Solicitud de empleo


Cuauhtémoc López Sánchez
El Consejo Cósmico, reunido como cada tres eones luminosos en las Pléyades, ha iniciado el análisis del Proyecto de Colonización presentado por el Escuadrón de Exploración e Investigación. El Consejo es el máximo órgano de gobierno estelar y está organizado en Sectores encargados de las diferentes tareas políticas, comerciales e ideológicas.
Uno de los asuntos de la reunión, es discutir las respuestas a la convocatoria para desarrollar una nueva colonia y desde las propuestas de las empresas más prestigiadas hasta las individuales han sido recibidas y revisadas. La documentación debe contener un diagnóstico, un proyecto, plan anual, currículo de personal e impacto ecológico.
Una de esas solicitudes ha llamado la atención de todos los integrantes del Supremo Consejo, porque procede de uno de los planetas más lejanos, poco conocidos, incluso se dudaba que todavía estuviera habitado y que existiera, por lo que se ha considerado, dada su peculiaridad, hacerla del conocimiento general. Hela aquí:
NOMBRE: Cuauhtécatl. (Espejo de águilas).
LUGAR DE NACIMIENTO: Coamixótl. (Lugar de serpientes). Planeta Tierra.
FECHA DE NACIMIENTO: Como en los tiempos de mi nacimiento aún no había Registro Civil, fui registrado en las capas terrestres, pero mis padres aseguran que mi edad es de doce ciclos de doce eras zodiacales terrenas.
ESCOLARIDAD: Todavía no obtengo título universitario, debido a que ningún funcionario educativo ha firmado el acuerdo de titulación, pero tengo conocimientos de Ecología, Biología, Física, Química, Etnología, Astronomía, Historia, Geografía, Medicina, Filosofía y… podría seguir enunciando mi preparación, pero considero más correcto si ustedes solicitan información específica.
ANTECEDENTES DE EMPLEO: Mi trabajo empezó el mismo instante en que nací, al abrirme paso entre los prismas basálticos de mi madre, la Gran Montaña y fui desbastando las piedras brutas que encontré a mi paso, hasta dejarlas pulidas con acabados perfectos. Inmediatamente después, di de beber a matorrales, musgos y hepáticas, a extrañas aves y a enormes dinosaurios, que presurosos me rodearon en tanto formaba mi primer depósito. Mientras hacía crecer el lago, musarañas, lagartos y ánades se refrescaron bañándose conmigo.
Por esos tiempos, de las faldas de mi madre nacieron mis hermanas las coníferas, que perfumaron y adornaron los parajes que me vieron nacer. Escoltando a los abetos, las secoyas crecieron hasta el infinito.
Cuando el lago quedó terminado, seguí avanzando a petición de un bosque, reclamando porque las hayas, robles, liquidámbares y nogales tenían el suministro de líquido únicamente cuando alguna nube derramaba su contenido ahí por suerte. Al llegar al bosque, hubo tal algarabía, que algunos tilos fueron a dar sobre mi cuerpo, circunstancia aprovechada por una familia de pandas para cruzar ceremoniosos hasta alcanzar las ramas del bambú que enderezaba sus penachos para sacudirse el agua que acababa de bañarlo.
Salí de ahí brincando, procurando no tropezar, pero más adelante, una nueva sorpresa me esperaba. ¡Me inundó una grata sensación de vacío al formar una cascada! ¡Qué extraordinaria experiencia! Recomendable porque hace pasar del vértigo de la soledad a la conciencia de estar cerca de cumplir con tu destino en pocos segundos. Deseaba seguir saltando y hasta tuve el atrevimiento de tomar rayos de luz y pintar arcos iris en la brisa que surgió de mi choque con las rocas, pero no pude detenerme sino el tiempo necesario para recuperarme de la caída, ya que mi ímpetu juvenil me empujó hasta una formación selvática.
