran su actitud y que Juárez y los suyos salvaran la vida.

El 20 de marzo de 1858 en su partida rumbo a Manzanillo y muy cerca de Acatlán es nuevamente sitiado y amenazado de ser fusilado por segunda vez.

El 23 de marzo de 1858, por fin llega a Colima, establece su gobierno y después de tomar una serie de resoluciones decide embarcarse rumbo a Panamá, de allí a La Habana, después a Nueva Orleáns y llega a Veracruz, donde el 12 y 13 de junio de 1859 expide y pone en vigencia las Leyes de Reforma, que declaraban la independencia del Estado respecto de la Iglesia, la Ley sobre el matrimonio civil y sobre registro civil; la de panteones y cementerios y el paso de los bienes de la Iglesia a la nación. Es en Veracruz donde se recrudecen las posturas, ya que una vez decretadas las Leyes de Reforma, el clero en particular quedó seriamente lastimado en sus intereses y sus pretensiones.

Después de Félix Zuloaga, se apoderó de la Presidencia Manuel Robles Pezuela, duró treinta días y entregó el mando nuevamente a Félix Zuloaga y después a Miguel Miramón. Una vez que Miramón y su maltrecho ejército no pudo sostenerse en la ciudad de México, la abandona y propicia que Juárez regrese a la capital el 11 de enero de 1861. Es claro, Benito Juárez era el Presidente por ministerio de ley, pero no gobernó solo, había otro presidente que servía a los intereses de los conservadores.

Al concluir la guerra de reforma con el triunfo de los liberales: Benito Juárez fue electo constitucionalmente como Presidente de la República para el período: 1861-1865, pero debido a la intervención francesa, y el actuar de malos mexicanos, en mayo de 1863 tuvo que dejar la Ciudad de México, ejerciendo su gobierno nuevamente desde diferentes puntos del país.

Al interior del país existían muy diversas corrientes políticas e ideológicas que iban desde los liberales ortodoxos hasta los ultra conservadores, cada uno con su propia visión del México al que aspiraban. Por un lado: los que deseosos de una patria republicana ofrecían todo su apoyo a Benito Juárez en su proyecto nacional, fundado en la instauración de un estado de derecho, de fortalecer la economía, de organizar una reforma educativa; proyectos cada vez más difíciles de lograr por las luchas intestinas que se vivían. Por el otro: los conservadores, que derrotados, acudieron a la intervención extranjera, ofreciendo la nación para que fuera gobernada por un extranjero, tal vez concientes de que su preparación y experiencia no eran suficientes para un compromiso de esa magnitud, o quizá, porque creyéndose herederos de los europeos se consideraban con ese derecho.

En tanto Maximiliano tomaba fuerza apoyado por nobles y conservadores, el gobierno de Juárez iba desintegrándose. En las ciudades ocupadas por los conservadores conseguían adhesiones al Imperio ya de manera espontánea o bien con amenazas de detención. En cuanto a Juárez, pocos sabían dónde se encontraba y casi se podía expresar que el gobierno de Juárez había dejado de existir. Juárez llegó a San Luís Potosí el 7 de mayo de 1863, acompañado de “Pedro Santacilia, quien siempre viajaba por delante con la familia de Juárez y que le servía además de explorador político, además de conocer por primera vez la provincia mexicana quedó impresionado por la bella índole de esos habitantes, pero también por el estado lamentable de atraso en que se hayan todavía, dominados por las costumbres y preocupaciones de siglos pasados”[3]  y sus impresiones le merecieron una pequeña homilía de su padre político: “Es que sus gobernantes inmediatos no tenían la convicción profunda de los principios de la libertad –le explicó-, y por eso no tienen fe en el progreso de la humanidad, ni se afanan por mejorar la condición de los pueblos, removiendo los obstáculos que les impiden ver su desnudez y su miseria. Sin embargo, no debemos desconsolarnos, porque habiendo, como hay en estos pueblos, una buena disposición para el bien, y un instinto natural a la libertad, bastará que tengan a su cabeza un decidido partidario de las ideas liberales, para que salgan del estado de abyección en que hoy se encuentran… por nuestra parte debemos seguir la propaganda, procurando en nuestros escritos y, aun en nuestras conversaciones, educar a los pueblos, inculcándoles las ideas de libertad y dignidad, con lo que les haremos un bien positivo”[4]. De ese temple era Juárez, de esa convicción, de esa sensibilidad, de allí su grandeza.

