Bandera de México

 Bandera de México

 

Cuauhtémoc López  Sánchez

Era septiembre, mes de la patria y viajarían a la ciudad de México. Estarían en la Plaza de la Constitución para observar el izamiento de la monumental bandera tricolor en la enorme asta que se encuentra en el centro de la plaza conocida como Zócalo. Los ecos de la gallarda disciplina militar impusieron respetuoso silencio. La bandera de México se fue elevando en presencia de gentes de oficina, escolares, obreros, barrenderos y funcionarios, que escuchaban notas, redobles y suspiros deesperanza que transformaba a todos, convirtiéndolos en pueblo.

Visitaron jardines, avenidas y museos. Fue inevitable el viaje en metro. Salieron a las atestadas y temidas calles de la lejana y codiciada capital. Gentes, autos, trolebuses, microbuses, ruido, humo.

Mucha gente y el día con su prisa inexplicable ocupó el pasado; la contaminación encontró un lugar en la sangre, en su futuro. Regresaron al Zócalo. Eran las seis de la tarde.

La bandera de México ondeaba en el corazón del país. Retumbaron clarines y tambores. Un murmullo de admiración cubrió la distancia y envolvió el uniforme verde oliva y las brillantes botas. La bandera nacional fue arriada lenta, pausadamente. Cada movimiento era efectuado con marcialidad y coordinación admirables, cuando al ser bajada, iba siendo doblada. Vista de cerca, aquella bandera notoriamente descolorida, podría decirse que estaba cansada, envejecida. Parecía que pronto moriría. Hasta crever que el águila agonizaba. Pasó junto a él y como hipnotizado, viajando en los recuerdos de su historia, de la historia de México, siguió tras ella. Mejor dicho, ella lo arrastró.

Fue guardada en un enorme baúl de parota. La madera mostraba los símbolos nacionales labrados hábilmente por algún artesano indígena. Aquel precioso estuche apenas podía contener tanta historia.

¡Qué lástima que mañana deba ser incinerada! El comentario de la tropa lo sorprendió.

Maestra, ¿qué significa incinerar?

El águila, la serpiente, el nopal, laureles, guirnaldas, el baúl, en esa misma noche serían quemados y no le agradaba la idea de que se convirtieran en cenizas. Durante muchos años, imaginó que las viejas banderas, las descoloridas y desgarradas, las presentes en tantas manifestaciones, desfiles, acciones guerreras, enfrentadas a terremotos, vientos, lluvias, granizo, ciclones, quemaduras de sol, atacadas por contaminantes, librando victoriosas batallas, eran guardadas en museos.

Creía que eran tratadas como buenos soldados que al cumplir con su misión heroica, serían premiadas con honores y ya condecoradas, dadas de baja, entregadas en resguardo a algún ilustre y ejemplar ciudadano. Tal vez, depositada al cuidado de alguien distinguido, en espera de mejores destinos. Quizá entregada a alguna escuela, como premio al esfuerzo de alumnos y maestros. Llegaba el momento del desengaño. Las banderas usadas, desteñidas, inservibles, estaban condenadas a morir. Desaparecería aquella enorme bandera, dejando solamente un rastro de humo, calor y luz.

¿Esas serían las únicas aportaciones de una vieja bandera? No podía aceptar el triste destino de una bandera de México y se preguntaba una y otra vez, si existirían otras soluciones. Repintarla, retocar el escudo. Empe a sentir como si México se estuviera despintando, acaso envejeciendo y al ver el país así, enfermo, pálido, moribundo, cre que su destino también sería la hoguera y se propuso rescatar aquella bandera. Para mayor seguridad, lo haría con todo y baúl. No supo ni cómo llegó hasta el interior de Palacio Nacional. Escondido en la bodega, esperó a que todos se fueran. La oscuridad y el miedo le impedían ver bien y a tientas reconoc los relieves del baúl. Grande fue su desaliento al comprobar varias veces, que no podía arrastrar el estuche labrado y menos sacar la bandera.

Desconsolado, bus dónde sentarse, para pensar y encontrar la solución. Siempre habían llegado a sucabeza, ideas sobre la forma de resolver los problemas y era cuestión de tiempo, de no desesperarse. Algo se le tenía que ocurrir. Comprobó que la puerta de la bodega estuviera cerrada y se dio cuenta que ya era de noche. El cansancio y las emociones ganaron la batalla; no supo cuánto tiempo durmió.

