Avicena, legado del islam y el pensamiento aristotélico

Ibn Sina
(980 d.C. – 1037 d.C.)
Por: Pablo Manuel Ramos Vallejo
“Es evidente que todo lo que no existe al principio y luego existe
es determinado por algo aparte de si mismo”.
Avicena
En la Edad Media, el razonamiento humano, que tanto había progresado en sus teorías, desde el nacimiento de la filosofía como tal en Occidente sufre una seria desviación, que parte del estudio consciente del origen del universo y su finalidad tanto objetiva, como subjetiva; al fanatismo religioso.
La causa de este retroceso intelectual fue gradual al paso de los años y se debe a varios factores, destacando el predominio de aquél sentimiento obsceno que despierta la ambición de poder de unos cuantos, para dominar física y moralmente a los demás. Por un lado El Cristianismo con su dogma de fe, se expande considerablemente por Europa y Medio Oriente. Y por otro lado surge en el Medio Oriente una religión oponente al Imperio Cristiano, el Islam. Relegando así, durante siglos, casi a su extinción, al razonamiento filosófico de los clásicos griegos.
El Islam, religión que en sus inicios se distinguía por su cerrado fanatismo e intolerancia, que no aceptaba dudas, ni oposición. Una vez que conquistó media Europa, se fue relajando y fue cediendo el paso a la razón, siendo así, que gracias a esto, después de casi cinco siglos, volvió a florecer en cierta forma la filosofía y las ideas en sus territorios conquistados.
Ubicándonos pues, en los finales del siglo X de nuestra era, nos encontramos con un filósofo admirador del Neoplatonismo y del pensamiento Aristotélico, cuya vida y obra nos ocupa el día de hoy en este espacio. Abu Ali al-Husain ibn Sina-e Balkhi, llamado simplemente Ibn Sina en Oriente y Avicena en Occidente. Fue un médico, filósofo y científico persa, hijo de padres musulmanes de posición acomodada, nacido el día 7 de agosto del año 980 d.C. en Afshana provincia de Jorasán, cerca de Bujara, ciudad ubicada al suroeste del territorio uzbeko, en el actual Uzbekistán. País situado en Asia Central que Limita al norte y noroeste con Kazajistán, al sur con Afganistán, al noreste con Kirguistán, al sureste con Tayikistán y al suroeste con Turkmenistán.
Se dice que el joven Avicena, al parecer fue precoz en su interés por las ciencias naturales y la medicina, tanto que a los catorce años estudiaba solo, sin un maestro que lo guiara. Tenía buena memoria y podía recitar todo el Corán. Poco tiempo después, se le envió a estudiar cálculo con el mercader, al-Natili. Y cuando su padre fue nombrado funcionario, lo acompañó a Bujara, entonces capital de los Samaníes, y allí estudió los saberes de la época, tales como Medicina, física, matemáticas, filosofía, el Corán y la jurisprudencia o lógica. Siendo en este ambiente que Avicena se vio influido casualmente por un tratado de Al Farabi, que le permitió superar las dificultades que encontró en el estudio de la Metafísica de Aristóteles.
La precocidad de Avicena en los estudios, también se reflejó en una precocidad en la carrera, pues a los dieciséis años ya dirigía a médicos famosos y a los diecisiete años ya gozaba de fama como médico por salvar la vida del emir Nuh ibn Mansur, que padecía una grave intoxicación por plomo, producida por su hábito de beber en una copa de terracota pintada con pigmentos minerales. Avicena consiguió salvarle la vida, pidiendo como recompensa autorización para entrar en la biblioteca real de los Samaníes, famosa por el gran número de libros que contenía.
Durante los dos años siguientes, en la biblioteca real, Avicena profundizó y perfeccionó sus conocimientos. Siendo así que, al llegar a la mayoría de edad había estudiado todas las ciencias conocidas. Se convirtió en médico de la corte y consejero de temas científicos hasta la caída del benefactor Reino Samaní en 999, que es suplantado por la dinastía gaznaví procedente de Asia Central, con el sultán Mahmud de Ghazni a la cabeza.
