Virtud contra intolerancia

 Virtud contra intolerancia

Eduardo Murillo Gil

En el concepto de ciencia, se recorre el gran campo de los conocimientos humanos, y es tan basta la ciencia, tan variada, que sus numerosas ramificaciones se extienden a lo finito y tal vez al infinito.

La rama de la moral, la de la virtud, la del honor, se tocan unas con otras y se corresponden mutuamente, ya que una es la ciencia del jurisconsulto, otra la del verdadero sacerdote, y la última, sin duda alguna, la del magistrado. El estudio de una sola basta para absorber la vida de un hombre, transformándolo, elevándolo a las alturas más ignotas, al infinito. Por consiguiente, todo pueblo o nación que desee una transformación, deberá de poseerlas. ¿Pero, qué fuere del hombre, que a pesar de la Conciencia, de la Inteligencia y demás valores ya descritos, hace a un lado la punta de lanza, la Razón?

Cuando el sentimiento desplaza a la razón y la imaginación a la inteligencia, los valores se invierten y el pueblo o el individuo se sumergen por completo en la intolerancia. Intolerancia F. actitud cerrada y violenta frente a los que se expresen u opinen acerca de creencias diferentes. Y para que la cuña apriete, el oscurantismo aprovecha e imprime sus mensajes subliminales, apoderándose de las mentes del ciudadano que no está educado, del ciudadano que en su mayoría, no razona.

La intolerancia tiene su uso práctico por regla general entre las clases pudientes, los políticos, los ricos, así mismo, es fiel autorreflejo de la ignorancia. Los países más poderosos, como los Estados Unidos de Norte América, el Reino Unido, Inglaterra, los cuales siempre han justificado y pisoteado los derechos humanos, bajo prevaricaciones a todas vistas injustificadas, pero sí avaladas por sus satélites u organizaciones “Unidas”, convirtiendo la intolerancia en acto de piratería y barbarie. Un negocio completo a costillas del más débil, que es quien pagará al final las consecuencias, que ellos, los poderosos han violentado por falta en la práctica del buen uso de la Razón.

Por muy sabias e ilustradas que sean las personas, trátese del que se trate, si no hacen uso correcto de la razón, se habrán de convertir en sujetos irascibles, chocantes, los cuales se molestarán con quienes no concuerden o disientan de sus ideas y precocidades.

VIRTUS UTEM. Virtud: del Latín. Y que se interpreta como la actividad, capacidad o el poder de todas las cosas y sus causas, para manifestarse a la vista o para producir determinados efectos; es la actividad o la eficacia que se demuestran en cualquier acción tendiente a conservar o reestablecer la salud; indica los factores que proporcionan la fuerza, el valor y el vigor, propios del hombre potente y de criterio firme; es la potestad o facultad intelectual para ejecutar a conciencia las obras humanas con rectitud, integridad y probidad; igualmente significa la disposición, el hábito y la costumbre del individuo para llevar a cabo buenas obras y acciones; es también el firme propósito del hombre a oponerse a los vicios y a las bajas pasiones.

Todos en esta ciencia como buenos liberales al mismo tiempo que se instruye, hace amar el bien y gusta la virtud; la  ciencia es entonces un poderoso elemento de moralidad. La virtud nos hace vigilar las pasiones nacientes, dirigir su desarrollo, evitar sus abusos, reprimir sus primeros extravíos; despertar los nobles instintos del alma, alimentar y purificar los buenos sentimientos; poner de manifiesto la fealdad y peligros del vicio, quitar la mascara con que se cubre la corrupción, rodear de precauciones la inocencia de la primera edad. Esto es la educación de la moral y la virtud, que debe transformar a los pueblos en soberanos de ellos mismos.

La virtud es una disposición permanente a hacer el bien o cumplir ciertos deberes, por penosos que sean. Los antiguos distinguían cuatro virtudes principales, aplicadas a las diversas facultades del alma. La prudencia, el valor, la templanza, y la justicia. Sócrates consideraba a la virtud como una ciencia, la del conocimiento del orden de las cosas. Los más grandes moralistas reconocen, como contraparte, el papel que desempeña la inteligencia con respecto a la virtud, el que desempeña la voluntad y la intención.

El sabio estoico elige reflexiva y voluntariamente cosas conforme a la naturaleza, para él es esencial la recta voluntad, fuera de la cual no existe el bien ni el mal. Kant, seguido en este particular, acentúa este carácter de la moral estoica; una acción no es virtuosa si se cumple únicamente por respetar una ley moral. La virtud interpretada como tal, es un hábito de obrar bien, independientemente de los preceptos de la ley, por la sola bondad de la operación y en conformidad con la razón.

