El poeta Fray José Manuel Martínez de Navarrete

 El poeta Fray José Manuel Martínez de Navarrete

Miguel Ángel Martínez Ruiz

En la historia de las letras mexicanas figura de manera muy significativa el vate michoacano a quien se refiere este artículo. Nació en la entonces villa de Zamora el 16 de junio de 1768. Sus padres fueron Juan María Martínez de Navarrete y María Teresa Ochoa de Abadiano, pertenecientes a la clase media. El padre del niño falleció cuando el pequeño apenas tenía cuatro días de nacido. Creció bajo la protección de su madre y algunos familiares. Hizo sus primeros estudios en su población natal, donde aprendió a leer y escribir, además se le inició en el conocimiento de la lengua latina bajo la dirección de su preceptor don Manuel Cuevas. Vivió en la ciudad de Valladolid algún tiempo, donde continuó sus estudios de latinidad, para después trasladarse a la ciudad de México con el propósito de dedicarse al comercio en compañía de su primo José Manuel Abadiano. Trabajó como dependiente en un establecimiento mercantil del Portal de la Diputación, donde fue objeto de la estimación de su patrón por su honradez y dedicación. Aprovechó su presencia en la capital del virreinato para estudiar álgebra y geometría, además de inscribirse en la Academia de San Carlos, donde estudió dibujo. Posteriormente asistió a lecciones de esgrima y danza. Cuando contaba diecinueve años de edad, dejó el camino que parecía conducirlo hacia una vida profana, pues había sentido su vocación por la carrera sacerdotal, que lo motivó para buscar el apoyo de un hermano suyo de nombre Blas, radicado en Valladolid, quien aprobó la decisión de José Manuel y le proporcionó la ayuda necesaria para empezar sus estudios el año de 1787 en Querétaro, ciudad en la que tomó el sayal de San Francisco ese mismo año al lado de su amigo y compañero Vicente Victoria. Al concluir el noviciado, pasó a cursar  una vez más latinidad  en el convento de El Pueblito. Por ese tiempo, enfermó de pleuresía y permaneció alejado de sus actividades normales. Se refugió en el estudio de la filosofía, pero al agravarse su afección, se sintió atraído por las letras y leyó con gran pasión a los grandes poetas clásicos, entre los cuales tenía especial predilección por Félix Lope de Vega y Carpio, calificado por Cervantes como “El Fénix de los Ingenios” o “El Monstruo de la Naturaleza”, Fray Luis de León y casi todos los dramaturgos, poetas y escritores del Siglo de Oro Español, sin desdeñar a otros autores como Juan Meléndez Valdés y Manuel José Quintana. Tanto entusiasmo le despertó esta inclinación que duraba todas las noches hasta muy tarde leyendo. Su amigo Victoria algunas ocasiones tenía que apagar la luz porque se había quedado dormido.  Después de seis largos años pudo continuar sus estudios de filosofía en Celaya, desdeñando la corriente aristotélica y adoptando la del racionalismo cartesiano y de Leibnitz y Spinoza, que habían influido notablemente en el pensamiento de esa época, y de Sagrada Teología en Querétaro.

Su orientación filosófica estuvo determinada por la solidez de las ideas modernas en pleno Siglo de las Luces. Se percibe su orientación filosófica cartesiana cuando expresa: “En el alma, órgano de la conciencia, se producen acciones y pasiones: las acciones dependen de la voluntad, mientras las pasiones son involuntarias y están constituidas por las percepciones, sentimientos o emociones causadas en el alma por las fuerzas mecánicas que actúan en el cuerpo. Tienen la función natural de incitar el alma a realizar las acciones que sirven para perfeccionar y conservar el cuerpo. Las dos pasiones fundamentales son la tristeza y la alegría. El alma no debe dejarse dominar por las pasiones sino controlarlas, dejándose guiar por la experiencia y la razón (prudencia). El progresivo dominio de la razón sobre la conducta humana restituye al hombre el uso íntegro del libre albedrío.”

Después de haber recibido las órdenes sacerdotales, impartió  la cátedra de latinidad en el Convento Grande de Querétaro; luego vivió algunos años en Valladolid, para ser nombrado posteriormente predicador en Rioverde, así como también en Silao, lugar en el que desempeñó el cargo de Comisario de la Tercera Orden. Era un buen orador sagrado; motivo por el cual duró varios años como predicador en ambas poblaciones. En los últimos años de su vida, fue designado Cura párroco de la villa de San Antonio de Tula, perteneciente a la intendencia de San Luis Potosí. El Obispo de Monterrey, Doctor don Primo Feliciano Marín, tuvo especiales atenciones y reconocimiento a la labor desempeñada por Martínez de Navarrete, a quien distinguió con su amistad.

