Nos duele México


Leopoldo González
Con no muchas excepciones, y además localizadas en una franja muy específica del espectro social y político, a millones de mexicanos nos duele y preocupa el rumbo que sigue el país y lo que vendrá después de la pandemia.
El rumbo que sigue México no es el de un proyecto de nación inspirado en la democracia constitucional, tampoco el de una agenda de República más allá de camarillas y grupos de poder, ni el sueño de un orden que realmente busque el beneficio integral de todo y de todos.
Desafortunadamente, la senda hacia la que se lleva al país es la de adecuarlo todo en él –instituciones, economía, cultura, sociedad- a la agenda caprichosa y a los gustos muy personales de quien detenta el poder presidencial, sin reparar en el daño ya irreversible que en el actual gobierno se hace y se seguirá haciendo al Estado y a la República.
Esto es muy peligroso: equivale al asalto del Estado por un personalismo político, de esos que tan caros le han salido a nuestro país en el pasado.
Nada hay peor para un Estado democrático que el hecho de que él y sus instituciones sean subordinados al servicio de un hombre y una camarilla, cuando el Estado debiera ser el todo y las partes que lo integran solamente eso: accesorios del engranaje que les da razón y justificación de ser.
Aún si el presidente de la República estuviese haciendo lo correcto y sus decisiones impactaran de forma conveniente la marcha general del país, habría que aplaudir sin mezquindades su visión y desempeño, pero no erigir el culto al Estado Unipersonal como sustituto de los valores republicanos y democráticos.
El problema central de México -aunque no el único- es el peso aplastante que ha tomado en el imaginario público el personalismo político presidencial, que en los hechos ha conducido a refrenar, a sofocar o a anular la pluralidad de visiones y discursos políticos, lo cual se ha traducido -andando el tiempo- en una virtual ausencia de agendas legislativas, mediáticas, sociales y políticas distintas a la presidencial.
De aquí, precisamente del centro y motor de las grandes decisiones nacionales, derivan el conjunto de los problemas que vive hoy y habrá de vivir nuestro país en el mañana.
Mientras muchos países, ante la crisis y poscrisis del Covid-19, destinaron entre un 2.6 y un 13 por ciento de su presupuesto a apuntalar a las micro, pequeñas y medianas industrias, como palanca que son de empleo y crecimiento económico, México ocupa el último lugar del G-20 con menos de 1 por ciento del PIB.
El año pasado cayó el PIB per cápita; sin embargo, algunos investigadores de la UNAM estiman que en 2020 la caída será de poco más del 10 por ciento, lo cual significa que debemos empezar a prepararnos para el círculo del horror: más quiebres de empresas, mayor desempleo abierto, más informalidad, mayor pobreza y, en consecuencia, más inseguridad.
Es cierto que el país tiene otros problemas, igualmente alarmantes y preocupantes, como el incremento récord en la cifra de feminicidios en el trimestre enero–marzo, un territorio fragmentado en mapas y regiones delincuenciales y las ocurrencias de ciertos gobernadores que intentan la “vena de un socialismo local” como un experimento muy suyo. Sin embargo, los desajustes económicos están ya en el centro de la vida pública y van a profundizar otros problemas estructurales en el país.
En un momento como el actual, cuando el odio de clases crece en la República y ya asoman en el horizonte las señales de una crisis económica de grandes proporciones, el presidente López Obrador -asumiendo el rol de agente distractor o creyéndose el de ideólogo- salió a decir que el Producto Interno Bruto (PIB) ya es obsoleto, y que, por tanto -para remplazarlo- su gobierno ya trabaja en el diseño de un “indicador alterno” para medir “el bienestar del alma”, lo cual supondrá -con toda seguridad- no sólo un giro copernicanoen la forma de hacer ciencia -pues intentará aplicar un sistema exacto de pesos y medidas a establecer un rasgo único del estado anímico del pueblo- sino que, además, probablemente sacudirá el cielo de las grandes hazañas de la humanidad, porque atreverse a tanto dejará a más de uno, si no patidifuso, por lo menos “con el ojo cuadrado”.
Para hacer frente a la crisis que viene, esto es lo que hay: esto es lo que hay.
Pisapapeles
Es muy probable que hoy, y de aquí en adelante, haya en la cartografía dos o tres mundos mejores que el nuestro.
