Estado-iglesia

 Estado-iglesia

 

Ismael Acosta García

Sociólogo y politólogo

Presentación

Estado e iglesia son creaciones magnificas del hombre. Representan, en lo social, a las dos fuerzas complementarias que hacen de él, el ser más perfecto que ha construido la naturaleza. Efectivamente, Estado e iglesia, son un constructo que expresa la vigencia de la dualidad universal, como lo blanco y lo negro; el día y la noche; el sol y la luna; el bien y el mal; lo sagrado y lo profano; el cielo y la tierra; el caos y el orden; lo bello y lo feo, lo arriba y lo abajo; etc.

Pero la historia y el desarrollo de la civilización, también nos dan cuenta de las grandes luchas que el hombre ha librado al pretender la prevalencia de alguno de esos dos elementos de la dualidad. Cosa que explica, de algún modo, que las luchas más sangrientas han sido sin duda las fratricidas. Desde la lucha del bien y del mal ejemplificados en Adán y Eva; Luzbel (Ángel caído en desgracia) y Miguel (Jefe de la milicia celestial), entre Caín y Abel, entre Israel e Ismael; y me refiero, solamente, a aquellas referencias que nos son cercanas por nuestro antecedente cultural occidental, pues del mismo modo encontramos ejemplos de las culturas de oriente medio y el lejano oriente, más bastas, más antiguas y sin duda más alegóricas que la nuestra. Y esto ha sido así hasta nuestros días.

De allí que entonces, la aspiración de los grandes pensadores que han construido los cimientos para el desarrollo de la humanidad, haya sido el encontrar la convergencia y el equilibrio de esas fuerzas a fin de lograr la felicidad del hombre, concepto al que otros llaman la suprema verdad. Aspiración inalcanzable para el hombre, pero que nos incita a ir por ella a través del trabajo, del esfuerzo y del ejercicio pleno de las virtudes.

Antecedentes

Para arribar a la felicidad, o a la verdad, sólo existen dos vías. Y cada principio reclama como propia una de ellas.

Quienes aspiran a la felicidad, les es dado que lo hagan a partir de la fe. De la aceptación de “misterios” que tienen qué ver con el sentido de la divinidad, y se expresan a través de prácticas y rituales de índole religioso a los que el creyente da valía plena, aún sabiendo que dicha felicidad la encontrará en “el más allá”, pues todas las religiones, absolutamente todas, plantean la necesidad del ejercicio de la humildad y el sacrificio material y corporal llevado al extremo de la pérdida de la vida misma para que, por medio de la misericordia divina, encuentren el reino o la vida eterna, que bien saben “no es de este mundo”. En tanto eso pasa, se construyen teorías filosófico-religiosas que pretenden dar sustento a las expresiones de fe. Tales son los dogmas en que se funda la doctrina católica, por ejemplo: la transubstanciación del cuerpo y sangre de Cristo; la infalibilidad del Papa; la inmaculada concepción de la Virgen María, la genial creación de la Teoría de la Trinidad, atribuida al “más ilustre de los padres de la iglesia”, el Gran Maestro Agustín, Obispo de Hipona. Todas ellas, teorías que no resisten el más mínimo análisis científico, ni siquiera del sentido común, porque no surgen del razonamiento común ni de los principios generales de la ciencia. Y es que, es lógico, no son conocimiento verificable, sino dogma.

Quienes aspiran al conocimiento de la verdad, les es dada la vía de la ciencia, que inicia con la curiosidad, con la duda, con el deseo de conocer la esencia de las cosas. Pasa por el sentido común y llega al nivel de la condición que distingue al hombre de los demás seres de la naturaleza, esa condición es el raciocinio. El conocimiento y la razón, son las herramientas base de la ciencia; el primero, se adquiere a través de los sentidos, y el segundo, es la capacidad de abstracción que el hombre tiene para hacer del objeto conocido la reconstrucción de otro plano superior de conocimiento que hace evolucionar y perfeccionar la información originalmente recibida. Eso es el principio de la dialéctica universal que conocemos como: Nada se crea, nada se destruye, todo se transforma.

Entonces encontramos que, la verdad, no es otra cosa que el conocimiento de las cosas. La experiencia que se da entre el sujeto cognoscente y el objeto de conocimiento. La verdad no puede ser otra cosa que la experiencia vivida, razonada y reconstruida por el sujeto. (Praxis) En el hecho humano a este principio le llamamos praxis social, que es el acuerdo que se da en la interrelación social, muy importante para nuestra reflexión de este día, pues en ello se basa el origen de la norma jurídica a la que el Gran Maestro Juan Jacobo Rousseau llamó: “El contrato social”

Como podemos apreciar, entrarle a la reflexión del tema Estado – iglesia, nos obliga a delimitar perfectamente dos campos: el de lo religioso y el de lo social; o como se interpreta en otro contexto de análisis: el de lo espiritual y el de lo temporal; lo que tiene qué ver con lo individual y divino, y lo que tiene qué ver con lo colectivo y terreno. Quien mezcle ambas posiciones para el mismo contexto parte de un error inicial y, en consecuencia, su producto final pasará de la insatisfacción personal a lo funesto social. Aun que ambas variables converjan en el mismo sujeto de estudio: el Hombre.

