Pedro Abelardo (1079 – 1142 d.C.)

Pablo Manuel Ramos Vallejo
La importancia del cristianismo en la sociedad medieval, hizo inevitable que la teología asumiera un papel central en el mundo intelectual europeo. Ya sea en las escuelas monásticas, en las catedralicias o en las universidades, la teología, el estudio formal de la religión, imperó como la “reina de las ciencias”. Es por eso que a comienzos del siglo XI, los esfuerzos por aplicar la razón o el análisis lógico a las doctrinas teológicas básicas de la iglesia, tuvieron un impacto significativo en el estudio de la teología. Por lo que, la palabra escolasticismo, se utilizó para referirse al sistema filosófico y teológico de las escuelas medievales, cuya preocupación fundamental fue, como ya lo apuntamos en anteriores artículos, el intento de reconciliar fe y razón para demostrar que, lo que se aceptaba por fe, estaba en armonía con lo que podía aprenderse por la razón. Así pues, el método escolástico llegó a ser el modo de aprendizaje básico de las universidades, método que en esencia, consistió en plantear una pregunta, presentar citas contradictorias sobre esa cuestión y, después, llegar a conclusiones (dialéctica).
Fue un sistema que exigió un pensamiento analítico riguroso. Y aunque el escolasticismo alcanzó su punto máximo en el siglo XIII, tuvo sus comienzos en el mundo teológico de los siglos XI y XII, sobre todo en la obra de Pedro Abelardo. Personaje éste que nació en el año 1079 en la villa fortificada de Le Pallet, Bretaña (a unos ocho kilómetros al oriente de la ciudad de Nantes). Pedro Abelardo fue hijo de una familia militar, probablemente caballeros al servicio del Conde de Nantes. Su padre de nombre Berenger, era un aristócrata, un hombre rico que le dio una educación esmerada. Se dice que Abelardo se apasionó desde sus primeros años por el estudio; y que después de su educación infantil, renunció a la carrera militar para dedicarse a las letras.
En calidad de estudiante itinerante, estudió lógica y dialéctica, en las escuelas de los más afamados maestros de su época. Siendo así que Abelardo, imbuido por un fuerte carácter liberal y un espíritu combativo, se dedicó a viajar por diversas provincias, para disputar dialécticamente con aquellos que practicaban ese arte. Aquí cabe destacar su estancia, alrededor del año 1098, en la escuela de Loches (Vannes al sur de Tours) donde estudió Artes con el maestro Roscelino, considerado el padre del nominalismo y aunque Abelardo lo acusó de triteísta, éste le influenció de forma marcada en su juventud. Posteriormente antes del año 1100 a la edad de 20 años, Abelardo se dirige a París, que en ese entonces no era más que una pequeña ciudad con unos 3,000 habitantes, cuyo espacio territorial se limitaba a lo que hoy es la Ile de la Cité.
Sin embargo, la escuela episcopal de esa localidad era, a la sazón, la más famosa y la más concurrida; su jefe o cabeza era el archidiácono maestro de la escuela catedralicia de Notre-Dame, Guillermo de Champeaux. Así pues, que teniendo a Guillermo de Champeaux como profesor, Abelardo estudió ahí primeramente las disciplinas del trivium preparatorio de la formación de la época: retórica, gramática y dialéctica; posteriormente en el año 1108, también con el renombrado Guillermo de Champeaux, estudió aritmética, geometría, astronomía y música, que componían el quadrivium de estudios más avanzados, con lo que obtuvo el título de Magister in Artibus. Con esto, Abelardo se halló ya en posesión de la enciclopedia de aquellos tiempos, y según relata él mismo en su autobiografía titulada la Historia Calamitatum, objetó las enseñanzas de sus maestros Roscelino de Compiègne y Guillermo de Champeaux.
