El “pensamiento laico” a partir de la filosofía pluralista de Luis Villoro

 El “pensamiento laico” a partir de  la filosofía pluralista de Luis Villoro

 

Jesús Emanuel Ferreyra González

Maestro en filosofía

El laicismo defiende la independencia entre el Estado y el poder eclesiástico; aboga por una sociedad libre de toda influencia eclesiástica o religiosa. Sus orígenes se remontan a Occidente con la formación de las sociedades modernas, en el Renacimiento, en el momento de la aparición y consolidación del Estado. Tiene como objetivo la no introducción, ni establecimiento de ninguna creencia religiosa o dogma, por parte de la Iglesia, en las actividades civiles y en las funciones del Estado. La prioridad del laicismo es que no se parta desde un enfoque religioso hacia las diversas actividades que se desarrollan en la sociedad civil. De igual manera promueve los mismos derechos a todos los individuos de la sociedad sin importar, credo o afiliación religiosa.

El laicismo defiende valores universales tales como la tolerancia, la igualdad, libertad, la justicia, entre otros, con la finalidad de lograr una comunidad fraterna. Lucha contra los totalitarismos religiosos, contra enajenación mental, contra  los dogmas eternos e inamovibles, contra los poderes sacramentales definitivos e incuestionables, destinados a mantener a la sociedad bajo el domino la dependencia de la jerarquía institucional de las iglesias.

El laicismo es un vector que apunta hacia el mismo ángulo que aquel pensamiento que el filósofo mexicano Luis Villoro denomina “pensamiento libertario”, con el que define al pensamiento, que en su práctica, libera de la opresión, del dominio, de la ignorancia y del dogma. Es un pensamiento crítico, racional orientado por razones suficientes para creer, válidas para cualquier sujeto pertinente de conocimiento, opuesto al “pensamiento reiterativo” que reafirma los dogmas aceptados por tradición o por cohesión social; éste regularmente vehícula en forma de ideologías, que son razonamientos justificados racionalmente, pero que esconden ciertos intereses particulares o de grupo y su función real es el manejo y dominio de las “masas”.

Partiendo del planteamiento de Villoro en relación con el tema del laicismo podríamos sostener que el pensamiento que permita el diálogo racional acerca de temas escabrosos como los relacionados con la religión y la política, podría denominarse “pensamiento laico”. Éste sería aquel que permita articular conocimiento libremente y tocar esencialmente hasta sus raíces los temas fundamentales de la religión; y en general temas de toda índole sin tabúes, sin dogmas, libres de enajenación y de ideologías.

Este “pensamiento laico” tomaría su fuerza, no en el individualismo, sino el sentido de comunidad. El laicismo se fortalece cuando se engendra en el Estado, logrando instaurar un Estado laico. Éste  puede ser la base para transitar de un estado homogéneo, totalizador y dogmático a un estado plural, como el que propone Luis Villoro en la obra Estado plural, pluralidad de culturas (1998). Dicho Estado reconoce de verdad la libertad de conciencia, los derechos fundamentales del hombre, así como las diferencias entre las concepciones de derechos, virtudes y principios que rigen la actitud y creencias de los hombres de las diversas culturas y los diferentes tipos de sociedades existentes. El Estado laico puede ser la fórmula para lograr la armonía necesaria para lograr una “interculturalidad” eficaz y auténtica, para lograr un “diálogo con lo otro”, con los otros, escuchando y teniendo apertura para comprender lo mejor posible la postura de la “alteridad” desde sus propios códigos para posteriormente o intermitentemente conjugar dicha comprensión con la articulación de dichas constelaciones “alteras” desde los límites del horizonte conceptual del yo. El Estado laico es la posibilidad de lograr una “comunidad fraterna”, una comunidad de inclusión del otro, donde el sentido del hombre individual sea el amor por su comunidad y la comunidad corresponda a ese amor individuad con todo su poder, un poder que haga eficaces los valores éticos y morales pero sin homogenizar ni controlar la “Diferencia”.

En El poder y el valor Villoro sostiene que existen tres tipos de asociaciones políticas: la asociación para el orden, la asociación para la libertad y la asociación para la fraternidad. La primera corresponde a las primeras sociedades con la aparición del Estado en el Renacimiento, la segunda corresponde al surgimiento de las sociedades modernas con la afirmación de la razón y la autonomía del pensamiento, cuyo concepto paradigmático es la razón kantiana que nos muestra perfectamente en lo que consiste la razón Ilustrada y, finalmente, la asociación para la “fraternidad” que es la forma de asociación política que busca la libertad, pero que la entiende en razón a la pertenencia a una comunidad, a la comunidad universal; que busca la igualdad, pero basada en el amor a la humanidad, una igualdad que busca que el sentido de los seres humanos sea el amor al prójimo y que el individuo decida su sentido en relación con el todo, en relación con la comunidad, en relación con los otros y en  comunión con todo lo otro, incluyendo al “gran otro”, es decir, a lo sagrado; pero no lo sagrado en el sentido pervertido y desgastado tal como se usa en las religiones, sino lo sagrado como el amor universal que habita en el interior del hombre y en el interior de todas las cosas existentes, y que hace estallar a las galaxias en una tremenda y fascinante armonía.

