Diego José Abad, primer poeta michoacano


Miguel Ángel Martínez Ruiz
¿Qué factores son determinantes para ser poeta? Pocas personas están en condiciones de dar respuesta a esta pregunta, pues no existe ninguna escuela cuyo propósito sea la formación de poetas como las hay para casi todas las carreras u ocupaciones. Un viejo proverbio latino dice que “Se nace poeta, pero se deviene orador”, con el que se pretende hacer notar las cualidades innatas de aquellos destinados a la difícil tarea de escribir versos. El maestro Ernesto de la Peña, a la pregunta expresa acerca de esta cuestión, contestó: “Una persona dotada de una inteligencia regular o superior mediante la educación apropiada en las letras, probablemente pueda llegar a ser un buen prosista, pero si aspira a ser poeta, esta condición requiere de un talento especial.” Con esto, quiso significar la sensibilidad que no todos los seres humanos poseen para percibir la realidad en forma diferente al común, y expresar mediante un lenguaje apropiado vivencias, emociones, pasiones, esto es, sentimientos. ¿Por qué algunas personas deciden ser poetas y otras no? ¿Qué motivación interna los lleva a seguir ese camino? Al igual que la primera interrogación de este texto resulta complicado dar una contestación satisfactoria.
El primer poeta michoacano a quien se refiere este artículo, Digo José Abad, nació en la hacienda de La Lagunita, muy cerca del actual municipio de Jiquilpan, Michoacán, el 1 de junio de 1727. Según el Dr. en Historia Álvaro Ochoa Serrano, estudioso de este y otros variados temas, señala en un acucioso estudio intitulado “Diego José Abad (1727-1779), jiquilpense selenepolitano”, editado por la Universidad Nacional Autónoma de México en 1995, que el padre del insigne vate, Pedro Abad García arribó a la Nueva España, procedente de Castilla, y se estableció en San Francisco Xiquilpan con la intención de trabajar al lado de su paisano Diego Sánchez Morcillo o Alcaraz, próspero comerciante, quien le había ofrecido una oportunidad laboral a su coterráneo. Las costumbres de la época y otras circunstancias influyeron para que el mencionado don Pedro Abad contrajera nupcias con la señorita doña Teresa Sánchez de Alcaraz, la hija menor de su patrón. Después del matrimonio, los recién desposados recibieron como dote la cantidad de cuatro mil doscientos sesenta pesos, dinero que sumado a otra cantidad obtenida mediante su esforzada dedicación a diversas labores, más una hipoteca, permitió al señor Abad comprar la hacienda de San Antonio Buenavista en cuatro mil novecientos pesos al dueño del inmueble, el jalisciense Quiterio Álvarez del Castillo. Dicha hacienda se encontraba ubicada a cinco leguas al poniente de Jiquilpan o Xiquilpan (como se solía escribir en esa época, utilizando la “x” con sonido de “j”). Cabe hacer la aclaración de que el historiador Ochoa Serrano afirma que el hijo primogénito del matrimonio Abad Sánchez, bautizado con el nombre de Diego José, nació en Jiquilpan y no en la hacienda como otros autores lo indican. Se le llamó Diego en honor de su abuelo, quien no tuvo ocasión de conocerlo por haber fallecido antes, y José por ser el santo patrono de los criollos avecindados en Jiquilpan. La pareja Abad Sánchez tuvo otros hijos: José, Pedro Víctores, Plácida Josefa, María Josefa y Tomás.
La abuela materna, doña Mariana Ruiz de Mendoza y Guerrero o Quintero, en condición de viudez, se dedicó en cuerpo y alma al cuidado de “Dieguito”, con el pretexto de que el pequeño le habría de ayudar a sobrellevar su soledad. De ella recibió el niño una “educación liberalísima, indulgente y generosa” que influyó para que se acostumbrara a “tender hacia las cosas más altas y pensar con magnanimidad”, aunque el poeta Abad se lamentaba de que su abuela no lo expusiera a pasar algunos sufrimientos para endurecer el alma, según cita del propio investigador Ochoa.
Después de siete años, el señor Abad recuperó a su hijo con el propósito de que se uniera a sus hermanos para recibir la educación adecuada con maestros traídos ex profeso de Guadalajara. Una vez aprendidas los aspectos fundamentales de la educación propia de ese tiempo, el padre se mostró aún más exigente y quiso que sus dos hijos mayores se formaran en la ciudad de México, a donde partieron para ingresar al Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo el año de 1739.