No es fácil construir el concepto de Estado so pena de caer en imprecisiones e insuficiencias: Platón, (República. El Estado ideal, moralmente el mejor. Lo llamaba ciudad, no Estado) en la antigüedad, (y Max Weber no desdeñaba sus principios), lo conceptuaba como una “una multitud de acciones y pasiones humanas difusas y discretas, en parte de carácter único y en parte que se repiten según ciertas reglas, todas las cuales se mantienen unidas mediante una idea, la creencia en normas que valen o que deben valer y en relación de poderes de hombres sobre hombres” . Sócrates da el gran avance a la interpretación del Estado-ciudad incorporándole el elemento de la acción política como una especie de arte para la vida del individuo, como una técnica cuyo fin esencial era el actuar público cuya base de conocimientos comprendía las Matemáticas, Medicina, Botánica, Zoología, Astronomía, Economía, Pedagogía, las artes de la guerra y, sobre todo, Retórica, ya que el discípulo debía saber hablar en público e influir sobre la multitud para llegar a un puesto dirigente.

Pero sin duda, cabe a Aristóteles el privilegio de crear un tipo de Ciencia Política más semejante a la nuestra. Salió de la especulación metafísica del platonismo al campo de lo empírico. Y esto merece una singular atención, pues es ahí donde la Teoría General del Estado actual, finca los principios de diferencia con la polis helénica que esgrimía la unidad religiosa y política a la vez. Esta aportación aristotélica coincide con los inicios de la democratización de Atenas y de los estados-ciudades de Sicilia, encontrando como primeros maestros a Protágoras y Gorgias, (llamados sofistas) que enseñaban la política como el arte para la vida del individuo.

Ese es el antecedente de la Grecia clásica. Pero nosotros tenemos por construir un concepto moderno de Estado, y digamos, sin necesidad de acudir a puntuales aportaciones teóricas de todos los tratadistas que en diversas épocas de la humanidad han aportado para ello, (Platón, Sócrates, Aristóteles, Protágoras, Gorgias, Hobbs, Maquiavelo, Rousseau, Nietzsche, Kant, Hegel, entre otros) que la Teoría General del Estado es la Ciencia de la Realidad. Aspira a conocer la realidad específica de la vida civil (material) que nos circunda; y toda ciencia es una ordenación y transformación de lo real en la mente. (Método dialéctico) Por lo tanto, afirmamos, con la seguridad que nos da el manejo de los elementos de la ciencia que LAS CUESTIONES DE LA FE, NO SON MATERIA DE DISCUSIÓN DEL ESTADO. Como no lo es que la política, herramienta fundamental del Estado, sea materia de discusión de la Fe. Por eso, Cristo, sabedor de las grandes lecciones de los hombres de la Grecia clásica dijo: “Dad al césar lo que es del césar, y a dios lo que es de dios”; o bien: “Mi reino, no es de este mundo”

Interferir entre ambas entidades, no solo afrenta a los principios del Estado y la política, sino también a los principios de la religión y la iglesia. Y esta apreciación, doctrinalmente en ambos espacios, tiene plena validez y solo se ve rota y alterada cuando se transgrede el equilibrio que debe privilegiarse en toda relación humana.

Desarrollo del Tema

Para entrar en tema debo partir de la afirmación de que religión e iglesia no son lo mismo. La religión como práctica personal es la relación espiritual sincera y consciente del individuo con la divinidad. Por eso es que cada uno de nosotros tenemos nuestra propia religión que, por cierto, es la religión más pura y verdadera. Tener un credo religioso es otra cosa. Es adoptar como práctica cotidiana y colectiva la doctrina ritual que establece una iglesia; y la iglesia es, en consecuencia, la estructura orgánica y jerárquica (sistematizada y dogmática) que gobierna cual sea credo religioso, estableciendo normas de conducta y relación a su interior. En pocas palabras, es el gobierno eclesiástico.

