Religión

 Religión

Eduardo Murillo Gil

La ciencia como la religión, divino origen tal vez tienen pues ambas nacientes compañeras son de la primigenia humanidad. Con ella nacen y se acompañan en la búsqueda deintuiciones, creando de lo desconocido una dirección y de la intuición la “Idea”, la cual se fortalece por el eterno caminar umbrío y por el devenir de las diferentes razas, que en su tiempo se fusionan y se dan produciendo asombrosos resultados, determinando con ello, un mágico entorno vivencial, presencia natural asombro y pasmo por lo desconocido.

La incógnita de los seres primitivos, de las razas que comenzaron a agruparse, ya para defenderse, protegerse de las inclemencias de la naturaleza, ya de los reyes y dueños naturales de los bastos territorios y llanuras y montañas; las fieras, habitantes descomunales que competían en la escala alimenticia, la supervivencia.

“La idea”, naciente preeminencia cuya incógnita despeja iluminando, determinando el pensamiento, dando una razón que al observar sucesos y hechos, cuyos fenómenos naturales conducen a la primigenia humanidad a deducciones metafísicas.

El conocimiento se determina, dando paso a la comunicación, a la creación de los primeros caracteres fonéticos, con los cuales se amplía, ya que de la incógnita rupestre se pasa al conocimiento de los jeroglíficos, que las diferentes razas emiten para interactuar, ampliando su lenguaje, enriqueciendo territorialmente la creación de las civilizaciones, que por su antigüedad se conocen y hoy causan asombro en los estudiosos, antropólogos y paleontólogos. Etc.

Las civilizaciones antiguas, inusitado esplendor tuvieron, verbi gracia: Atlantes, post atlantes, lémures, post descendientes de la raza roja, amarilla, abisinios, arios, negros.etc. Todas ellas encierran el secreto del doble origen de la humanidad. Anterior y superior a la tierra es el tipo del hombre; celeste es el origen de su alma. Sus almas o mónadas espirituales, fecundan los gérmenes terrestres; sin los cuales, los principios organizadores, solo servían a una masa inerte, sin vida alguna.

En cuanto a los orígenes terrestres, las tradiciones esotéricas nos confirman por la ciencia antropológica y etnológica su procedencia y conformación. Y nos dicen que a través de millones de años, cada continente ha engendrado su flora y su fauna, coronada por una raza humana de color diferente. África es la madre de la raza negra llamada Etiópica por los griegos. Asia ha elaborado la raza amarilla. La ultima en nacer, la raza blanca, salió de los bosques de Europa. Todas las variedades humanas resultan de las mezclas, de las combinaciones, de degeneraciones o selecciones de esas grandes razas. En los ciclos anteriores, la roja y la negra han reinado sucesivamente por medio de potentes civilizaciones desvanecidas, cifras y tradiciones muy escasas, nos comparten y nos dicen acerca de las cuatro razas actuales, las cuales son hijas de la tierra en sus lentas elaboraciones de tiempo, llamados ciclos antediluvianos.

Esto nos lleva al conocimiento, pues la Teosofía antigua, legado de la India y transportada a Egipto y Grecia, constituye una verdadera enciclopedia. Dividida en lo general en cuatro categorías: La Teogonía o ciencia de los Principios absolutos, idéntica a la ciencia de los números aplicada al universo, o a las matemáticas sagradas; Eduardo Schure, comenta: La cosmogonía, realización de los principios eternos en el espacio y el tiempo, o involución del Espíritu en la materia, periodos del mundo; Así también la Psicología constitución del hombre, evolución del alma a través de la cadena de existencias; La física, ciencia de los reinos de la naturaleza terrestre y sus propiedades.

La incertidumbre como incógnita que se gestara en la primitiva humanidad, en su momento y devenir histórico, indelebles marcaron inusitadas reminiscencias, las cuales por su propia naturaleza, servirían en la forja de íconos que ayudarían a superar las flaquezas, los miedos y temores que el entorno imprimía. La incorporación de los objetos que por abstracción y la rudeza producida por el mundo físico, empíricamente empezó por producir en un avanzar reflexivamente a la imaginación, creando el Ideal y con él, el clan como principio electivo.

Pero ¿cómo nació la religión? Dicho se lleva que era el temor del hombre primitivo ante la naturaleza. Pero el temor nada de común tiene con el respeto y el amor; aquel no liga el hecho a la idea, lo visible a lo invisible, el hombre dios. Mientras el hombre sólo tembló ante la naturaleza, no fue aún hombre, lo fue sólo el día que asió el lazo que le relacionaba al pasado y al porvenir, a algo de superior y bienhechor, y donde él adoró esa misteriosa incógnita, esa misteriosa ¡idea! Pero ¿cómo adoró él por primera vez? Fabre d`Olivet, lanza una hipótesis eminentemente genial y sugestiva sobre el modo de establecer el culto a los antepasados en la raza blanca.

