Decisión precipitada


Miguel Ángel Martínez Ruiz
Ya habían transcurrido ocho días desde que el servicio de agua potable se había interrumpido, la poca que estaba en los tinacos y aljibes cada día disminuía con el consumo doméstico y eso que muchos prescindimos del baño cotidiano para ahorrar el vital líquido. Las autoridades se justificaban con el pretexto de que algunas bombas que se usan en las presas habían sufrido desperfectos, pero que los técnicos e ingenieros estaban en vías de arreglarlas.
Subí a la azotea de mi casa para ver cuánta agua me quedaba. Sólo una cuarta parte del tinaco, ¡qué barbaridad! Y cuando se acabe… hundido en esas preocupaciones estaba cuando levanté la cabeza y ¡Oh, Dios mío! Que voy viendo a la mujer más hermosa del mundo desnuda. El corazón empezó a palpitarme tan fuerte que sentí como si se me fuera a salir, me temblaban las manos, también las piernas, el cuerpo entero, tal vez por temor a ser descubierto como voyeurista por aquella incomparable beldad. Empezó a bañarse con pasmosa lentitud.
Primero metió sus manos al agua de la pila y se la aplicó sobre los lóbulos de sus pequeñas orejas que permanecían escondidas bajo la ondulada cabellera pelirroja, exactamente como se hacía con los niños, dizque para que no se enfermaran.
Enseguida, se aplicó jabón sobre las chapeadas mejillas, la frente, la respingada nariz, su boquita de labios gruesos y la barbilla partida; finalmente cerrando sus hermosos ojazos sobre los párpados. Cuando el agua lavó todo el rostro armonioso, descendió su diestra con un estropajo por el cuello, para luego llegar a los senos turgentes cuya horizontalidad un tan levantada formaba un ángulo recto con su estómago, retando las leyes de la gravedad, por nada de este mundo se caían y los pezones bien formados como dispuestos a amamantar a un niño (o a un adulto), con sus aureolas de un color un poco más rosa que el resto de la piel. Su pudor no le había permitido bañarse totalmente desnuda y se había dejado unas pantaletas pequeñas que apenas le tapaba sus partes nobles. ¡Oh, qué desgracia!-pensé-, pero aquello la hacía verse más sensual. Me estremecía de placer al estarla admirando. Se pasó el estropajo por cada uno de sus brazos, los cuales tuvo que echar hacia atrás para seguir con las axilas, entonces pude ver aquellos pechos en toda su verdadera dimensión. ¡Cuánta belleza! Continuó sobre el vientre plano, parecían tener una minúscula película de grasa, sólo la necesaria, pues se percibían tenuemente sus costillas y pude darme cuenta que se trataba de una mujer esbelta que parecía más baja de estatura debido a la pronunciada redondez de sus caderas, sostenida sobre unas piernas increíblemente bien tornadas. Esa mujer no tenía misericordia de mí, hablando en sentido figurado, ya que se bajó muy despacio las pantaletas, como si estuviera dando una exhibición de striptease, mientras yo estaba sudando la gota gorda y una extraña sensación de lividez. No experimentaba compasión, esta mujer me va a provocar un infarto, –decía en mi fuero interno-. Se agachó para agarrar un banquito redondo y pude ver sus glúteos grandes, firmes y levantados. Pero cuando más me impresionó fue en el momento que giró hacía donde yo estaba, cruzó las piernas y candorosamente dejó al descubierto los vellos pelirrojos de su pubis. Todo su cuerpo era un armonioso conjunto jamás visto por mí en el cine, concursos de belleza, revistas o funciones de teatro frívolo. No… no… esto era lo máximo. Se sentó y dándome la espalda pude ver aquella belleza increíble. Tomó una toalla y se secó rápidamente como si alguien la estuviera urgiendo. Se puso un vestido y se fue.
Yo me quedé cavilando, pero ¡qué tonto he sido!, teniéndola tan cerca, vive muy lejos. Hoy mismo saldré a buscarla. Ella va a ser mi esposa a como dé lugar.
