El Uno es el planteamiento que hace Plotino sobre la síntesis del todo, más allá del tiempo y del espacio, que es génesis de todas las cosas. La filosofía de Plotino gira alrededor de un punto: el Uno-Bien.¿Qué es el Uno? ¿Es el Uno origen de todo? ¿El Uno es Dios?
El Uno tiene su concepción inicial en el diálogo Filebo de Platón, en el que sienta, en principio, que el Uno es el soberano bien concebido como bastándose a sí mismo. Los antiguos que estaban más cerca de los dioses nos han trasmitido por la tradición, que todas las cosas a las que se atribuye una existencia eterna, se componen de uno y muchos, y reúnen en sí por su naturaleza, lo finito y lo infinito. No se debe aplicar a la pluralidad la idea del infinito antes de haber fijado por el pensamiento el número determinado que hay en ella entre lo infinito y la unidad. Los dioses, comentaba Platón, nos han dado el arte de examinar, de aprender y de instruirnos los unos a los otros.
Las piezas fundamentales de la metafísica plotiniana están tomadas de Platón, ante todo el dualismo ontológico de la existencia de dos mundos realmente distintos: el inteligible y el sensible; el de la Esencia y el del Devenir.Con Platón se manifiesta el eterno problema de lo uno y lo múltiple, a saber, que una sola cosa sea diversa y que diversas cosas sean una sola. Plotino lee a Platón como un pensador del Uno, de donde proceden todas las cosas y hacia donde aspiran ellas a volver: procesión y retorno hacia el Uno. Plotino recuerda la hipótesis del Parménides de Platón: “Si lo uno es, nada es”, es decir, la intersección del conjunto universo es el vacío, convirtiéndose ésta en el punto de partida y en la gran tesis del neoplatonismo.
Plotino, para enunciar su teoría del Uno, toma lo ya dicho por Platón en el libro VII de La República: el Uno es también el Bien, ya que da a cada ser su ser; es él mismo “por encima de la esencia”. La doctrina plotiniana sobre la materia no es ni plenamente platónica ni plenamente aristotélica. Es más bien un intento de conciliar las doctrinas de ambos filósofos. Para Plotino la materia no es alma, ni inteligencia, ni vida y ni siquiera es cuerpo; es incorpórea, dado que la corporalidad misma es una forma. Para él la materia es esencialmente privación, negación y remoción de toda forma.La concepción plotiniana de la estructura del alma humana no se puede entender sin tener presente la psicología del Timeo. En Plotino el alma es una y simple, no multipartita, de ahí que el hombre también es múltiple.
La Metafísica del Uno desde Plotino
El Uno es un número que no es número, sino potencia de todos los números y de cualquier realidad numerable. ¿Cómo se puede llegar a esta experiencia de lo inexpresable? Plotino responde de forma breve: “Eliminando todas las cosas”. Todos los hombres se sirven de los sentidos y buena parte de ellos nunca cruza el horizonte de la experiencia sensible. Otros experimentan el misterioso placer de la belleza pura y logran separarse de la tierra, pero de manera precaria; no saben permanecer en lo alto.
La metafísica plotiniana es a la vez rigurosa y mística: rigurosa por cuanto se dedica a mostrar cómo todas las cosas, incluido el ser mismo, proceden del Uno. Mas es también mística por cuanto apela a la visión del Uno con quien puede unirse el alma en una experiencia extática. El Uno no tiene más predicado que ser uno, es el Uno, sin más, el Uno mismo. Todo lo que no es Uno es múltiple y deriva del Uno.
