Jesús el Esenio


Ángel Alvarado Raya
“Traten a los demás como ustedes quisieran ser tratados.
Esta es la esencia de todo lo enseñado por la ley y los profetas”
Jesús.
La cofradía de los Esenios ha permanecido oculta al conocimiento profano por lo hermético de su enseñanza, por la elevada misión que les correspondió cumplir y, seguramente,por no ser mencionados en la Biblia. Ellos prepararon el terreno para que la semilla de Jesús cayera en tierra fértil. El conocimiento oculto no ignoró a los Esenios, a diferencia del mundo religioso, filosófico y científico, a pesar que en el siglo I eran conocidos.
Fue necesario el “accidental” hallazgo hecho en el interior de una gruta, en el año 1947, por un joven beduino, Mohamed el lobo, quien encontró las jarras de greda con rollos de lino recubierto de alquitrán o cera, con escritos en pergamino y láminas de cobre de más de 2.000 años de antigüedad para que los esenios fueran nombrados en el mundo moderno. Tres escritores del siglo I D. C. los mencionan: Plinio, Filón, Josefo.
Los Esenios fue una secta judía, cuyo origen se remonta al hijo adoptivo de Moisés, llamado Esén, aproximadamente 1.500 años a.C. Sólo ellos podían enseñar lo que Jesús quería saber. Pero es evidente que ese principio atrevido y premeditado, fue precedido de un largo desarrollo y una verdadera iniciación.
No es menos cierto que esa iniciación debió verificarse en la única asociación que conservaba entonces en Israel las tradiciones verdaderas, con el género de vida de los profetas. Esto no deja duda alguna para quienes, elevándose sobre la superstición de la letra y la manía maquinal del documento escrito, osan descubrir el encadenamiento de las cosas por medio de su espíritu. Se deduce no solamente de las relaciones íntimas entre la doctrina de Jesús y la de los esenios, sino también del silencio mismo guardado por el Cristo y los suyos sobre aquella secta. ¿Por qué él, que ataca con sin igual libertad a todos los partidos religiosos de su tiempo, no nombra nunca a los esenios? ¿Por qué los apóstoles y evangelistas tampoco hablan de ellos?Evidentemente porque consideran a los esenios como de los suyos, estaban ligados con ellos por el juramento de los Misterios, y la secta se fundió con la de los cristianos.
La orden de los esenios continúa en tiempo de Jesús el último resto de aquellas cofradías de profetas organizadas por Samuel. El despotismo de los tiranos de Palestina, la envidia de un sacerdocio ambicioso y servil, les había lanzado al retiro y al silencio. Ya no luchaban como sus predecesores, y se contentaban con conservar la tradición. Tenían dos centros principales: uno en Egipto, a orillas del lago de Maóris; el otro en Palestina, en Engaddi, a orillas del Mar Muerto. Existe otra teoría acerca de su nombre, este procede de la palabra siriaca: Asaya, médicos; en griego, terapeutas; porque su único ministerio, para el público, era el de curar las enfermedades físicas y morales.
“Estudiaban con gran cuidado, dice Josefo, ciertos escritos de medicina que trataban de las virtudes ocultas de las plantas y de los minerales”. (Josefo, Guerra de los Judíos, II, etc. Antigüedades, XIII, 5-9; XVIII, 1-5). Algunos poseían el don de profecía, como aquel Manahem, que había predicho a Herodes su reinado. “Sirven a Dios, dice Filón, con gran piedad, no ofreciéndole víctimas, sino santificando su espíritu. Huyen de las poblaciones y se dedican a las artes de la paz. No existe entre ellos un solo esclavo; todos son libres y trabajan unos para otros”. (Filón, “De la Vida Contemplativa”).
Las reglas de la orden eran severas. Para entrar en ella se precisaba el noviciado de un año. Si se habían dado suficientes pruebas de templanza, se era admitido a las abluciones, sin entrar, no obstante, en relación con los maestros de la orden. Se precisaban aún dos años más de pruebas para ser recibido en la cofradía. Se juraba, “por terribles juramentos”, observar los deberes de la orden y nada de traicionar sus secretos. Sólo entonces se podía tomar parte en las comidas en común, que se celebraban con gran solemnidad y constituían el culto íntimo de los esenios. Consideraban como sagrado el vestido que habían llevado en aquellos banquetes y se lo quitaban antes de ponerse a trabajar. Aquellos ágapes fraternales, forma primitiva de la Cena instituida por Jesús, comenzaban y terminaban por la oración. Allí se daba la primera interpretación de los libros sagrados de Moisés y de los profetas. Pero en la explicación de los textos, como en la iniciación, había tres sentidos y tres grados. Muy pocos llegaban al grado superior. Todo se parece asombrosamente a la organización de los pitagóricos (Puntos comunes entre los esenios y los pitagóricos: La oración a la salida del sol; los vestidos de lino; los ágapes fraternales; el noviciado de un año; los tres grados de iniciación; la organización de la orden y la comunidad de los bienes regidos por curadores; la ley del silencio; el juramento de los Misterios; la división de la enseñanza en tres partes:
1) Ciencia de los principios universales o teogonia, lo que Filón llama la lógica; 2) la física o cosmogonía; 3) la moral, es decir, todo lo que se refiere al hombre, ciencia a la cual se consagraban especialmente los terapeutas), y todo esto existía con pequeñas variantes entre los antiguos profetas, porque se encuentra lo mismo en todas partes donde la iniciación ha existido. Agreguemos que los esenios profesaban el dogma esencial de la doctrina órfica y pitagórica, el de la preexistencia del alma, consecuencia y razón de su inmortalidad. “El alma, al cuerpo por un cierto encanto natural, queda en él como encerrada en una prisión; libre de los lazos del cuerpo, como de una larga esclavitud, de él se escapa con alegría”. (Josefo, A. J. H., 8).