¡Qué extraña visión de quietud y paz! Mi caudal, fuertemente enriquecido por las lluvias casi interminables, fue recibido por animales y vegetales que acudieron a beberme. Mafafas y helechos gigantes hicieron reverencias y me acariciaron cuando pasé junto a ellas mientras mariposas, guacamayos multicolores y frágiles insectos brindaron calurosa bienvenida a lo que llamaron río. ¡Cuánto colorido de cantos y plumas! ¡Maravillosas combinaciones coloridas de orquídeas, gardenias y raflesias! Savia selva enterada de la finalidad de mis trabajos. Era tan imponente su presencia, que no deseaba alejarme de ella y di muchos rodeos para alejarme, porque además, lianas, raíces de hules, chicozapotes, caobas, ceibas, vainillas y palmeras, querían retenerme y para convencerme de no abandonarlos, muchas aves cantaron, dando mayor intensidad a sus plumajes y todas las flores perfumaron mi camino. Estaba hipnotizado por los habitantes de la selva debido a su gran altura, colosal personalidad coronada de loros, guacamayos, tucanes, quetzales, colibríes y cardenales. A mi lado, desfilaban orangutanes, gorilas, chimpancés, jaguares, armadillos, tapires, caimanes, cocodrilos, escarabajos, hormigas y serpientes, que me observaban fijamente tratando de detenerme o al menos entretenerme. Cuando por fin pude escapar alcancé a ver de reojo a una familia de hongos provista de sombrillas, acompañados de un círculo de amigos, caravanenando la despedida.
Fui recibido por otros árboles y arbustos más pequeños pero no menos bellos y amables que los selváticos, entre los que distinguí a la mística acacia, al tenaz mezquite, al soberbio baobab y a la noble palmera. La tierra vibró al trote cadencioso de elefantes, rinocerontes, jabalíes, antílopes, cabras y gacelas que huían de leones, tigres albinos, pumas sable y leopardos a través de una extensa llanura en donde con agrado empecé a formar mi segundo depósito, que siendo apenas un charco, se animaron al chapuzón cisnes, cigüeñas y garzas. A lo lejos, esperaron turno grupos de mandriles y macacos, colobos y cercopitecos, respetando la organización y las categorías.
En mis orillas, aparecieron entrelazados en una ronda gigantesca, recios y adustos ahuehuetes, sorprendidos por su imagen reflejada en el espejo esmeralda y cristalino. Era tanta su majestuosa sobriedad que me obligaban a reflexionar en la finalidad de mi trabajo.
Dejé la sabana con nostalgia y descendí lentamente entre valles y pequeños montes para adentrarme repentinamente en el calor abrasador de un piso arenoso y sediento que quiso consumir todo mi caudal. Alcancé a saciar la sed del colosal desierto y me alcanzó para nutrir a espinosos agaves, cactos, nopales, sahuaros y a elegantes datileras y cocoteros. Sin embargo, el que más me impresionó de todos los habitantes del desierto, fue el caballo. En él estaban conjugadas la inteligencia y la elegancia, la agilidad y la belleza. ¡Me hubiese gustado montar en él para hacer menos cansado mi trabajo! Hasta hubiera llegado con puntualidad a mi destino. Acudieron curiosos a mi lado, camellos, dromedarios, borregos, vacas, búfalos, bisontes, coyotes, tejones, águilas y halcones. No faltaron zorrillos, serpientes, gilas y alacranes.
Ocurrió la despedida entre cruzas de verdes y doradas vegetaciones con risas sarcásticas de hienas burlonas y cascabeleos reptilianos, con acompañamientos operísticos de primates y aves y entretenido como estaba, no alcancé a comprender el ruido ensordecedor que se acercaba y mi asombro fue mayúsculo cuando de súbito, apareció frente a mí, mi padre el Mar, esperándome ansioso.
Me recibió con ternura, con destellos azules, verdes, grises, todos brillantes, preguntando por mi madre, La Montaña Majestuosa. Yo no paré de contar mis experiencias y él de presentarme otros hermanos: algas, corales, erizos, estrellas, ballenas, delfines, pulpos, tiburones, almejas, calamares y peces que a millares, remontaron mi contracorriente, nadando velozmente por entre mis arterias.