La asociación para la fraternidad busca, además, que exista una democracia radical donde el sentir del pueblo sea traducido a razones objetivas sin perder su pureza y que éstas, a su vez, no sean usadas para intereses de grupos políticos, del Estado o del organismo que tenga el poder hegemónico. Esta última forma de asociación política sostenida por Villoro es hacia la que transitamos en esta época, impulsados por la crisis de las sociedades modernas, que son sociedades que engendran un egocentrismo y etnocentrismo, que buscan la homogenización y el dominio; y que si bien lograron la libertad, es una libertad individualista, una libertad que desemboca en el río de la soledad existencial y en el mar del nihilismo, es decir, en la pérdida del sentido de los valores y en el atomismo de las sociedades. Y que si bien lograron la fraternidad ha sido una fraternidad inauténtica debido a que tampoco existe igualdad. Es decir, los valores que impulsaron a la Modernidad (libertad, igualdad y fraternidad), en su práctica han sido pervertidos y no han alcanzado el grado de virtud, recordando que la virtud, parafraseando a  Aristóteles, es la maximización de la potencia enfocada o canalizada al acto, es decir, es la actualización de los valores.

En la actualidad es necesario retomar los valores de la Modernidad y actualizarlos, en sentido aristotélico. Podemos sostener en este momento que la asociación para la fraternidad sería posible gracias a la formación de un Estado laico, laico no sólo en sentido de libre de la influencia de credos, sino libre de la enajenación del pensamiento y libre de la enajenación del ser del hombre. Sería un Estado que promueva la libertad de pensamiento, orientado con la brújula de una razón flexible, una razón que tenga como guía rectora principios universales pero que pueda actuar en lo particular de forma adecuada atendiendo a la diferencia, a la pluralidad y a la diversidad; es decir, una razón incluyente de lo otro; para decirlo en el lenguaje de Villoro, una “razón razonable”.

Para constituir el Estado laico y una sociedad fraterna es necesaria una descentralización del poder y una apertura en el “pensar” mismo. Es urgente abrir las puertas de la comprensión, una comprensión incluyente, que de verdad “vea” al otro, al extraño, al ajeno, lo respete y logre un diálogo racional; para esto es muy importante la influencia del laicismo como instrumento regulador del diálogo.

Este postulado de “pensamiento laico” puede aplicarse perfectamente a las sociedades liberales, puesto que participan de la misma estructura de las sociedades modernas. Y particularmente, en la esfera religiosa pueden presentar las mismas patologías que se presentan en las sociedades profanas; y es precisamente por esto que es importante el laicismo para los liberales. En este sentido podemos sostener, que aunque el liberalismo no se considera una religión, en el sentido de una sustancia representada por una institución, que tiene una figura sagrada a la cual hay que honrarle con mandamientos; si es religión en el sentido etimológico del término “religión” que proviene del vocablo latino religare que significa juntar o reunir; en este tenor si es una religión porque une a los individuos en una comunidad fraterna.

Además, podemos considerarla también religión en el sentido de que consta de una figura sagrada, la figura del Gran Arquitecto del Universo, considerado la máxima deidad, con la que se hace referencia al gran creador y diseñador de todo lo que existe y aquello por lo que todo es; aquello que está por encima de las dualidades. Éste podemos compararlo con el concepto de lo “Uno”, que proviene de Grecia antigua y que fue desarrollado por Platón y por Plotino ampliamente, que básicamente es aquello que engendra a lo plural. O bien, podemos compararlo con aquello que los hindúes  llaman con la voz “Braham”, que proviene de la raíz “Brh” que significa “fuerza operante” o “rito eficaz”, con el que en los Vedas se refieren a lo omnipotente, a la fuerza que está en todo, es decir, a la deidad. También lo ponemos analogar con “Mana”, usado por los melanesios y que significa algo indeterminado que se manifiesta en todo lo determinado; o  “Elohim” usado por los hebreos que significa “fuerza extraordinaria”; en fin, podemos compararlo con cualquier figura representativa que haga referencia a la deidad, pero radicalmente podemos sostener que todas esas figuras tratan de representar una sustancia suprema que podemos definir como lo sagrado, tal como Villoro lo define en Vislumbres de lo otro puesto que es precisamente a lo sagrado, entendido como lo trascendente, lo que fundamenta al todo de entes existentes, lo divino que da un sentido celeste a lo terrenal, es la no- dualidad que engendra a todo lo dual, esto es a lo que rinden culto todas las religiones y es a lo que se refieren todas las “figuras sagradas” que representan a un ser supremo.