Se cuenta que el sultán Mahmud, enterado de la presencia de sabios e ilustres eruditos en la corte Samaní, no quiso ser menos y quiso también verse rodeado de los más sabios y doctos de la época. Para ello, mandó llamar a su presencia a Avicena y a su amigo y compañero Abu Reihan Biruní (Al-Biruni). Éste último accedió y acudió al nuevo sultán, pero Avicena salió huyendo no solo de Bujara sino de Asia Central y encaminó sus pasos hacia la meseta iraní, llegando primero a la corte del príncipe buyí de Qazvin, donde no encontró apoyo ninguno, por lo que sigue su peregrinar hasta Hamadán, ciudad persa en el oeste de Irán, localizada aproximadamente a 400 km al sudoeste de lo que es ahora Teherán, donde el emir buyida Shams o-dowleh le eligió como ministro.
Avicena entonces, una vez instalado, se impuso un programa de trabajo agotador, dedicándose de día a la cosa pública y de noche a la ciencia. Trabajaba y dirigía la composición del Shifa y la del Canon médico. Desgraciadamente, este cargo político le trajo más perjuicios que beneficios. La muerte de su protector, el príncipe Shams o-dowleh y el comienzo del reinado de su hijo Sama o-dowleh cristalizaron las ambiciones y los rencores. Víctima de intrigas políticas Avicena fue a la cárcel.
Disfrazado de derviche consiguió evadirse y huyó de sus cuantiosos enemigos a Ispahán, al lado del emir kakuyida `Ala o-dowleh, que bajo su mecenazgo vivió y trabajó, a la par que divirtiéndose después con mujeres y vino hasta bien entrada la noche, los últimos 14 años de su vida.
Se dice que durante una expedición a Hamadán, el filósofo sufrió una crisis intestinal grave, que padecía desde hacía tiempo y que contrajo, según dijeron, por exceso de trabajo y de placer, ya que como lo mencionamos se le consideraba ser también sibarita. Avicena Intentó curarse solo, pero su remedio le fue fatal. Tras haber llevado una vida muy ajetreada y llena de vicisitudes, agotado por el exceso de trabajo y de placeres, Avicena relativamente joven, con 57 años, murió en el mes de agosto de 1037 y está enterrado en la ciudad iraní de Hamadán, donde todavía hoy en día se le venera.
Pasando a su legado intelectual, sin temor a equivocarnos diremos que en conjunto, la obra de Avicena fue monumental, pues se le reconoce haber escrito alrededor de 450 libros de diversas materias, fundamentalmente de filosofía y medicina. Este sabio persa a sus escasos 20 años, y a petición del jurisconsulto Abú Bakr el-Barjuy, redactó un conjunto de 10 volúmenes titulado “El tratado del resultante y del resultado“, así como un estudio sobre las costumbres de la época al que llamó “la inocencia y el pecado“.
En el año 1012, es decir cuando Avicena contaba con 32 años, emprendió la obra de su vida, redactando el famoso “Canon de medicina” también conocido como “Canon de Avicena“, un excelente compendio estructurado de todos los conocimientos médicos existentes en la época. El Canon constaba de cinco libros específicos:
- El primero: consagrado a las generalidades sobre el cuerpo humano, la salud, el tratamiento y las terapéuticas generales.
- El segundo: comprendía la materia médica y la farmacología simple.
- El tercero: exponía la patología expuesta por órganos y por sistemas;
- El cuarto: se iniciaba con un tratado de las fiebres, los signos, síntomas, diagnósticos y pronósticos, cirugía menor, tumores, heridas, fracturas y venenos.
- El quinto: contenía una farmacopea.
Otra obra, no menos de gran importancia es: “Kitab al-Shifa” (El libro de la curación), que fue traducida al latín con el título de “Sufficientia” y es una especie de pequeña enciclopedia científica que no trata sobre medicina, aunque su título lo parezca. Es tan extensa que él mismo la resumió en otro título, “Nejat” (La salvación). Resumen que consta de 18 libros que tratan de las ciencias fundamentales, de la lógica, matemática, física y astronomía.