El gran poeta que fue José Manuel Martínez de Navarrete escribió poemas religiosos y profanos desde que era muy joven, pero muchas de esas primeras creaciones se perdieron desafortunadamente. Sin embargo, algunos de sus poemas fueron publicados en El Diario de México, medio de comunicación con marcada tendencia literaria utilizado por La Arcadia, fundada en 1808, y de la cual formaban parte un considerable número de bardos mexicanos, autodenominados “verseros”. Eran, según el poeta Héctor Jaime Madrigal y Madrigal, “herederos de los primeros árcades, aristócratas disfrazados de pastores que cantaban amores campiranos en rebuscados términos.”

El maestro Rafael C. Haro elaboró un trabajo erudito intitulado “Fray Manuel Martínez de Navarrete”, en el que expone con gran sapiencia los orígenes de esta escuela literaria, así como el contexto sociocultural en que surgen las asociaciones academicistas llamadas Arcadias, y en forma muy especial analiza con criterio estético acertado la obra del gran poeta michoacano.

Como es bien sabido, el XVIII fue llamado “El Siglo de las Luces” o de la Ilustración, el cual se caracterizó por la aparición de nuevas ideas (La Ilustración), el surgimiento del Despotismo ilustrado, una sociedad jerárquica y desigual, la hegemonía francesa en Europa (tanto desde el punto de vista político como cultural), una ligera recuperación de España al producir reformas por iniciativa de los monarcas ilustrados. Los avances en las ciencias y en la filosofía que promueven pensadores como John Locke (empirismo) y René Descartes (racionalismo), la teoría de la Gravitación Universal de Isaac Newton y las aportaciones de Galileo, constituyen solo ejemplos de la enorme transformación que habrá de sobrevenir a fines de dicho siglo con la Revolución Francesa, cuyos antecedentes ideológicos son producto de filósofos como Voltaire, Montesquieu, Diderot, Buffon, Rousseau, etc., conocidos como los enciclopedistas.

Esta revolución del pensamiento y de la sociedad francesa tuvo grandes repercusiones en todo el llamado mundo occidental, las letras fueron influenciadas de manera muy significativa por la implantación de los modelos neoclásicos, cuyo antecedente inmediato fue el Renacimiento posmedioeval que tuvo una duración de dos siglos, entre el 1400 y el 1600. Así el Neoclasicismo surge con rasgos propios, entre los cuales destacan: La verosimilitud, todos los acontecimientos eran posibles; motivo por el  cual se desdeñaba lo insólito y anormal, aunque a veces también lo cotidiano; tuvo como finalidad imitar la naturaleza humana, pero exclusivamente el lado bueno, pues la literatura debía cumplir una función moralizante; la exaltación del decoro interno, lo que se traducía en el comportamiento inconmovible de los personajes; decoro externo consistente en el respeto a las leyes morales de la sociedad; además de la función moral y didáctica, el arte debía agradar y conmover al público; la creación artística debía ser una síntesis de lo bello y lo útil; la norma y el orden se convirtieron en indispensables para los creadores artísticos, cuyos principios esenciales eran la imitación, la simetría, la frialdad y la rigidez; no obstante, se exigía que la literatura fuera sencilla y natural.

Entre los autores que más influyeron figuran los grandes maestros de la antigüedad latina: Virgilio, Horacio, Ovidio y Lucrecio, y la griega representada fundamentalmente por Anacreonte y Homero. El virgilianismo aspiraba a la contemplación de la naturaleza, el elogio de la vida campirana, con referencias frecuentes de los libros de la Biblia.

La poesía neoclásica es de contenido ligero sobre el amor y algunas veces tiene alusiones al progreso, las ciencias, la política y, en general, la vida de la sociedad con todos sus problemas. Renace la fábula, el epigrama y otras composiciones moralizantes. De donde se desprende que los poetas de América recibieran influencias de los autores españoles: Juan Meléndez Valdés y la escuela salmantina (Fray Diego González, Igesias, Jovellanos y el propio Meléndez), Manuel José Quintana, Nicolás Fernández de Moratín y los fabulistas Félix María Samaniego y Tomás de Iriarte.

Debe mencionarse la influencia que tuvieron sobre los poetas de la escuela neoclásica, algunos tratadistas como José Ignacio Luzán, autor de la obra publicada en 1737: “Poética o reglas de la Poesía en general y de sus principales especies”, resultado del estudio de las ideas estéticas de Boileau y Bateaux y del italiano Luis Antonio Muratori.