El Uno al ser primero será necesariamente perfecto. Perfecto como es sin duda, “sobreabunda” y engendra algo, una “existencia” distinta de él: El Ser nace de la prodigalidad del Uno, pero como lo engendrado procede del Uno, lleva en sí la huella de su origen y retorna (epistrophé) o refluye hacia el Uno. A la visión puesta sobre el Uno la llama Plotino Inteligencia o Nous. La Inteligencia y el Ser forman así la segunda “Hipóstasis” del Uno. El Uno embebe el Ser y la Inteligencia, porque lo que es visto y comprendido es el Uno y el Ser como emanación del Uno. La Inteligencia se expande hacia el exterior y da origen a la tercera Hipóstasis: el Alma. El Uno trata de nosotros mismos, de nuestro origen perdido.
El Uno, autosuficiente como es, no nos necesita para ser lo que es. Estrictamente hablando, el Uno no tiene nombre y decir que es Uno es hablar para salir del paso. Es una manera de nombrarlo sin nombrarlo. La imagen más formidable de nuestra unión con el Uno es la del amor: amar es querer unirse con aquel que nos llena, sin quedar fuera ninguna partícula, sin dejar de estar en contacto con el Uno. Esta unión se lleva a cabo con el imperativo de Plotino: “¡Despójate de todo!” Aunque es difícil de llevar a la práctica, es un trabajo del alma sobre sí misma, invitada a volverse hacia lo esencial y, mejor aún, al más allá de la esencia.
El Uno no constituye todos los Seres, porque en ese caso ya no sería Uno: ni es la Inteligencia, dado que así implicaría también todos los Seres por el carácter de totalidad de aquélla. Todo aquel que piense que los Seres están gobernados por el azar o por una fuerza espontánea y que se ven retenidos por causas corporales, se encuentra realmente muy lejos de Dios y de la noción del Uno. Por ello, nuestro razonamiento no se dirige a él sino a los que admiten una naturaleza distinta a la de los cuerpos y se remontan así hasta el alma. Conviene, pues, comprender la naturaleza del alma y saber, entre otras cosas, que proviene de la Inteligencia.
La Inteligencia es dual, porque está emparejada con su inteligible. Plotino concibe el pensamiento como un movimiento de la Inteligencia hacia el Bien con deseo del Bien. El primer principio, por el contrario, no puede depender de nadie, es soberano. La psicología corrobora la metafísica: el deseo del Bien es inconsciente e instintivo, porque es más primitivo que el de la Belleza. El impacto del Bien en el alma es suave y delicado, mientras que el de la belleza es agridulce y produce sobresaltos, y hay ocasiones en que la Belleza aparta del Bien a los incautos. Para Plotino el Bien es aforme, es decir, exento de toda forma.
Plotino y la Simbología del Uno
Se sabe, aunque pocos hayan reflexionado sobre esto, que los hombres pensamos y hablamos en porciones discretas que tienden a agruparse en frases y oraciones. La expresión del conocimiento metafísico acude al recurso del lenguaje de los símbolos. El símbolo es la representación sensible de una idea; las palabras son también símbolos, por eso el lenguaje es un caso particular del simbolismo. El principio del simbolismo es la existencia de una relación de analogía entre la idea y la imagen que la representa. El símbolo sugiere, no expresa, por ello es el lenguaje electivo de la metafísica tradicional. El símbolo tiene tres funciones: la función representativa, la función social y la función técnica. El símbolo muestra, reúne y ordena.
Del uno al dos al tres es el principio de la perfección. El Uno como centro y generador de todo, simboliza a la divinidad expresada por un punto. El Centro es, ante todo, el origen, el punto de partida de todas las cosas; es el punto principal, sin forma ni dimensiones, por lo tanto indivisible, y por consiguiente, la única imagen que pueda darse de la Unidad primordial. De él, por su irradiación, son producidas todas las cosas, así como la Unidad produce todos los números, sin que por ello su esencia quede modificada o afectada en manera alguna.
El punto, es decir, el número uno, representa la Causa Primera, es el Creador o Dios Único. Su gran poder reside en estar en el centro del universo, lo que significa que es el origen de todo pensamiento y sin él, ningún número puede existir. El número uno crea todos los demás números por multiplicación, (1×1=1; 1×2=2; 1×3=3; … 1xN=N), pero multiplicado por sí mismo hasta el infinito, siempre retiene su unidad, (1x1x1x1x1x1x1x1 … =1). Con el punto se representa la primera Hipóstasis de Plotino.
