“Ciencia vs Religión”

 “Ciencia vs Religión”

Por Ángel Alvarado Raya.

Persuadido estoy que llegará día en que 

el fisiólogo, el poeta y el filósofo

 hablarán el mismo lenguaje

 y se entenderán todos.

El mayor mal de nuestro tiempo es que la ciencia y la religión aparecen  como fuerzas enemigas e irreductibles, este conflicto al principio necesario y útil, estableció los derechos de la razón y de la ciencia, ha terminado por ser causa de impotencia y agotamiento. La religión responde a las necesidades del corazón, de ahí su magia eterna, la ciencia a las del espíritu y su fuerza invencible. 

Pero desde hace mucho tiempo estas dos potencias no saben entenderse y convivir, la ciencia sin esperanza y la religión sin prueba, se alzan una frente a la otra y se desafían sin poderse vencer.

De ahí deriva una profunda contradicción, una guerra sorda, no solo entre el estado y la iglesia, si no también dentro de la misma ciencia, en el seno de todas las iglesias y hasta en la conciencia de todos nosotros, porque quienquiera que seamos siempre llevaremos estos dos mundos enemigos en nosotros mismos, en apariencia irreconciliables, que nacen de dos necesidades inalterables en el hombre: la necesidad científica y la necesidad religiosa.

Así como el abatimiento sucede a la fiebre de un enfermo, aquella tensión se ha convertido en marasmo, en tedio, en impotencia. La ciencia no se ocupa más que del  mundo físico y material y la filosofía moral ha perdido la dirección de las inteligencias, la religión gobierna aún en cierto modo a las masas, pero no reina ya sobre las cimas sociales, y siempre grande por la caridad, no brilla ya por la fe. Los guías intelectuales de nuestro tiempo son incrédulos o escépticos, perfectamente sinceros y leales pero faltos de fe.

Volvamos nuestros ojos a los sabios y teósofos del oriente y de Grecia, ellos sabían que el estudio equilibrado entre la ciencia y filosofía era el eterno alimento del alma, para ellos el alma era la sola, la divina realidad y la llave del universo. Para ellos lo que llamamos progreso, es decir la historia del mundo y de los hombres, no era más que la evolución en el tiempo y en el espacio de esta causa central ¿Creéis que estos teósofos fueron puros contemplativos, soñadores impotentes, faquires subidos a sus columnas? Error, el mundo no ha conocido hombres más grandes de acción, en sentido más fecundo. Brillan ellos como estrellas de primera magnitud en el cielo de las almas se llaman Krisna, Buda, Zoroastro, Hermes, Moisés, Pitágoras, Jesús, y fueron poderosos moldeadores de espíritu, formidables vivificadores de almas, saludables organizadores de sociedades. No viviendo más que para sus ideales, prestos siempre a morir y sabiendo que la muerte por la verdad es la acción eficaz y suprema, ellos han creado las ciencias y las religiones por consiguiente las letras y las artes, cuyo jugo nos nutre  todavía y nos da vida. 

La sorpresa aumenta, si, volviendo a las ciencias modernas, nos damos cuenta de que desde Bacon y Descartes; ellas tienden involuntariamente, pero de un modo seguro, a volver a las referencias de la antigua teosofía. Sin abandonar la hipótesis de los átomos, la física moderna ha llegado insensiblemente a identificar la idea de fuerza, lo cual es un paso hacia el dinamismo espiritualista. 

Para explicar la luz, el magnetismo, la electricidad, los sabios han tenido que admitir una materia sutil y absolutamente imponderable, que llena el espacio y penetra todos los cuerpos, materia que han llamado éter, lo que significa una aproximación a la antigua idea teosófica del alma del mundo, en cuanto a la impresionabilidad, a la inteligente docilidad de esa materia, resalta de un reciente experimento que prueba la transmisión del sonido por la luz, de todas las ciencias, las que parecen haber puesto en mayor apuro al espiritualismo son la zoología comparada y la antropología. 

En realidad, ellas han sido sus servidoras, mostrando la ley y el modo de intervención del mundo perceptible en el mundo animal. Darwin dio el golpe de gracia a la idea infantil de la creación según la teología primaria.

En este aspecto, no hizo otra cosa que volver a las ideas de la antigua teosofía.

Pitágoras había ya dicho: “el hombre es pariente del animal”. Darwin mostró las leyes a que obedece la naturaleza para ejecutar el plan divino, leyes instrumentales que son: la lucha por la vida, la herencia y la selección natural.

El probó la variabilidad de las especies, redujo su número por la clasificación, y estableció su jerarquía. Pero sus discípulos, los teóricos del transformismo absoluto, que han querido hacer salir todas las especies de un solo prototipo y hacen depender su aparición de las únicas influencias de los medios, han forzado los hechos en favor de una concepción puramente externa y materialista de la naturaleza. No; los medios no explican las especies, como las leyes físicas no explican las leyes químicas, como la química no explica el principio evolutivo de vegetal, ni éste el principio evolutivo de los animales.

En cuanto a las grandes familias de animales, ellas corresponden a los tipos eternos de la vida, signos del Espíritu que marcan la escala de la conciencia.