En esta institución fundada y administrada por sacerdotes jesuitas, destacó Diego José por su gran dedicación, la cual se tradujo en un aprendizaje muy completo de la gramática, fundamento indispensable para los estudios superiores que realizó en los cursos de poesía y retórica, incluso se inició en la filosofía cuando apenas iba a cumplir doce años de edad. No obstante su poca experiencia, obtuvo lo que se llamaba “suma alabanza” de sus profesores. Es conveniente subrayar que uno de sus biógrafos más destacados, el señor Manuel Fabri, dice que fue en el Colegio de San Ildefonso donde recibió dichas enseñanzas. Una vez concluidos los estudios de filosofía, a los catorce años, decidió abrazar el sacerdocio dentro de la Compañía de Jesús, comenzando el noviciado en 1741.
Al concluir los dos años de “piadosos ejercicios” reglamentarios, fue trasladado al estudio de las humanidades clásicas, donde entró en contacto directo con los modelos más perfectos de las literaturas griega y latina. De ahí que adoptara el llamado estilo ático como rasgo distintivo de su poesía. El calificativo ático alude a Grecia y a su cultura. Por consiguiente, desde sus primeras creaciones poéticas, se observan el apego a la propiedad y corrección en el uso del lenguaje, la grandeza de las imágenes, el vigor en la forma y el orden de las ideas. Motivo por el cual, causó una gran admiración en el medio intelectual de su tiempo, pues siempre desdeñó la simpleza, lo difuso en las frases, la palabrería hueca e innecesaria.
En cuanto concluyó sus estudios de teología, Abad fue enviado a la ciudad de Zacatecas para que se desempeñara como profesor de gramática. Encontrándose en esa urbe, fue terminada la construcción de un hermoso templo jesuita; razón por la cual el poeta escribió su “Rasgo Épico Descriptivo de la Fábrica y grandeza del Templo de la Compañía de Jesús en Zacatecas” (1750). Ese fue su primer poema dado a conocer a la luz pública. Esta creación causó la admiración y el aplauso, no solo de los más ilustres miembros del clero zacatecano, sino de toda la Nueva España.
Nadie puede desconocer el gran talento que desde muy temprana edad se manifestó en la vigorosa mentalidad de Diego José Abad. Durante su formación como poeta leyó a muchos autores, entre los cuales se pueden mencionar, además de los clásicos latinos: Virgilio, Terencio y Tulio, a Garcilaso, Zurita, Góngora, Barclayo y Parra.
Debido a los deberes que le imponía su anhelo de recibir las órdenes sacerdotales, tuvo que regresar a la ciudad de México para terminar sus cursos teológicos, los cuales había dejado inconclusos. Al cumplir ese requisito fue ordenado sacerdote en 1751. Al año siguiente hizo la Tercera Probación, presentó la tesis “De toda teología y también del derecho” ante “una brillantísima asamblea de doctores”. Estuvo en calidad de operario en el templo de La Profesa en la ciudad de México, para continuar después en calidad de misionero circular al Colegio de San Luis Potosí hasta 1754. Recibió el mandato de incorporarse al Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo para impartir clases de filosofía, además de “letras humanas, en teología y en las ciencias de ambos derechos.” Aquí elaboró el Cursus Philosophicus, con un enfoque diferente debido a las nuevas doctrinas del pensamiento.
Reconocida su gran vocación por la docencia, fue enviado al Real Seminario de San Ildefonso, el más numeroso de toda la Nueva España, donde obtuvo la prefectura para impartir lecciones sobre derecho civil y eclesiástico. Poco después fue maestro de teología y jurisprudencia. Como profesor de teología, se nutrió en las fuentes más significativas como son: las Sagradas Escrituras, los PP. Conciliares, la Historia, etc. También aprovechó su magisterio para inculcar en los jóvenes el estudio de las humanidades, especialmente las letras por las que él personalmente sentía una inclinación desmedida.
Según menciona el mismo investigador Álvaro Ochoa Serrano, “Fue el primero que empleó para la enseñanza de la jurisprudencia civil “Orígenes”, texto de Gravina (1664-1718); además procuró restablecer la verdadera y antigua jurisprudencia de Papianiano (142-212) y del restaurador francés Jacobo Cujas (1522-1590), ‘haciendo a un lado las fruslerías’. En la enseñanza de la teología demostró la misma actitud renovadora. La prefectura abadiana –asevera Fabri- fue ejemplar ‘por los rigurosos estudios’.”