Desde Pitágoras el círculo simbolizó los acontecimientos del universo en los planos material y espiritual. En el universo hay sucesos que se repiten y que son cíclicos: las estaciones del año; el nacer y morir; ciertos suceso históricos, etc. El círculo también simboliza la espiral o la hélice, figuras geométricas que regresan a un punto más elevado que el anterior. En este sentido, el hombre avanza hacia la perfección cada vez que retorna al punto de referencia del círculo. El círculo, sin principio ni fin, es el signo de la eternidad. Simbólicamente, tanto el punto como el círculo, tienen propiedades comunes: perfección, homogeneidad y ausencia de división.
La segunda Hipóstasis, la Inteligencia o Nous, se puede simbolizar con un círculo concéntrico al punto que simboliza al Uno. Los círculos concéntricos al Uno representan los grados del Ser, generado este por la prodigalidad del Uno. En la frontera del Uno con la Inteligencia, la idea eidos, inician las contradicciones: de la unidad se pasa a la pluralidad.
La tercera Hipóstasis, el Alma, se representa con un tercer círculo concéntrico al Uno y a la Inteligencia. Plotino enuncia aquí su Teoría de la Procesión del Alma, de acuerdo con dos principios: Principio Trascendente y Principio Inmanente. El primero nos lleva a Alma Superior, que nos lleva al Uno-Bien; el segundo, que nos lleva a el Alma Inferior, la cual nos lleva al Alma Superior, ésta a la Inteligencia, y ésta al Uno-Bien.
Porfirio fue el encargado de la edición de las Enéadas de Plotino, quien no publicó nada por sí mismo. Porfirio agrupó los tratados de su maestro en seis volúmenes, cada uno de los cuáles comprende nueve (ennea) secciones (6×9=54=9). En conjunción aritmética con la diada, la trilogía da origen al seis. El seis se corresponde con el hexágono, polígono formal o por seis triángulos equiláteros. El seis es un número equilibrado que puede dividirse en partes iguales (2+2+2=6) y a la vez en tres partes (1+2+3=6), mostrándose como un indicativo de equilibrio y salud. Contiene dos veces al tres (3+3): la verdad y su reflejo. Figuradamente, el seis está conectado a la noción de ciclo de tal manera que los meses del año o las horas del día, son múltiplos de seis.
El nueve, cifra de la triplicidad de lo triple se le asocia con el hombre por ser nueve los meses de su gestación. Multiplicar por la enéada revela una simetría particular: la suma de los dígitos resultantes de la multiplicación de cualquier número por nueve siempre resulta en nueve, (9×1=9; 9×2=18=9; 9×3=27=9; … 9×25=225=9; … ). Al nueve se le adjudica los significados de la perfección, la integridad, la terminación y el cumplimiento.
La enéada, como representación arquetípica de una jerarquía de principio, también gozaba de un carácter sagrado en el simbolismo. Del mismo modo que para los cristianos medievales nueve eran los grados del cielo, y que para los aztecas nueve eran los niveles del inframundo, para los escandinavos nueve eran los mundos del universo, siempre custodiados por el árbol cósmico Yggdrasil.
A la enéada, derivada del primer cuadrado de un número impar (3×3=9), los pitagóricos le llamaron “El Alfa y la Omega”. Es el único número capaz de “dar vida” a cualquier otro número: 9+1=10=1, 9+2=11=2, 9+3=12=3, etc. Al sumar todos los números de nuestro sistema numérico (0+1+2+3+4+5+6+7+8+9) se obtiene 45, que sumado da 9, de aquí que se le llame “El Perfecto”, por ser un número que nunca se destruye. Se le asocia con lo material por el impacto que tiene en la psiquis del consumidor cuando se utiliza como doble nueve ($99.99). Algunos lo asocian con mal agüero por ser un 6 invertido, pero de acuerdo con las enseñanzas místicas, éste es el número de las esferas a través de las cuales la conciencia emprende el viaje al nacimiento.