Fui varios días a diferentes horas, más o menos a la dirección de atrás de mi casa, llegué a permanecer toda una tarde hasta el anochecer y no lograba encontrar a la pelirroja. ¿Sería acaso una familiar que vino de otro rumbo de la ciudad? Pero cada día la obsesión iba en aumento. En cuanto la encuentre me caso con ella. Ya a mis treinta y cinco años no podía andar haciéndole al noviecito de manita sudada. Necesitaba una mujer y, si estaba tan guapa como la bañista, mucho mejor. Después de quince días vi venir a una muchacha joven, alta, con una falda larga, caminando sin mucho garbo. Observé de cerca sus facciones. Al mirarla, me dije: ¡Es ella! No hay duda. Apenas se puede creer que esa ropa tan holgada cubra tanta belleza. Me bajé de mi auto y le dije:
-¿Podría permitirme unas palabras, señorita?
-Perdóneme, señor, pero yo no hablo con personas desconocidas.
Ante estas circunstancias, busqué alguna familia amiga para que me la presentara y hablara bien de mí, respecto a mi situación económica como ingeniero, dueño de una constructora y de varios inmuebles, con una moral intachable, sin vicios y perteneciente a una buena familia. Recordé que por allí vivía un viejo amigo, compañero del equipo de fútbol en el que jugaba, “El Argentino”, le decían no sé por qué. Una vez que lo encontré, le pedí que me presentara a la muchacha. Esperamos a que llegara aproximadamente una hora, nos acercamos y así cambio la situación. Pude conversar con ella. Me dijo que iba a pedirle permiso a su papá. Yo me le anticipé, llamé a la puerta y salió un hombre como de sesenta años, le expliqué rápidamente mis intenciones:
-Quiero casarme con su hija.
Le pareció demasiado precipitado mi proceder, pero me vio tan bien vestido y en un auto Mercedes Benz último modelo. Solo se concretó a decirme:
-Necesito que vengan sus padres.
Mi madre se oponía, pero mi padre estaba de acuerdo. En fin, después de mis ruegos, aceptaron ir a pedir la mano de aquella novia desconocida. Cada vez que me acordaba de las escenas, me estremecía de emoción y soñaba con tenerla en mis brazos. Nada de pensamientos románticos. Esta vieja está super buena y esto me basta. Ya nos iremos queriendo al paso del tiempo.
Su padre insistió en poner seis meses de plazo para la boda, pero yo andaba que se me quemaban las habas y le supliqué que aceptara un mes. Después de mucho discutirlo dijo que sí. Los días se me hacían eternos. Iba a verla mañana, tarde y noche, la besé muchas veces, pero cuando intenté acariciarle su anatomía, se rehusó terminantemente:
-Si me quieres tanto, debes respetarme—afirmó convencida.
-Pero si ya vas a ser mi esposa dentro de una semana.
-Precisamente por eso. No seas adelantado, chiquitito–aseveró riéndose.
Esto aumento más mi lujuria. El objeto prohibido es el más deseado. Por fin ya estábamos frente al juez, cada frase que decía era una sugerencia para imaginármela en mi cama. Luego a la iglesia, con muchas flores blancas que me recordaban la pureza de mi futura consorte. Apenas puedo creer que bajo este vestido blanco haya un universo de placer insospechado y me la imaginaba desnuda ante mí, dispuesta a todo. Esto es pecado-llegué a decirme a mí mismo, pero no importa, siempre el recuerdo me subyugaba.
Nos fuimos al viaje de luna de miel y era tanta mi pasión que en un hotel de la ciudad de San Miguel Allende detuve el auto. No supe ni cómo llegué a la recámara, allí estábamos solos, finalmente. Ella no quería desvestirse, le serví una copa de champán para que se relajara. No surtió el efecto deseado. Le serví dos más y estuvimos platicando. Le expliqué sobre el objetivo del sagrado sacramento matrimonial. Después de más de dos horas aceptó tener relaciones sexuales, pero no quería desvestirse a pesar de que estaban apagadas las luces.
Haciendo uso de todas mis habilidades y estimulándola en diferentes partes del cuerpo logré quitarle el sostén y al sentir la forma de sus senos me di cuenta de que era otra mujer. ¿Qué diablos había sucedido? No dije nada. Experimenté la satisfacción machista de haber sido el primer hombre en su vida. Era virgen, pero era otra mujer. Regresé un tanto decepcionado, yo lo que anhelaba era la concupiscencia. Ciertamente mi mujercita era tierna, sumisa, cariñosa, me consentía en grado superlativo. Yo hacía esfuerzos por corresponderle. Pero ¿Qué había pasado?
Accidentalmente me di cuenta de que en los Estados Unidos vivía una hermana gemela de mi esposa. Aún la recuerdo y se me quieren salir las lágrimas.