La Virtud de la Temperancia

 La Virtud de la Temperancia

Jorge Rocha Trujillo

El primer trago se sirve por la salud, el segundo por placer, el tercero por vergüenza, y el cuarto por locura. Anacarsis

Una de las razones por la que no bebo, es porque quiero saber cuándo me estoy divirtiendo. Lady Astor

Beber agua no ha enfermado a nadie, ni ha provocado su ruina, ni ha hecho viuda a su mujer. John Neale

La temperancia es un placer. Goethe

¿Qué es la temperancia? La virtud de la temperancia es la moderación en los placeres sensuales. Es una de las cuatro virtudes cardinales junto con la prudencia, la fortaleza y la justicia. Es una virtud porque implica el dominio de uno mismo. Ser temperante es una exigencia de la prudencia y la dignidad. Ser temperante es ser un conocedor del aprender a vivir en todos los sentidos: en la embriaguez, la concupiscencia, y en dominar las intensidades difíciles de gobernar. No se trata de no disfrutar ni de disfrutar lo menos posible, sino de disfrutar, gozar mejor, lo que implica ser dueño de nuestros deseos. Confrontando sería: El gastrónomo contra el goloso que lleva dentro; el amante de los vinos, contra el borracho; el buen amante contra el violador. La temperancia es una virtud sólo al servicio del bien, al servicio del mal no sería una virtud; sería un simple talento o cualidad del espíritu o del temperamento.

La temperancia no debe confundirse con el ascetismo, ni la moderación con la impotencia. El hermoso escolio de Spinoza dice lo esencial: “Sólo una feroz y triste superstición, de seguro, prohíbe deleitarse en los placeres … Es propio entonces del sabio usar cosas y lograr placer de ellas tanto como se pueda. La temperancia es lo contrario del hartazgo, de la gula. No se trata de disfrutar menos, sino mejor, de un gozo más pleno y más puro.”

Dice Spinoza: “Es propio del sabio, calmar su apetito y reparar sus fuerza con alimentos y bebidas agradables, ingeridas con moderación; disfrutar los perfumes. El verdor concertado de las plantas, los adornos, la música, los juegos que ejercitan el cuerpo, los espectáculos y otras cosas por el estilo que todos podemos usar sin dañar a nadie”. La temperancia es esa moderación que nos torna dueños de nuestros placeres, en lugar de sus esclavos. Qué placer fumar, cuando podemos prescindir de ello. Beber, cuando no somos prisioneros del alcohol; hacer el amor, cuando no se es prisionero del deseo, del impulso, del instinto salvaje… Placeres más puros porque más libres, no sufres cuando los dejas. Más jubilosos porque más dominados. Más serenos pues menos dependientes.

¿Es fácil ser temperante? No, por cierto. ¿Es posible ser temperante? No siempre ni para cualquiera. Pero en ello consiste la virtud de la temperancia, la excelencia de la temperancia es esa línea tenue entre los dos abismos opuestos: la intemperancia, la incontinencia y la insensibilidad. Sufrir nuestro cuerpo es una desgracia; disfrutar y ejercitarlo, una dicha.

El intemperante es un esclavo, tanto más sojuzgado cuanto lleva consigo por todas partes a su amo. Prisionero de su cuerpo, de sus deseos o de sus costumbres, prisionero de su fuerza o su debilidad. Epicuro usaba la palabra “independencia” (autarkeia) y decía que: “es un gran bien, y no porque sea imperativo vivir con poco, sino porque no disponer de mucho nos permite contentarnos con poco, convencidos de que gozan más de la abundancia quienes no la necesitan, y de que es fácil procurarse lo natural y difícil obtener lo vano”.

En una sociedad no demasiado miserable, rara vez escasean el pan y el agua; en una sociedad opulenta, el oro y el lujo nunca bastan. ¿Cómo ser felices si nunca estamos satisfechos? ¿Cómo estar satisfechos si nuestros deseos carecen de límites? La temperancia es un medio para la independencia, y ésta un medio para la dicha. Ser temperante es contentarse con poco, pero no es el poco lo que importa: importan el poder y la satisfacción. Con respecto al placer material, Epicuro dice: “comer con arte, embriagarte hasta estar feliz o enamorado y el placer de la sexualidad elevarla al rango de experiencia artística, lúdica, espiritual”.