¡Vaya fuerza indómita! ¡Qué cuerpos tan perfectamente acorazados! ¡Inimitables trajes imbricados con elásticas aletas! Mi padre me tranquilizó con sus explicaciones acerca de la nobleza de nuestro trabajo.
Así fueron transcurriendo los tiempos, las edades, mientras se formaban otros ecosistemas y nacían más ríos, cordilleras altas y nevadas; valles diferentes, bosques, selvas, lagos y lagunas. Todos esos acontecimientos nos hicieron suponer que estábamos preparando al planeta para un suceso especial y así lo manifestamos en las reuniones de trabajo que teníamos. Ya no se hablaba de otro tema: aguardábamos la llegada de alguien singular y cuando ello sucediera, ese ser, con su inteligencia, dominaría todo lo existente; controlaría la luz, domaría el viento, sometería al rayo y al huracán y reuniría sobre sí, tanto poder y gloria, cual no poseía nadie conocido hasta ese día, porque él era la pieza que faltaba en la cadena, tal vez en el universo, para que se lograra la armonía y la felicidad totales.
Tanto se hablaba del asunto, que empezamos a desear su llegada y esa fue otra razón para redoblar esfuerzos y cumplir con la misión que teníamos encomendada. Me empeñé en superarme y durante tiempos y estaciones, sin reposo ni queja, procuré embellecer nuestra casa para ofrecerla con orgullo al hermano esperado.
Aprendí canto para arrullarlo en su descanso; me lavé hasta lograr la transparencia total que posibilitara el fiel reflejo de su imagen; me purifiqué a la perfección chocando contra peñascos y filtrándome entre las capas de la tierra para que me pudiera beber sin temores; asistí a cursos para darle masajes en mis lagos y aliviarle sus cansancios; para nutrirlo, atrapé algas, truchas, cangrejos y camarones en mis depósitos; regué los campos sembrados por el viento y las aves, de trigo, arroz, maíz y árboles frutales; enriquecí los suelos con limo que trasladé de bosques, selvas y montañas. Casi envejecí esperando, cuando un día, una luz bellísima iluminó nuestro horizonte, se escucharon truenos, hubo relámpagos antes de reinar el más profundo e impresionante silencio. Repentinamente, en el azul del cielo, aparecieron las estrellas, a pesar de que el sol brillaba más que nunca, para contemplar la llegada de nuestro hermano el hombre.
Los animales abrieron al máximo sus sentidos y permanecieron expectantes; las flores se engalanaron con pétalos de lujo después de un baño de perfumes; el universo estaba en suspenso emocionado porque al fin llegaba el esperado, el deseado, el hombre.
¡Qué perfección de movimientos! ¡Cuánta armonía de colores y sonidos en sus ojos y voz! Al fin comprendí el profundo sentido de todos mis trabajos y cuando me miró, entendí que si mis ojos veían al infinito, los suyos abarcaban hasta la eternidad. Todos enmudecimos por la emoción y quedamos prendados de nuestro nuevo hermano y trabajamos al unísono para cumplirle sus más insignificantes caprichos. Lo transportamos en sus prisas y aventuras; lo apoyamos en sus vacilaciones y temores; lo alimentamos con sobreabundancia; cubrimos sus carencias, deficiencias y limitaciones y hasta nos henchimos de orgullo y alegría cuando sin saber cómo ni de dónde, llegaron más y más hermanos humanos que rápidamente poblaron mis riberas. Empezaron a llamarse homo sapiens, cada vez más sapiens.
Pero un día, algo extraño empezó a suceder. Mis hermanos los humanos fueron enfermando de una rara y desconocida locura. Primero me hirieron con sus excretas y aunque por un breve tiempo logré recuperarme, llegó el momento en que ya no me pude rehacer. Para mi desconsuelo, observé con desilusión, como aniquilaban bosques y selvas, utilizando palas mecánicas y sierras eléctricas, provocaban incendios y arrasaban dolorosamente con los milenarios pioneros del planeta que con tanto cuidado habíamos preparado para recibirle.
