Juárez, hombre universal


Miguel Angel Martínez Ruiz
Cada vez que escucho el nombre de Benito Juárez,
llega a mi mente la idea de una grandiosa llamarada,
porque él llevaba en lo íntimo del alma
el fuego sagrado de su raza,
cuya inmensa y portentosa voz
hizo vibrar la conciencia
del humilde pastorcito zapoteca,
para convertirse en ferviente anhelo,
disciplina tenaz, amor al estudio,
deber ineludible de emprender
el viaje hacia Oaxaca,
a cultivar su espíritu sublime
que despertó la pasión, el ansia rediviva
por la justicia y el derecho.
Entonces, surgió el hombre cabal,
forjado en el crisol excelso
del corazón de Hidalgo y de Morelos,
que lo incitó a levantar la antorcha
de estos paladines inmortales
e iluminó la noche decadente,
herencia de tres siglos de ignominias.
Por eso, Juárez es luz resplandeciente
que abate las tinieblas de prejuicios,
servidumbre, sumisión y fanatismo
cuyas cadenas mantenían subyugado
al pueblo que se debatía
en medio de la pobreza, ignorancia y desesperación.
Y a la lucha se fue el gran Indio de Guelatao,
a fuer de valentía y enormes sacrificios,
valores rescatados del estoicismo de Cuauhtémoc,
y con aquella su energía indomable,
demostró el carácter integérrimo, imperturbable y fuerte,
en las vetustas mazmorras de San Juan de Ulúa
o en Nueva Orleans frente a la bruma del exilio.
Pero eso no fue suficiente para vencer la férrea voluntad
de luchador incansable, audaz, combativo.
Y la figura de Juárez se irguió con mayor firmeza,
bien cimentado en los más puros y nobles ideales.
Fue una cumbre, un caudaloso río, un mar embravecido,
huracán que se desató incontenible para romper las viejas estructuras
de codicia y maldad, privilegios, fueros, oro y riqueza,
amasados a base de trabajo, dolor y afrentas
que soportó el pueblo mexicano.
Juárez viene a ser como un sol deslumbrante que golpea con sus rayos
a los apátridas cuyo único Dios ha sido el dinero.
Juárez es un grito de protesta; nunca un lamento.
Visión maravillosa que lo convierte en hombre-pueblo,
al promulgar las Leyes de Reforma,
para dar a los desheredados de esta tierra prodigiosa de Anáhuac
pan, abrigo, casa y escuela.
Mas no podían faltar los resentidos traidores,
dizque “notables” que viajaron hasta Europa
y, escondidos en la oscuridad, firmaron sin escrúpulos
la venta de la Patria, madre nuestra.
Trajeron un príncipe ingenuo, iluso, soñador.
Y Juárez retornó a la lucha,
se transfiguró en hombre-nación,
muralla inexpugnable con la Generación de reformistas.
Esa guerra se prolongó hasta la fatiga extenuante,
mientras Juárez, impasible, el porvenir intuía.
Logró el epinicio de la victoria con los patriotas
que creyeron en él, modesto, callado, sencillo,
hundido en la soledad de su silencio.
Ulises mexicano que vivió su Odisea
y regresó triunfante a la isla de Itaca.
Han pasado dos siglos desde su natalicio,
y la egregia figura del patricio aún pervive
en la memoria de los pueblos
que siguen luchando por la dignidad humana.
Para comprender fielmente la vida de Juárez
no basta leer los momentos estelares de su biografía
en los fastos gloriosos de nuestra historia,
preciso es indagar en los viejos códices indígenas,
penetrar en los secretos de las ruinas
que las culturas aborígenes legaron,
el lenguaje que no ha sido descifrado,
las tradiciones y leyendas que aún perduran.
Es necesario subir al Ixtaccíhuatl y al Popocatépetl,
preguntar a los Atlantes de Tula,
al Dios Kukulkán cuando desciende en El Castillo de Chichén Itzá, desentrañar el enigma de Quetzalcóatl,
ir al Tajín, Palenque y Monte Albán,
cuestionar a los valles, montañas, selvas y volcanes;
ascender a la Pirámide del Sol en Teotihuacan
y, desde allí, consultar los arcanos del Calendario Azteca
y hablar a las estrellas para preguntar:
¿De qué arcilla fueron modelados el cuerpo y el alma del hombre-Patria,
de ese iluminado, tal vez mesiánico, que vino a liberar al pueblo
y defender a México de la rapacidad y la prepotencia,
sin arredrarse jamás ante el infortunio?
Todas las voces, todos los ecos, habrán de contestar al unísono con resonancia infinita:
El cuerpo de ese hombre no era de barro, sino de bronce,
con el fulgor de los astros en el alma, un adalid justiciero,
de esos predestinados que deben pasar de mano en mano
la antorcha de la libertad por entre los siglos.
De ahí que solamente la luz pueda medir el perfil de su heroísmo,
su fe republicana que México acrisola cuando funde la esencia
de su dimensión humana,
El asombro que causó en las naciones del orbe
la aguerrida defensa de nuestro suelo patrio,
pobre, inerme y destrozado frente a los ejércitos más poderosos,
magnificó su ejemplo ecuménico de hombre universal,
ciudadano del mundo,
y héroe inmaculado en la lucha a muerte por la libertad.