Semejante a la prudencia, la temperancia desarrolla el arte de disfrutar. La temperancia es trabajar el deseo sobre sí mismo. Es la prudencia aplicada al placer. Gozar lo más posible, lo mejor posible; intensificando la sensación o la conciencia que del placer tenemos y no por la indefinida multiplicación de sus objetos. Pobre Don Juan, que necesita de tantas mujeres; pobre alcohólico, que necesita de la bebida; pobre tragón, que requiere de tanta comida; pobre del voyeurista, que gusta de comprar en tiendas de lujo lo que puede conseguir en otros lados a mucho menor precio.

Epicuro enseñaba que los placeres naturales son fáciles de satisfacer: ¿Hay algo más fácil que saciar la sed? ¿Hay algo más fácil de satisfacer que un estómago vacío? ¿Hay algo más placentero que llegar a casa y sentarse o recostarse después de un arduo día de trabajo? ¿Y lo sexual, es fácil o difícil? Depende. Que quede claro, el cuerpo no es el insaciable. La ilimitación, que nos condena a la carencia, a la insatisfacción o a la desdicha, es sólo una enfermedad de la imaginación.

La imaginación hace que en la gula, nuestras fantasías son más voluminosas que nuestro estómago, y se le reprocha a éste, absurdamente su pequeñez; el alcohólico, la insuficiente cantidad para olvidar sus traumas; el lujurioso, la incapacidad de lograr el orgasmo total, que sólo lograrás en perfecta correspondencia con la mujer u hombre que amas.

El hábito de regímenes simples y no dispendiosos, mejora la salud, torna al hombre más activo en las ocupaciones necesarias de la vida. En una sociedad como la nuestra, es fácil hallar lo simple y necesario y lo superfluo difícil de conseguir y más difícil de conservar con serenidad. ¿Pero quién sabe contentarse con lo necesario y amar lo superfluo sólo cuando se presenta? Quizá únicamente el sabio.

La temperancia intensifica su placer cuando el placer está, y lo reemplaza cuando no está. ¡Qué placer estar vivo! ¡Qué placer un vaso con agua ante una sed inmensa! ¡Qué placer poder caminar y no depender de un automotor! ¡Qué placer disfrutar del mar al natural y no atrapado en el consumismo de un gran hotel! ¡Qué placer, lograr con la mujer que amas el orgasmo total! El sabio epicúreo practica la cultura intensiva de sus voluptuosidades, más que la extensiva. Lo mejor, no lo más, lo atrae y basta para su dicha.

La temperancia no es una virtud de excepción, como el coraje, es una virtud ordinaria y humilde, de mesura y no de heroísmo. La temperancia influye en los deseos más necesarios para la vida del individuo y de la especie; beber, comer y hacer el amor respectivamente, que son también los más intensos y de control más difícil.

La temperancia es una regulación voluntaria de la pulsión de vida, una sana afirmación de nuestra potencia de existir, y especialmente de la potencia de nuestra alma sobre los impulsos irracionales de nuestros afectos y apetitos. La temperancia no es un sentimiento, es una potencia, es decir, una virtud.

Ejercitar la temperancia es ver nuestro cuerpo como un templo sagrado, depositario de nuestra alma y espíritu. Debemos pues, cultivar los placeres puros, dominar nuestros impulsos y sobre todo, la imaginación de los placeres sensuales alejados del equilibrio del justo medio. ¿Para qué la temperancia? Para estar en un estado mental y físico sano. La temperancia es una adherencia a todo lo que promueve la salud  y la eliminación de todo lo dañino. Todo hábito malsano producirá una condición malsana en el sistema, y la delicada y viviente maquinaria humana resultará perjudicada, y no podrá realizar su trabajo debidamente. ¿Cómo puedo ser temperante? El hombre sabio, el hombre justo, debe gozar con moderación de los placeres y no ostentar vanidosamente los bienes que disfruta. En resumen, ser prudente, diligente, moderado y discreto.

Bibliografía:

Comte-Sponville, A., Pequeño tratado de las grandes virtudes, Paidós, Barcelona, 2005

Spinoza, B., Etica, Porrúa, México.

Biblia

Isauro Gutierrez

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