Entre los esenios, los hermanos propiamente dichos vivían dentro de la comunidad de bienes en el celibato, en lugares retirados, trabajando la tierra, educando a veces niños extraños a la orden. En cuanto a los esenios casados, constituían una especie de orden tercera, afiliada y sometida a la otra.
Silenciosos, dulces y graves, se les veía aquí y allá cultivando las artes de la paz. Tejedores, carpinteros, viñadores o jardineros; jamás armeros ni comerciantes. Esparcidos en pequeños grupos en toda la Palestina, en Egipto y hasta en el monte Horeb, se daban entre sí la hospitalidad más cordial. Vemos así viajar a Jesús y a sus discípulos de pueblo en pueblo, de provincia en provincia, siempre seguros de encontrar un albergue: “Los esenios, dice Josefo, eran de ejemplar moralidad; se esforzaban en reprimir toda pasión y todo movimiento de cólera; siempre benévolos en sus relaciones, apacibles, de la mejor fe. Su palabra tenía más fuerza que un juramento; por eso consideraban al juramento en la vida ordinaria como cosa superflua y como un perjurio. Soportaban con admirable fuerza de alma y la sonrisa en los labios las más crueles torturas antes que violar el menor precepto religioso”.
Indiferente a la pompa externa del culto de Jerusalén, repelido por la dureza saducea, el orgullo fariseo, el pedantismo y la sequedad de la sinagoga, Jesús se sintió atraído hacia los esenios por una afinidad natural. (Puntos comunes entre la doctrina de los esenios y la de Jesús: El amor al prójimo ante todo, como el primer deber; la prohibición de jurar para atestiguar la verdad; el odio a la mentira; la humildad; la institución de la Cena tomada de los ágapes fraternales de los esenios, pero con un nuevo sentido, el del sacrificio). La muerte prematura de José hizo por completo libre al hijo de María, hombre ya. Sus hermanos pudieron continuar el oficio del padre y sostener la casa. Su madre le dejó partir en secreto para Engaddi. Acogido como un hermano, saludado como un elegido, debió adquirir sobre sus mismos maestros, rápidamente, un invencible ascendiente por sus facultades superiores, su ardiente caridad y ese algo de divino que difundía todo su ser.
Recibió de ellos lo que solo los esenios podían darle: la tradición esotérica de los profetas, y por ella su propia orientación histórica y religiosa. Comprendió el abismo que separaba la doctrina judía oficial de la antigua sabiduría de los iniciados, verdadera madre de las religiones, pero siempre perseguida por el espíritu de egoísmo, de odio y de negación, unido al poder político absoluto y a la importancia sacerdotal.
Aprendió que el Génesis encerraba, bajo el sello del simbolismo, una cosmogonía y una teogonía tan alejadas de su sentido literal, como la ciencia más profunda de la fábula más infantil. Contempló los días de Aelohim, o la creación eterna por la emanación de los elementos y la formación de los mundos; el origen de las almas flotantes y su vuelta a Dios por las existencias progresivas o las generaciones de Adán. Quedó asombrado de la grandeza del pensamiento de Moisés, que había querido preparar la unidad religiosa de las naciones, creando el culto de Dios único y encarnando esta idea en el pueblo.
Le comunicaron en seguida la doctrina del Verbo divino, ya enseñada por Krishna en la India, por los sacerdotes de Osiris en Egipto, por Orfeo y Pitágoras en Grecia, y conocida entre los profetas por el nombre de Misterio del Hijo del Hombre y del Hijo de Dios. Según esa doctrina, la más elevada manifestación de Dios es el Hombre, que por su constitución, su forma, sus órganos y su inteligencia es la imagen del ser universal y posee sus facultades. Pero, en la evolución terrestre de la humanidad, Dios está como esparcido, fraccionado y mutilado, en la multiplicidad de los hombres y de la imperfección humana. Él sufre, se busca, lucha en ella; es el Hijo del Hombre.