La aparición de los mamíferos después de los reptiles y pájaros no tiene razón de ser en un cambio de medio terrestre; éste no es más que la condición. Esto supone una nueva embriogenia; por consiguiente, una fuerza intelectual y anímica nueva, obrando dentro y en el fondo de la naturaleza, que nosotros llamamos el más allá relativamente a la percepción de los sentidos. Sin esta fuerza intelectual y anímica, no se explicará tan sólo la aparición de una célula organizada en el mundo inorgánico. 

En fin, el hombre, que resume y corona la serie de los seres, revela todo el pensamiento divino por la armonía de los órganos y la perfección de la forma, imagen viva del alma universal, de la inteligencia activa. Condensando todas las leyes de la evolución y toda la naturaleza en su cuerpo, él la domina y se eleva sobre ella, para entrar, por la conciencia y por la libertad, en el reino infinito del Espíritu. La psicología experimental apoyada sobre la fisiología, que tiende desde el principio del siglo a volver a ser una ciencia, ha conducido a los sabios contemporáneos hasta el pórtico de un mundo distinto, el mundo propio del alma, donde, sin que las analogías cesen, rigen nuevas leyes. Oigo hablar de los estudios y certificaciones médicas de este siglo sobre el magnetismo animal, el sonambulismo y todos los estados de alma diferentes del de la vigilia, desde el sueño lúcido a través de la doble vista, hasta el éxtasis. La ciencia moderna no ha hecho aún más que tanteos en este terreno, donde la ciencia de los templos antiguos había sabido orientarse, porque poseía los principios y las claves necesarias. No es menos cierto que aquélla ha descubierto todo un orden de hechos que le han parecido extraños, maravillosos, inexplicables, porque contradicen claramente las teorías materialistas bajo el imperio de las que se ha habituado a pensar y experimentar. Nada más instructivo que la incredulidad indignada de ciertos eruditos materialistas ante todos los fenómenos que tienden a probar la existencia de un mundo Invisible y Espiritual. Hoy si se le ocurre a alguien probar la existencia del alma, escandaliza a la ortodoxia del ateísmo, como antes se escandalizaba a los ortodoxos de la Iglesia el negar a Dios.

Hoy, ni la Iglesia aprisionada en su dogma, ni la Ciencia encerrada en la materia, saben hacer hombres completos. El Arte de crear y de formar las almas se ha perdido, y no se volverá a encontrar hasta tanto que la Ciencia y la Religión, refundidas en una fuerza viva, se apliquen juntas y de común acuerdo al bien y la salvación de la humanidad. Para eso, la Ciencia no tiene que cambiar de método, sino extender su dominio; ni la religión tiene que cambiar de  tradición, sino de tratar de entender los orígenes, el espíritu y el alcance.

Ese tiempo de regeneración intelectual y de transformación social, llegará, de ello estamos seguros. Ya presagios ciertos lo anuncian. Cuando la

Ciencia sepa, la Religión podrá, y el Hombre laborará con una nueva energía.

El Arte de la vida y todas las Artes no pueden renacer más que por su mutuo acuerdo.

Pero, entretanto, ¿Qué hacer en estos tiempos, que parece el descenso en una sima sin fondo, con un crepúsculo amenazador, precisamente cuando su principio había parecido el ascenso hacia las libres cumbres, bajo una brillante aurora?

La fe, ha dicho un gran doctor, es el valor del espíritu que se lanza adelante, seguro de encontrar la verdad. Esa fe no es la enemiga de la Razón, sino su antorcha; es la de Cristóbal Colón y de Galileo, que desea la prueba y la objeción, provando e ripovando, y es la sola posible en el día.

Para los que la han perdido de un modo irrevocable, y son muchos – porque el ejemplo ha venido de arriba -, el camino es fácil y está completamente trazado; seguir la corriente del día,  resignarse a la duda y a la negación, consolarse de todas las miserias humanas y de los próximos cataclismos con una sonrisa de desdén, y recubrir la nada profunda de las cosas – en que sólo se cree – con un velo brillante que se adorna con el hermoso nombre de ideal, pensando al mismo tiempo que éste no es más que una quimera útil.

En cuanto a nosotros, pobres seres perdidos, que creemos que el Ideal es la sola Realidad y la sola Verdad en medio de un mundo cambiante y fugitivo; que creemos en la sanción y el cumplimiento de sus promesas, en la historia de la humanidad como en la vida futura; que sabemos que esa sanción es necesaria; que ella es la recompensa de la fraternidad humana, como la razón del Universo y la lógica de Dios; – para nosotros, que tenemos esa convicción, sólo hay un partido, que debemos abrazar: afirmemos esa Verdad sin temor y tan alto como sea posible; luchémonos por ella y con ella en la palestra de la acción, y por encima de la batalla confusa, tratemos de penetrar por la meditación y la Iniciación individuales, en el Templo de las Ideas inalterables, para armarnos allí con los principios inquebrantables.

 

Bibliografía:

Edouard Schure “LOS GRANDES INICIADOS”

 “Colección Esoterismo II”

Isauro Gutierrez

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