Después de llevar a cabo una encomiable labor al frente de dichas cátedras, su salud sufrió algunos quebrantos, y para curase a sí mismo estudió medicina. Tanto esfuerzo y dedicación al trabajo educativo fueron compensados mediante el nombramiento de rector del seminario de San Francisco Xavier de Querétaro. En esta nueva tarea, sus afanes se vieron duplicados, pues era un hombre de una capacidad intelectual a la cual no le daba descanso, a tal grado que todavía se daba tiempo para estudiar algunas materias de su predilección como las matemáticas. Escribió un compendio de álgebra e hizo traducciones al castellano de algunos capítulos de la Eneida de Virgilio. También insistió en una idea que ya lo había inquietado desde su juventud, la intención de escribir un poema que expresara con la excelsitud requerida la inmensidad de Dios, no sólo como idea, sino además como realidad humana, esto es, como Dios-hombre, pero tendría que ser un canto heroico inspirado en las sagradas escrituras. Tuvo que interrumpir esa magna obra a causa del destierro que sufrió a partir de la noche del 25 de junio de 1767, no solo para él, sino para todos los integrantes de la Compañía de Jesús, por orden del rey Carlos III, quien dijo que “los corría de sus reinos estimulado de gravísimas causas relativas a la obligación en que me hallo constituido de mantener en subordinación, tranquilidad y justicia mis pueblos, y otras urgentes causas justas y necesarias que reservo en mi real ánimo.” Así, juntamente con sus correligionarios, partícipes de una nueva visión del mundo y de la vida, durante el pontificado del Breve Clemente XIV, abordaron la fragata “Juno” para iniciar su viaje hacia Europa. En el trayecto por tierra, Abad regaló al militar Pedro Antonio Septién “Las Máximas de la buena educación”, inspiradas en las sagradas escrituras, que fueron publicadas en la ciudad de México en 1789. Con él se fueron al exilio hombres tan eminentes como los sacerdotes Eguiara, Beristáin y Alzate y Ramírez, pertenecientes al clero regular; humanistas, científicos, historiadores y filósofos de la talla de Francisco Javier Clavijero, Andrés de Guevara y Bassinzábal, Francisco Javier Alegre, José Campoy, Rafael Landívar, Agustín de Castro, además de otros muy distinguidos, sumando en total cuarenta personas, pertenecientes a la Compañía que fundara San Ignacio de Loyola.
En Italia pudo terminar su excelente obra intitulada De Deo deoque homine heroica, traducido al español como “Poema Heroico”, compuesto por 43 cantos, además el Tratado del conocimiento de Dios, Cursus philosophicus o Nascitura philosophia y muchas otras más que no se reproducen por falta de espacio.
El primer bosquejo del Poema Heroico fue publicado en Cádiz en 1769 a instancias de Juan Benito Díaz de Gamarra y Dávalos, bajo el título de “Musa Americana, seu de Deo carmina”. Años después, con las correcciones hechas por el autor, más otros cantos, es decir, 33 en total, el poema De Deo Heroica o Poema Heroico fue editado en Venecia, en la imprenta de Francisco Pitteri, y firmando como autor “Jacobi Josephi Labbe Selenepolitani”, Diego José Abad, habitante de la ciudad de la luna (la ciudad de México).
En la ciudad de Farrara, Diego José Abad agregó a su obra cumbre otros cinco cantos y fue reimpresa en esa misma ciudad en 1775.
Como reconocimiento a tan importante poeta, se le otorgó el diploma que lo acreditaba como miembro de la Academia Roboretana, erigida bajo el patrocinio de la emperatriz María Teresa, reina de Bohemia y Hungría.
Falleció en Bolonia, Italia, el 30 de septiembre de 1779. Sobre su tumba se inscribió el siguiente epitafio: Hic ex Orbe novo Labbeus jacet inclyta Vatum/ Gloria. Mexiceo par Decus Imperio… “Aquí descansa Abad, ínclito poeta, nacido en el Nuevo Mundo, gloria de México”.
Los jesuitas tuvieron el enorme mérito de proclamarse mexicanos en todos los lugares por derecho y por cultura, nunca pretendieron considerarse a sí mismos españoles. Tenían una idea muy clara de lo que su patria significaba como entidad que les era propia, a la que pertenecían, y por ello le profesaban un amor sin condiciones. Ejemplo para todos los mexicanos de hoy.
BIBLIOGRAFÍA: OCHOA SERRANO, Álvaro. Diego José Abad (1727-1779), jiquilpense selenapolitano. Novahispania 1. Universidad Nacional Autónoma de México, 1995.
PONCE, Manuel. Selección y prólogo. Diego José Abad. Cuadernos de Literatura Michoacana. Morelia, Michoacán, 1952.
ABAD, Diego José. Poema heroico. Versión de Benjamín Fernández Valenzuela. Universidad Nacional Autónoma de México, 1974.
MADRIGAL MADRIGAL, Héctor Jaime. Michoacanos ilustres en la Calzada “Alfredo Maillefert”. XIV Congreso Masónico Nacional de Grados Filosóficos. Morelia, Michoacán, 1993, p. 4