Una y mil disculpas

 Una y mil disculpas

Cuauhtémoc López Sánchez.

Estas líneas las dirijo única y exclusivamente a Don Benito Pablo Juárez García. A nadie más. Son escritas, insisto, con la finalidad de tranquilizar mi conciencia. Es pues, una catarsis personal y el título se encamina a ofrecer, que no a pedir disculpas.

Ofrezco entonces, una y mil disculpas al ciudadano Juárez porque solamente me acuerdo de él, en sus cumpleaños y en el aniversario de su fallecimiento. Nada más dos veces al año.

Una y mil disculpas, Juárez, por haber despilfarrado la herencia que me legaste, lograda mediante el sacrificio de tu tiempo, tus comodidades, tu salud, la familia, tu vida. Esa herencia de valor y honestidad para enfrentar al clero político y arrebatarle el control sobre los bienes de la Patria y la conciencia del pueblo mexicano, que hoy, por mi falta de inteligencia, de habilidad, de capacidad, de valor y vergüenza, no he podido encontrar la fórmula para enfrentar a los múltiples gobernantes, diputados y senadores que han impuesto leyes para propiciar el retorno a un estado confesional, pisoteando los principios de laicidad por las que luchaste hasta la muerte.  

Por no ser, ya no digo tan valiente como tú, ni siquiera atrevido para fusilar en cualquier cerro, sí, en cualquier cerro pelón porque ni el de Las Campanas se merecen los traidores y extranjeros que explotan a mis compatriotas. Porque temeroso, me he callado cuando descubro que lo que justamente pertenece al pueblo, le es devuelto a la Santa Iglesia Romana, al clero preparado en exclusivos colegios donde han aprendido las divinas y cristianas prácticas de despojar amorosamente al próximo en nombre de Dios. Sí, ya les fueron regresados muchos edificios construidos con trabajo indígena, en predios que les arrebataron con engaños y amenazas a sus dueños legítimos y que tú empezaste a defender en tierras oaxaqueñas sin importar que fueras a parar con tus huesos a la cárcel. Los flamantes gobernantes que nos permitimos elegir, se las han regresado y con ganancias, porque disponen de nuestros impuestos para reconstruirlos y lo más probable es que estarías en calidad de arraigo por oponerte a tanta necedad.

Una y mil disculpas por dejar que nuestros gobernantes, legisladores, funcionarios y empresarios educados en escuelas y colegios extranjeros, becados con dinero de la nación, ignoren el significado de un estado laico por el que tanto luchaste y confundan a la sociedad con las declaraciones de que el laicismo significa un estado ateo y amenazan al pueblo con el castigo divino o con la condena al infierno, al grado que la gente ya no sepa si temer más a Dios, al diablo o sus autoridades legítimamente constituidas.

Por permitir que la Iglesia Romana vuelva a intervenir en asuntos de Estado y ahora quieran erigirse en diputados, senadores y funcionarios, duplicando su poder sobre las masas, cada vez más inermes ante quienes obtienen el beneficio del poder.

Por dejar que los partidos políticos se conviertan en los nuevos dueños del país y coludidos con los grandes empresarios e inversionistas extranjeros decidan quienes van a gobernar o a conformar el poderosísimo legislativo que aprueba leyes que lesionan los intereses de la patria y ya constituidas en autoridades se confabulan el ejecutivo y la suprema corte de justicia para ser cómplices de pederastas, narcotraficantes, redes de prostitución y contrabando de personas.

Una y mil disculpas, Juárez, por levantarte monumentos en todas las ciudades de México y ponerle tu nombre a calles, avenidas, escuelas, teatros y ciudades, dejando  que el olvido de tus acciones patrióticas contra los invasores llegue hasta niños y jóvenes que no saben nada de tu historia. Frente a esos monumentos, rehuyo tu mirada dura y fría que siento que me reprocha tanta indiferencia ante el abuso, la corrupción, la ilegalidad, la injusticia y la falta de solidaridad con que actuamos los ciudadanos ante quienes se sienten dueños de la verdad, de la ley, del pueblo, de las cosas.

