Anselmo de Canterbury (1033 – 1109 d.C.)

Pablo M. Ramos
Al parecer, el hombre teme más a su ignorancia que a la seguridad que le ofrece el saber. El miedo es un ácido que se bombea en la propia atmósfera. Causa asfixia mental, moral y espiritual; mata la energía y todo crecimiento. El fanatismo religioso ha sido factor constante para que el hombre sitie su razonamiento, pues se dice que en el año 1150 el Califa de Bagdad prohibió los estudios filosóficos y mandó quemar todas las obras de Avicena, así mismo, en el año 1190, otro Califa hizo lo mismo con las obras de Averroes. Lo que había pasado 600 años antes en Europa, se repetía ahora en el Islam. Siendo así que con el tiempo, la filosofía musulmana se fue diluyendo.
Como ya lo apuntamos en anteriores artículos de ésta columna, a la caída del Imperio Romano, entre los bárbaros invasores y la iglesia cristiana cerrada al razonamiento filosófico, el pensamiento crítico, casi desapareció del mundo cristiano. Durante siglos, la ciencia y el pensamiento libre tuvieron que esconderse y volverse subversivos. Olvidadas entre las bibliotecas de los Monjes, que rara vez se atrevían a consultar los “libros prohibidos”, las ideas encontraron refugio en algunos monasterios, defendiéndose de la barbarie representada por el dogma de la iglesia. Siendo así que, lo que encontramos de filosofía en los comienzos de formación de los Estados independientes, al principio de la Edad Media, son sólo escasos residuos del mundo romano, cuya decadencia y caída habían hecho que se interrumpiese casi por completo la cultura universal.
En Occidente apenas se conocían, en materia de filosofía, más que la Isagoge de Porfirio, los comentarios latinos de Boecio a las obras lógicas de Aristóteles y los extractos de estas obras por Casiodoro, escritos todos ellos que no pasan de pobres compendios, así como los tratados, no menos pobres, De dialéctica y De categoriis, atribuidos a Agustín de Hipona. Se trataba simplemente de los primeros recursos e instrumentos para filosofar, en los que se aplican los procedimientos más externos y más formales.
Bajo este oscurantismo, tras un poco más de 600 años de caos en la iglesia, se iniciaron reformas importantes en los conventos y monasterios, se mejoró la educación de los laicos, surgieron nuevas órdenes religiosas, contrarias a las ya existentes -corruptas y riquísimas- destacando los Cartujos, Camaldulenses y Cistercienses, cuya labor principal fue copiar y estudiar la Santa Biblia con el método escolástico. Entendiendo por escolasticismo a la Filosofía de la Edad Media, cristiana, arábiga y judaica, en la que domina la enseñanza de las doctrinas de Aristóteles, concertada con las respectivas doctrinas religiosas, anteponiendo la fe sobre la razón, por lo que podríamos definir al escolasticismo como una filosofía al revés. Como ya sabemos, la filosofía utiliza los argumentos de la razón para llegar a la verdad (o algo que puede serlo). Contrariamente a esto, los escolásticos dicen que la verdad es la revelada por Dios en la Biblia y sólo usan la razón para explicar esa verdad. El escolasticismo (que todavía es la filosofía de la iglesia católica), es algo así como poner la razón al servicio de la fe. Situación agravada por la práctica atentatoria del derecho, en que dogmáticamente quien no aceptaba la escolástica como verdad era tachado de hereje.
La filosofía escolástica presenta, en su conjunto, una apariencia unicolor. No en vano se esforzaron algunos autores en introducir algunas diferencias y gradaciones en la dominación de esta teología, durante el período que va desde el siglo VI hasta casi el XVI. La filosofía escolástica, al igual que la arábiga, se desarrolla al margen del tiempo y, aunque así no fuera, la naturaleza misma de la cosa no permite clasificarla en diversos sistemas o manifestaciones, sino simplemente dar una caracterización y una indicación fundamental de los momentos que acusa realmente en la trayectoria del pensamiento.