No contento con esto, estableció su propia escuela en 1112 en Melún que a los dos años trasladaría a Corbeil y más tarde a la colina de Sainte-Geneviève, cerca de París. Después de un breve retiro en Bretaña, debido a la falta de salud, entre 1112 y 1113, se traslada a Laón, ciudad situada al noreste de París. Ahí, al igual que hizo con Guillermo y Roscelino, ridiculiza y rebate a su profesor de teología, Anselmo de Laón, ganándose su enemistad. En el 1114 regresa a París y triunfa en la escuela catedralicia de Notre-Dame como maestro laico. Unos años más tarde sucede el episodio amoroso con Eloísa del que nacerá su hijo Astrolabio y con él, empezarán sus dificultades por la enemistad con el canónigo Fulberto, tío de Eloísa. En el año 1118 a pesar de haberse casado, tanto él como Eloísa toman lo hábitos en los conventos de Saint Denis y de Argenteuil respectivamente. Una vez instalado en el monacato, su espíritu inquieto es incapaz de soportar la convivencia con los monjes, por lo que es trasladado a los monasterios de Provins y de Saint-Médard sucesivamente, hasta que en 1120 funda un oratorio dedicado a la Trinidad en Nogent-sur-Seine. Este oratorio, en el que sólo se halla acompañado de otro monje, se convierte poco a poco en otra escuela a la que acuden discípulos para oír sus clases. Dos años más tarde, en 1122 y en vista del éxito, funda en la misma población perteneciente a la diócesis de Troyes, el Paracleto, una especie de monasterio con vocación pedagógica. Ese mismo año, el concilio de Soissons condena sus escritos teológicos sobre la Trinidad. En el año 1127 se traslada a Saint-Gildas de Rhuis, monasterio del que ha sido nombrado abad y donde también se enemista con los monjes.
Al cerrarse el monasterio de Argenteuil en esas mismas fechas, Abelardo les ofrece a las monjas el Paracleto y Eloísa es nombrada abadesa del monasterio. En el año 1133 Abelardo vuelve a París. En 1140, cuando la escuela catedralicia se ha trasladado a la montaña Ste. Genevieve (precedente de la Sorbona), siendo él uno de sus profesores, la inquina de Bernardo de Claravall conseguirá que sea condenado nuevamente en el concilio de Sens. Es así que es acogido por Pedro el Venerable en el monasterio de Cluny y dos años más tarde, al empeorar su salud, Pedro el Venerable decidirá trasladarlo al monasterio de Chalon-sur-Saône, el cual goza de un clima más agradable, donde morirá en el año 1142. Veintidós años después, en el año 1164 al morir Eloísa, sus restos serán trasladados al Paracleto y por último con la Revolución Francesa, que cerrará el Paracleto, los restos de ambos serán trasladados al cementerio de Pere Lachaise en París, donde desde 1817, los dos cuerpos descansan juntos en una misma tumba.
Pasando a su legado literario nos damos cuenta que es profundo, pues aparte de su peculiar autobiografía Historia de mis calamidades, la producción de Abelardo se extiende sobre los campos de la lógica y teoría del conocimiento, con sus obras: Comentarios a la lógica vetus aristotélica, a Porfirio y a Boecio y su Dialéctica que es un tratado completo de lógica. En Teología cabe destacar el opúsculo condenado en Soissons De unitate et trinitate divina o Theologia summi boni, también Theologia christiana e Introductio ad theologiam, así como una “summa”, de la cual sólo se conserva el primer tercio y algunas sentencias que fueron condenadas en Sens, no pudiendo dejar de nombrar Sic et non, textos contradictorios sobre ciento cincuenta y ocho cuestiones: Son discusiones sobre afirmaciones y negaciones de la misma cosa, un método dialéctico, anticipación a la quaestio escolástica. Así mismo, sobre ética y apologética escribe: Scito te ipsum (Ethica), de donde fueron condenadas diversas sentencias en Sens, además del Diálogo entre un filósofo, un cristiano y un judío.
Conjuntamente de la práctica de la enseñanza, Abelardo desde alrededor del año 1115, se dedicó al arte de la música, componiendo en lenguaje sencillo y usando lengua romance, canciones que solazaban extraordinariamente a las damas y divertían sobremanera a los estudiantes. De esta época data su relación con Eloísa, sobrina de Fulberto, canónigo de la Catedral de París. Así pues, Abelardo como compositor y poeta, compuso canciones de amor para Eloísa. Posteriormente, compuso aproximadamente cien himnos para el Monasterio de Argenteuil, lugar donde se había retirado Eloísa. Asimismo, compuso seis plancti (lamentos) bíblicos, muy originales que influyeron en el posterior nacimiento del lay, un tipo de canción que floreció en el norte de Europa durante los siglos XIII y XIV.