Y aunque el espacio nos limita, no podemos dejar de mencionar otras obras filosóficas de gran importancia como lo son: “Kitab al-Insaf” (El libro del juicio imparcial); y “Daneshname-ye-Alai” (El libro del saber de Alaí), considerada como la primera obra filosófica en persa. A esto, es bueno comentar que Avicena vivió en un período en que las ideas y la doctrina ismailí estaban en auge en Persia. Se cuenta incluso que su padre y uno de sus hermanos eran ismailíes. Tanto es así, que hay similitudes fundamentales entre el pensamiento ismailí y el aviceniano, y si bien, él nunca quiso adherirse a las filas de estos shiíes septimanos, sí parece ser que era shií duodecimano, hecho que podría estar corroborado por la calurosa acogida y mecenazgo de los buyíes shiíes de Persia.
Avicena como ya lo apuntamos cobró fama a muy temprana edad en el ramo de la medicina, sin embargo, el terreno en el que se afianzó como intelectual y es venerado en la posterioridad, fue el de la filosofía.
Curiosamente llega hasta nosotros una anécdota en la que Avicena mismo en su autobiografía cuenta que leyó cuarenta veces la Metafísica de Aristóteles, llegando incluso a saberla de memoria, pero que sólo pudo entenderla gracias a un libro de Al Farabi, “Diseño de la Metafísica”, que compró por casualidad. Derivado de esta eventualidad, en un principio se puede decir que la filosofía aviceniana estaba muy marcada por el pensamiento de Al Farabi, pero Avicena pronto lo superó con su obra enciclopédica. Y vaya que lo superó, pues este sabio persa, tuvo el gran mérito de sistematizar la filosofía racionalista aristotélica, de tal forma que se pudiese adaptar a la fe musulmana, algo que hizo mezclando dos pensamientos tan dispares como el de Aristóteles y Platón.
Bajo este sincretismo, su filosofía y su visión del mundo está impregnada pues, del aristotelismo, del neoplatonismo y, por supuesto, del Islam que él profesaba. No obstante que, Avicena se muestra más aristotélico que platónico, a la vez no sigue ni obedece al Estagirita en todo, crea así, con los elementos platónicos e islámicos una nueva filosofía a la que él denominó hikmat al-mashriqi (filosofía oriental), misma que el filósofo alude en el prólogo de su “Kitab al-Shifa”.
La filosofía aviceniana gira pues, alrededor de varios ejes, como son: el conocimiento de Dios y de la existencia, la discriminación entre ser y esencia, lo posible y lo obligado, la contingencia del ser, la teoría del conocimiento, la razón, la Resurrección y el Juicio Final. Siendo obvio que toda esta temática la retomó Avicena de los griegos, se le reconoce que él le otorgó una dimensión islámica, la incorporó en el pensamiento musulmán; así pues, como podemos apreciar en su obra principal, “La Curación”, en ella expone e interpreta a Aristóteles, cuya Metafísica ya para ese entonces conocía perfectamente. Avicena se declara ser un seguidor de Aristóteles, de cuya doctrina, conocida en cierta medida por los árabes a través de los sirios, elimina algunos elementos platónicos.
Del Estagirita toma doctrinas como la de las causas, los universales, las potencias del alma, rechazando al mismo tiempo otras. Es bueno destacar que de toda su obra, adquiere especial relevancia lo referente a la concepción del mundo como un único efecto emanado de Dios eterno, del que procede la primera y más alta de todas las inteligencias. A partir de ella, emanan una tras otra las inteligencias, cada una inferior a la precedente, y que son las motoras de las esferas, las cuales rigen el mundo hasta en sus detalles más pequeños. Así pues, Dios no se ocupa de lo singular, sino de lo universal.
