Educación en valores


Miguel Ángel Martínez Ruiz
Cualquier concepto de educación que se tenga, siempre incluirá las ideas de formación, desarrollo y valores, pues sin estos últimos no puede concebirse la educación, ya que la cultura está constituida por un sistema de valores, costumbres, ideas, tradiciones, instituciones, reglas de conducta, etc. esenciales para la socialización del niño.
Durante la década de los años noventa del siglo XX, se incorporó a la literatura pedagógica el concepto de educación en valores o con valores. Esta innovación pretende agregar a la educación formal algo que, según algunos autores, había sido relegado a causa de la tecnificación de la sociedad contemporánea, en la cual predomina el interés por el pragmatismo, es decir, la ciencia y la tecnología y desecha lo que podría denominarse humanismo o “cultivo espiritual del hombre”.
Para comprender en forma clara la finalidad de la educación en o con valores, resulta imprescindible definir qué se entiende por valores.
Existen diversas concepciones de acuerdo a las diferentes corrientes filosóficas, pero en este breve trabajo solamente se realiza una reflexión al respecto. En primer término, los valores no son seres tangibles o entidades independientes con existencia propia en el mundo de lo sensible y objetivo; sí, en cambio, son ideales, sentimientos, convicciones que se manifiestan en formas de conducta de los seres humanos.
Los valores existen desde la aparición de la humanidad, han existido y siguen existiendo. El niño aprende, desde su más temprana infancia, un conjunto de normas en su ámbito familiar, donde se le inculca respeto, obediencia, “portarse bien”, las primeras ideas religiosas y a diferenciar lo correcto de lo incorrecto, conforme al nivel sociocultural del núcleo familiar.
Otro problema filosófico relacionado con los valores consiste en su clasificación y la jerarquía correspondientes. Se habla de valores religiosos, morales, estéticos, intelectuales, afectivos, sociales, físicos, económicos, etc. También los hay familiares, socioculturales, personales, biológicos o sensitivos.
Al margen de los criterios que se han aplicado sobre esta cuestión, nuestro interés se enfoca por ahora en señalar que la sociedad contemporánea atraviesa por una etapa que se caracteriza por un marcado desequilibrio entre los valores materiales y los de carácter moral o ético.
Dentro de este contexto, quienes sustentan la educación con valores sostienen que es necesario fomentar en los educandos principios morales. Algunos agregan los cívicos y otros incluyen los religiosos.
La educación se enfrenta a una realidad social muy compleja, en la que las ideas impuestas por el capitalismo –la sociedad consumista- le otorgan primacía a los valores económicos. En tales circunstancias, lo verdaderamente importante es TENER, en contraposición a la posibilidad de SER.
Al estudiante, se le indica con frecuencia: “Estudia para que llegues a ser alguien en la vida; tengas tu profesión, ganes dinero, una posición social, tengas una residencia, puedas vestir bien, comer de lo mejor, tener una esposa guapa, viajar, etc.” Nunca, o casi nunca, se le sugiere: “Estudia para que seas un buen médico (abogado, ingeniero, profesor, periodista) para que sirvas a la sociedad honestamente, sin cometer abusos de ninguna índole, desempeñando tu profesión con dignidad”.
Ante estas circunstancias, en las que ser rico constituye el objetivo alrededor del cual giran las acciones humanas, la escuela tiene una tarea casi imposible de realizar: la formación de personas con una mentalidad superior que les permita comportarse conforme a valores, esto es principios o reglas cuya observancia esté presente durante toda la vida, entre otros los siguientes: decencia, pulcritud, puntualidad, coherencia, interés permanente por el aprendizaje, disciplina, sensibilidad, crítica constructiva, comunicación, orden, compasión, servicio, voluntad, serenidad, paciencia, sencillez, amistad, respeto, tolerancia, alegría, autenticidad, gratitud, sinceridad, generosidad, honestidad, solidaridad, fidelidad, sociabilidad, prudencia, autodominio, objetividad, conciencia ecológica, patriotismo, magnanimidad, flexibilidad, sobriedad, amor, liderazgo, superación, autoestima, compromiso, laboriosidad, responsabilidad, vocación democrática, libertad, carácter, confianza, bondad, rectitud, lealtad, paz, perseverancia, valentía.
Sin dejar de reconocer que tales ideas o sentimientos es posible encontrarlos en ciertos hábitos y actitudes aprendidos desde la niñez, pues la mayoría de los adultos corrigen a los menores, enseñándoles a diferenciar el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto. La escuela tiene la tarea de continuar en esa dirección para hacer del niño una persona capaz de discernir lo bueno de lo malo y, consecuentemente, la orientación ética que dignifica al ser humano.
Si no se forma al educando, desde pequeño, en función de los valores, se le está dejando desprovisto del sentido del deber ser, pues, como afirma Aristóteles, lo que debe ser debe hacerse, sobre todo cuando la conducta del ciudadano trasciende al bien social, ya que el hombre vive en una comunidad históricamente dada.
En la sociedad mexicana actual, estos valores han quedado olvidados, como si fueran reliquias del pasado, los elevados índices de criminalidad reflejan el fracaso de cuatro instituciones fundamentales: el gobierno, la familia, la escuela y la iglesia. Si no se respeta la vida humana, que es el valor supremo de cualquier escala ética, significa la deshumanización llevada a su máxima expresión.
Quizás este modesto ensayo pudiera ser considerado utópico, pero es una obligación ineludible exponer las convicciones con honestidad.
Para concluir, podemos formular las siguientes preguntas: ¿Cuántos de estos valores poseen los integrantes de la llamada “clase política” en los tres órdenes de gobierno y en los partidos? ¿Cuántos ministros religiosos reúnen siquiera la mitad de estas virtudes? ¿Cuántos maestros tienen conciencia de su responsabilidad como educadores de valores? ¿Cuántos líderes ostentan tres de estas cualidades? El lector tiene la mejor respuesta.