Analizando el razonamiento de Abelardo, nos damos cuenta que su método es a la vez causa y consecuencia de su epistemología. El conceptualismo, influido por el nominalismo de Roscelino, supone una crítica frontal al realismo ingenuo de la visión agustiniano-neoplatónica. Frente al problema de los universales, el realismo imperante, fuese ingenuo o crítico, consideraba que los universales existen como entidades, mientras que para el nominalismo sólo existen en la mente. Para Abelardo, los universales son categorías lógico-lingüísticas que relacionan el mundo mental con el físico. Esta observación viene al caso, ya que es de sobra conocida la polémica sobre los universales que se enciende precisamente en esa época entre Roscelino y Anselmo de Canterbury. La polémica se basa en un comentario de Boecio a la Isagoge de Porfirio en el que éste se pregunta, sin responderse, sobre si los géneros y las especies son entidades subsistentes o simples conceptos; y si subsisten, si son materiales o inmateriales y, finalmente, si están o no separados de las cosas individuales.
La discusión no es banal, ya que, envuelve cuestiones semánticas que se encontraban en un estado de confusión notable por la doble influencia del Boecio lógico que sugería la tesis nominalista y del Boecio teológico que conducía a un realismo primitivo. Abelardo traza en sus dos lógicas, la crítica de las distintas posiciones realistas mediante el sistema de suponer que son ciertas y razonar con ellas hasta llegar a una contradicción, un sistema de reducción al absurdo. Abelardo pretende romper con el problema ontológico por la vía de afirmar que cada hombre es distinto de los demás en su esencia y sus formas, pero coincide con todos los demás precisamente en eso, en ser hombre: y ‘ser hombre’ no es una cosa, pero tampoco una simple palabra (flatus vocis).
Por lo que respecta a su aportación en el campo de la ética, es también sumamente original, ya que afronta una tarea sin precedentes. Con su peculiar libro Scito te ipsum, Abelardo pretendía, por un lado, terminar con el moralismo preceptivo de la moral penitencial, y por otro, superar el pesimismo agustiniano. Fiel a su método, parte de un análisis de conceptos tales como: pecado o virtud para redefinir así la ética. Ésta es sin duda una obra que rompe con la tradición cristiana, que no hacía ésta más que recopilar y repetir textos.
Como ya se ha dicho, Abelardo no es el continuador de ninguna escuela filosófica, ya que recordemos, no existía escuela alguna en ese tiempo. Abelardo tiene como únicas fuentes del conocimiento de la lógica, las obras de Porfirio y de Boecio. Al estudiar esta obras, Abelardo está convencido que como ciencia, la lógica puede conducir a la ‘sapientia’ y ésta no puede ser contraria a la fe, sino un camino hacia la misma. La lógica o dialéctica (sinónimos para Abelardo), es una ciencia cuya práctica permite distinguir entre los argumentos válidos y los inválidos. Inferencia que da el aspecto más original de su obra, que es precisamente, la separación radical de la lógica, de toda metafísica.
No se puede cerrar este capítulo sin destacar que Abelardo, dispone también de obras de gramática y, fundamentalmente, de la gramática de Prisciano: Institutiones, de principios del siglo VI. En este sentido, es importante hacer notar que en el siglo XII, el latín ya no es la lengua vehicular habitual; sino que se ha convertido en una lengua sólo utilizada en la liturgia y en la enseñanza, por lo que, existirá una tendencia en todos los autores de la época, a interrogarse sobre las posibilidades de dicha lengua, con el fin de analizarla y normalizarla. Sin esta dimensión puramente gramatical, no podría entenderse la obra abelardiana, tanto es así, que algunos autores, le han considerado como un precedente de las gramáticas especulativas, que se desarrollarán en el siglo posterior en París.
Por lo que hemos visto hasta el momento, no hay aportaciones filosóficas concretas y fundamentales en la obra de Abelardo. Su vida se sitúa antes de la recepción de los textos árabes, que significarán un cambio cualitativo de indudable relevancia. Pero hay un aspecto que resulta esencial para comprender el por qué del interés en su dialéctica (éste es el nombre que Abelardo le dará a la lógica en toda su obra) y es el propio Abelardo quien lo expone en el prólogo de una de sus obras teológicas: el Sic et Non. El libro es una colección de sentencias, tomadas de los padres de la iglesia, que son, al menos aparentemente contradictorias. En el prólogo, Abelardo traza un verdadero método para abordar la crítica de estos textos en tres pasos. El primero de ellos es histórico y consiste en rechazar los textos apócrifos, buscar errores de copista y averiguar si el propio autor se ha retractado en escritos posteriores. El segundo paso es teórico y consiste en comprobar si los autores han utilizado las mismas palabras, pero con sentidos distintos.