El Hombre perfecto, el Hombre-Tipo, que es el pensamiento más profunda de Dios, vive oculto en el abismo infinito de su deseo y de su poder. Sin embargo, en ciertas épocas, cuando se trata de arrancar a la humanidad del abismo, de recogerla para lanzarla más alto, un Elegido se identifica con la divinidad, la atrae a sí por la Sabiduría, la Fuerza y el Amor y la manifiesta de nuevo a los hombres. Entonces la divinidad, por la virtud y el soplo del Espíritu, está completamente presente en él; el Hijo del Hombre se convierte en el Hijo de Dios y su verbo viviente. En otras edades y en otros pueblos, había habido ya hijos de Dios; pero desde Moisés, ninguno había vuelto a florecer en Israel. Todos los profetas esperaban aquel Mesías. Los Videntes decían que ahora se llamaría el Hijo de la Mujer, de la Isis celeste, de la luz divina que es la Esposa de Dios, porque la luz del Amor brillaría en él sobre todas las demás, con brillo fulgurante desconocido aún en la tierra.
Aquellas cosas ocultas que el patriarca de los Esenios revelaba al joven Galileo en las desiertas playas del Mar Muerto, en las soledades de Engaddi, le parecían a la par maravillosas y conocidas. Con singular emoción oyó al jefe de la orden mostrarle y comentarle estas palabras que se leen aún en el libro de Henoch: “Desde el principio, el Hijo del Hombre estaba en el misterio. El Altísimo le guardaba al lado de su poder y le manifestaba a sus elegidos… Pero los reyes se asustarán y prosternarán su semblante hasta tierra y el espanto les sobrecogerá, cuando vean al hijo de la mujer sentado sobre el trono de su gloria… Entonces, el Elegido evocará todas las fuerzas del cielo, todos los santos de las alturas y el poder de Dios. Entonces los Querubines, los Serafines, los Ophanim, todos los ángeles de la fuerza, todos los ángeles del Señor, es decir, del Elegido y de la otra fuerza, que sirven sobre la tierra y por encima de las aguas, elevarán sus voces”. (Libro de Henoch. Capítulos XLVIII y LXI. Este pasaje demuestra que la doctrina del verbo y de la Trinidad, que se encuentra en el Evangelio de Juan, existía en Israel largo tiempo antes que Jesús y salia del fondo del profetismo esotérico. En el libro de Henoch, el Señor de los espíritus representa al Padre; el Elegido al Hijo y la otra fuerza al Espíritu Santo).
Jesús pasó una serie de años entre los esenios. Se sometió a su disciplina, estudió con ellos los secretos de la naturaleza y se ejercitó en la terapéutica oculta. Dominó por completo sus sentidos para desarrollar su espíritu. No pasaba día sin que meditase sobre los destinos de la humanidad y se interrogaba a sí mismo. Fue una memorable noche para la orden de los esenios y para su nuevo adepto, aquella en que éste recibió, en el más profundo secreto, la iniciación superior del cuarto grado, la que sólo se concedía en el caso de tratarse de una misión profética deseada por el hermano y confirmada por los ancianos. Se reunían en una gruta tallada en el interior de la montaña como una vasta sala, con un altar y asientos de piedra. El jefe de la orden estaba allí con algunos ancianos. A veces dos o tres esenias, profetisas iniciadas, se admitían igualmente a la misteriosa ceremonia. Con antorchas y palmas saludaban al nuevo iniciado, vestido de lino blanco, como el “Esposo y Rey” que habían presentido ¡y que veían quizás por última vez!. En seguida el jefe de la orden, de ordinario un anciano centenario (Josefo dice que los esenios vivían mucho tiempo), le presentaba el cáliz de oro, símbolo de la iniciación suprema, que contenía el vino de la viña del Señor, símbolo de la inspiración divina. Algunos decían que Moisés lo había bebido con los setenta. Otros lo hacían remontar hasta Abraham, que recibió de Melchisedec esa misma iniciación, bajo las especies del pan y del vino. (Génesis, XIV, 18).
Jamás presentaba el anciano la copa más que a un hombre en quien había reconocido con certeza los signos de una misión profética. Pero esa misión nadie podía definirla; él debía encontrarla por sí mismo, porque tal es la ley de los iniciados; nada del exterior, todo por lo interno. En adelante, era libre, dueño de sus actos, hierofante por sí, entregado al viento del Espíritu, que podía lanzarle al abismo o elevarle a las cimas, por encima de la zona de las tormentas y de los vértigos.
Fuentes consultadas:
http://club.telepolis.com/esenios/esenios.htm
http://www.youtube.com/watch?v=oF_BSQOYB5w
www.tradicionperenne.com//esenios.htm
Los grandes iniciados de Édouard Schuré.