Las enseñanzas que Plotino nos deja en las Enéadas se encuentran veladas por un gran número de símbolos, que invitan al lector al esfuerzo de descifrarlas. El fiat lux debe ser gradual, de tal manera que no ocasione ceguera a la persona que no esté debidamente preparada para recibir la luz.
Caída y retorno del Alma
No toda alma, por el mero hecho de estar en un cuerpo, es ya un alma caída. El Alma del universo está siempre encarnada en su cuerpo, como lo están también en los suyos las de los astros. La muerte del alma consiste en zambullirse en la materia. El yo del hombre queda entonces reducido a sus más ínfimos niveles: el animal o el vegetal; y si todo su afán consiste en “arborizarse”, en vivir la vida de un vegetal, su yo ha quedado reducido al de un vegetal, y lo seguro es que renacerá vegetal en la próxima encarnación. De ahí la necesidad de la “huida” a lo alto, reactivando el nivel intelectivo y dejando inoperantes el sensitivo y el vegetativo, es decir, la filosofía plotiniana de la huida y subida del alma, que es también un retorno y una entrada en sí mismo.
Tras una larga preparación intelectual y moral, viene ahora el acceso directo al Uno-Bien, la revelación súbita análoga a la epopteía de las religiones mistéricas. Plotino la presenta bajo los aspectos de: visión, contacto y unión. Visión distinta de la noética, visión no de una forma, sino de una luz, y no por un órgano distinto de la luz, sino por la misma luz; visión, pero sin dualidad de vidente y visto. Contacto, pero por coincidencia del centro del alma con el Centro universal, dos centros indivisos que, mientras coinciden, son uno solo.
El hombre es un animal racional y muchas otras cosas, enlazadas todas ellas por la unidad. Así pues, el hombre es distinto de la unidad dado que él es divisible y la unidad no lo es. El ser universal, que reúne en sí todos los seres, es, con mucha más razón, un ser múltiple y diferente de la unidad, y ello aunque participe de esta misma unidad.
¿Qué es, por tanto, el Uno y cuál es su naturaleza? No puede sorprender, naturalmente, que no sea fácil decirlo puesto que tampoco es fácil decir lo que es el ser o la idea, aun cuando nuestro conocimiento se apoye en las ideas. Otro tanto ocurre con el alma, que si se dirige hacia algo privado de forma, es incapaz de aprehenderlo por su misma indeterminación al no verse ayudada por ninguna impronta; resbala entonces fuera de ese objeto y teme no poseer nada.
Sin embargo, es así como deberá filosofarse acerca del Uno. Y dado que es el Uno lo que indudablemente buscamos y en esa búsqueda examinamos el principio de todas las cosas, esto es, el Bien y lo que es primero, no convendrá que nos alejemos de aquellos objetos que son vecinos de los primeros, cayendo por ejemplo en los que están al final de la serie. Y dado que la tendencia natural es hacia el Bien, hemos de ascender hasta el principio interior a sí mismo hasta llegar a hacernos uno solo con él en lugar de la multiplicidad, si es que anhelamos la contemplación del Principio y del Uno.
Necesitamos, ciertamente, convertirnos en Inteligencia y confiar el alma a la Inteligencia como si en ella hallase su descanso; así podrá el alma salir de su sueño y recibir lo que la Inteligencia ve, pues es claro que el alma contemplará el Uno por medio de la Inteligencia, sin añadir por su parte sensación alguna ni nada que provenga al menos de la sensación. Conviene que la inteligencia nos anuncie hasta dónde llega verdaderamente su poder. La Inteligencia puede ver lo que está antes que ella, lo que es propio de ella, o lo que depende de ella.