Hegel nos dice que esta filosofía no es interesante por su contenido, ya que no es posible detenerse en él. Que no es en rigor tal filosofía; “este nombre designa en realidad más bien una manera general que un sistema, si es que cabe hablar, propiamente, de sistemas filosóficos”. Por lo tanto, la escolástica no es una doctrina fija, al modo como lo es, por ejemplo, la filosofía platónica o la escéptica, sino un nombre muy vago, muy impreciso, que agrupa las diversas corrientes ideológicas producidas en el seno del cristianismo durante casi un milenio. Sin embargo, esta historia casi milenaria del pensamiento se halla encuadrada, en realidad, dentro de un concepto que nos proponemos examinar, pues se mantiene constantemente en el mismo punto de vista, fiel al mismo principio, ya que comprobamos en ella la presencia continua de la fe religiosa y de un formalismo que no es otra cosa que una eterna disolución y un constante dar vueltas en torno a sí mismo.
La generalización de las obras aristotélicas provoca solamente una diferencia de grado, no un progreso científico. Desfila ante nosotros aquí, evidentemente, una historia de hombres, pero no en rigor una historia de la ciencia; y los hombres que ante nosotros desfilan, en esta historia, son sin ningún género de duda hombres devotos, nobles y de unas cualidades extraordinarias.
Generalmente se hace arrancar la filosofía escolástica de la figura de Juan Escoto Eriúgena, que floreció hacia el año 860 y que no debe confundirse con Juan Duns Escoto, que es posterior. Juan Escoto Eriúgena, influenciado por Agustín de Hipona, es el primer pensador con quien se inicia esta filosofía, basada principalmente en las ideas de los neoplatónicos. Sin embargo, oficialmente podríamos decir, el escolasticismo surge en el siglo XI por medio de Anselmo de Canterbury a quien se atribuye legalmente inaugurar en filosofía lo que se llamará la escolástica, periodo filosófico que fructificará en las summas y sistemas de hombres como Buenaventura, y el ya citado Juan Duns Escoto. Siendo los principales exponentes de esta doctrina Anselmo de Canterbury, Abelardo, y el llamado Doctor Divino Tomás de Aquino.
Iniciemos pues nuestra investigación, con el que fuera un importante teólogo y filósofo escolástico, denominado Doctor de la Iglesia y que en vida llevó el nombre de Anselmo de Candia y Ginebra, llamado también Anselmo de Aosta, de Canterbury o de Bec, el primero por haber nacido en esa ciudad y el segundo y tercero por haber sido prior y obispo de esas otras ciudades. Anselmo nace pues, en el seno de noble familia longobarda en el año 1033 en la ciudad de Aosta, en el Piamonte, en Italia. Aosta es la ciudad más importante del valle de mismo nombre y está situada en la confluencia del Buthier con El Dora Baltea. El valle, por su parte, limita con algunas de las montañas más altas de Europa, incluyendo el Cervino o Matterhorn, Mont Blanc, Monte Rosa y el Gran Paradiso. Esta hermosa región alpina limita también con lo que son hoy sus países vecinos: Francia y Suiza.
La vida de Anselmo nos es conocida, al menos en parte, gracias al trabajo de Eadmero de Canterbury, un discípulo directo de Anselmo. Y aunque este texto es un claro ejemplo de la hagiografía de su tiempo y, por ello, salpicada de las exageraciones e interpretaciones propias de la época que tenían como finalidad exaltar a un candidato a la santidad, nos presenta un retrato aproximado de lo que fue el itinerario del santo. Por lo que, Eadmero nos comenta que Anselmo, fue ostentante de la herencia de un linaje noble del Piamonte de la Casa de Candia, pues era hijo de Gondulfo de Candia, vizconde de La Bresse y Bugay, y la princesa Ermemberge de Ginebra, pariente de Otto I de Saboya.