En un clan belicoso, dos guerreros rivales se querellan furiosos, van a matarse, ya han llegado a las manos. En ese momento, una mujer con el cabello en desorden se interpone entre los dos y los separa. Es la hermana de uno y la mujer del otro. Sus ojos arrojan llamas, su voz tiene el acento del mando. Ella dice en frases entrecortadas, incisivas, que ha visto en la selva al antepasado de la raza, el guerrero victorioso de tiempos remotos, el heroll que se le ha aparecido. Lo que ella dice, lo cree, convencida, persuade. Emocionados y abrumados por una fuerza invisible, los adversarios reconciliados se dan la mano y miran a esa mujer inspirada como una especie de divinidad. En los pueblos barbaros, la mujer es quien por su sensibilidad nerviosa, presiente antes lo oculto; afirma lo invisible. La encina, donde la mujer inspirada ha visto la aparición, se convierte en árbol sagrado. Se le conduce allá de nuevo; y, bajo la influencia magnética de la luna que la coloca en estado visionario, ella, continua profetizando en nombre del Gran Abuelo.

Pronto esta mujer y otras semejantes de pie sobre la roca, en medio de los claros del bosque, al ruido del viento y del océano, evocan a las almas diáfanas de los antepasados ante las multitudes palpitantes, que las verán o creerán verlas, atraídas por mágicos encantos en las brumas flotantes de las transparencias lunares.

El último de los grandes celtas, Ossián, evocará a Fingal y sus compañeros en las nubes compactas. Así, en el origen mismo de la vida social, el culto de los antepasados se establece en la rasa blanca. El gran antepasado llega a ser el dios de la tribu. He ahí el comienzo de la religión. Alrededor de la profetisa se agrupan ancianos que observan sus sueños lúcidos, sus éxtasis proféticos, ellos estudian sus estados diversos, fiscalizan sus revelaciones, interpretan sus oráculos. Ellos notan cuando profetisa su estado visionario, ven cómo su cara se transfigura, su palabra se vuelve rítmica y su voz elevada profiere cantando una melopea grave y significativa.(2) De ahí el verso, la estrofa, la poesía y la música, cuyo origen por divino pasa por todos los pueblos de raza aria. La idea de la revelación no podía producirse más que a propósito de hechos de ese orden. Así, al mismo tiempo vemos brotar la religión y el culto, el sacerdocio y la poesía.

El continente austral, tragado por el último gran diluvio, fue la cuna de la raza roja primitiva, de la que los indios de América no son más que los restos, derivados de los trogloditas que se salvaron en los picos de los montes, cuando el continente se hundió. África es la madre de la raza negra llamada etiópica por los griegos. Asia ha elaborado la raza amarilla que se conserva en china. La ultima en nacer, la raza blanca, salió de los bosques de Europa, entre las tempestades del atlántico y las brisas del mediterráneo. Todas las variedades humanas resultan de las mezclas, de las combinaciones, de degeneraciones o selecciones de esas cuatro grandes razas.

Las emigraciones sucedidas meridionalmente en el entonces globo terráqueo, dimensionaron en las diferentes razas; la pigmentación humana, sus costumbres, sus usos, sus ideas propias sobre el entorno ocupado. Su propio ecosistema de vida lo van definiendo, conforme se identifican, se comunican y se entienden.

Las nacientes ideas, producto de la experiencia vivida, conforman por las necesidades y carencias anímicas, un mosaico eclético que conlleva a la formación idealizada del héroe, creando el mito, la religión y los dioses. Así la religión nace, crece, tomando las dimensiones que desde aquel entonces, las diferentes razas por su propia necesidad psíquica, ilusionan metafísicamente en su evolución e intelectualidad, creando los principios sacros, llamados hoy universales por su propia naturaleza.

En el avance intelectual del hombre, las religiones toman tamaño mundial, para después colisionar con su creador; y, buscar ese reencuentro implícito por su raíz, crean el dogma, que tanto daño ha causado. El mismo que al crearse, antroporformisa al creador, sacralizando al hombre. Sórdida conspiración para gobernar, y actuar financieramente, sobre todo en el manejoy andamiaje psíquico de la humanidad.

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(1) Schure Eduardo. Los Grandes Iniciados. Grupo Editorial tomo. México 2000. Pag. 37-38.

(2) Schure Eduardo. Los Grandes iniciados. Grupo editorial tomo. México 2000. Pág. 40 –

Isauro Gutierrez

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