Finalmente, el tercero es dialéctico, consiste en discutir las tesis contrapuestas, para alcanzar la verdad y aquí es donde Abelardo hace el elogio de la investigación nacida de la contradicción, concluyendo que la interrogación es la llave de la sabiduría. Lo verdaderamente nuevo es que, Abelardo está afirmando que las artes del lenguaje dirigen la lectura de los textos. Abelardo considera el lenguaje como un mundo interdependiente del sujeto y de la realidad externa, algo completamente original para su época, es diríamos, un pequeño giro lingüístico dentro de su tiempo.
Aunque parece ser que sus obras tampoco tuvieron una preponderancia notable en el pensamiento de los lógicos posteriores, su influencia puede explicarse quizá, por su estilo expositivo, preciso y claro; al propio tiempo que trama sus razonamientos de tal forma que los hace evidentes. Todos sus pensamientos están demostrados y justificados en un sistema completo que otros muchos intentarán copiar. Las ideas que nos transmite, ya estaban en Aristóteles, en Porfirio y en Boecio, pero la exposición de éstos, queda superada por la de Abelardo, en un momento en que el latín ha dejado de ser la lengua habitual y en el que empieza a crearse un latín artificioso, con el que se vehiculará toda la lógica posterior hasta el siglo XIX. Abelardo es, sin duda, el principal creador de éste latín.
Para culminar diremos que, la figura de Pedro Abelardo, emerge en el siglo XII en medio de una etapa histórica de florecimiento cultural, debido al impulso que significan una creciente estabilidad social y un desarrollo económico continuado, desde el siglo precedente. La figura de Abelardo es el modelo de intelectual, que nace al amparo del auge de las ciudades que en él adquiere tintes especiales. Nunca podrá ocultar su origen de familia militar y su carácter liberal: todas sus discusiones, lógicas o teológicas, adquieren la característica de los asedios. Y por ello, es igualmente venerado, como odiado, pero no es indiferente para ninguno de sus contemporáneos. Este apasionamiento unido a la claridad de su pensamiento, es lo que le convierte en uno de puntos originarios de la escolástica, tendencia filosófica que gobernará los siglos siguientes.
Si bien es cierto que no hace aportaciones de relevancia en el pensamiento lógico, su trabajo no es el de mero compilador: es un sistematizador, un ordenador y, lo que es más, un difusor de este espíritu sistemático. Creador de escuelas que ejercerá influencia decisiva en los modelos pedagógicos de las de Saint Victor y Ste. Genevieve (que están como ya dijimos, en el origen de la Sorbona). Agitador cultural, que responderá sistemáticamente a sus maestros en busca de un conocimiento preciso y exigente. Personaje inquieto, que se acomodará mal a la molicie de los monasterios y de sus monjes. Amante apasionado, capaz de sufrir la mutilación por su amada Eloísa. Interesado por todas las facetas del saber humano, que le llevará incluso a componer obras musicales. Dominador de un lenguaje, el latín, que ya no se usaba más que en la liturgia y la enseñanza. Es un espíritu de gran clase, que concentra en sí mismo y acelera un movimiento cultural, asociado a un movimiento histórico.
En fin, es un personaje polifacético, que toma en sus manos las obras de Boecio y las exprime, hasta conseguir un sistema bien trabado, que servirá de modelo a quienes, en generaciones posteriores, puedan tener acceso al Aristóteles de los Analíticos, al Euclides de la Geometría y al Averroes de los cometarios. En suma, vale la pena conocer su obra, naturalmente, no como portadora de universalidad, sino a título de ejemplo de un momento cultural, y de producto de una inteligencia excepcional en su orden. Con Pedro Abelardo, renace la reflexión sobre la lógica, que había estado dormida, durante los cinco siglos anteriores y que servirá de precedente para el desarrollo de la Escolástica.
Es Cuanto.