Pasa que, desde las más lejanas páginas de nuestra historia nacional, gobierno e iglesia han sido una dupla inseparable. El conquistador español no sólo vino a imponer su gobierno monárquico sino también a imponer su doctrina religiosa a través de la tristemente célebre Santa Inquisición, hoy llamada Sagrada congregación para la doctrina de la fe.  Allá, en la Colonia, sofocó cuanta expresión de libertad manifestaron los naturales de América. En la revolución de Independencia, su papel no fue más digno, baste leer la ignominiosa excomunión dictada por el Obispo de Michoacán Abad y Queipo sobre Hidalgo. En la Reforma, su entrega desleal a los intereses extranjeros hacía imposible la unidad bajo la República. No es nada nuevo, ni nunca lo ha sido, que la jerarquía católica se alíe a los intereses de las potencias y las clases dominantes. El clero católico encontró sus aliados confidenciales en los traidores a la patria, en aquellos que juraron defender la Constitución Política del país y todo el estado de derecho y fueron los primeros en atentar contra ella.  Los liberales de entonces, estaban convencidos de la corrupción del clero, y de que éste, al abusar de sus riquezas y privilegios, había traicionado su deber divino. Nace así la separación de la iglesia y el Estado; la secularización de todas las órdenes religiosas; la supresión del noviciado en los conventos de mujeres; la nacionalización de todos los bienes de la iglesia y la abolición del diezmo.  Pero, bueno, no es necesario que nos detengamos en un recuento histórico minucioso de esa relación perversa. Vayámonos a la realidad que vive nuestro país.

Hace quince años pasó algo que me lleva a pensar en un proceso histórico regresivo y políticamente trascendental en materia de relaciones Estado-iglesia. Me refiero a la reforma constitucional que fue impulsada por el salinismo de triste memoria con el supuesto de “modernizar las relaciones del Estado con las Iglesias” Y ¿qué pasó? Pasó que, del modus vivendi simulado de la jerarquía católica que se conocía a partir de organizaciones suprasecretas de extrema derecha (Como la Liga Universitaria Nacionalista, LUN; Organización Nacional de Estudiantes, ONE; Liga Cristiana Universitaria, LCU; los Tecos; Vanguardia de Cristo Rey; Liga Juana de Arco; Unión de Católicos anticomunistas Mexicanos; Alianza Tradicional Nacionalista; el famoso Movimiento Universitario de Renovadora Orientación, MURO; y los Cruzados de Cristo Rey hasta llegar al de mayor influencia en la actualidad, el Yunque, que  en la mayoría de los casos son tenebrosas organizaciones paramilitares auspiciadas por el clero católico) ésta ha ido ganado espacios políticos a través del Partido plenamente identificado con sus intereses. Hoy es del dominio público las encarnizadas luchas que a su interior se han dado con el arribo y toma del poder de estos grupos confesionales que ahora conviven y se manifiestan sin recato alguno en nuestra sociedad.

Es el caso que, de esos grupos de terror, surge la mayoría de funcionarios incrustados en la administración pública al más alto nivel. Y cómo éstos evidencian sus creencias en actos públicos y también, cómo los jerarcas católicos evidencian sus terrenales intenciones en actos políticos.

Veamos casos y actuaciones:

El domingo 23 de octubre de 2005, el cardenal Norberto Rivera Carrera afirmó que los católicos no están obligados a respetar las disposiciones de ley que, desde su punto de vista, no sean acordes a la doctrina de la iglesia. (Como siempre, en doble discurso, pretendiendo ignora la validez de la religión en el ámbito de lo espiritual y la validez de la ley en el ámbito de lo temporal)

Ni tardo ni perezoso, Carlos María Abascal, entonces Secretario de Gobernación, acudió en su auxilio para hacer una serie de manifestaciones que concluyeron cuando, fuera de toda moral cristiana (pues olvidó el principio crístico de “dad al césar lo que es del césar y a dios lo que es de dios), se expresó dentro del Foro ético mundial (vaya paradojas) en el sentido de oficializar a la religión católica como la religión del Estado Mexicano. Cínicamente pretende ignorar que los Estados, como tales, no tienen religión, y demuestra su intolerancia frente a las demás expresiones religiosas que nos merecen todo nuestro respeto al quererlas borrar de un plumazo.

Digamos que, si en privado este señor tiene todo el derecho de decir lo que le dé la gana, hay que recordarle que en las tribunas de la República esas actitudes le están vedadas. Lo más grave, no es que lo exprese y respalde con recursos públicos para promover la fe, sino que sea el mismo Ministro del Interior quien emprenda el ataque contra la democracia liberal. La deslealtad institucional de Abascal lo ubica más como representante de la iglesia que como funcionario de un Estado laico como lo es el mexicano. Ya antes, (lo escribió en su tesis de licenciatura), expresaba que: “el imperio de lo espiritual no puede más que someter al imperio del poder temporal. El laicismo es enemigo de la verdad, y el poder político debe disciplinarse siempre frente a los dictados de la iglesia”  También dijo, a través de sus promocionales que, “el poder público ha de usar sus tribunas para publicitar las ventajas de la fe y las perdiciones del ateísmo”. Su blanco, lo expresó, “son los 3 monstruos de la modernidad: la pérdida de la fe, la democracia, y el liberalismo. Quien desconoce a dios es incapaz de discernir lo bueno de lo malo”  

¿Será, en la visión de Abascal, que quienes desconocemos la experiencia de la fe salimos a la calle para escupir en la cara de los vecinos, a golpear niños y a matar a quienes nos vean feo? Ese es el notable discurso de Abascal, que confiesa como su gran enemigo al proyecto del liberalismo y el laicismo.

