Diabetes compartida


Miguel Ángel Martínez Ruiz
El trabajo en la oficina me obligó a permanecer sentado desde las 8:00 de la mañana hasta las 3:00 de la tarde, muchas horas seguidas de vida sedentaria, porque la oficinita en que estamos relegados los de estadística no nos permite mucho espacio para movernos siquiera un poco. La otra ocasión no pudimos pasar dos panzones entre los escritorios pequeños.
-Bueno, pasas tú o paso yo—me dijo Pancho, al que todos tratamos con el apreciativo de Panchito, pero que deberíamos llamarle Panchón, él pesa unos 120 kilos, se come un kilo de carnitas en una sola sentada, con un tazcal bien repleto de tortillas y unos diez o quince chiles jalapeños. Yo ando sobre 110, así que resultaba imposible que pasáramos y luego cara a cara, con las enormes barrigas, menos aún. Esta vida de ciudad que nos tiene condiciondos a usar el auto hasta para ir al baño.
Por la tarde trabajo como cajero en una tienda departamental, de las 4:00 a las 9:00, otras cinco horas. En total 12 horas sentado.
Ya desde hace dos años aproximadamente, me advirtió el médico que mi columna no estaba muy bien por soportar tanto peso. Lo que todavía no logro comprender es por qué estoy tan gordo. Bueno, desde que yo me acuerdo era gordito y la herencia tarde o temprano acaba por imponerse, pero no a tal grado.
Luego empecé con un dolor de piernas. El médico me diagnosticó, sin hacer ningún estudio, que tenía reumatismo y me tragué más de 500 tabletas de no sé cuántas hierbas, durante tres meses y nada. Los dolores seguían más fuertes. Pero ahora con la novedad de que tenía las piernas hinchadas. Hubo necesidad de que viniera el médico, quien con su bata blanca, sus anteojitos de abuelito y las sienes llenas de canas, tenía un aspecto de verdadero sabio de la medicina. Después de la revisión de rutina exclamó: ¡Retención de líquidos! Continuó con un interrogatorio tan amplio que poco bastó para que me pidiera mi biografía: ¿Toma suficiente agua? ¿Bebe refresco? ¿Come carne? ¿Le duele el estómago con frecuencia? ¿Cuánto tiempo camina diariamente? ¿Le palpita el corazón con rapidez? ¿Oye zumbidos? ¿Le duelen los riñones? ¿Ingiere bebidas alcohólicas? ¿Le arde al orinar? ¿Cuánto dura en el excusado? Y muchísimas más durante una hora aproximadamente. Su conclusión fue que tenía un problema en el funcionamiento de los riñones. Ordenó unos estudios de laboratorio: sangre, orina, un ultrasonido, radiografías y ninguna dio positivo. De todas maneras tómese estas cápsulas, y véame dentro de un mes. Mejoré un poco y al mes, me hizo una serie de recomendaciones:
No tome sal, por nada de este mundo. Tampoco azúcar. Tenga presente que los males nos vienen de cuatro enemigos blancos: el azúcar, la sal, la manteca y la harina.
Coma vegetales en abundancia, sobre todo con fibra como acelgas, espinacas y brócoli. Eso sí nada más cocidos.
Beba mucha agua. Unos dos litros al día, por lo menos.
No coma pan, ni productos que contengan harina de trigo, tampoco muchas tortillas, bueno cómase una, pero nada más una, recuérdelo bien y no se haga trampa usted solo. Tome en cuenta que está atentando contra su salud.
No coma nada de grasas, quizás algún guiso con aceite vegetal, preferentemente de oliva y extravirgen.
Frutas puede tomar, pero no todas, solo aquellas que no contengan azúcar.
Llegó un momento en que francamente interrumpí al médico para manifestarle la tragedia de mi vida: llevo diez años, tres meses, trece días, con ocho horas, comiendo exactamente todo lo que usted me aconseja. Desde que mi mujer empezó con la diabetes, a todos nos convirtió en diabéticos de la noche a la mañana, escondió el azúcar y la sal. Siempre la misma comida insípida. Para mí comer se ha vuelto un sacrificio. Yo quisiera pozole, enchiladas, buñuelos, tacos de chivo, cabeza, moronga, carnitas, comida chatarra y todo cuanto hay; pero le tengo miedo a mi mujer. En ese momento, aquel hombre empezó a llorar.