En sus estudios sobre el alma humana, Avicena distingue cinco sentidos externos y otros cinco internos, y clasifica las almas en: sensitivas y vegetativas y angélicas y divinas. El alma humana, unida instrumentalmente al cuerpo, participa de ambas y da vida al cuerpo, haciéndole pasar de la potencia al acto y manteniendo su independencia, puesto que pervive individualmente después de la muerte del cuerpo. Aplicando así la Metafísica como ciencia del “ser en cuanto ser“; es decir, el “esencialismo”, que distingue la esencia de la existencia y considera a esta última como un accidente de la primera; la concepción del alma como sustancia inmaterial capaz de autoconciencia, con una esencia distinta de la del cuerpo.
Así pues, bajo estos conceptos y a través de él, Occidente entró en contacto con la doctrina del Intelecto Agente único, común a todos los hombres. Aquí en realidad, Avicena no hacía sino tomar esta idea de Al Farabi: “Cada individuo posee un intelecto paciente que, al volverse hacia el intelecto agente, recibe de él las formas inteligibles correspondientes a sus imágenes sensibles”. Por la repetición de este esfuerzo se puede adquirir cierta aptitud para recibir la ciencia del intelecto agente. Cualquier cosa que pensemos, siempre la concebimos como “algo que es“.
Avicena desdobla la noción de ser en dos: ser necesario (que no tiene causa y por su esencia no puede no existir) y ser posible (que puede existir sólo si es producido por una causa). “Por la experiencia conocemos únicamente objetos cuya existencia depende de determinadas causas”. Tanto ellos, como sus causas son “posibles”, no “necesarios”. Toda la serie de causas que da existencia a los seres posibles es, también, posible y no necesaria. Y siendo que lo posible es lo que necesita una causa para ser, resulta que si no hubiese más que posibles no existiría nada. Por lo tanto, debe existir un ser necesario, porque si no nada existiría. Este ser necesario es Dios. Dios posee la existencia en virtud de su esencia, en él esencia y existencia son una sola cosa. Por ello no se lo puede definir, no cabe preguntar de él qué es, porque no hay un qué. En todos los demás seres se distingue la esencia de la existencia y, como no existen en virtud de su esencia, Avicena considera que la existencia se les añade como un accidente a su esencia. En concreto, Avicena sostiene que la producción del mundo por parte de Dios es eterna. El mundo es un efecto eterno de una causa eterna, Dios.
Como podemos apreciar, Avicena siguió a Al Farabi en su explicación del origen y jerarquía de las inteligencias y establece, en efecto, que el conocimiento depende de la realidad de los objetos conocidos, desde el saber de los principios primeros, hasta el conocimiento obtenido por revelación, pasando por el de los universales o ideas.
A cada una de estas formas corresponde, a su entender, una forma y modo de intelecto. Y sólo mediante un proceso de abstracción progresiva es posible conocer las formas generales, sobre todo cuando, desvinculada el alma de lo material, recibe directamente la influencia del entendimiento agente. Sin embargo, debemos subrayar que la importancia filosófica de Avicena no consiste meramente en su sistematización de la especulación anterior; sino que la profundización en algunas de las nociones fundamentales de Al Farabi, es precisamente lo que ha dado la mayor significación a su obra para la filosofía escolástica. Es decir, su razonamiento propio.
Para culminar, diremos que en el siglo XII al traducirse algunas de las obras de Avicena al latín, y aunque esta ecléctica versión aristotélica, estuviera fuertemente influenciada por el neoplatonismo, la transcripción permitió que la filosofía de Aristóteles recobrara su presencia en Occidente. Por lo que, Avicena se constituyó en el vehículo de ideas que serían claves para el resurgimiento de la Filosofía Occidental, influyendo enormemente a pensadores medievales como lo fueron: Juan de Escoto y Tomás de Aquino, de ahí su gran importancia. Pues, como lo veremos en los siguientes artículos, el sabio filósofo persa: Abu Ali al-Husain ibn Sina-e Balkhi mejor conocido como Avicena, deja una honda y trascendente impronta en la escolástica latina.
Es Cuanto.