El Uno conduce la Inteligencia al ser y su naturaleza es tal que lo convierte en fuente de todo lo mejor y en potencia engendradora de los seres. Aquí se contempla la fuente de la vida, la fuente de la inteligencia, el principio del ser, la causa del bien y la raíz del alma. Todas estas cosas no se desbordan de él y empequeñecen su esencia, porque el Uno no es una masa. Si así fuese, también esas cosas serían perecederas, y nosotros sabemos que son eternas puesto que su principio permanece idéntico a sí mismo y no se reparte entre ellas, sino que continúa tal cual es.
La vida verdadera es como un acto de la Inteligencia, acto por el cual engendra dioses en tranquilo contacto con el Uno; engendra, por ejemplo, la belleza, la justicia y la virtud. Porque el alma puede dar a luz todas estas cosas si está colmada de lo divino. Esto significa para ella el comienzo y el fin de su ser; el comienzo porque de allí proviene, el fin porque el Bien está allí.
Puesto que el alma es diferente de Dios, pero proviene de él; necesariamente lo ama; cuando se encuentra en la región inteligible lo ama con un amor celeste, mas cuando se encuentra aquí lo ama con un amor vulgar. Allá tenemos a la Afrodita de los cielos, en tanto aquí se halla la Afrodita vulgar que se presta al oficio de cortesana. Toda alma es una Afrodita y eso es lo que viene a decir “el nacimiento de Afrodita y el nacimiento inmediato de Eros”. Comenta Plotino:
Así pues, el alma ama naturalmente a Dios y a El quiere unirse, igual que haría una virgen que amase honestamente a un padre honesto; pero cuando llega a dar a luz seducida por una promesa de matrimonio, se entrega al amor de un ser mortal y queda arrancada violentamente del amor de su padre. El verdadero objeto de nuestro amor se encuentra en el otro mundo; podremos unirnos a El, participar de El y poseerlo. Para quien lo ha visto es claro lo que yo digo; sabe que el alma tiene otra vida cuando se acerca al Uno y participa de El, y que toma conciencia de que está junto a ella el dador de la verdadera vida, sin que necesite de ninguna otra cosa.
El Uno es el planteamiento que hace Plotino sobre la síntesis del todo, más allá del tiempo y del espacio, génesis de todas las cosas. El neoplatonismo es esencialmente un método para alcanzar una realidad inteligible y una construcción o descripción de tal realidad. La filosofía de este tiempo es una descripción de los paisajes metafísicos a los que el alma se trasporta por una especie de arrastre espiritual. Nada existe sino por el Uno. Nos encontramos de este modo con una multiplicidad en la que todo está reunido; esto es, el mundo inteligible. Este mundo resulta superior al alma, pero no lo primero por carecer de unidad y de simplicidad: El Uno es lo único que es simple y principio de todas las cosas.
Entender el sistema de Plotino, nos invita a develar varios misterios, para lo cual se requiere de una preparación propia de los iniciados; pues como quiera que lo divino no puede revelarse, no ha de ser tampoco divulgado entre aquellos que no han tenido la suerte de experimentarlo. La unión del sujeto que ve y el objeto visto son uno mismo, cuando aquél quiera recordar después esa unión acudirá a las imágenes que guarda en sí mismo.
El Uno en nuestras vidas es el reconocimiento de nuestro origen cósmico. El macrocosmos viene a ser un reflejo del microcosmos. Cómo es arriba, es abajo. Volver nuestra vista hacia la divinidad, significa tomar el rumbo de la perfectibilidad como ser humano. Nacemos ignorándolo todo, pero tenemos el derecho y la obligación de conocerlo todo. Ver el Uno, retornar a él, en un camino de ascesis, es acercarnos a ese Uno, que en mucho, es el motor de nuestras acciones, de nuestros actos. Hay que hacer un alto y saber que lo que nos mueve es el viaje hacia el Uno-Bien.
Bibliografía
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