Los teólogos reconocen dos planos donde se realiza la noción de la virtud. El plano natural, en que la virtud tiene por objeto la práctica de un bien simplemente humano. El plano sobrenatural, en que la gracia eleva al alma y la hace capaz de reconocer a dios.

Reuniendo las virtudes morales como son: la prudencia, la virtud de la razón práctica; la justicia, es de la voluntad en los actos exteriores; las otras dos virtudes regulan las pasiones, la temperancia y los deseos de los sentidos, fe, esperanza y caridad.

En tal virtud, es necesario que los hombres, sobre todo quienes dirigen los destinos de las naciones o de los pueblos; aquellos políticos que aspiran o quieren gobernar el país, reúnan estos conceptos en su conciencia, para que sean capaces y dignos administradores de los bienes que se les asignan o encomienden para su custodia. Además, todos ellos deberán tener conocimientos profundos de su religión, historia patria, su moral; del cálculo teórico práctico, de los elementos de geometría, de las ramas en que se debe ser superior a su estado y enseñanza, no por ostentación, sino para poder ser más útil.

¿Es así como debe de transformarse a un pueblo? Sí, educándolo en los más sagrados principios de la ciencia; la moral, la virtud y el honor.

Juan Jacobo Rousseau aclara: lo mismo que un arquitecto antes de levantar un gran edificio observa y sondea el terreno para ver si puede soportar el peso de aquél, así, el sabio legislador no comienza por redactar buenas leyes en si mismas, sino que antes examina si el pueblo al cual las destina, es adecuado para recibirlas con honor.

Por consiguiente, para que el hombre tenga conciencia de lo que implica el honor y cunda esto en la transformación de él como pueblo, es necesaria la educación del hombre, misma que debe empezar desde la cuna. Platón nos dice: la gran dificultad es el principio; y especialmente la dirección de las almas, que tiernas aun reciben fácilmente el sello que se les imprime. El arbolito pequeño se endereza sin dificultad; ya crecido opone resistencia, las más de las veces insuperable. El hombre formado entre la inmoralidad y el crimen, llegará a ser un malvado. ¿De que honor hablaríamos?

Si nuestras facultades han de salir del estupor en que yacen cuando nacemos, es preciso estimularlas, varios son los medios que pueden obrar como estimulantes, la naturaleza que nos rodea, las relaciones con nuestros semejantes, el amor a nosotros mismos y por consecuencia a dios como a nuestra patria. Es pues de hombres virtuosos y libres de pasiones, quienes podrán instaurar la verdadera educación laica, para que las masas sepan elegir y dar atinada respuesta de civilidad y, sin dogmatismo alguno, la libertad religiosa cunda en toda la extensión de la vida de los pueblos.

Bella consecución la de un pueblo libre, que sólo sigue los dictados de la moral, de la virtud y el honor.

Honor: cualidad que impulsa al hombre a comportarse de modo que merezca la consideración y respeto de la gente.

El honor del hombre debe cifrarse en la conciencia, que es un reflejo de las leyes eternas, que nos hace distinguir el bien y el mal, y oír su poderosa voz en el tumulto de las ciudades, como en la soledad más profunda; pero su acción por si sola es ineficaz; nos muestra nuestro deber, pero no nos imprime la obediencia. Solamente el honor mismo del hombre, claro es que el mayor o menor desarrollo de esta facultad, influirá poderosamente en la mayor o menor honorabilidad, pero nunca será bastante poderosa para poder, por si sola, renovar al hombre.

Esto se logra solamente con la razón, la conciencia educada en los más sólidos principios y por el poder de penetrar en el centro mismo del ser humano, la luz y la vida, su honor mismo, cifrado esto siempre en los más caros anhelos de libertad, de igualdad y de fraternidad.

Finalmente, el honor, la virtud y la inteligencia como la razón, vienen a ser conceptos perfectamente estudiados, pero sobre todo, bien razonados. Conceptos que el hombre trae consigo mismo, los cuales reúnen los materiales que bien conocidos y razonados, darán a la sociedad un andamiaje en donde cada cual tiene deberes y obligaciones por cumplir.

Algo que constituye por su propia naturaleza, usos y costumbres, creando hombres, ciudadanos cuyos principios tengan su base en el honor, sabedores de su alta dignidad, conscientes por el estudio que la verdad aparejada, razonada, ha permitido conocer el error ya que esto mismo ha permitido corregirlo.

Por lo tanto, es así como nuestros maestros deben ser tres veces poderosos, pues debe tener conciencia, inteligencia y razón, pues ellas deben ser las cualidades que los adornen para con ellas poder dirigir la involución del ciudadano del presente y del porvenir.

 

Bibliografías consultadas:

 

Estudios Educacionales: José Ramón Pérez. Madrid España

Estudios sobre Platón el Divino. José Ángel Ma., Iglesias.

Isauro Gutierrez

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