Al mismo tiempo, millares de hombres se apresuraron a enjaular, domesticar y exterminar cuanto animal encontraron y se negaron a escuchar mis protestas, invitándome a callar y reprimiendo mis quejas, con el castigo de lavar la sangre derramada en sus incomprensibles guerras, inútiles pugnas egoístas que desgastaron a mi Madre. Además me forzaron a trasladar hasta mi Padre, basura nuclear, desperdicios industriales y fétidos desechos de su mundo ahora civilizado.
Mi Padre disgustado dejó de hablarme por agravar su estado de salud y presentarme ante él, sucio y apestoso.
No hubo respeto ni para mi Madre. Ella fue violada con dinamita para la construcción de túneles, de caminos, de vías y oleoductos que permitieron trasladar energía almacenada para la edad del enfriamiento.
Todos los astros empezaron a ocultarse y mis lagos, ahora mortecinos y opacados por lodo nauseabundo, empezaron a secarse. Trataron de entubarme para hacerme llegar a sus viviendas y cuando intenté huir, me apresaron entre cortinas de hormigón, obligándome a mover enormes turbinas y producir electricidad que moviera sus inventos pero ahogando a millares de hermanos vegetales. Ya no pude cantar y enmudecido por tanta necedad, me opuse a seguir trabajando si el hombre continuaba vaciando sus insolencias por mi lecho.
Efectué marchas y plantones; huelgas de hambre; tomas y bloqueos de ciudades completas y nada dio resultado. Se me negó el derecho de petición que mi abolengo y tradición se merecían y entonces invité a mis hermanos viento y nubes a una revolución sin cuartel y arrasamos siembras, construcciones, caminos, puentes, presas y matamos miles y miles de hombres. Hubo una tregua para intentar firmar la paz y aproveché para recordarles los principios de libertad y de justicia por los que tanto había luchado; de igualdad y fraternidad que se ufanaba haber logrado; de amor y tolerancia que presumía haber alcanzado, para que diera marcha atrás en su conducta irresponsable y egoísta, pero todo fue en vano.
Abatido por el fracaso, disminuí mi caudal, amenacé con no saciar su sed, con cancelar el servicio de riego pero tampoco resultó y como respuesta, el hombre se desquitó asfaltando, pavimentando y construyendo urbes más monstruosas, bloqueando con su peso la superficie de mi Madre y bloqueando los poros de su respiración y los mantos de mi sustento.
Agotado de recorrer mi camino rodeado ya de torres petroleras y no de coníferas, de estructuras metálicas con hilos de alta tensión en lugar de vetustos ahuehuetes, enredos de tubos gasoductos, de sentir correr por mis arterias plomo y excremento, combustible y solventes, ya no de truchas y salmones, desanimado al comprender la desaparición de vegetales, animales, lagos, cascadas, hasta el punto de la extinción, y temiendo que a mí también me utilizaran en algún laboratorio universitario para realizar experimentos, terminé por concluir abrumado, que nunca más aceptaría trasportar el insultante vómito de los alcantarillados humanos ni trasladaría razones de mortandad para todo lo que me rodeaba y aconsejado y apoyado por todos mis amigos concluimos que lo único que podía hacer era presentar mi RENUNCIA y lo hice con carácter irrevocable, avergonzado y arrepentido de haber llamado hermano al hombre.
Envío ahora al Supremo Consejo, esta Solicitud de Empleo, para ser enviado a colonizar otro planeta, con la firme confianza de que nunca, de ser aceptado, llegue al mundo donde yo sea comisionado, repito, nunca llegue un organismo llamado homo sapiens sapiens.
ESPACIO PARA SER LLENADO POR EL SUPREMO CONSEJO.
RESULTADOS DE LOS EXÁMENES PRACTICADOS AL SOLICITANTE.
CONFIDENCIAL
DIAGNÓSTICO: Envenenamiento irreversible. No saludable.
PRONÓSTICO: Muerte inminente. Poca esperanza de productividad.
DECISIÓN: Rechazado.
RAZONES: Vejez prematura, rebeldía senil y manifestaciones de incitador revolucionario.