Como en muchas de las biografías de los santos de aquella época, se nos presenta una antítesis entre los caracteres de ambos progenitores: Un padre pródigo y disipado y una madre profundamente religiosa. Aún siendo esto verdad, no representaría un caso excepcional, considerando el comportamiento común en el medievo de hombres y mujeres. Con todo, se puede asegurar que la primera infancia de Anselmo transcurriría en completa normalidad. El hecho de que desde muy pequeño mostrara inquietudes religiosas se debería en gran parte al trato continuo con su madre, quien le habría acercado a sus valores y prácticas religiosas. Por otro lado, no era raro que hijos de nobles vieran la vida monástica como una vía solicitada para perpetuar el renombre de la familia.
Lo cierto es que Anselmo deseaba el ingreso al monacato benedictino desde los quince años, época en la que se le describe como piadoso y estudioso. A la muerte de su madre, con 20 años de edad, rompe relaciones con su padre Gondulfo, que no quería que emprendiera una vida religiosa, y comienza a viajar por Borgoña y Francia; asiste a las escuelas de los mejores maestros según la tradición de los “clerici vagantes”. En la abadía benedictina de Le Bec, Normandía, elige como maestro al prior Lanfranco de Pavía, y se convierte en monje, luego en prior, en director de la escuela del monasterio y, por último, en abad (1078).
Llamado a Inglaterra por Lanfranco organiza allí la vida monástica y en 1093 es elegido arzobispo de la famosa catedral de Canterbury. Es en Inglaterra donde Anselmo, además de filósofo y teólogo, muestra dotes de político apologeta. La Iglesia vive el momento más cruento del conflicto de las investiduras y él debe defender desde la cátedra arzobispal el derecho que ella “tiene a la libertad” e impedir tendencias cismáticas que amenazaban a su grey.
Los monarcas británicos Enrique Plantagenet y Guillermo “El Rojo” no harán fácil esta tarea que se había impuesto a sí mismo; por ese motivo dos veces se ve obligado al exilio en Italia, donde desplegó una actividad extraordinaria defendiendo el poder espiritual conforme a la normas de Gregorio VII. Poco tiempo después, vuelve a Inglaterra en 1106, dedicándose profusamente en el marco de la filosofía escolástica, a la investigación de los orígenes del alma. No culminando con tal indagación ya que la muerte lo sorprende a la edad de 76 años el día 21 de Abril del año 1109.
Del legado intelectual de Anselmo diremos que su pensamiento gira, como ya lo apuntamos líneas arriba, en torno a la aberrante pertinacia de anteponer el dogma de la fe, al entendimiento que dicta el razonamiento humano. Haciendo de esto una regresión a los antiguos mitos y leyendas en que se basan las Sagradas Escrituras y otros relatos míticos de los cuales tenemos fundado conocimiento histórico. Anulando por completo el adelanto científico al cual el hombre llegaba por el empirismo.
Desde su estancia en el monasterio de Bec, Anselmo se preocupa por escribir su tesis dictada por el entendimiento que la fe le iluminaba, pues fue en esa abadía donde compuso dos de sus obras más conocidas: El Monologion, meditación teológico-filosófica sobre las razones de la fe, en donde nos presenta algunas pruebas de la existencia de Dios, propias de la tradición agustiniana; y, El Proslogion, donde encontramos el llamado “argumento ontológico”, que constituye la aportación más original de Anselmo a la filosofía medieval. Además de estas obras su legado contiene otras de no menor calidad. Conservándose también 19 oraciones, llenas de fervor místico; 3 meditaciones y 472 cartas personales.
Anselmo se esforzó en investigar y probar por la vía filosófica la doctrina de la Iglesia. Por lo que se refiere a las relaciones entre la fe y el pensamiento, Anselmo dice lo siguiente: “El cristiano debe llegar a la razón por la fe, y no a la fe por la razón; y menos aún si no acierta a comprender que la fe debe ser su punto de partida. Si acierta a penetrar en el conocimiento, se alegrará con ello; en otro caso, no hará sino adorar.”