 El profesor Haro en su interesante ensayo señala: “…en las letras españolas del siglo XVIII se destacan tres periodos de rasgos diferentes marcados: el de transición del Barroco al Neoclasicismo, en el primer tercio del siglo; el del apogeo neoclásico representado principalmente por los poetas y académicos madrileños y los del grupo salmantino y de la Academia Sevillana de Buenas Letras, durante los reinados de Felipe V en su segundo periodo, Fernando VI y Carlos II, hasta 1788, y el tercer periodo, el prerromántico, prolongado hasta abarcar el primer tercio del siglo XIX, durante los reinados de Carlos IV y Fernando VIII. Entre los madrileños sobresale el eminente don Nicolás Fernández de Moratín; en el grupo salmantino, con Fray Diego Tadeo González a la cabeza, Forner, Cadalso y Meléndez Valdés, y en la Academia Sevillana el promotor de la misma, Manuel José de Arjona, academófilo inflexible y Roldán y Alberto Lista.”

Martín Alonso menciona a Martínez de Navarrete, acerca del cual expresa: “En la época de Carlos IV sobresale entre muchos Fray Manuel Navarrete (1768-1809), poeta dedicado a cantar al paisaje, hombre muy refinado en la cultura neoclásica. Frecuentó la Academia Mexicana, cuyos miembros tomaban nombres de pastores. Fue una poesía pastoril hecha a la medida de Meléndez Valdés y de Young, cuyos versos imita en Noche triste.”

Al margen de estas apreciaciones, el Lic. don Mariano de Jesús Torres dice: “Cultivó con éxito feliz los géneros sagrado, filosófico y bucólico, así como el erótico, descriptivo, elegiaco y satírico. Su estilo es elevado y sublime en las odas sagradas y filosóficas; dulce, tierno y apasionado en las eróticas; sentimental en la elegía, chispeante en la sátira y ameno y sencillo en la égloga […] Su versificación es, en lo general armoniosa y fluida, y aunque muchas veces incorrecta por el abuso de la sinéresis, sus composiciones tienen aquella gracia y simpática belleza que el genio sabe darles.”

Sus biógrafos refieren que utilizaba el seudónimo de “Anfriso” en las poesías que publicó o  que simplemente firmaba con las iniciales F. M. N., lo cierto es que, desde las primeras colaboraciones, recibió un gran reconocimiento de parte de los integrantes de La Arcadia, al grado de otorgarle el nombramiento de Mayoral de dicha agrupación.

Dentro de su actividad sacerdotal, recibió el nombramiento de Guardián del Convento del Real de Minas de Tlalpujahua, donde murió el 19 de julio de 1809, a la edad de cuarenta y un años. Muy lamentable fue el hecho de que poco antes de morir haya arrojado a la hoguera una considerable cantidad de excelentes poemas suyos. Su cadáver fue sepultado en la iglesia de dicha población y sus restos, por disposición del gobernador Aristeo Mercado, fueron traídos a Morelia para colocarlos en la Rotonda de los Hombres Ilustres, donde aún permanecen.

Tres meses después de su ausencia física, la Universidad de México le otorgó el primer lugar en un certamen al que había convocado, premiándolo con dos medallas de oro y cuatro de plata por haber enviado un canto en octavas cuando Fernando VII ascendió al trono.

No obstante el  haber condenado al fuego gran parte de su producción, Alejandro Valdés logró reunir muchos de sus poemas, suficientes para editar dos volúmenes  catorce años después de su fallecimiento, en 1823, bajo el nombre de “Entretenimientos poéticos”.

Su poesía ha alcanzado dimensiones internacionales, pues se ha publicado en Valparaíso, 1846; París, 1875; La Guirnalda poética, México, 1853; Parnaso mexicano, México, 1886. Como muestra se reproduce una de ellas: “La triste ausencia. Su manto recogió la noche oscura/ que cobijaba al mundo tristemente, /  y abriéndose las puertas del oriente/ se asoma a su balcón la aurora pura. / De la fresca arboleda en la espesura/ los céfiros susurran blandamente, / desata el arroyuelo su corriente, / y por márgenes verdes se apresura./ Sus fragancias respiran flores suaves, / y llenando los vientos de armonía/ requiebros trinan las parleras aves./ Todo el mundo se llena de alegría,/ menos yo, que en mis penas siempre graves/ ausente estoy de la zagala mía.”

Otras de sus obras fueron: Documentos y poemas inéditos, 1929, y Poesías profanas, 1939.

BIBLIOGAFÍA: HARO C. Rafael, Fr. Manuel Martínez de Navarrete, selección y prólogo. Cuadernos de Literatura Michoacana. Morelia, Mich., julio de 1953.

Diccionario de escritores mexicanos. UNAM, 1967. p. 216 y 217.

ARREOLA CORTÉS, Raúl. La poesía en Michoacán. Fimax Publicistas. Morelia, Michoacán, México, 1979, p. 23-24-106-107-111-117.

MADRIGAL MADRIGAL, Héctor Jaime. Michoacanos ilustres en la Calzada “Alfredo Maillefert”. XIV Congreso Masónico Nacional de Grados Filosóficos. Morelia, Michoacán, 1993, p. 6.

Isauro Gutierrez