Me disculpo contigo, Padre de mi Patria, por no encontrar la forma de unirme con otros ciudadanos como lo hiciste tú, para rechazar las prácticas del crimen organizado que corrompe y envenena el tejido social y se esconde de la justicia cobijándose con el inepto sistema procurador de la legalidad que han hilvanado las grandiosas autoridades defensoras de nuestra soberanía. ¡Qué haríamos sin ellos!

Te suplico me disculpes por no identificarme con la clase trabajadora, llámense obreros, campesinos e indígenas y con los más de cincuenta millones de pobres que esperan ganar el salario suficiente para cubrir las necesidades normales de un jefe de familia, mientras volteo la mirada hacia otra parte para no mirar que quienes gobiernan este México que tu ayudaste a construir, se asignan altos sueldos, argumentando que ellos sí se han sacrificado por la patria y lo que ganan apenas es suficiente para cubrir las necesidades de tres o más de sus generaciones. Y todavía permito que cuando esos funcionarios se retiran, lo hagan con altísimas pensiones con las que pueden obtener y construir elegantes ranchos y mansiones en el país y el extranjero y aún les alcance para depositar en bancos ubicados en paraísos fiscales parte de esos ahorros acumulados a base de grandes sacrificios, pero del pueblo de México.

¡Cómo no viviste en esta época, Benito Juárez! Solamente con tu dieta y los viáticos, sin contar las concesiones presidenciales, tus descendientes serían dueños de Teléfonos de México, de Petróleos Mexicanos, de una cadena de gasolineras o cuando menos podríangozar de concesiones para guarderías. Viajarías en transportes equipados con tecnología de punta, tendrías un guardarropa diseñado en casas de última moda, un cuerpo de seguridad entrenado por las fuerzas armadas israelíes, tus hijos estudiarían en el extranjero con becas del CONACYT, tu esposa Margarita luciría bellísima con diseños de Christian Dior, Versace, Paco Rabanne, Carolina Herrera o mínimo con ropa de Pedro Loredo. Pero qué tonterías digo, Juárez. Estoy plenamente convencido de que tú no serías capaz de darte esos lujos mientras tu pueblo vagara medio desnudo, sin empleo y muerto de hambre esperando las limosnas de su graciosa majestad en turno.

Una y mil disculpas, Juárez, por permitir que en los libros de texto gratuito se minimice tu obra y solamente merezcas aparecer en los billetes de veinte pesos mientras nuestros grandes y flamantes funcionarios ridiculizan tu obra y en su afán por empequeñecer tu lucha y oscurecer todo lo que tocan, van borrando a México de su mapa mental y consintiendo en ello, no he contribuido en la proporción de tu grandeza a la difusión de tu pensamiento, como lo hacen otros países con sus héroes.

Qué diera yo porque en el gabinete presidencial o en algún equipo de trabajo de los gobiernos actuales, estuvieran verdaderos patriotas, como aquel del que tú formaste parte con Ignacio Manuel Altamirano, Justo Sierra, Ignacio Ramírez, Santos Degollado, los Lerdo de Tejada, Guillermo Prieto, Melchor Ocampo que tenían perfectamente claro los propósitos nacionales a lograr, sin importar las consecuencias. Porque los gobernantes de ahora están más preocupados por la disminución de las remesas que envían nuestros connacionales que se parten el alma para trabajar y ganar lo que sus familias necesitan y no encuentran en su país, donde cada sexenio les prometen que ahora sí les va a ir muy, pero muy bien porque habría empleo para todos. Lo que no nos quedó muy claro es que el empleo sería para todos sus amigos.    

Finalmente, te ofrezco una y mil disculpas por extrañarte tanto, Benito Pablo Juárez García.

Isauro Gutierrez

Salir de la versión móvil