Cariño paterno


Miguel Ángel Martínez Ruiz
Todas las personas de mi barrio siempre que tenían algún apuro o necesidad económica recurrían invariablemente a Don Chucho, un viejo mofletudo que presumía de haber participado en la última etapa de la Revolución Mexicana.
Un día muy de mañana, casi en la madrugada, doña Eduviges tocó el portón del prestamista. Él, chapado a la antigua como luego dicen, solía levantarse desde antes de las cinco; así que cuando escuchó los aldabazos metálicos del llamador en forma de león de su portón, acudió y, como todo hombre que se sabe poseedor de fuertes cantidades de dinero, se asomó por una mirilla para ver quién era. Vio a dos mujeres, vestidas con ropa sencilla. Por tratarse de dos personas del sexo femenino, de cuyas atrayentes cuerpos había sido un empedernido admirador, más bien esclavo, a grado tal que todavía de vez en cuando le salían los menguados arrestos para acostarse con alguna mujer que le gustaba. No se andaba por las ramas. Era un viejo rabo verde, aunque él se sentía un conquistador. Por eso, vestía siempre de traje con camisa almidonada y corbata roja. No obstante su obesidad, parecía no darse cuenta de que si acaso alguna mujer se fijaba en él era por su dinero, el cual no paraba mientes en repartir cuando de estos favores se trataba. Decían que tenía más de cuarenta hijos con quién sabe cuántas mujeres. Era, pues, un auténtico Don Juan.
Abrió la puerta de par en par, al tiempo que decía:
-Pasen, hermosas damas a su humilde casa.
Ante aquel recibimiento se quedaron un tanto sorprendidas, pero en fin pueden más los apremios, sobre todo cuando no se tiene un centavo ni para comer.
La señora ya tenía sus cuarenta años y la acompañaba su hija Andrea de unos dieciséis.
Oyó atentamente la solicitud de doña Eduviges que consistía en un préstamo de $10,000.00.
El viejo se mesó los cabellos y enseguida repuso:
-Tengo únicamente $5000.00, pero no se preocupe, permítame hablarle a un amigo mío para que les proporcione la cantidad restante. De inmediato, entró a un cuarto y le llamó por teléfono a un general ya pensionado. En cuanto le contestó, le dijo que le iba a mandar a una señora que llevaba una muchachota de esas que le encantaban y que, por su parte, él se conformaba con la mamá.
-A mí me gustan ya experimentadas. No sé cómo a ti te agradan esas muchachillas que todavía se orinan en la cama. Sin despedirse, colgó el aparato. Les dio el domicilio y, aproximadamente una hora después, estaban en casa del general, quien fue directamente al asunto:
-Ya me habló mi compadre. Yo le presto el dinero que necesita, pero con la condición de que me deje a la muchachita para que me ayude con algunos quehaceres de la casa. Le voy a pagar muy bien.
La señora, al ver que el anciano casi se caía en pedazos, no le tuvo la menor desconfianza.
Poco a poco, día tras día, fue haciendo su labor de viejo mañoso. Empezó por darle dinero suficiente para que se comprara ropa que realzaran sus encantos y “alegre el indio y le dan maracas”, pues la muchacha se vistió con ropa ajustada como siempre había querido.
El viejo se complacía mirándola cuando caminaba, acentuando a propósito sus movimientos felinos.
Sin importarle que uno de sus amigos más apreciados se burlaba de él y le había contado el cuento de “El gato de Tacámbaro”, cuya predilección alimenticia era devorar palomas, pero cuando se puso viejo, casi no se podía mover y ya sólo se contentaba con decir: ¡Qué hermosas y sabrosas, allí van! De todas maneras él perseveraba en su afán de agradar a las jovencitas y preferentemente procurar que lo satisficieran sexualmente.
Además de las prendas de vestir, una ocasión que lo fue a visitar su médico de cabecera, el general le pidió que revisara a la muchacha y que le diera una dieta especial a fin de comprarle algunos aparatos para que mejorara su silueta.
-Pero si a esta niñota no le duele nada, mi general.
-Usted haga lo que le digo.
-Muy bien, usted es el que paga y el que paga manda o como dice el Código de Mando del Ejército: “El que manda, manda y, si se equivoca, vuelve a mandar”.
En unos meses la muchacha estaba como agua para chocolate y el viejo le pedía que le diera masaje en las noches. Tanto acercamiento y, sobre todo, la ambición, pues ya la había colmado de obsequios como anillos, pulseras, collares, etc., etc., le pidió que se casara con él, ella renuente al principio lo rechazó; pero más sabe el diablo por viejo que por diablo y, ofreciéndole todos sus bienes a cambio de un poco de amor, la muchacha se ofuscó y acabó acostándose con el general.
Salían como marido y mujer en un lujoso automóvil a pasear por diferentes ciudades de la república. Tenía un magnífico chofer que, además cumplía las funciones de mayordomo, la muchacha le pedía que le complaciera en todos sus caprichos y, como eran disposiciones del general, tenía que obedecer, pues de lo contrario se llevaría una reprimenda e inclusive se exponía a que lo corrieran de su empleo en el cual obtenía un magnífico salario, suficiente para afrontar las necesidades de su esposa e hijos. Así que el chofer muy obediente se encargaba de satisfacer a la joven concubina del viejo general.
No había transcurrido todavía un año desde la primera noche que pasó con el general, cuando resultó embarazada. Le comunicó al anciano y este se puso feliz. ¡Iba a ser padre nuevamente! A los nueve meses nació un varoncito que casi volvió loco de alegría al anciano militar.
Los tres hijos del general, dos hombres y una mujer, lo tenían en el más absoluto abandono. Él les enviaba mensualmente una cantidad considerable de dinero a cada uno, producto de sus rentas y negocios que le administraba un leal familiar suyo. Pero, en tanto se enteraron del nuevo heredero, se presentaron para reclamarle. A ella la insultaron hasta el cansancio, le dijeron que era una vividora, cazafortunas, zorra, prostituta, etc. Él trató de defenderla, pero todo fue inútil.
A ella la aconsejaron y demandó al general, pero los hijos buscaron a uno de los mejores abogados de la ciudad de México y este mediante un estudio falso de ADN, echaron por tierra la hipótesis de que el niño era de su padre.
Ellos volvieron a dejar en el olvido a su progenitor. En cambio, Andrea siguió yendo a visitarlo. Él tomó la decisión de casarse con ella. Se celebró el enlace matrimonial por lo civil, no así el religioso, pues él era un tanto alejado de las cosas religiosas.
Vivió feliz al lado de su esposa e hijo. Antes de morir hizo su testamento, el cual decía: A lo mejor el niño no es mi hijo, pero para mí es como si lo fuera. Por tanto, dejo a mi esposa y a mi pequeño hijo todos mis bienes, a los otros tres solamente mis colchones, sábanas, cobijas, colchas y almohadas, es decir, lo indispensable a fin de que sepan que el cariño se gana cada día.