Viaja en seguida a Monterrey, donde permanece del 3 de abril al 15 de agosto de 1864, no sin antes sortear varias negociaciones con el General Vidaurri que durante diez años había gobernado los estados de Coahuila y Nuevo León, casi como un dominio independiente y su lealtad resultaba bastante dudosa. Arraigado a su territorio con la tenacidad de un autócrata y celoso de su independencia, más de una vez se había mostrado reacio a autoridad del gobierno central. “Estoy de acuerdo en que a Vidaurri es necesario atraérselo o eliminarlo. Estoy por el primer extremo. Sólo que no baste éste para utilizarlo en bien de la nación debe recurrirse al último. Trabaje, pues, en lo primero.”[5] Siempre cauteloso, siempre sereno entró el Presidente Juárez a Monterrey en un ambiente hostil, pero seguro de su avance democrático en el país.

El primer día de diciembre de 1865, en plena intervención francesa, concluye el mandato constitucional de la presidencia de Juárez, ante esta situación el Congreso de la Unión le otorgó facultades extraordinarias para que implantara las medidas que juzgara necesarias en defensa de la independencia, por lo que se expidió el decreto para ampliar el período presidencial hasta que hubiera condiciones para celebrar las elecciones. Esta decisión como la de la negociación del Tratado McLane-Ocampo, fueron los asuntos más polémicos e impugnados por los conservadores y uno que otro liberal[6].

Entre 1866 y 1867 Juárez consolida su presencia y  decide regresar a la Ciudad de México; a su paso por Zacatecas el 27 de enero de 1867 Miramón, ya en plena decadencia del imperio, iba a lograr su mayor ambición: detener a Juárez  y sus acompañantes. Por tercera ocasión Juárez escapa de quienes intentaron asesinarlo. Continúa hacia San Luís Potosí y de allí a Querétaro donde se vive el episodio del Cerro de las Campanas el 19 de junio de 1867, sellándose así el triunfo de la República y la determinación soberana de nuestro país.

Juárez estuvo siempre a salto de mata, empleándose en los oficios más modestos, desde un atador de tabaco, pasando por escribano donde -con mucho orgullo– llegó a decir: yo sé escribir[7]. Padeció el destierro y la persecución, tuvo que refugiarse en La Habana, Nueva Orleáns o Nueva York. Y a esto le llaman deseo de poder y a esto le llaman reelección: no cabe duda que la historia está plagada de desviaciones que convienen a las élites que sí añoran el poder y desean regresar por sus antiguos fueros.

Tuvo también que soportar la instalación de gobiernos ilegítimos, bien en manos de mexicanos o de extranjeros, imponiéndose altos sueldos, mientras que Juárez y sus hombres vivían con la honrada medianía que proporciona la retribución que la ley señala.

Benito Juárez no era un intelectual, ni un artista, sino un hombre de acción y de pensamiento[8] y como tal cumplió con el oficio de ser hombre, su vocación de mexicano y de patriota no registró claudicaciones ni extravíos. Un gobierno peregrino por el país, con un presidente en una modesta carroza y un grupo de patriotas a su lado venció con la fuerza moral que dan las causas justas y la sangre de sus soldados, al ejército de Napoleón y al triunfo de la república, ya restaurada, pudo regresar su presidente al Palacio Nacional, después de encabezar un gobierno trasterrado, para desde aquí regir nuevamente, hasta su muerte, los destinos de nuestra nación.

[1] Juárez Benito, Apuntes para mis hijos, Edit. Kabir, México 2004.

[2] Sierra Justo, Juárez su obra y su tiempo, Edit. Porrúa, México, 2004

 

[3] Roeder Ralph, Juárez y su México, Fondo de Cultura Económica, México 1984.

[4] Roeder Ralph, op cit

[5] Idem.

[6] Sierra Justo, Juárez su obra y su tiempo, Edit. Porrúa, México, 2004.

[7] Henestrosa Andrés, Los caminos de Juárez, lecturas 77 mexicanas, SEP, Fondo de Cultura Económica, México, 1985.

[8] Juárez Benito, Flor y Látigo, ideario político, Boletín Bibliográfico, SHCP, México, 1964.

Isauro Gutierrez