Despertó al escuchar que llegaba gente. Los pasos se fueron acercando y bajo las hojas del portón empezó a filtrarse un fino haz de luz. Cre que alguien lo buscaba pero supuso mal y apenas tuvotiempo de ocultarse entre las cajas que ahí estaban. Abiertas las puertas, la luz cegadora llenó el espacio aquel. Pensó que alguien  estaba jugándole una broma.

A contra luz, le costaba trabajo distinguir a las personas que  entraban y que murmurando, se exigían el mayor de los silencios al ir sacando la bandera moribunda de su ataúd. Puso más atención en laspersonas que con tanto cuidado sacaban aquel lábaro patrio desgastado.

Reconoc a Hidalgo, a Morelos, pero no lo podía creer. A la derecha de Morelos, estaba Juárez. Sí, Juárez con su perfil zapoteco que tantas veces había dibujado, hasta memorizar. Junto a él, Ocampo. Unas plumas multicolores hicieron que su vista se clavara en la espalda bronceada de un indígena.Cuauhtémoc volteó a verlo y sonriendo, con su dedo en la boca, lo invitó a guardar silencio. Ni falta hacía. Ahí estaban también, Allende, Aldama, Mina, Matamoros, Abasolo, Guerrero, con sus uniformes resplandecientes y sus movimientos firmes, seguros, mientras sus piernas flaqueaban y la curiosidad crecía cuando terminaron de extraer la bandera del baúl. ¿Cómo no reconocer a Zapata, aMadero, a Pino Suárez, a Múgica?

Al ir tocando aquella tela desgastada y amarillenta, como si acariciaran el objeto más valioso, el más preciado de todos, le fueron transmitiendo energía, la fueron impregnando con su luz y la bandera nacional recobró su esplendor original. Intensos brillos inundaron cada color. El águila recobró fuerza, agilidad y viveza en sus movimientos; la serpiente se retorció con más fiereza y algunas plumas cayeron en el sometimiento; nopal, laureles y guirnaldas reverdecieron; las tunas parecían estar en su punto. Devolvieron la bandera a la parota. Los detalles labrados parecían nuevos.

Antes de retirarse, levantaron sus manos para despedirse de él. El mareo fue instantáneo y casi se desmaya. Recib un mensaje con sus miradas y sint el peso de la historia de México bajo sus hombros. Se fueron en silencio, como entraron.

Cerradas las puertas, quedó paralizado en el centro  de aquella oscura y húmeda bodega, aferrado a un aldabón del baúl. Otra vez ruidos de pasos apresurados, voces acercándose y llaves en la cerradura.

Regaños y reclamaciones interminables bajo la luz de tubos fluorescentes.

Un soldado pide auxilio al no poder zafar su mano del aldabón. El teniente que reordena la tropa, silencia risas, acalla los llantos, las quejas y el nerviosismo.

¡Vean mi bandera! Gritó y soltó el hierro del baúl.

Exclamaciones de asombro se escucharon al abrirlo. Se entrecruzaron miradas de sorpresa y empezaron órdenes, carreras, gritos, empujones, tropiezos, choques, caídas, risas nerviosas, carcajadas, silencios, gente importante, mil preguntas.

¿Qué broma es esta? ¿Quién puso esta bandera aquí? ¿Qué pasó con la otra?

¡Vámonos que se hace tarde y los papás van a estar preocupados y enojados!

Durante el viaje de regreso comprend que a pesar de todo, las banderas mexicanas, viejas, ajadas y descoloridas, se conservaban altivas y orgullosas por haber representado a su país.

Muchos años después, al acudir a su trabajo en una escuela rural, empe a explicar a padres y alumnos lo que representa la enseña tricolor, de cómo se construyó y se ha nutrido México; de los sacrificios, vidas y sangre derramadas por defenderla de traidores y corruptos, de ignorantes y cobardes que han intentado venderla y el por qué se prometió que siempre transmitiría ese mensaje a sus alumnos, niños o adultos; que nunca dejaría de hablar acerca de la bandera de su Patria, de su pasado histórico, convencido de que a pesar  de su presente incierto, sobreviviría a la indiferencia, a la apatía, al conformismo, a la simulación y a la hipocresía de los que explotan a su pueblo.

Hoy extiende la invitación para trabajar unidos en esta tarea, con la seguridad de que México resurgirá mil veces si es necesario; de que México renacerá en cada uno de sus hijos, es hereditario, está grabado en los genes y es más fuerte que las adversidades, pero se necesitan hombres y mujeres especiales, forjados a cincel, a fuego y martillo, que hayan experimentado el poder de la transmutación. Se requieren hombres diferentes, mexicanos que sepan interpretar y comprender cabalmente el destino histórico  de México.

Isauro Gutierrez