Para Anselmo, la razón humana no se opone en absoluto a la fe sino que, al contrario, constituye un instrumento esencial para la especulación teológica. Credo ut intelligam (creo para entender) es la fórmula eficaz con la que sintetiza su método. Así pues, Anselmo es recordado no sólo como teólogo, sino también como filósofo, sobre todo por el estudio, desarrollado en el Proslogion, de un “unum argumentum”, un único principio inmediato y fundado sólo en sí mismo para la demostración de la existencia y de los atributos de Dios. Es decir, la “prueba ontológica de la existencia de Dios”, que es un razonamiento apriorístico que pretende probar la existencia de Dios empleando únicamente la razón; esto es, que se basa únicamente en premisas analíticas, a priori y necesarias para concluir que Dios existe.
A manera de comentario diremos que dentro del contexto de las religiones abrahámicas, el argumento ontológico fue propuesto por primera vez por el filósofo medieval Avicena en El Libro de la Curación, aunque el planteamiento más famoso es el de Anselmo en su Proslogion. Este argumento ontológico ha sido siempre un muy controvertido tema de la filosofía, no por pretender probar la existencia de Dios, sino por el modo en que lo hace. Muchos filósofos, entre los que se cuenta Averroes, lo han rechazado frontalmente, sin que necesariamente creyeran que Dios no existe; pues de hecho, algunos de sus críticos han sido destacados religiosos como: Tomás de Aquino, Guillermo de Occam y Roger Bacon.
En efecto, esta polémica surge del hecho de que el argumento analiza el concepto de Dios y afirma que el propio concepto implica la existencia de Dios: “si podemos concebir un Dios, entonces, razona, Éste debe existir”. Así, la principal crítica al argumento suele ser que no ofrece premisa alguna a la demostración, más allá de cualidades inherentes a la proposición no demostrada, conduciendo a un argumento circular en el que las premisas se basan en las conclusiones, las cuales a su vez se basan en las premisas, conformando una falacia por petición de principio.
En esta controversia, las principales diferencias entre las distintas versiones del argumento provienen principalmente de los diferentes conceptos de Dios que se toman como punto de partida. Dios -se dice, en efecto- es el pensamiento absoluto, en cuanto objetivo, pues siendo las cosas en el mundo contingentes no pueden ser lo verdadero en y para sí, sino que esto es lo infinito. Sin embargo, se manifiesta en Anselmo la contraposición entre el pensamiento mismo y el ser. La prueba ontológica, que es la primera prueba verdaderamente metafísica de la existencia de Dios, tomaba por consiguiente el giro de que Dios, como la idea de la Esencia que resume en sí misma toda la realidad, lleva dentro de sí también la realidad del ser; esta prueba se deriva, pues, del concepto de Dios, según el cual, es la esencia general de las esencias.
De este modo, Anselmo sienta el primer fundamento formal de la teología escolástica, sin embargo como ya lo mencionamos, este fundamento existía ya antes, sólo que con fines más limitados. Mientras que hasta entonces se consideraba a Dios como el ser absoluto, atribuyéndosele lo general como un predicado; con Anselmo comienza la trayectoria contraria: la del ser como predicado, en que la idea absoluta empieza estableciéndose como el sujeto, pero como el sujeto del pensamiento. De este modo, aunque por un lado el ser de Dios se abandone como la premisa primordial de que se parte y se establece como un ser pensado, la conciencia de sí, está en camino de retornar a sí misma.
Concretando, diremos que las obras de este pensador denotan profundidad y espíritu. En su tratado Cur Deus homo, obra rica en especulaciones, Anselmo expresa de un modo muy notable la totalidad de su pensamiento. “Considero una negligencia el que, aún manteniéndonos firmes en nuestra fe, no nos preocupemos también por llegar a comprender lo que creemos.”
Para culminar diremos que uno de los aspectos que conviene destacar en la figura de Anselmo de Canterbury, es que, con su prueba ontológica de la existencia de Dios, devela que los católicos no han sido nunca tales ingenuos que no hayan penetrado con el pensamiento en las verdades eternas, que no hayan procurado captarlas filosóficamente. El otro aspecto es que en él, aparece captada aquella suprema contraposición del pensar y el ser.
Es Cuanto.