Es precisamente por la existencia de dicha figura sagrada, de las normas y de los principios liberales que es importante el laicismo, para que no se desvirtué toda esta doctrina y sea sólo la pauta para lograr la perfecta sinfonía y sea las herramientas, materiales y el plano perfecto para lograr la Gran Obra. En este sentido el liberalismo puede caer en al abismo del dogma si no se está conciente de que aquel que dirige la gran obra, el Gran Arquitecto del Universo, es únicamente el nombre y la figura de lo sagrado. Si vemos al Gran arquitecto del universo como un ente más, estaríamos no sólo profanando, sino también profanizando a lo sagrado. El laicismo en el liberalismo tiene que extenderse hasta esas dimensiones, puesto que es una doctrina que practica las virtudes éticas y principios morales, utilizando un pensamiento filosófico en pro de la filantropía. Por ello, no debe detener el pensamiento crítico, racional y científico, y no debe dejar de tocar los temas en su esencialidad y radicalidad.

En este ensayo hacemos alusión al concepto de lo sagrado puesto que consideramos que es la clave mágica, para establecer el diálogo entre las religiones, incluyendo al liberalismo que no se considera una religión, con la finalidad de superar las rivalidades existentes que degradan el valor de la humanidad poniendo de excusa y de pretexto una falsa razón: Dios. Lo sagrado, en la religión, es la llave mágica que nos conduce al paraíso del laicismo.

Además apuntamos en este espacio, a que lo sagrado en el liberalismo es de donde se derivan todos los conocimientos más herméticos y esotéricos, y que para alcanzar dicho conocimiento, es necesario un pensamiento libre de ideologías y de credos, un pensamiento laico, un pensamiento libre, así como un “libre pensamiento”. Cabe mencionar que es importante despojarnos de las máscaras, de los mitos y de los dogmas para acercarnos a los conocimientos derivados de lo trascendental que se tienen que adquirir individualmente, por experiencia y pensamiento propio. El laicismo es de gran importancia para el diálogo en la dimensión de aquello que se considera sabiduría. El conocimiento liberal podemos clasificarlo, en el ámbito de la epistemología, dentro del conocimiento individual denominado sabiduría, ya que no alcanza el estatuto de conocimiento científico, porque aunque sea un conocimiento cierto basado en proposiciones justificadas, en razones para creer, no puede ser compartido en proposiciones claras y objetivas a cualquier sujeto epistémico que lo evalué, sino que es necesaria la experiencia personal en las circunstancias apropiadas y métodos especiales; pero podría definirse como conocimiento si se considera que es un conocimiento compartido por una comunidad, la comunidad liberal.

Cerrando este pequeño ensayo y dejando muchas cuestiones en la mesa de la discusión, ya que la tarea de la filosofía no es dar respuestas sino plantear preguntas, podemos decir, que si bien es cierto, que puede constatarse que el laicismo se practica entre los liberales, preguntemos ¿será que también ya existe una pluralidad racional y una dilución del hermetismo?, ¿será que hay una racionalidad noble y sencilla, una razón razonable, o todavía somos víctimas de la diosa razón arrogante ilustrada?

En fin, caminemos hacia un espacio de apertura, de diálogo, respetando las jerarquías, pero dando libertad a las almas que vislumbran la luz y recordemos que el verdadero conocimiento no se mide en grados. Liberemos al deseo de saber y al ansia de ansiar.

 

Bibliografía:

 

Angel Enrique Carretero Pasín “El Laicismo. ¿Una religión metamorfoseada?” en  Nómadas. Revista Crítica de Ciencias Sociales y Jurídicas | 15 (2007.1) pp. 239-248.

http://es.wikipedia.org/wiki/Laicismo

Luis Villoro, Creer, saber, conocer, México, Siglo XXI, 1982.

Luis Villoro, Vislumbres de lo otro: ensayos de filosofía de la religión, México, Verdehalago: El colegio nacional, 2006.

Luis Villoro, El poder y el valor, México, F. C. E., 1997.

Luis Villoro, Los retos de la sociedad porvenir, México, F. C. E., Primera edición, 2007.

Luis Villoro, Estado plural, pluralidad de culturas, México, Universidad Nacional Autónoma  de México, Facultad de filosofía y letras- Paidós, 1998.

 

Isauro Gutierrez