Algunas anécdotas del General Lázaro Cárdenas del Río 3/6

 Algunas anécdotas del General Lázaro Cárdenas del Río  3/6

Miguel Ángel Martínez Ruiz

Estando el Presidente en el Estado de Sonora, cuando salió de Guaymas para dirigirse a Hermosillo por carretera, sucedió lo que sigue:

​​Era ya bien entrada la noche, como a las once o cosa así. El automóvil del Presidente, raudo por la carretera, iba a Hermosillo. En el interior del coche el Presidente conversaba con Castillo Nájera, su único acompañante. Ni Castillo Nájera ni Cárdenas llevaban arma alguna. De pronto, el chófer dijo: “Señor Presidente, un coche nos sigue-. –Acelera la marcha –contestó Cárdenas-. Al rato, el chófer volvió a decir: -Señor Presidente, el coche ese nos va alcanzando-. –Hazte a un lado de la carretera, déjalo pasar –ordenó el Presidente. El coche trasero se acercaba y el chófer informó:     -lo guía una mujer vestida de negro; va sola-.           -¡Para el coche en seguida! –mandó Cárdenas. El automóvil de la señora sola detuvo su marcha al lado mismo del coche presidencial. Abrió la portezuela y bajó. Acercándose a la ventanilla del automóvil del Presidente, dijo la mujer: -Quiero hablar con usted, señor Presidente-. -¿Usted cree que este lugar y hora son lo más conveniente? –contestó Cárdenas, algo amoscado-. –No está en mí escoger la hora y el lugar  –replicó la mujer enlutada-. –Bueno, hable usted, entonces-. –Preciso estar sola con usted-. El Presidente rogó a Castillo Nájera que se apeara. Este se hizo el remolón, temiendo algún percance, quizá pensaba en Carlota Corday. Con la mirada interrogó a Cárdenas. Nueva indicación de que lo dejara con la señora. Castillo Nájera obedeció, pensando que el chófer se quedaba en el coche, pero la mujer insistió:    -He dicho que deseo hablar sola con usted-. Entonces Cárdenas ordenó al chófer que se bajara. Castillo Nájera le dijo al oído al conductor que era conveniente no alejarse  y ver los gestos de la mujer. –Verdad que no trae monedero, pero esto no es obstáculo para…-        -Estemos atentos –le dijo Castillo Nájera al chófer. Pasaron unos minutos de angustia, al cabo de los cuales la señora volvió a su coche, hizo marcha atrás, maniobró y emprendió el camino de Guaymas. Ya reunidos nuevamente Castillo Nájera y el Presidente: -¿Qué quería?     –le interrogó el primero-. –Es la esposa de un coronel castigado y trasladado, y me ha pedido que anule el castigo y lo regrese al hogar, en Guaymas. Me ha explicado la falta que el coronel cometió, y al parecerme excesivo el castigo, he prometido complacerla.”

***

​​En un pueblecillo del Estado de Sonora, el Presidente fue agasajado por los niños de la escuela comunal. Terminada la ceremonia, se presentó al Presidente un muchacho como de doce años de edad y le explicó que unos cirqueros lo habían raptado en el Estado de Jalisco, y se lo llevaron haciéndole muchas penalidades.

¿Cómo te llamas?
Pancho, siñor.
¿Pancho qué?
Pancho Valenzuela, siñor.
¿Tienes padre?
No, siñor.
¿Y mamá?
Sí, siñor.
¿Dónde vive tu mamá?
En Guadalajara, siñor?
¿Quieres volver con tu mamá?
Sí, siñor. Por eso vine a verle a asté. Unos vecinos me dijeron: “Mira, ¿ves aquella casa rodeada de álamos? Por allí hay un siñor muy güeno, que es asté, y él te llevará con tu mamá –me dijeron.
Que llamen al dueño del circo –ordenó el Presidente.

No se hizo esperar el saltimbanqui, que llegó aterrorizado.

Señor, ¿tiene usted inconveniente que yo mande a este niño con su mamá? –interrogó el Presidente.
No, señor Presidente. ¡De ninguna manera! Puede usted disponer lo que mejor convenga al niño. Y no me lo llevé, fue él quien quiso venir conmigo. Me es una carga    –contestó, ladino, el sujeto.

El muchacho fue incorporado al convoy presidencial y un oficial recibió el encargo de llevarlo, con todo cuidado, a Guadalajara.

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​​El indio yaqui, por haber sido duramente castigado, es quizá el más reacio de todos los indios mexicanos en aceptar los beneficios que les puede llevar la civilización. En tiempo de los gobiernos coloniales fue esclavo y continuó siéndolo con la Independencia. Porfirio Díaz les enviaba soldados para asesinarlos y después del triunfo de la Revolución maderista fueron descuidados. Sólo Lázaro Cárdenas quiso emancipar al indio yaqui, enviándole tractores, semillas, abriendo escuelas y enseñándole la lengua castellana. Pero los yaquis no creían en nada ni de nadie se fiaban. Cárdenas sabía mucho de la decepción, de la desconfianza de los yaquis.

​​En su primera visita a las tierras del Yaqui, tuvo el Presidente buen cuidado de ir acompañado de ingenieros, economistas y maestros. Al llegar al primer  poblado, les explicó el Presidente su firme deseo de transformar aquello. En vano. Nadie le creía. El Presidente insistía, hablándoles de la construcción de caminos, de la dotación de agua potable, de la apertura de escuelas, del envió de caballos y tractores. Inútil. Y Como el Presidente no diera su brazo a torcer acabaron por decirle:

Queremos hablar contigo a solas.

Le condujeron a una miserable choza, a cierta distancia de sus acompañantes. La conversación duró más de dos horas. Al salir de la choza, los que acompañaban al Presidente vieron que los yaquis reían y que uno de ellos no cesaba de gritar:

¡Viva nuestro padre Cárdenas! ¡Viva nuestro padre Cárdenas!

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El doctor Roberto Solís Quiroga, eminente penalista mexicano que durante el Gobierno de Lázaro Cárdenas fue Jefe del Departamento de Prevención Social y Presidente del Tribunal para Menores de la ciudad de México, me contaba que una tarde el Presidente Cárdenas le convocó para que fuera a Los Pinos a fin de poder hablar holgadamente sobre los asuntos encomendados a su departamento.

-Me dijo por teléfono que fuera a Los Pinos a las siete de la mañana. Yo llegué con diez minutos de retraso y encontré al Presidente que, con evidente signo de impaciencia, me esperaba de pie en la puerta del jardín. Se trata de un hombre muy puntual –comentó el doctor Solís-, que tiene tiempo para todo y que por atareado que esté, nunca olvida una cita, siempre acude con exactitud a donde haya prometido ir, dándose a menudo el caso de que el Presidente tiene que esperar a los invitados en alguna recepción oficial.

Isauro Gutierrez