Filosofía para vivir

 Filosofía para vivir

Héctor Guzmán Nava

Los autores clásicos siempre han sido un referente para la explicación de lo contemporáneo y como la muerte nunca pasará de “moda” comenzaré mi soliloquio parafraseando a Cicerón: “filosofía es aprender a morir”. Pero las veredas de la reflexión me llevan a entender exactamente lo contrario: “filosofar es aprender a vivir” es más, filosofar es aprender a vivir para no temer a la muerte e integrarla en la vida como algo natural.

lo pensar en la muerte enseña a vivir, lo que se interpreta también contrario sensu: solo pensar en la vida enseña a morir. De tal forma que la frase de Cicerón popularizada por Montaigne se comprende también invirtiendo los términos: vivir y morir constituyen la cara y cruz de la misma moneda. Vivir bien y morir mal son tan excluyentes como vivir mal y morir bien.

Meterme en estos vericuetos me ha parecido un verdadero manjar filosófico en el que podemos compartir la mesa para, después del ágape, batirnos en un duelo de esgrima intelectual con nuestra conciencia, apuñalando la duda para que “cante” dos o tres verdades.

La propuesta es: seguir los pasos de Miguel Ángel, quien fáusticamente se enfrenta contra un bloque de mármol de varias toneladas para extraer de él “el David” con toda su energía, su potencia y su mirada feroz, dispuesto a enfrentar su destino para arrebatarle la libertad.

El liberal de hoy se propone construir un edificio, un constructor que es su propia identidad: ésta debe emerger del bloque de mármol amorfo que es, cunado apenas cruza el umbral de la conciencia, deslizándose en las tinieblas de la duda como la barca de Caronte. Debe morir para renacer, pues sólo donde hay tumbas, hay también resurrecciones. Debe entender que al conquistar la libertad no será más feliz simplemente será más hombre.

Del caldero de la duda emanan los vapores de la verdad, tan etérea como efímera; tan fugaz como deseada. ¡Bienaventurados los últimos que son los primeros porque para ellos ya no hay más misterio!, la verdad se les ha develado.

Vivimos todos los días con creencias falsas, creemos sin conocer que una píldora aliviará nuestros males, es inevitable creer, hasta que la ciencia derrumba mitos y construye nuevas veracidades.

Debemos aprender a dudar de nuestras creencias. Pero no por dudar ya hemos hecho ciencia. Hay que fundamentar la duda, abriendo brecha hacia otras posibles explicaciones. El sedentario nunca descubrirá tierras lejanas esa es la tarea de los nómadas que van y vienen, experimentan y gozan con la obra que practican.

Lo magnifico del que duda a conciencia es la producción de una lucha que enfrenta a un individuo solitario contra toda realidad.

El fin justifica los medios”, es la máxima política del maquiaveliano de hoy y siempre, pero al contrario de esa doctrina histórica, contemporánea y seguramente futura; se contrapone la espada del manchego quien le otorga tanta importancia al trayecto como a la meta, al camino como al punto de llegada porque no hay vías de acceso mediocres que conduzcan a la excelencia.

El artífice de si mismo es como un experto conductor, un indicador de toma de decisiones para producir, mover elevar. Alguien capaz de llevar algo desde una conducción vulgar hacia un estado noble. Un alquimista. Un centauro formado por la fusión del fin y el medio, jinete y caballo se funden para responder a su conquistador con rapidez, precisión y elegancia.

Por el contrario, el hombre de masas sin cenit ni nadir está condenado al desorden. Ciego e impulsivo, está destinado al vaivén y a la adecuación de cada instante, a los caprichos de la realidad.

El artista no es un fanático de la verdad, en el mejor de los casos hasta ignora lo que es. En el peor de ellos la asimila con la belleza. Del caos debe hacer surgir el orden. El desorden es su material, la forma de su proyecto.

Es un hombre libre cuyo objeto principal es el éxito de su vida entendido como una lucha contra el desorden, para hacer de su vida una obra de arte, como equilibrista de justo medio que avanza entre lo complejo.

Deambulamos en el eterno retorno: el dolor regresará, el sufrimiento, la alegría, la tristeza, el amor y la amistad volverán a parecer, la mentira y la hipocresía existirán por siempre. Pero los momentos encarnados, subjetivos y singulares sucederán una sola vez, única y definitiva.

Qué querer y por qué  quererlo nos enfrenta a la decisión. El conocimiento sólo cobra sentido cuando se decide y se actúa sobre la realidad. El tiempo es el capital más precioso, el uso que de él se hace, la práctica más seria. No hay duplicación, no hay repetición: cada segundo es único y no volverá.

Tenemos el tiempo contado: la muerte nos espera, Caronte aguarda y de todos modos triunfará. Debemos convertir al tiempo en una herramienta para pulir y hacer brillar la propia vida.

Hoy en este ejercicio de escriba, que la mayéutica obre para dar a luz un acontecimiento único trazado en la intersección de la voluntad y el azar.

Isauro Gutierrez