Y viene Fox, envalentonado por el ejemplo del gurú de su gabinete. El 21 de noviembre de 2005, se presentó con 5 secretarios de Estado a inaugurar el “Seminario continental para América de la iglesia católica”. Ahí, frente a la alta jerarquía católica y los medios masivos de comunicación, habló con un simplismo tan ofensivo como aberrante, en una especie de doble discurso diciendo: “La separación entre el Estado y la iglesia, ha hecho de México una nación abierta y tolerante…”  cuando que bien sabe que él, por ley (Arts. 82, 109, 110, 128 y 130 Consts.) y en su función de Presidente de la República, está impedido de participar en esa y en toda clase de eventos religiosos. Este tipo de manifestaciones de intolerancia y de agresión al Estado laico, apuntan a regresarnos a la Edad Media y a convertir el México actual en un Estado confesional. ¡Líbrenos dios de que tal cosa suceda! Desde luego que con ello se evidencia como destacado alumno del señor Ratzinger quien, el domingo 16 de abril de 2006, lanzó al mundo católico su mensaje urbi et orbi, (a la ciudad y al mundo) llamándoles a “combatir el laicismo como un mal que daña a la doctrina cristiana y a la integración religiosa”  ¡Válgame dios!

Pésele a quien le pese, México es un Estado laico. La separación entre el Estado y la iglesia, es un elemento que cohesiona y da forma a la nación mexicana.

¿Qué pasa entonces? Pasa que, la jerarquía católica por sí y a través de esos grupos de la ultraderecha católica, han arribado al poder político y carcomiendo la convivencia social, han prostituido gobiernos y leyes a favor de sus intereses. Por eso no es raro que personajes siniestros como Abascal, se expresen poniendo a la ley de dios por encima de la ley del Estado. Sí, el mismo que debía defender al Estado laico mexicano en el cual él nunca creyó.

A ellos habría que recordarles lo que dijo a los obispos mexicanos, un hombre rubio y barbado, noble, austriaco y liberal que entonces actuaba como Emperador de México, un 14 de diciembre de 1864; les decía: “…una parte considerable del clero ha desplegado una resistencia obstinada y activa contra los poderes legítimos del Estado. Convenid, mis estimados obispos, en que la iglesia mexicana, por una lamentable fatalidad, se ha mezclado demasiado en política y en asuntos de los bienes temporales, olvidando y despreciando completamente las verdades máximas del evangelio. Sí, -afirmaba- el pueblo mexicano es piadoso y bueno, pero no es católico en el verdadero sentido del evangelio, y ciertamente no lo es por su culpa”. ¡Vaya, verdad sesquicentenaria!, pues que todos sabemos la verdadera institución que está oculta tras los hábitos de los modernos cruzados mexicanos.

Conclusiones

Es imperativa nuestra praxis social, porque tenemos tareas inmediatas como:

Influir en la reforma de los programas de la Educación Básica para el rescate de los principios y valores de nuestra nacionalidad y del Estado Laico;

Propiciar la creación de organizaciones de la Sociedad Civil como células reproductoras del programa de acción que resulte como constructo de los talleres masónicos y los ciudadanos y organizaciones liberales; (Como nuestra Sociedad Cultural “Miguel Hidalgo”, A.C.)

Mantener prudente distancia frente a los Partidos Políticos, sin renunciar a la posibilidad de que nuestros asociados se proyecten a través de ellos a cargos de representación popular y,

Crear una estrategia legislativa que rescate el espíritu original del constituyente en materia de relaciones Estado–iglesia, violentado por la reforma salinista.

NI CLERO POLÍTICO, NI GOBIERNO RELIGIOSO. Mantengamos vigente el laicismo, como han de mantenerse vigentes las leyes del equilibrio universal.

Es cuanto.

El Concilio de Nicea acepta el principio de la Trinidad en el 325, pero es Agustín, aproximadamente 70 años después, quien le da la solidez teórica y devela su misterio convertido desde entonces en dogma. El pensamiento filosófico de San Agustín. S. Iglesias.- Ed. Morevallado, págs. 13, 27.

“El orden social supone un derecho sagrado que sirve de base a todos los otros; sin embargo, ese derecho no es un derecho natural: se funda en convenciones” El contrato social. J. J. Rousseau.- Biblioteca Edaf. Madrid 1999, pág. 40

Isauro Gutierrez